Capítulo 11 #2
—Fue hace mucho. Pero yo sabía que, sin mi madre por allí, mi padre terminaría echándome de casa si no me unía a él y a mis hermanos.
Y supongo que iba de camino a eso, si te soy sincero.
Desde luego, perdí la cuenta de las peleas en las que terminé metido solo por vivir en esas calles.
Así que, hasta que consiga unos catalizadores tanatúrgicos y aprenda a usarlos…
bueno, sé pelear cuerpo a cuerpo y con cuchillos, pistolas o lo que quieras.
Pero lo más importante es que, antes de que la vida callejera me absorbiera, encontré el metal.
Casio miró hacia los Angra, que estaban aporreando unos ritmos pesados, y luego otra vez hacia mí.
—No me refiero solo a la música. También encontré a la gente. Me aceptaron. Me hicieron sentir conectado, fuerte. Todo empezó en un sótano mohoso, por increíble que parezca. —Aún podía oler la colada húmeda de Chuey—. Y volví a sentirlo la primera vez que entré en el Caballo de Hierro.
—Territorio neutral —dijo Casio.
—Es más que eso. La gente de allí… —Pensé un momento—. Esa gente cuida de ti.
Casio pareció quedarse sin palabras un momento.
—Jack —dijo por fin—, esa comunidad que describes es una cosa preciosa.
Pero tienes que recordar lo que ha pasado estas últimas horas.
Alguien os ha disparado a ti y a tu amigo Henry.
Es evidente que era un ataque planeado. Y quienquiera que lo hizo parece querer el Caballo de Hierro, cuyas protecciones están desapareciendo.
Henry no ha regresado aún y no tenemos las suficientes espadas para resistir en una pelea de verdad y salvarlo.
Al igual que le pasó a la pequeña ciudadela de mi pueblo contra el ejército romano, el Caballo caerá aplastado.
Tienes que aceptar que tus opciones son luchar teniéndolo todo en contra o estar dispuesto a capitular… como hice yo.
Negué con la cabeza.
—Puedes volver a ser la persona que fuiste antes, Casio. Henry miró a su atacante a la cara e incluso a él le dijo: «Siempre hay elección». Así que, de lo que dices, ni hablar, colega. Siempre hay una tercera opción. Solo tenemos que encontrar la tuya.
Casio puso media sonrisa, sin creerse del todo lo que estaba contándole.
El guitarrista de Angra se arrancó con los primeros arpegios de su éxito Rebirth .
Los fans levantaron el puño y entonaron un cántico al ritmo de la música.
Formaban parte de ella. Una parte grande e imparable.
Eso era lo que yo siempre había querido hacer, lo que siempre había querido ser: alguien capaz de componer canciones que te hicieran sentir que, de algún modo, todo iba a salir bien. Canciones que perdurasen, que…
—Tu cara —dijo Casio, rompiendo el hechizo—. Se te pone algo en la cara cuando escuchas esta música. ¿Qué es?
—Supongo que es el sueño que llevo casi toda la vida persiguiendo —dije.
Pero la verdad era que parecía estar escurriéndoseme entre los dedos. Tenía treinta y tres años, estaba sin grupo y seguía fregando platos. Casio escuchó, moviendo la cabeza sutilmente arriba y abajo al ritmo.
—Quizá no comprenda vuestra música metálica, pero los cánticos me recuerdan a nuestros gritos de batalla. Hermosos y aterradores.
—Ahí en el callejón has gritado «Bratros». ¿Es tu grito de batalla?
—En efecto, Jack.
—¿Qué significa? —pregunté.
Los ojos de Casio parecieron ver algo que yo no alcanzaba.
—Hermanos —dijo.
Justo entonces llegó Maggie, ajetreada. Era la mejor camarera de todo Camden.
Tenía una memoria enciclopédica para las bebidas, las celebraciones, los grupos, las caras.
Y también creía firmemente en el hielo. Para mi gusto, el hielo escaseaba fuera de Estados Unidos.
Puso dos vasos de agua con hielo en la mesa delante de nosotros.
La otra rareza de esa noche era que llevaba un polo con el logo del Inframundo y una insignia con su nombre en vez de su habitual camiseta de los Judas Priest.
—¿A qué viene el polo? —le pregunté.
—Patty acaba de traspasar el negocio. Mucha pasta. Así que… —Se dio un pellizco en la prenda—. Habrá que ir pija. —Se inclinó hacia mí—. ¿Te has enterado de lo de Angela DuFresne?
Estaba a punto de preguntarle a quién se refería cuando recordé que era la chica a la que había convencido para salir al escenario la noche anterior en el Caballo.
—¿De qué?
—Ha muerto. La poli dice que la ha atacado algún tipo de animal. También le ha destrozado todo el material, menos la guitarra, por lo visto.
—Me cago en la…
Sentí como si me hubieran dejado sin aliento de un puñetazo. Empezaron a temblarme los dedos en la mesa. Bajé las manos y las metí bajo los muslos. Aún podía oír su música.
—¿Cuándo ha ocurrido? —preguntó Casio.
—Esta misma noche, fuera del Gallos de Pelea. Salía de dar un concierto allí.
Maggie se secó los ojos con un trapo y nos dejó para seguir con su ronda.
Casio y yo nos quedamos callados escuchando al grupo durante cinco minutos después de eso, dando sorbitos a un agua que sabía como si acabaran de sacarla del Támesis.
Era imposible que el ataque a Angela fuese una casualidad, pero no conseguía imaginarme cómo encajaba con todo lo demás.
Entonces recordé la piedra y la saqué del bolsillo.
—¿Tú sabes lo que es esto?
Casio negó con la cabeza. Le di la vuelta en la palma de mi mano.
—Tengo que encontrar a la mujer que me la dio. Fue justo fuera del Caballo, solo un par de horas antes de que nos dispararan a Henry y a mí. Creo que ella podría saber quién lo hizo.
Casio tocó la piedra con suavidad.
—Conozco a alguien que puede ayudarte.
—¿Ah, sí? ¿A quién?
—¿Cuánto hace que no vas a misa?
Eso me pilló con el pie cambiado. No había pisado una iglesia desde la última vez que recé por mi madre en Santa Francisca Cabrini a los trece años. Esas plegarias no habían dado resultado, así que desde entonces me había apartado de todo lugar de culto durante veinte años.
Pero la gente estaba muriendo o desapareciendo, así que, si Casio creía que ir a la iglesia, solo una vez, podía ayudarme a averiguar por qué, quizá tendría que hacer de tripas corazón.
Escuché un último chillido del cantante de Angra, me levanté de la mesa y Casio y yo salimos por la escalera del Inframundo.