Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Depende de la semblanza. Como todo en los estratos, sus cuerpos tienen materia.

Y, aunque no sean de carne y hueso, siguen peleándose y haciendo el amor y divirtiéndose.

Sin embargo, con el tiempo, el único verdadero propósito que tiene la mayoría es intentar dejar atrás la preocupación o la necesidad que los trajeron aquí en un principio.

—Y luego, ¿qué?

Casio miró hacia los recién casados.

—Si tienen suerte, se ganarán la oportunidad de seguir camino como suelen hacer las almas.

—La montaña de fuego.

El centurión asintió y seguimos caminando hasta Piccadilly Circus.

Las fachadas de los edificios estaban recubiertas de una mezcla de folletos antiguos, enormes carteles publicitarios de papel, luces de neón y unos pocos letreros electrónicos.

Las semblanzas, los vestigios y los vehículos atestaban las calles.

En la esquina de la calle Regent, se me enganchó el pie en una canaleta de hormigón y trastabillé hacia delante.

Habría jurado que el albañal no estaba ahí un momento antes.

Casio me sujetó por el brazo e impidió que me precipitara hacia el tráfico.

—Mira bien dónde pisas. La geografía del Estrato Moderno es inestable.

Seguimos por debajo de unos letreros de neón que anunciaban La ratonera, La ópera del mendigo y La naranja mecánica y dejamos atrás una sucesión de restaurantes, que tenían las puertas abiertas para atraer a los viandantes con su delicioso aroma a curri, albahaca y ajo.

Casio paró delante de un hermoso edificio con la fachada de estilo egipcio, jeroglíficos alrededor de unas altas ventanas trapezoidales y tallas de pirámides y la esfinge.

—¿Qué es esto?

—La última vez que vine, era un renombrado museo y galería de arte —dijo él—. Tenían el carruaje de Napoleón en Waterloo y la Entrada de Cristo en Jerusalén de Haydon, entre otros tesoros.

Miré los carteles que habían clavado a las columnas delanteras.

—Pues parece que ahora es más bien un teatro de vodevil catalizador con representaciones de magia barata e ilusionismo espiritual.

—Se ha convertido en un reflejo de los recuerdos predominantes que trae consigo la gente del estrato desde el mundo superior. Los entretenimientos soeces parecen estar reemplazando al arte y la historia.

Doblamos a la izquierda por la calle Wardour y llegamos al edificio número 90, que venía a ser la sala de conciertos más importante del mundo entero: el club Marquee.

Ya no existía en el mundo de arriba, pero, en sus mejores tiempos, había acogido a Jimi Hendrix, Pink Floyd, los Stones, Metallica… a todos mis héroes.

Al igual que el Caballo de Hierro, el Marquee era un punto de referencia para mí.

Siempre había querido verlo. Pero lo más relevante en esos momentos era que la música rugía desde dentro del club, haciendo vibrar las ventanas del edificio y palpitar la calle.

La presión de mi cabeza remitió y empecé a notarme muy mejorado.

Unos pocos clientes pasaron junto a nosotros, hacia el interior de la sala, llevando camisetas marca Winterland de los Led Zeppelin y charlando muy animados.

Immigrant Song de los Zeppelin atronaba desde dentro.

¡Uf, qué guay habría sido vivir en la época en que esos grupos eran nuevos, cuando su música empezaba a llegar a la calle! Sobre todo, los Zeppelin.

—Vuelves a poner esa expresión —dijo Casio—. La música te ayuda. ¿Quieres entrar? ¿Tal vez interpretar alguna canción tuya para ellos?

Sonreí y negué con la cabeza. Mis canciones propias me parecían mucho más lejanas que nunca.

—No sabes cuánto me gustaría… pero esto es suficiente.

Me metí en un hueco resguardado, saqué la piedra de zahorí, encendí el Zippo y lo sostuve detrás de ella. El fino rayo de luz apuntaba hacia el sur por la calle Wardour. Así que lo seguimos, serpenteando entre la gente que se amontonaba junto a las puertas del Marquee.

—Están llenando el garito como hacían los fans de los Zeppelin en los setenta —dije mientras dejábamos atrás el gentío—. Pero esa música tiene cincuenta años.

—No es raro que las semblanzas pierdan la noción del tiempo.

—Casio rodeó un enorme cochecito de bebé—.

En los estratos, el pasado lejano puede parecer la semana pasada.

Uno de mis anteriores vinculadores, el mariscal de campo Henry Wilson, me asignó a un equipo de seguridad en este estrato.

Una vez fui del nombramiento de Margaret Thatcher como primera ministra a la llegada de los zepelines alemanes en la Primera Guerra Mundial.

Había algo en aquello que me pareció bastante molón.

—¿Te refieres a ese Henry Wilson, al jefe del Estado Mayor Imperial durante la Primera Guerra Mundial? ¿El tío al que asesinaron?

—Mi vigesimotercer vinculador desde que morí en el viejo Londinium. —Casio se tiró de sus brazaletes de hilo—. Vamos, deberíamos seguir adelante.

La piedra de zahorí nos llevó al otro lado del puente de Westmin­ster. Cuando llegamos a la ribera sur, las farolas, los carteles y los automóviles vistosos desaparecieron. El humo se elevaba hacia el cielo apagado desde montones de ladrillos y edificios a medio derruir.

—El Blitz —susurré—. Esto es lo que la Luftwaffe le hizo a Londres en la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué no lo habíamos visto hasta ahora?

—La parte norte del río es lo que se conoce como el Turisteo. Lo que ves aquí lo llaman los Desechos.

—¿Y por qué ocupan esas partes de la ciudad?

—Según las semblanzas vienen y van, la memoria compartida de un estrato cambia.

La gente para la que la guerra sigue presente tiende a instalarse aquí, mientras que las semblanzas más recientes prefieren el Turisteo.

Los estratos más profundos tienen menos variaciones en su población de semblanzas y, por tanto, una geografía más estable.

Cruzamos un distrito de edificios de ladrillo bombardeados y llegamos a un suburbio de chabolas de madera.

Había cientos de soldados hurgando en los escombros, hablando en corrillos o apiñados en torno a hogueras.

Muchos perros escarbaban también en la basura junto a la gente pobre.

Pasamos entre una muchedumbre de hombres encorvados que buscaban trabajo para el día cerca de las puertas de un sindicato.

—Casi toda la gente de la Gran Depresión está aquí también —añadió Casio.

Los Desechos parecían las ilustraciones que había en los viejos libros de Sherlock Holmes, aquellos bocetos en negro, siluetas sobre todo, que parecían dibujados con la punta de una cerilla gastada.

Muchas caras mugrientas, cuando se veían siquiera.

Caminamos en silencio por calles iluminadas por la tenue luz de hogueras.

Eso y un montón de velas.

La mayoría de las semblanzas de la zona llevaban una. Algunas las habían dejado sobre pilas de ladrillos rotos o en el alféizar de las ventanas. Más de una vez vi cómo una semblanza sacaba la suya del bolsillo y la llama se encendía sola.

—La encarnación de la luz del alma —me explicó Casio—. Todas juntas, le confieren al estrato la iluminación que tiene. Una por una, representan una pequeña esperanza contra la Interminable Oscuridad.

Un repentino fogonazo y una nota grave rompieron la calma que teníamos por delante. Crucé la mirada con Casio.

—Eso no puede ser bueno.

Él me miró con las cejas arqueadas. El alboroto venía de la dirección hacia la que teníamos que ir. Quizá fuese casualidad. Quizá no.

—Solo los buenos mueren jóvenes —dije, y echamos a correr hacia allí.

Unos cien metros calle abajo, otro brillante destello y un nuevo estruendo gutural recorrieron las calles salpicadas de escombros.

En la acera de enfrente, el cristal de las ventanas de un edificio de cuatro alturas estalló y cayó a la calle.

Salió fuego de las ventanas rotas y la gente de dentro empezó a chillar.

Una semblanza saltó de una ventana del tercer piso con un saxofón en la mano.

Se precipitó a la calle y abolló su instrumento de mala manera, pero se puso en pie y se fue andando.

Alguien gritó «¡Espectro!» desde una ventana en el piso superior del edificio.

Tal vez fuese el mismo espectro contra el que acabábamos de luchar en Westminster, tal vez no. En todo caso, apenas habíamos sobrevivido de una pieza a una batalla contra un espectro. Sería una idiotez meternos en otra sin catalizadores. Y menos teniendo cosas cruciales que hacer.

Una oboísta salió disparado de la puerta del edificio y pasó a la carrera junto a mí, con la boca muy abierta, chillando:

—¡Está matándolos!

—A la mierda —dije.

Eché a correr sobre el cristal roto, haciéndolo crujir con las botas de camino hacia la puerta, seguido de cerca por Casio.