Capítulo 12
Los tanaturgos deben actuar con discreción en el mundo superior y evitar interferir en la política, la religión o la vida cotidiana de los velados, los humanos que no poseen conocimiento alguno sobre las realidades tanatúrgicas.
El Pacto del Enigma,
Ley del Precedente, Norma Sexta
L a abadía de Westminster se veía majestuosa al resplandor de los focos bajo el cielo de medianoche.
Sus pináculos góticos y sus inmensas ventanas abovedadas apuntaban hacia el firmamento mientras sus grandes bloques de mármol la anclaban con firmeza a la tierra.
Si Dios tenía casa, bien podía ser esa. Casio me guio hasta una entrada nocturna discreta en la esquina sudoccidental, cerca del Patio del Deán, y alzó la mirada hacia una cámara de seguridad.
Dos minutos después, un sacerdote de cincuenta y pocos años, pelo entrecano y hombros anchos, vestido con una sencilla camisa negra, abrió la puerta y nos hizo pasar. La puerta se cerró a nuestra espalda con un resonante golpetazo. Sin mediar palabra, nos indicó que lo siguiéramos.
Me resultó difícil dar ese primer paso y me quedé paralizado.
El sacerdote regresó hacia mí.
—¿Hacía tiempo?
—Sí —dije—. Es complicado.
Él asintió.
—Bueno, dado que te trae Casio, permíteme sugerirte que, por esta noche, consideres Westminster como un sitio donde honrar a los muertos. Nada más, nada menos.
Eso sí que podía hacerlo. Y, después de echar a andar, me embargó una inesperada sensación reverente.
Estábamos dentro del camposanto más famoso de Londres, por supuesto.
Pero era más que eso. Sentí que estaba donde me correspondía de un modo que no me había ocurrido nunca antes.
Quizá se debiera a que había muerto y regresado.
Dejamos atrás a nuestra izquierda un claustro iluminado por las estrellas, con la hierba recién cortada alrededor de una fuente que gorgoteaba con suavidad.
Giramos a la izquierda por un pasaje abovedado y luego a la izquierda otra vez para entrar por el transepto sur.
Allí el techo se alzaba casi cincuenta metros, sobre dos hileras de columnas de mármol blancas y marrones y un suelo de mosaico de piedra.
Pasamos por el Rincón de los Poetas. La tenue luz caía sobre los monumentos —los relieves, las estatuas, el embaldosado de piedra con filigranas— dedicados a Lewis, Chaucer, Shakespeare, Dickens y, en lo alto, el relieve de Händel en actitud meditabunda.
Solos en Westminster, nuestros apresurados pasos resonaban deferentes contra sus esculturas.
Había un montoncito de cascotes pulcramente recogidos en el suelo delante de ellas.
Canturreé unos compases de El Mesías mientras pasaba sobre ellos hacia el amplio e intrincado pavimento que se extendía ante el altar mayor, tras el que las figuras doradas de santos y La última cena de Salviati resplandecían a la tenue luz de unas candilejas.
Por todas partes se veían unos cirios altos, gruesos y apagados.
El cura se detuvo justo al pie de los peldaños del altar y se volvió hacia nosotros. A la turbia luz de las candilejas, sus profundas patas de gallo le daban un aspecto demacrado. Su sombra caía en el suelo de mármol casi como la de un humano.
—Está siendo una noche larga. —Las palabras del sacerdote resonaron en la desierta abadía como una canción diligente, cansada. Entonces fijó la mirada en mi acompañante—. Casio.
—John —respondió el centurión.
Se estrecharon el antebrazo. El brazo del sacerdote se dobló, revelando más músculo del que habría esperado en un clérigo.
Sus anchos hombros le tensaban la camisa sobre el pecho.
Tenía un físico que me recordó al de los seguratas en los conciertos de black metal, tíos que tenían que comprarse camisetas XXXL para que cupieran sus pectorales, y luego les sobraba tela por abajo y tenían que metérsela en los bolsillos.
Cuadró sus enormes hombros hacia mí y me tendió la mano.
—Soy el padre John Kincaid —dijo—. Conque hemos cruzado el Prado de Asfódelos, ¿eh?
Más o menos ya había empezado a aceptar aquella imposibilidad. Era difícil negarlo, después de regresar a duras penas desde la llanura de estatuas para que me atacaran otras dos veces. Pero oírselo decir a un sacerdote tan como si nada lo volvía real de un modo que no lo había sido antes.
—Jack Solomon —respondí, estrechándole la mano—. ¿Cómo lo has sabido?
—¿Conoces ya el Pacto del Enigma? —preguntó.
Saqué el manual de campo de Henry.
—Sí. Por este librito y unos cuantos más.
Asintió.
—Entonces sabrás que el enigma se levanta si un humano se ve expuesto con demasiada frecuencia a la muerte tanatúrgica o incluso a amenazas mortales por parte de manos tanatúrgicas. Yo he tenido lo mío de ambas cosas.
—Bueno —dije—, si aquello no era el Prado de Asfódelos, desde luego era un sueño del demonio.
Kincaid torció el gesto un poco.
—Si vas a mentar al demonio en mi presencia, por favor, que sea con propiedad. —Calló un momento—. Y el lugar al que fuiste no era el infierno, amigo mío. Eso te lo garantizo.
Me guardé el manual.
—Entendido.
—De hecho —añadió—, al contrario que pasa con el infierno, un tanaturgo puede ver el Prado de Asfódelos prácticamente en cualquier momento, con la concentración adecuada. ¿Vienes por eso, buscando la claridad sobre tu nuevo estado?
Necesitaba confiar en ese tío antes de revelarle mi historia.
—¿Cómo os conocisteis Casio y tú?
Kincaid miró al centurión con una leve sonrisa.
—Luchábamos codo con codo hace años, más o menos contra un enemigo común. Pero ya dejé atrás esa parte de mi vida. Ahora me dedico sobre todo a aconsejar, a proporcionar la guía y la sabiduría de la Iglesia para mantener a salvo este sitio.
Contemplé la abadía.
—¿Estás diciéndome que los líderes de la Iglesia anglicana creen en esto de la tanaturgia?
—Quienes actuamos como sus representantes sí —dijo Kincaid.
—¿Hay algún tipo de confabulación en marcha entre la Iglesia y el mundo tanatúrgico?
—Más bien lo contrario —respondió él—. La mayoría de los tanaturgos no se preocupan por el bienestar de las semblanzas y de las almas. —Señaló el mosaico del suelo—. ¿Sabes lo que es esto?
Bajé la mirada hacia la amplia y compleja extensión de teselas.
—¿Algún tipo de mapa?
—Es un suelo cosmatesco —dijo el cura en tono reverente—. Por todo el mosaico hay símbolos e inscripciones que describen nuestro mundo y su final.
—Lo crearon unos artesanos romanos —añadió Casio—. La familia Cosmati.
—¿Y qué tiene que ver eso con…?
—Mira a tu alrededor —me interrumpió Kincaid, moviendo su fuerte mano—. ¿Qué sabes sobre el elemento nigromántico de la tanaturgia que pueda relacionarla con este sitio?
—Que es necesaria una forma física para vincular un espíritu —respondí, citando una cosa que los libros dejaban bien clara.
—Y aquí tenemos la mayor colección de materia física, en su mayoría huesos, de las mejores mentes del país, de sus artistas, de sus eclesiásticos, de su realeza. Me preocupo de conocer el pasado de todos ellos.
—Entonces, ¿estás protegiéndolos? —pregunté—. Creía que era la semblanza, o el alma, lo que albergaba la personalidad.
—A grandes rasgos, así es —dijo Kincaid—.
Pero el cuerpo original de un espíritu posee una cantidad ínfima de su alma, llamémosla su ADN, y algunos tanaturgos han descubierto, oculta a gran profundidad en los estratos, una manera de reconstituir la carne a partir del hueso.
Imagínate restaurar el cuerpo de Shakespeare.
Y ahora imagínate que tuvieras la auténtica semblanza del Bardo para vincularla a él. El resultado sería más que un vestigio.
—¿Auténtica resurrección? —pregunté.
Kincaid negó con la cabeza.
—Yo no lo llamaría así. El ser sigue respondiendo ante su vinculador.
—Muy bien —dije, repasando las inscripciones de las lápidas—. Pero creía que la mayoría de estas cosas eran solo homenajes, no verdaderas tumbas.
Kincaid cruzó la mirada con Casio, que dijo:
—Jack es de fiar.
Al parecer satisfecho con aquello, Kincaid me explicó:
—Es lo que le decimos al público en general, y a la comunidad tanatúrgica, por motivos obvios.
La sabiduría, el arte y la autoridad moral que un tanaturgo sería capaz de reclamar para sí podrían, en malas manos, acelerar el fin de los tiempos presagiado en el pavimento cosmatesco.
Por eso protegemos Westminster… aunque, esta misma noche, hemos tenido una incursión en la abadía.
Los cascotes sobre los que habíamos pasado.
—¿Se han llevado algo?
Kincaid negó con la cabeza.
—No estamos seguros.
—Sabéis quién ha sido —pregunté.
—Aún lo estamos investigando —dijo el sacerdote.
Cayó un breve silencio entre nosotros.
—Jack —dijo Casio, rompiéndolo—. Al igual que tú, John es de fiar. Creo que es el momento de contarle lo que pasa.
Mi amigo centurión aún no había dado una nota en falso, pero no sabía lo que me estaba pidiendo.
Había probado a contarle cosas privadas al sacerdote de Santa Francisca Cabrini cuando era un chavalín.
Le había hablado de la marcha de mi madre.
Probablemente no era justo, pero lo culpaba un poco a él de que el cielo no me hubiera respondido al respecto en absoluto.
Había confiado en él y me sentía defraudado.
Y, aunque el presente asunto estaba a todo un mundo de distancia, me despertaba recuerdos que no quería revisar.
Mi niño interior me decía que podía apañármelas solo, como hice entonces.
Al parecer captando mi reticencia, Casio añadió:
—John no solo es sacerdote, Jack. También conoce las tensiones entre el mundo de arriba y el de abajo. Y, quizá lo más importante de todo, es una persona honorable. Eso te lo puedo asegurar.
No es que me quedaran muchas opciones, al menos mientras Henry tuviera el tiempo en contra.
Y, además, me sorprendió descubrir que ya confiaba en Casio.
Así que le hice a Kincaid un resumen de lo que nos pasó a Henry y a mí y de todo lo sucedido desde entonces, reservándome únicamente lo del diario de Henry, que no me parecía correcto compartir con nadie todavía.
—Henry Wilkinson —dijo Kincaid, rascándose la barbilla—. Llevaba mucho tiempo sin oír ese nombre.
—¿Conoces a Henry? —pregunté.
Kincaid se subió la manga izquierda y se señaló un tatuaje de Stryper.
—Nos conocimos en el 87, cuando los Stryper dieron un concierto nocturno en el Caballo después de tocar en el Hammersmith Odeon.
—La gira «Al infierno con el demonio».
Parecía que ese cura era buen tío. Kincaid asintió.
—Henry y yo fuimos amigos hasta los acontecimientos de San Pablo. Aun así, rezo para que vuelva sano y salvo contigo. Si es así, no habrá sido fácil.
Henry mencionaba la catedral de San Pablo en su diario, pero dejé estar eso de momento. Solo quería que regresara.
—¿Te refieres a cruzar el Prado?
—Después de cada muerte, el viaje de vuelta se hace mucho más difícil —dijo Kincaid—.
Pero, si el tanaturgo consigue volver, lo hace con mucho más poder.
Es la razón práctica que hay detrás del artículo del Precedente que prohíbe matar a los tanaturgos: así se evita crear enemigos poderosos.
Lo cual significa que si un tanaturgo estaba dispuesto a saltarse el Precedente y matar a Henry, es porque tenía muchísimo interés en verlo muerto.
Con la mirada fija en el pavimento cosmatesco, pregunté:
—¿Crees que lo que ha pasado aquí esta noche puede estar relacionado con lo que le pasó a Henry?
—Quizá —dijo Kincaid—. Pero no es ni de lejos el primer ataque contra la Iglesia en el tiempo que llevo aquí.
Estaba más desesperado que nunca por encontrar a Henry. Lo necesitábamos de vuelta en el Caballo de Hierro antes de que se liara pardísima. Saqué la piedra del bolsillo y la acerqué hacia el sacerdote.
—¿Sabes lo que es esto? No he encontrado nada al respecto en los libros.
Kincaid cogió la piedra y la alzó hacia la luz.
—Es porque su uso está prohibido. Solo encontrarías menciones sobre esto en textos apócrifos.
Se llama piedra de zahorí. Viene a ser como un marcador de posición.
Antes los tanaturgos las usaban para comunicar una situación entre nuestro mundo y los estratos.
Cuando se enciende con una llama viva, la piedra te guía hacia un lugar concreto.
Y, una vez la piedra se enciende, su creador sabrá que has aceptado su invitación y vas de camino.
Recuperé la piedra.
—Llama viva. Fuego de verdad, vamos.
—Sí. —Kincaid me miró con atención—. ¿Quién te ha dado…?
Levanté una mano, deteniéndolo. Su aliento había empezado a hacer vaho en el aire entre nosotros. Un profundo y sonoro gruñido retumbó por la cámara abovedada. Kincaid pasó por delante de mí, hacia la nave.
—O nuestros asaltantes han vuelto… o vosotros habéis guiado algo hasta aquí.