Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Cuando un tanaturgo fallece, los vínculos de sus vestigios irán perdiendo fuerza con el tiempo a menos que los renueve otro tanaturgo.

W ILLIAM P AYNE , Autoridad y defunción:

Vínculos relacionales

E spectro…

La mera palabra ya disparaba algo en mi interior, algo que no había sentido antes. Una parte era reverencia, como la sensación de estar rodeado por todas las tumbas y la historia de Westminster. Pero otra parte era un temor que no sabía explicar.

—¿Tú sabías que era un espectro? —le pregunté a Casio.

Vi que por fin envainaba su espada.

—Al contrario que John y tú, yo no poseo el don de escrutar en la sombra de un ser para dilucidar su naturaleza. Pero he luchado con bastantes criaturas de los estratos, así que es lo que habría supuesto.

Iba a tener que empaparme del libro sobre espectros que me había dado la presera Lakshmi nada más tuviera ocasión.

—¿Y ya habías luchado contra seres de estos?

—Cuatro de los muchos vinculadores a los que he servido desde el antiguo Londres eran tejeoscuros, tanaturgos que cazan y vinculan espectros y otras estratoformas concebidas en la Interminable Oscuridad.

Ya había leído algo sobre esa oscuridad, pero saqué el manual de campo de Henry de todos modos.

—La Interminable Oscuridad es una especie de sustancia primordial a partir de la que se forman los estratos, ¿verdad?

—No exactamente. —Kincaid se limpió la cara con una toalla y se volvió hacia mí—.

Cuando una persona muere, si su alma no sigue adelante, llega a la Interminable Oscuridad como semblanza.

La mayoría de esas semblanzas abandonan la oscuridad, buscando añadir su luz a otras semblanzas, lo cual construye y sostiene los estratos.

Pero, a veces, algunos permanecen dentro de la Interminable Oscuridad.

No necesitan formar una comunidad, sino satisfacer una obsesión.

Y alimentan esa obsesión cazando y consumiendo a otras semblanzas.

Cada vez que matan se vuelven más peligrosas, y en general más locas.

Oírlo me perturbó.

—Cuando he mirado su sombra… me ha parecido ver algo que me sonaba.

Kincaid cruzó el suelo cosmatesco y se acuclilló delante de mí.

—¿Qué has visto, Jack?

—Una parte de su sombra tenía una pauta… —Callé un momento, visualizándola—. Una pauta que titilaba como la mía.

Me puso una mano en el hombro.

—¿Estás seguro?

—Las interpreto como notas en una pieza musical —dije.

—Los tanaturgos veis las sombras de manera distinta —suspiró Kincaid—. Pero, en todo caso, vuestro renacimiento crea una oleada de poder que abre una fugaz puerta a nuestro mundo. No es tan infrecuente que el retorno de un tanaturgo invoque a un espectro a la superficie.

Recordé la noche del ataque, fuera de casa de Henry.

—Justo después de volver del Prado de Asfódelos, hubo un destello de luz y un olor a ozono. Y a los cinco segundos mal contados, apareció el espectro.

—Si tiene lugar una invocación como esa —respondió el cura—, lo que emerge lo hace precisamente porque tiene algo en común con el tanaturgo. Y luego puede emplear esa conexión para rastrearte. Conoce tu olor, por así decirlo.

—Estupendo. —Miré en la dirección por la que había huido el cerbero—. Pero ¿quién lo ha vinculado?

—En esos casos —explicó Kincaid—, el espectro queda espontáneamente vinculado al animal o humano vivo más próximo. Sus franjas de tejido son más etéricas que las que crea un tanaturgo, pero igual de reales, y solo pueden cortarse con la hoja adecuada.

—No está vinculado a ti, Jack —añadió Casio—, pero ese espectro y tú tenéis algo en común. Por tanto, si consigue encontrarte otra vez, sabrá cómo hacerte mucho daño. —Se dio un golpecito en el pecho—. Por dentro.

—Perfecto. ¿Tenéis alguna buena noticia que darme, ya puestos?

—Has tenido buen instinto con los cirios —propuso Kincaid—. La llama viva puede revelar mucho a ojos de un tanaturgo. Te interesa cultivar esa habilidad.

Con las velas encendidas a nuestro alrededor, volví a observar la sombra del sacerdote.

En torno a la distintiva oscuridad humana, distinguí un fino borde dorado, distinto en tono y profundidad que el oro de tanaturgo.

Pero lo que más interesante me pareció fue que había una sola oclusión, con forma de cuerno de cabestro sostenido por unas manos implorantes.

—No eres tanaturgo, pero eres más que humano —dije—. ¿Y tu sombra no tiene muchas oclusiones por…?

—Soy un hombre santo —respondió Kincaid, sonriendo—. Me dedico al arrepentimiento y el perdón.

—Como deberíamos hacer todos un poco más —terció Casio.

Kincaid me dio su Zippo.

—A lo mejor te sirve hasta que hayas conseguido unos catalizadores como Dios manda.

—Gracias. —Me guardé el mechero en el bolsillo—. Si ese espectro ha consumido otras almas, ¿se consideraría un alma vieja?

Kincaid levantó las cejas.

—Eso no es algo que pueda ver un hombre santo. ¿Por qué lo preguntas?

Por fin le hablé de la entrada en el diario de Henry y de su búsqueda de un alma vieja para renovar la guarda.

—Lo que describes, Jack, es un antiguo sacramento —dijo Kincaid—.

Una porción de terreno se hace inviolable al imbuirla con una colección de almas que ha persistido en el tiempo.

Es por eso por lo que, en las escrituras y en los textos históricos, a menudo se emplea con ellas el pronombre «nosotros».

En términos tanatúrgicos, es lo que se conocería como un espectro maduro.

—Entonces, ¿puedes ayudarnos? —pregunté.

—Un espectro inmaduro, con una sola alma, es formidable, pero irreflexivo en su obsesión.

Un espectro maduro, en cambio, es consciente de sí mismo, poseedor de su propia voluntad.

—Kincaid suspiró de nuevo—. Además de encontrar y reducir a una entidad así de poderosa, necesitarás comprender cómo vincularla a la zona en cuestión.

Los archivos que tenemos aquí son exhaustivos, pero no te servirán de nada.

Los textos arcanos que te interesan son apócrifos y están prohibidos.

Puse media sonrisa.

—¿Tienes la menor idea de cuántas veces me ha dicho algún cura que no tiene respuesta a mi pregunta?

Kincaid rio en voz alta. Casio y yo nos sumamos a sus carcajadas y nuestras voces resonaron estridentes por la abadía unos momentos antes de desvanecerse.

La adrenalina de la lucha remitió con ellas y una oleada de realidad me arrolló.

Acababa de luchar contra un espectro y había sobrevivido por los pelos.

Y allí estaba, hablando acerca de llevar a cabo un antiguo sacramento con un espectro de muchas almas.

Sonaba a condena a muerte. Pero no podía darle la espalda a la gente que contaba conmigo, y entre esa gente estaba Henry. El problema era que iba armado con poco más que muchas lecturas, un viejo Zippo y una navaja inútil. Necesitábamos ayuda.

Por instinto, saqué el Zippo, lo encendí con el pulgar y lo levanté hacia la piedra de zahorí. La runa de la piedra brilló; parecía un pequeño símbolo de infinito, pero incompleto por la cima de cada bucle. Desde ahí, un haz de luz concentrada refulgió hacia el suelo.

—¿Quieres ir ya? —preguntó Kincaid.

—Necesito respuestas —dijo.

Kincaid cogió un cirio del altar mayor y nos guio más allá del gran claustro hasta una puerta.

Abrió su cerradura y nos llevó a una fría cámara con un techo de piedra bajo y abovedado.

La estancia tenía poco mobiliario: un pequeño altar de piedra con hileras de velas votivas encima, un banco, una mesa alta cargada con unos cuantos libros y un cofre de madera contra la pared de la derecha, con un farol sin encender encima.

—Esta es la parte más vieja de la abadía —explicó—. La Cámara del Pyx, la sacristía de Eduardo el Confesor, construida en 1066, el año que cambió a toda Inglaterra. El Libro Domesday solía estar aquí mismo.

Señaló hacia el altar con su cirio y la tenue luz iluminó a unos guardias sentados en las esquinas de la cámara, perfectamente inmóviles.

Cada uno de ellos tenía una hoja larga, fina y oscura en el regazo.

Con el cuero y la capucha negros que vestían, y con la máscara que les cubría la mitad inferior de la cara, parecían verdugos.

—Son los guardianes de nuestros peldaños que descienden a los estratos —dijo Kincaid—. Y nuestros peldaños solo están disponibles para amigos de la abadía.

Kincaid nos llevó a una esquina de la cámara, un poco más allá del cofre de madera, donde una escalera de piedra sin nada extraordinario descendía a la oscuridad.

—¿Has entrado en los estratos? —me preguntó.

Negué con la cabeza.

—Puede llevar un tiempo aclimatarte al descenso, así que esta noche te haré de guía.

—¿Los sacerdotes pueden viajar por los estratos? —pregunté.

—Yo también soy buscasendas —respondió Kincaid—, capaz de guiar a otros a los estratos, más o menos como un tanaturgo. En lo relativo al alma, sin embargo, mi vocación consiste en reconfortar y alimentar.

—Cosas en las que John es todo un experto —terció Casio.

Kincaid le dio las gracias.

—Escucha, Jack, una cosa es haber renacido como tanaturgo, e incluso estudiar para comprender lo que significa, y otra muy distinta entrar en los estratos. Puede cambiarte. Solo el descenso ya te obligará a recordar cosas que es muy probable que tengas apartadas.

—¿Como traumas de la infancia? —dije, soltando una risotada.

Kincaid no se unió.

—Entiendo que quieras buscar al dueño de la piedra de zahorí y averiguar qué le pasó a Henry, pero tienes que comprender que meterte en los estratos es… bueno, puede ser difícil, sobre todo al principio. No te exijas demasiado.

—Entendido.

Pero no lo entendía. En realidad no. Y no paraba de repasar mentalmente todas mis taralecturas, buscando algún dato que pudiera sugerirme otra forma de obtener las respuestas que necesitábamos.

Porque los cambios estaban llegando muy deprisa y no me hacía ninguna falta ponerme a revivir partes de mi pasado.

Aun así, cuando Kincaid me tendió la mano, la tomé. Y entonces, con Casio a mi espalda y sintiéndome un poco igual que supuse que se habría sentido Dante, comencé mi descenso por la escalera hacia los estratos.