Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Solo un espectro maduro puede pasar de un estrato a otro, ya que poseen más capacidades tanatúrgicas que los espectros menos maduros.

Sir R OBERT M ORAY , Clavis Necronomica ,

archivos cythonianos

L a escalera descendía desde la Cámara del Pyx a la oscuridad más absoluta.

Si veíamos algo era solo gracias a la vela de Kincaid.

La firme mano del sacerdote me guiaba hacia abajo mientras los pesados pasos de Casio resonaban atrás.

El olor a piedra mojada impregnaba el aire, como si el sótano estuviera sudando bajo el abrumador peso de la abadía de Westminster.

La oscuridad se plegaba en torno a mí como una sábana de seda, acariciándome la piel con su leve contacto.

También daba la misma sensación fresca que las sábanas en invierno nada más meterte en la cama.

Pero era más que eso: parecía conocer mi pasado.

Aun así, se me revolvieron un poco las tripas con la misma emoción que cuando salía al escenario para un bolo.

Al poco tiempo la oscuridad de debajo empezó a suavizarse, a pasar a un gris carbón, y luego a un gris plata, y luego a un blanco neblinoso.

Cuanto más descendíamos, más se me atenazaban la cabeza y el estómago con aquella vieja presión.

El dolor palpitaba tras mis ojos, se me emborronó la vista, emergieron recuerdos en mi mente…

… enciendo mi cirio y me arrodillo ante una estatua de María en la iglesia de Santa Francisca Cabrini, justo en el mismo sitio donde antes me arrodillaba con mi madre cada domingo.

«Querido Dios, vengo todas las semanas desde que mamá se fue y rezo para estar con ella otra vez. ¿Por qué no me escuchas?»…

Kincaid nos llevó por fin a un suelo de piedra labrada.

Era la Cámara del Pyx otra vez, pero diferente.

Había velas encendidas sobre mesitas bajas por todo el perímetro de la estancia.

Vi guardias sentados en las esquinas, igual que arriba, pero estos eran más delgados e iban sin afeitar y armados con lanzas cortas.

Nos saludaron con la cabeza cuando llegamos.

Me apresuré a soltar la mano de Kincaid y darme en la muñeca con las gomas.

El dolor no ayudó. Apoyé los dedos temblorosos en la pared para equilibrarme y canturreé unos breves compases del Perfect Strangers de Deep Purple.

Sirvió más o menos igual que una aspirina para una migraña.

Me puse los auriculares y reproduje Hang Tough de los Tesla.

Nada, cosa que tampoco me sorprendió. Siempre era la música en directo lo que mejor me iba para asentar el estómago y los nervios cuando los pensamientos sobre el abandono me ponían la cabeza como si estuviera atrapada en un tornillo de banco.

Miré mi sombra y vi de nuevo aquella larga cicatriz con todos sus pequeños afluentes, solo que en ese momento uno de esos afluentes brillaba como un ascua al rojo vivo, como si por él fluyese lava.

Di un golpecito en el brazo de Casio.

—¿Tú no lo sientes?

—A los vestigios y las semblanzas apenas nos afectan los estratos —dijo él—. Los humanos y los tanaturgos sois quienes peor lo pasáis porque aún tenéis vuestra propia alma.

—Y el descenso afecta a cada cual de forma distinta —añadió Kincaid—. Aunque, eso sí, al principio, la historia de los estratos tiende a presionar contra nuestra propia historia, revelando más cuanto más descendemos. Tendrás que encontrar tu propia forma de contrarrestar el efecto.

—Creo que a lo mejor sé cómo —respondí.

—Antes de que me vuelva para arriba —dijo Kincaid—, comprueba la piedra de zahorí.

Encendí el Zippo detrás de la piedra y el haz de luz salió disparado hacia la izquierda, en horizontal.

—Bien. —Kincaid asintió—. Tu cita es aquí, en el Estrato Moderno. No necesitarás hilo lingüístico.

Había leído en el manual de campo de Henry que el hilo lingüístico posibilitaba la conversación entre personas que, de otro modo, serían incapaces de comprenderse.

Un hombre bajito vestido con sotana negra y bonete llegó a toda prisa y saludó a Kincaid.

—¿Arriberos, esta vez? Habría agradecido saberlo de antemano.

Kincaid sonrió y le estrechó la mano.

—Es una visita que no teníamos prevista, Mikael. Son amigos míos. Por favor, concédeles tu famosa cortesía.

Mikael hizo una teatral negativa con la cabeza, antes de que el más mínimo atisbo de sonrisa curvara la comisura de su boca. Kincaid se volvió hacia mí.

—No deberías correr ningún peligro si no intentas interactuar mucho demasiado pronto.

Yo, en tu lugar, me limitaría a buscar a la persona que te dio la piedra de zahorí, hablar con ella y volver arriba otra vez.

Puedes usar los peldaños de la abadía para tu regreso.

Mikael te guiará hasta arriba si hace falta.

—Calló un segundo y luego añadió—: Una última cosa.

Henry y yo no nos separamos de una manera muy cordial, pero éramos amigos.

Lamento cómo terminó todo. Quédate esto —dijo, y me dio una medallita de san Judas.

—El patrón de las causas perdidas.

Kincaid soltó una risita.

—Es solo un símbolo que puedes enseñar para conseguir refugio si lo necesitas. Cualquier hermano mío lo aceptará y me informará. Claro que rezarle a un santo tampoco ha hecho daño nunca, que yo sepa.

Me guardé la medallita en el bolsillo y alcé la mirada hacia Mikael, que nos indicó por señas que fuésemos a la puerta de la cámara. Pero, nada más dar el primer paso, trastabillé, con el recuerdo de mi vela votiva arremolinado en la mente.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Mikael.

Casio me pasó un brazo por los hombros y seguimos a Mikael por el Westminster del Estrato Moderno.

Fui pasando la mano por la pared de piedra para mantenerme erguido.

Tenía una cierta solidez, fría y dura bajo mis dedos, pero no era como la piedra del mundo de arriba, sino más bien como la idea de la piedra.

Del mismo modo, la reverencia de las tumbas me resultaba un poco menos…

reverente. Hizo que me preguntara si los cuerpos estaban allí siquiera, si tal vez los restos mortales no se quedarían en el mundo mortal.

Cuando salimos de la abadía, Mikael cerró la puerta a nuestra espalda sin más ceremonia, sin proferir ni siquiera un británico «Adiós muy buenas».

Me volví y miré hacia arriba. Ay, la leche.

Había descendido al pasado, sí, pero estaba contemplando el cielo de Londres.

No era mi cielo de Londres, pero había estrellas por encima de las luces de la ciudad, y una luna en cuarto creciente, y nubes altas arrastradas por el viento.

El aire, en cambio, tenía un matiz más acre que el del Londres de arriba.

La calle Sanctuary parecía incandescente con tanta luz: farolas, marquesinas de teatros, ventanas que dejaban escapar el brillo de dentro.

Los coches circulaban raudos por la carretera adoquinada: un Aston Martin nuevecito, un Volkswagen escarabajo de los años cincuenta, algo que llevaba el letrero Crossley y me recordó a un antiguo Modelo A, e incluso calesas con enormes y atronadoras ruedas de madera, cuyos caballos guiaban hombres en traje de tweed.

Arriba y abajo por los paseos y la plaza, la gente caminaba ajetreada o con calma o se detenía a hablar y reír en grupos.

El aire estaba lleno del olor de la comida y los tubos de escape y el perfume.

Todo aquel lugar vibraba como una feria, y todo parecía de lo más real.

Sacudí la cabeza, intentando despejarme los ojos para confirmar que estaba viendo lo que creía estar viendo.

—Tómate un momento para orientarte —dijo Casio.

Me apoyé en una farola.

—Todo esto son creaciones de la Interminable Oscuridad —me explicó mientras yo descansaba—. Los estratos y todo lo que contienen están formados a partir de ella, pero no olvides que son imitaciones, a fin de cuentas.

La náusea y el mareo me acosaron de nuevo.

Me doblé por la cintura en la acera mientras las sombras de los viandantes pasaban oscilando junto a mí.

Eran de un gris más claro que el de un vestigio, y con los bordes menos definidos.

No vi ninguna pauta titilante, pero eso habría requerido verdadera luz.

Moví la mano hacia la gente que nos rodeaba.

—¿Semblanzas?

Casio asintió.

—Su permanencia se conoce como «la tumba inquieta», y puede tener muchos motivos: una sensación de culpa o dolor, o un sueño incumplido, o incluso unos fracasos en la vida que siguen pesándoles.

La luz de sus almas compone un estrato, una imagen del pasado creada a partir de los pensamientos y los recuerdos de quienes persisten aquí.

—Una especie de subconsciente colectivo.

El centurión asintió de nuevo.

—Y, como tal, está basado en la perfección. Por lo tanto, las cosas no siempre coincidirán con la realidad.

Después de respirar hondo unas cuantas veces, al menos fui capaz de erguir la espalda, aunque la vieja presión seguía haciéndome pogo en la cabeza.

—¿Hasta dónde se remonta la historia en este estrato? ¿Y cuántos estratos hay?

—El Estrato Moderno, en el que estamos, abarca desde la actualidad hasta el principio del siglo XX .

—Casio me miró con el ceño fruncido—. Te recomendaría que hablemos de los demás estratos en otro momento.

¿Seguro que estás lo bastante bien como para reunirte con la mujer que te dio la piedra de zahorí?

—No, pero sí que sé cómo podría estarlo —dije—. Tenemos que hacer una parada rápida de camino. Mis libros dicen que las semblanzas nos identificarán como lo que somos, un arribero y un centurión. ¿Deberíamos coger calles secundarias?

—La gente de los estratos está acostumbrada a ver todo tipo de seres —respondió él.

—Muy bien, pues vamos.

Con la ayuda de Casio, crucé la calle entre un par de carruajes tirados por caballos y correteé hacia una iglesia metodista gloriosamente iluminada. Había una pareja en la escalinata, posando para sus fotos de boda.

—¿La gente se casa aquí? —pregunté—. ¿Saben que están muertos?