Capítulo 13
Un tanaturgo puede impartir una pequeña medida de su alma para reparar y vincular a los vestigios a su cuidado. Es recomendable ejercer la cautela, no obstante, dado que las repetidas imparticiones resultan en una deuda espiritual.
T OMÁS DE L ONDRES , Capacidad espiritual
D e las sombras de Westminster emergió la criatura que ya me había perseguido dos veces desde mi casa. No sabía cómo llamarla. ¿Bestia? ¿Monstruo? ¿Pesadilla? Me decidí por «cerbero».
El cerbero abrió sus inmensas fauces. Le caía baba de la boca sobre tres hileras de largos dientes como cuchillas.
Unos músculos fibrosos se flexionaron bajo su pelaje ensangrentado, que estaba incluso más rajado y maltrecho que antes.
Su carne y sus huesos parecían estar creciendo demasiado para que los contuviera su piel.
La bestia se encorvó mientras nos observaba. Gruñó de nuevo y el sonido vibró en la piedra de la abadía. Las candilejas titilaron y se atenuaron. Y yo empecé a sentir un impulso abrumador de lanzarme contra aquel dichoso bicho.
—¡Vamos, hijo de puta!
Saqué mi navaja, rebosante de furia, imaginando cómo iba a destripar a aquel ser, y eché a andar hacia él sin refuerzos ni un plan. Casio me agarró del hombro y me sacudió, sacándome del trance.
—Jack, tienes que defender tu mente de él. Concéntrate en cómo derrotar al enemigo y prepárate para cortar sus vínculos.
Se había metido en mi cabeza otra vez. Debería haberlo visto venir. Lanzarme contra aquella cosa solo con mi navaja era de locos.
—Y yo sin mis bastones —murmuró Kincaid, moviéndose despacio hacia el altar mayor.
—Separaos —dije a Casio, pensando que teníamos que dividir su atención y avanzando hacia la derecha.
Un rugido brutal surgió de la garganta del cerbero y resonó en el techo abovedado. Cayó yeso desde la cúpula. Casio gritó «¡Bratros!», cosa que pareció servir solo para enfurecer a la bestia, que se abalanzó sobre él haciendo chasquear las fauces.
El centurión esquivó danzando a la izquierda y le dio una estocada al cerbero en el costado.
La carne del monstruo se desgarró con un sonido húmedo.
El cerbero aulló y sacudió su parte trasera, que empujó a Casio contra una columna de mármol.
Se dio un cabezazo contra la piedra, pero conservó el equilibrio.
Entonces el cerbero se volvió y merodeó en mi dirección. Su pelaje apelmazado apestaba a cloaca y a sangre. A la tenue luz de las candilejas, no distinguía sus vínculos. Necesitaba una llama vida.
—Kincaid, ¿puedes encender las velas?
—Hecho.
El sacerdote se sacó un viejo Zippo del bolsillo y se puso a encender mechas por todo el suelo cosmatesco.
El cerbero bajó la cabeza, enseñó los dientes y saltó hacia mí.
Casio llegó corriendo desde el lado, dio un espadazo hacia la garganta de la bestia y le rozó el cuello.
El monstruo reculó, rugió y cargó de nuevo, lanzó una dentellada hacia Casio, pero embistió contra mí una vez más.
Retrocedí y topé contra un banco de madera.
Ya me consideraba carne muerta, pero entonces el cerbero se detuvo de golpe. Casio estaba agarrando al monstruo por las patas traseras. Tiró de él hacia atrás y sus garras dejaron surcos en el precioso suelo cuando se revolvió para intentar seguir hacia mí.
Kincaid encendió más velas. A la luz que por fin brillaba desde el altar mayor vi, sepultada en la maraña de pelo del cuello de la bestia, una cuerda plateada y negra, su vínculo, y en el suelo cerca de mis pies su sombra, que centelleaba en gris y estaba ribeteada por un fino halo violeta.
Esa sombra tiró de mí hasta que identifiqué una parte de su pauta, unas notas de brillo destellando, dos descendentes y luego dos ascendentes, que eran como una pequeña porción de la mía propia.
Aún tenía la mirada fija en el suelo cuando el cerbero se zafó de Casio y se volvió como un remolino hacia él, demasiado cerca para que el centurión pudiera darle tajos o estocadas con su hoja.
Estrelló el pomo contra el hocico de la bestia y la derribó al suelo.
La sangre salpicó el pavimento cosmatesco mientras la criatura aullaba y rodaba hacia el altar.
—¡Necesito más espacio! —le dije a Casio.
El centurión descargó un espadazo hacia la cara de la bestia y se movió hacia la izquierda para atraer al animal.
Yo lo rodeé por detrás mientras le susurraba a Kincaid que cogiera un candelero y estuviera listo para lanzárselo a Casio. El sacerdote levantó un grueso utensilio cobrizo que tendría la longitud de un bate de la liga juvenil de béisbol, le arrancó el cirio y sostuvo la base en alto, preparado.
El cerbero rugió y lanzó feroces mordiscos hacia las piernas de Casio, que esquivó danzando mientras yo me acercaba muy poco a poco por el lado hacia el que no miraba.
Entonces chillé:
—¡Eh, ven a por mí!
El cerbero giró su descomunal cabeza y me miró furioso.
—Venga, ya tardas.
Le goteaban sangre y saliva de los dientes y la lengua. Se dio la vuelta y sus enormes garras arañaron el suelo de piedra.
Casio envainó la espada y preparó las manos. Asentí hacia Kincaid, que entonces arrojó el candelero hacia Casio.
Ni de milagro iba a poder matar a esa cosa a puñaladas. Retrocedí, con la navaja alzada en lamentable pose defensiva. Lo único que tenía que hacer era cortar aquel collar vinculante.
El cerbero avanzó despacio hacia mí.
—Sube a su lomo —dije— y tírale de la boca con el candelero como si fuese una brida.
Casio asintió.
Solté un grito gutural de death metal para cabrear a la bestia.
Y cuando el cerbero me devolvió el rugido, Casio saltó y le metió el candelero entre sus fauces abiertas.
La boca del monstruo se cerró con un tañido sobre el palo de latón, pero Casio tiró del candelero hacia atrás y fue rompiendo dientes hasta encajarlo en la articulación de la mandíbula del cerbero.
La criatura se revolvió contra aquel objeto metálico, pero Casio lo sostuvo con firmeza.
Salté hacia el cerbero y di una cuchillada a su collar vinculante.
Nada. La hoja de mi navaja se desvió sin cortar ni una sola hebra.
El monstruo siseó y consiguió darse la vuelta para encararse hacia Casio. Salté a su lomo y agarré el collar con la mano izquierda. El cerbero corcoveó, pero aguanté y empecé a intentar serrar la cuerda. Nada tampoco.
—¿Qué estoy haciendo mal? —grité.
Casio mantuvo a distancia las dentelladas de la criatura con el candelero.
—El acero no sirve para cercenar un vínculo tanatúrgico.
Pues adiós a esa idea.
El cerbero rugía y daba patadas. Casio le metió el candelero hasta el fondo de la garganta, provocándole una arcada.
Unas esquirlas de dientes sanguinolentos cayeron traqueteando al suelo de mármol, pero el cerbero arrancó el candelero de las manos de Casio y lo arrojó lejos.
Entonces se alzó sobre las patas traseras y dio sendos zarpazos que derrumbaron a Casio al suelo.
Entonces la bestia empezó a balancear la cabeza como un toro despejando matorrales con los cuernos.
Con un grave gruñido y lamiéndose la sangre del hocico, avanzó despacio hacia Casio, tendido bocabajo en el pavimento cosmatesco.
Yo no tenía buenas armas para aquel combate, pero, aunque eso pudiera significar mi muerte, no iba a permitir que ese bicho destrozara a Casio mientras estaba en el suelo, que era como había muerto mi hermano Dan.
Me lancé de nuevo sobre su lomo. La bestia corcoveó y se sacudió, y estuvo a punto de expulsarme mientras sus dientes mordían el aire al lado de mi cabeza y mis brazos. Pero le clavé los dedos bien hondos en el pelaje ensangrentado y me agarré como si me fuera la vida en ello.
Con un momento para recuperarse, el centurión se puso en pie, acometió y clavó su hoja casi hasta la empuñadura en el pecho del cerbero.
La bestia cayó y yo rodé por el suelo. El cerbero se espatarró mientras le chorreaba sangre de la herida.
Intentó levantarse otra vez, pero Kincaid llegó corriendo y le dio una patada en el costado tan tremenda que partió huesos.
La bestia aulló, se levantó trastabillando y huyó poco a poco más allá del claustro.
Casio dio dos pasos tras ella, pero entonces cayó de rodillas en un charco de sangre.
Kincaid resollaba, encarado hacia el claustro.
—No volverán a pillarme sin mis bastones.
Me apoyé en una columna para recobrar el aliento.
Fuese lo que fuese aquel bicho, había estado a punto de arrancarme la cabeza.
Estaría muerto de no ser por Casio y Kincaid.
Mis manos tardaron unos minutos en dejar de temblar.
Pelear contra otro tío era una cosa, aunque fuera a cuchillo, pero aquello…
era como algo salido de una canción deathcore.
—Conque el fin del mundo, ¿eh? —dije, señalando el mosaico ensangrentado.
Llegaron dos sacerdotes corriendo desde detrás del altar, espada en mano. Cruzaron la mirada con Kincaid, volvieron tras el altar y regresaron con un par de mochos y unas toallas mojadas. Nos pasaron las toallas para que nos limpiáramos un poco y se pusieron a fregar el pavimento cosmatesco.
—¿Esto es algo que suela pasaros? —pregunté a Kincaid.
—No —respondió él.
Levanté mi navaja y la cerré.
—No he podido cortar sus vínculos.
Kincaid miró hacia los cirios de alrededor.
—He supuesto que tenías una jopesh… esto… una espada de tanaturgo.
—He pensado que un cuchillo es un cuchillo.
Casio limpió su espada.
—Necesitas equipo en condiciones, Jack.
Kincaid negó con la cabeza.
—Aun así, me temo que esa criatura no era un simple vestigio.
—¿No?
—No, Jack —dijo Kincaid—. Que Dios nos asista, porque eso era un espectro.