Capítulo 16
El Cabildo de las Facciones puede declarar anatema a cualquier entidad o facción tanatúrgica. En esas condiciones, las protecciones del Precedente dejan de aplicársele y lo anatemizado puede perseguirse, matarse e incautar sus posesiones.
Ley del Precedente, Norma Séptima
S alieron más músicos heridos a la acera. Casio y yo pasamos corriendo junto a ellos, cruzamos la puerta abierta y subimos por la escalera hacia el ruido. Casio desenvainó su espada. Yo encendí el mechero y saqué la navaja, pensando que ambas cosas parecían ridículas e inadecuadas.
Mientras llegábamos al rellano del tercer piso, el edificio quedó en silencio.
Casio y yo nos miramos y entramos a toda prisa.
Vimos a un hombre sentado, caído sobre su violonchelo, otro apoyado en su contrabajo y dos semblanzas más que yacían en el suelo, con las tablas de debajo chamuscadas y blancas.
De repente entró una ráfaga de viento por la ventana delantera rota.
Debía de haberse abierto alguna puerta en el tercer piso, creando la corriente.
Pasé corriendo junto a Casio, que me siguió hasta una esquina del otro lado.
Un pequeño tramo de escalera subía a una puerta abierta.
Salimos a una terraza, vacía, y corrimos hasta el borde del edificio justo a tiempo de distinguir una masa oscura que se escabullía por las sombras del callejón trasero.
—¿Era el espectro de Westminster? —pregunté.
—No lo he visto bien.
Volvimos deprisa a la habitación del tercer piso y miramos por la ventana rota.
Abajo, en la calle, un hombre y una mujer estaban distribuyendo a los heridos en un triaje improvisado.
A su lado, un joven tocaba una elegía al violín.
Casio levantó al contrabajista, yo hice lo mismo con la violonchelista y los bajamos por la escalera para tenderlos en la calle con los demás supervivientes.
La mujer llegó apresurada junto al contrabajista que Casio acababa de tumbar y lo miró de arriba abajo.
—Mi querido Michael…
Michael intentó hablar, pero las palabras le salieron incoherentes. Se atragantó, tosió y empezó a retorcerse y temblar.
—¡Señor Blaire! —exclamó la mujer, llamando al caballero que hacía el triaje con ella—. Estamos perdiendo a Michael.
Blaire llegó deprisa, empujando una carretilla llena de libros y frascos de lo que parecían ser medicamentos. Estudió a Michael durante un momento largo y luego alzó la mirada hacia la mujer.
—Va a morir, señora Christie. Déjelo marchar.
La señora Christie agarró un frasquito de la carretilla y se dejó caer de rodillas al lado de Michael, pero, antes de que pudiera administrarle la medicina, un brillante destello quemó la calle debajo de él y Michael se quedó quieto.
La señora Christie susurró «No» y agachó la cabeza.
Los músicos heridos que yacían cerca de nosotros en la calle estaban pidiendo ayuda a voz en grito.
Miré a Casio, que solo pudo fruncir el ceño.
Entonces recordé la planta de eucalipto que había rejuvenecido y el pasaje del manual de campo sobre la impartición de recuerdos pertinentes para restaurar la salud espiritual.
Armado con eso y con un poco de instinto, fui con el primer músico y le puse la mano en la frente con suavidad. Conjuré unos recuerdos vagos de locales de ensayo y partituras. Noté un dolor subiendo por el brazo y el hombre empezó a sacudirse.
—¡Está usted matándolo! —chilló la señora Christie.
Si no hacía nada, iba a morir de todos modos. Me incliné para intentarlo de nuevo cuando otro fogonazo calcinó el suelo de debajo y el hombre se quedó quieto también.
—Mierda —mascullé, preguntándome por qué no funcionaba.
La siguiente instrumentista, una mujer que aferraba un oboe, empezó a gemir.
Corrí hacia ella mientras sacaba el manual de campo de Henry para comprobar que no estuviera equivocándome con la técnica.
Sí, recuerdos pertinentes. Llevé a mi mente un concierto de Rush al que había ido. La mujer empezó a hacer aspavientos.
—Le suplico que pare —dijo el señor Blaire—. Si han de irse, déjelos ir en paz.
Pasé unas páginas adelante en el librito, buscando algo más que… Otro fogonazo. La oboísta arqueó la espalda antes de quedarse quieta del todo.
Solo quedaba el violonchelista. Tenía la piel empapada de sudor, los ojos cerrados y murmuraba algo que no logré entender.
Alcé la mirada de nuevo hacia Casio. El centurión negó con la cabeza.
Pero no podía quedarme allí de brazos cruzados viendo cómo moría un hombre, o cómo destellaba, o lo que fuese que estaba pasando.
Me arrodillé a su lado. Recuerdos pertinentes.
—¿Es alumno, maestro o intérprete?
—Es concertista —dijo el señor Blaire.
Parpadeé, me quité el sudor de los ojos e invoqué el recuerdo de cantar en el Whisky a Go Go, allá en Sunset Boulevard.
Fue la única vez que mi padre vino jamás a verme cantar.
Lo di todo, en ese bolo. Para que estuviera orgulloso.
Y, aunque a mí nunca me dijo nada, oí cómo le explicaba a la gente que yo era su hijo.
Entonces puse la mano en la cabeza del violonchelista y dejé ir el recuerdo. Al momento, su pecho se hinchó con una bocanada de aire y el hombre estiró el cuello como si acabara de despertar.
Cuando abrió los ojos, me miró como si fuese un intruso en su dormitorio. Le di una palmadita en el pecho y le dije que iba a ponerse bien. Se relajó y respiró otra vez.
Yo aún estaba arrodillado, pensando en lo imposible que era todo aquello, cuando la señora Christie interrumpió mis meditaciones.
—Y, si me permite la pregunta, ¿se puede saber quién es usted?
—Me llamo Jack Solomon —dije, tendiéndole la mano.
La tomó.
—Salta a la vista que es usted farolero, pero no el típico.
Mi mano prácticamente cayó por su propio peso a mi costado.
—Soy nuevo y…
—No es eso —dijo ella sin extenderse más—. En todo caso, gracias.
Miré hacia el violonchelista, que estaba levantándose muy despacio.
—Solo intentaba ayudar a unos compañeros músicos.
—Y no a unos cualesquiera —intervino el señor Blaire—, sino a la excelente Orquesta de Cámara de Waterloo, residente aquí, en el 1901 Arts Club —dijo, señalando el edificio que se había quedado sin ventanas.
—La música añade un sentido a nuestra existencia aquí —explicó la señora Christie.
Asentí pero me quedé quieto. La impartición me había dejado cansado y débil. Eché la cabeza atrás y respiré un par de veces.
—¿Alguno de ustedes sabe algo más sobre estos intérpretes? ¿Sobre el ataque?
El señor Blaire se animó y por fin soltó su carretilla.
—Estos son algunos de los mejores compositores de los estratos. Esta noche iban a tocar una selección de piezas originales, cosa que cada vez es menos frecuente.
—¿Por qué? —pregunté.
—Crece la presión en los estratos para interpretar solo composiciones shiguanas —explicó Blaire.
—Y, en cuanto al ataque —añadió la señora Christie—, por desgracia se ha vuelto un acontecimiento rutinario últimamente. Siempre hay tanaturgos paseándose por aquí, iluminando con su farol por todas partes y reclutando semblanzas para que entren a su servicio.
Comprobé la piedra de zahorí, que señalaba hacia el sur, y me levanté de nuevo. Casio me puso una mano en el brazo.
—¿Seguro que te sientes preparado?
—Estoy bien —dije, y me volví hacia Christie y Blaire—. Siento lo de los otros dos. Solo pretendía ayudar. Pero ahora tenemos que dejaros.
Nos despedimos, aceptamos su agradecimiento y nos marchamos a toda prisa.
Una manzana calle abajo, Casio miró atrás y se volvió hacia mí.
—Llevo existiendo casi dos mil años y ni una sola vez había visto algo parecido.
—¿El ataque del espectro?
—A un tanaturgo ayudando a semblanzas a las que no conoce ni espera vincular.
Extendió el brazo. Empezaba a darme la impresión de que Casio estrechaba manos muy a menudo. Le agarré el antebrazo.
—Llevas demasiado tiempo yendo con la gente equivocada.
—Quizá —dijo él con una sonrisa.
Comprobé la piedra de zahorí otra vez. Un fino haz de luz roja apuntaba por la calle Morley.
—Vamos —dije—. Encontremos a esa mujer y que nos dé respuestas.