Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Un tanaturgo puede sobrevivir con una herida abierta en el alma, pero solo si tiene la fuerza y la voluntad suficientes para mirar sin vacilaciones los recuerdos que la provocaron.

D ELMA LA M AYOR ,

primera hija de la ceniza sustanciada

S eguimos las indicaciones de la piedra de zahorí por los Desechos del Estrato Moderno hacia el Museo Imperial de la Guerra. La alta cúpula verde del edificio estaba medio destruida y humeaba sobre las enormes columnas blancas. A una manzana de distancia, tiré de Casio para detenerlo.

—Esto podría ser una trampa —dije—, pero creo que tenemos que arriesgarnos. Lo más probable es que esa mujer sea tanaturga. Si la cosa se pone chunga… bueno, según el Precedente, no puedes intervenir a no ser que te ataquen primero.

—Cuando tú y yo nos conocimos, estaba dispuesto a dejar que mis vínculos se apagaran —dijo Casio—. Ya no les tengo miedo a los castigos por el Precedente.

No acababa de gustarme cómo había sonado aquello, pero asentí.

Fuimos hasta los peldaños del museo. La mujer que me había dado la piedra de zahorí estaba apoyada en una de las columnas centrales.

Era alta y delgada, vestida con un abrigo cruzado sobre jersey de cuello alto negro, y llevaba un colgante con la forma del símbolo del Shiguan.

Dio un paso adelante y nos recibió con un gesto.

—Si hay una próxima vez —le dije—, mejor prescindamos de los mensajitos crípticos, ¿vale?

—Yo también me alegro de verle, señor Solomon —respondió ella.

Varios vestigios se hicieron visibles al salir de un oscuro pasaje abovedado. Casio se llevó la mano a la espada.

—Sabías que a Henry y a mí iban a dispararnos —dije, y señalé hacia su gente—. ¿Fue alguno de los tuyos? ¿Cómo sé que no estás aquí para terminar el trabajo?

Ella suspiró.

—Es comprensible, dadas las circunstancias. Muy bien. —Alzó un cuchillito—. Le concedo formalmente paso franco hacia y desde esta reunión. A ello vinculo mi voluntad.

Y, con un movimiento muy practicado, se pinchó la yema del pulgar y lanzó una gotita de sangre hacia mí, que desapareció en una brillante llama.

—¿Lo ve? Perfectamente seguro. Y ahora, pasemos dentro, ¿me hace el favor?

Se volvió hacia el pasaje. Tras una breve pausa, la seguimos. A Casio lo pararon en la puerta los vestigios de la mujer.

—No entraré sin él.

Ella movió una mano y dejaron pasar a Casio. Cuando estuvimos dentro, los vestigios cerraron la puerta a nuestra espalda.

—Me llamo Emaline —dijo, y me tendió la mano, de la que ya se había quitado el guante.

La estreché, notándola cálida y suave.

—¿Puedo tutearle? —preguntó.

—Claro —dije, lamentando un poco tener que soltarle la mano.

Unos pasos por detrás de ella había una mujer vestida de un modo similar, con una larga melena pelirroja recogida en una coleta.

—Jack, esta es Margaretha, mi agregada personal. Se unirá a nosotros. ¿Me acompañas, por favor?

Pasamos por debajo de unos aeroplanos de la Segunda Guerra Mundial colgados del alto techo.

Una exposición de vitrinas con armaduras y uniformes militares cubría las paredes de ambos lados.

En la penumbra se alzaban vehículos de combate y tanques, algunos tan destrozados en batalla que apenas parecían más que chatarra.

También había torretas de ametralladora y proyectiles sin detonar.

Evidentemente, bastaba con mirar los objetos expuestos para encender las lámparas que los iluminaban. Y dentro de la dorada luz, los artefactos parecieron cobrar vida recreando sus últimos momentos en el campo de batalla, con viento, sonido y olor, mostrando cómo habían quedado dañados.

Deseé tener tiempo para explorar bien todo aquel lugar.

Emaline nos llevó a la galería de lord Ashcroft y hasta un expositor. Pidió a Casio y Margaretha que se quedaran a cierta distancia, para dejarnos conversar en privado.

—¿Has oído hablar alguna vez de Odette Sansom? —me preguntó, señalando el expositor que teníamos delante.

Junto a una serie de medallas, objetos y fotos había unas pocas muñecas.

—La verdad es que no.

—De niña, superó la polio y la ceguera. De joven, se casó y tuvo hijos, a los que dejó atrás para trabajar en la Dirección de Operaciones Especiales durante la Segunda Guerra Mundial.

Era un ama de casa que se convirtió en espía y se infiltró en Francia con paracaídas para luchar con su resistencia.

Fue una de las primeras mujeres de la historia en recibir la Cruz de Jorge.

Conocía la Cruz de Jorge. No era poca cosa.

—¿Y estas muñecas?

—Las hizo para un sacerdote alemán cuando estaba detenida en el campo de concentración de Ravensbrück después de su captura y tortura por parte de la Gestapo.

Emaline miró hacia una lámpara con pantalla que había en el expositor. Se alzó un holograma con un estallido de luz dorada. Mostraba a una mujer sujeta con correas a una silla mientras la Gestapo le arrancaba las uñas con tenazas y le marcaba la espalda con atizadores al rojo vivo.

—Nunca reveló el paradero de sus camaradas —dijo Emaline, apagando el holograma—. Su valentía salvó vidas.

—Una mujer extraordinaria —asentí.

Emaline volvió hacia mí su firme y hermoso rostro a la tenue luz de la vitrina.

—Me reconforta venir aquí. Me sugiere que todos podemos sobrevivir a nuestros captores, ¿verdad que sí?

—Sabías que iban a dispararnos —repetí—. ¿Por qué no lo impediste?

—Hacerlo estaba más allá de mi poder —dijo—. Pero me alegro muchísimo de verte con vida.

—¿Porque tienes un trabajo para mí? —pregunté.

—No solo por eso.

—¿Y qué hay de Henry? ¿Él está vivo?

La observé muy atento, intentando captar si me mentía. Su sonrisa se desvaneció.

—No lo sé, Jack. Pero el señor Wilkinson era el objetivo principal, así que lo normal es que tuvieran medidas adicionales dispuestas para él.

—¿De quiénes hablas?

—Del Shiguan, una escisión transformada en sociedad creciente de gente de los estratos que comparte su ira hacia el mundo de arriba. —Emaline cambió su peso—. Los preside un hombre llamado Muster Brach, que supervisó personalmente el atentado contra el señor Wilkinson.

Puse una mano en la vitrina para estabilizarme.

—¿Te encuentras bien, Jack?

—Brach vino anoche al Caballo de Hierro preguntando por Henry. El muy cabrón se plantó delante de mí y me habló de su amistad con él. Quería que me uniera al Shiguan, para ayudar a encontrar a Henry.

Emaline pareció sorprendida de que hubiera hablado con él.

—Una operación de reconocimiento muy astuta por su parte.

—¿Por qué querría Brach matar a su amigo?

—Los Peldaños Abismales, Jack. Pueden interponerse entre la gente, incluso entre amigos.

—¿Y qué te mueve a ti, entonces? —Señalé su colgante—. Parece que formas parte del grupo que mató a Henry.

—Soy la portadora de urna del señor Brach. Su mano derecha, si quieres llamarlo así. Estoy obligada, como la mayoría de los shiguanos, a llevar el emblema.

Sacó un cigarrillo de dentro de su chaqueta y lo encajó en una boquilla. Yo levanté mi Zippo.

—Permíteme.

Mientras le encendía el cigarrillo, eché un vistazo a la sombra de su barbilla que la luz del fuego proyectó en su cuello y sus hombros.

Líneas marcadas. Oscilación de color gris tormenta.

Varias oclusiones. Y una fina banda aural, no del todo oro tanatúrgico, sino más bien ámbar.

Pero en las profundidades de su sombra atisbé también otra cosa.

Fue casi como estar viendo dos sombras a la vez.

Antes de que pudiera fijarme bien, ella levantó la mano y cerró la tapa del Zippo.

—Te pasaré por alto la intrusión esta vez.

—Disculpa.

—Lo que casi has visto era mi momento primordial —dijo ella—. Todas las almas lo tienen. Es un giro que conforma la persona que son y en la que se convertirán.

Había leído algo sobre los momentos primordiales en el texto sobre umbrimancia. Para alguna gente, era una esperanza o una pasión; para otra, una creencia o una lucha; para un espectro, era una ira o una obsesión.

—No pretendía…

—Quizá podamos hablar más sobre mi sombra en otro momento —me interrumpió, y dio una larga calada a su cigarrillo.

Guardé el mechero y saqué la piedra de zahorí.

—Y dime, ¿tu relación con Brach explica eso? —Levanté la piedra—. ¿O tu pregunta de qué haría yo para escapar de una vida de esclavitud?

—Todos deseamos controlar nuestro propio destino, Jack, ¿no estás de acuerdo?

—Pero Brach no lo ve igual, ¿a que no?

—Su obsesión con el Caballo de Hierro lo ha vuelto insufrible.

—¿Qué obsesión es esa? —pregunté.

Emaline me miró un largo momento.

—La revolución.

«Nunca había sentido tanta tensión procedente de los estratos», había escrito Henry.

—¿De qué clase de revolución estamos hablando?

—Aunque algunos habitantes de los estratos están satisfechos —explicó ella—, la amargura crece en otros muchos de ellos.

Están furiosos por la forma en que los historiadores, los políticos y los creativos cambian la historia y la aprovechan como arma en su propio beneficio.

Otros están hartos de que los tanaturgos de arriba saqueen los estratos invocando a semblanzas, robando su sabiduría.

—Espera, espera. ¿Estás diciéndome que los muertos del pasado de Londres van a ir a la guerra contra su presente?

—Tiene muchos más matices que eso, Jack. Y mucho más peligro.

Me habría venido bien una buena canción bien ruidosa de los Slayer en esos momentos.

—¿A qué te refieres?

Emaline miró alrededor y luego a mí otra vez.

—Si te pongo al tanto de esto, Jack, tendrás que aceptar mi oferta o bien pasar a ser mi oponente. Compartir esta información podría matarme, y a ti conmigo.

Yo sabía que los secretos tenían un precio. En parte por eso había abandonado Los Ángeles. Pero aquello era por Henry.

—Cuéntame esa oferta.

Ella respiró hondo.

—Brach no solo pretende luchar contra la explotación del pasado… sino también reescribir el futuro de Londres.

Tardé un minuto en asimilar aquello.

—¿Y cómo pretende empezar siquiera a hacer algo así?

—Del mismo modo que empiezan todas las revoluciones, Jack… con la música del pueblo.