Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Las armas blancas son tradicionales, minimizan el daño a los vestigios y sirven para cortar hilo. Además de que usar armas de fuego nos llevaría de cabeza a la anarquía, destrozando también el Pacto del Enigma. El mundo no está preparado para eso.

Encargado de municiones,

prisión de Newgate, Estrato Moderno

E l Inframundo era un garito metalero situado en el sótano del pub Fin del Mundo. La propietaria tenía cierto sentido de la ironía, supongo.

Mientras nos poníamos a la cola, bajé la mirada un momento hacia la espada de Casio, que llevaba al cinto, y le di un toquecito.

—Me pregunto qué creerá la gente que es esto. Los velados, quiero decir, por eso del Pacto del Enigma.

Casio miró alrededor.

—Por el aspecto de los otros clientes, diría que una fusta.

Solté una risita.

—No es ese tipo de club.

En la puerta encontramos sentado a Bogdan, un corpulento polaco de veintitantos años, leyendo la partitura de una sinfonía de Wagner. Tenía más partituras amontonadas en el regazo. Bogdan las leía como otra gente devoraba libros de Stephen King o de Lee Child.

—Jack, ¿qué hay? —dijo, levantando la mirada—. Tenías razón, Wagner se sale por todas partes. ¿Quién es tu amigo?

—Me llamo Casio —se presentó el centurión, tendiéndole la mano.

Bogdan recibió un firme estrechamiento de antebrazo.

—Vaya, esto no se estila mucho —dijo, y se volvió de nuevo hacia mí—. Tienes que volver a tocar aquí pronto, tío. Quiero oír Siempre se marchan en directo.

—Cuando termine de clavar la letra —respondí.

Nos invitó a pasar con un gesto y bajamos a la sala de conciertos.

Estaban tocando los Angra, un grupo brasileño con un vocalista de primera.

Agité la cabeza al ritmo y dejé que la música me inundara.

La tensión de las últimas veinticuatro horas empezó a pasarse.

Encontramos una mesa en la parte de atrás, donde Casio podía tener controladas las salidas y un ojo echado a los clientes, y donde podíamos oír lo que decía el otro.

La poderosa música de Angra me concentró la mente.

—¿Qué es lo que ha pasado ahí fuera?

—Ha sido un intento de secuestro —dijo Casio.

—¿Cómo sabes que no pretendían matarme? —pregunté—. La mujer estaba allí anoche después de que nos disparasen a Henry y a mí. A lo mejor venía a terminar la faena.

—Puede ser —concedió él—. Pero traían redes.

—Las redes eran de hierro, pero pesaban un montón hasta para serlo.

—El hierro les roba la fuerza a los tanaturgos —explicó Casio—. Bien usado, puede ser un arma igual de efectiva contra los seres tanatúrgicos que la llama viva, las hojas negras o los arcos bien afinados.

—Vale, ¿y qué clase de «ser tanatúrgico» era esa cosa que venía por el callejón?

—No poseo la vista de un tanaturgo para discernir tales cosas, pero, si tuviera que adivinarlo…

—Casio apretó mucho los labios mientras se le arrugaba el ceño.

Cuando siguió hablando, me llevé la impresión de que había preferido no especular—.

Pero te aseguro que esa mujer quería atraparte vivo, o no habría detenido a la criatura.

—Muy bien, pero ¿para qué secuestrarme?

Casio me miró de arriba abajo.

—Sospecho que tu relación con tu amigo te ha marcado.

No es raro que un tanaturgo secuestre a otro y se aproveche de él para obtener alguna ventaja.

—Calló un momento—. Yo mismo he participado en grupos que tenían ese objetivo.

Es una partida de ajedrez… aunque algunos no somos más que piezas en el tablero.

—Porque los vestigios existís solo para servir, ¿es eso? —Me incliné hacia él—. Ya te lo dije, tío, tú a mí no me debes nada.

El centurión levantó una mano y me enseñó su resplandeciente pulsera.

—El vínculo es tuyo. Mientras lo lleve, te protegeré. Pero también debes comprender que los tanaturgos no corren a la batalla. Tu función es dirigir, apoyar y planificar. Por favor, los espadazos déjamelos a mí. Un aficionado con buenas intenciones estorba más que ayuda.

—No soy exactamente un aficionado. —No me apetecía tratar el tema en esos momentos—. Además, uno contra seis es mal asunto. Y quizá recuerdes que te salvé el culo ayer.

Él alzó un dedo.

—Primero, no es necesario que recurras al lenguaje malsonante para expresarte. —Levantó un segundo dedo—. Y, segundo, también es cierto que yo te salvé a ti el culo ayer.

Compartimos una risotada rápida.

—Hablando en serio —prosiguió Casio—, las reglas de enfrentamiento tanatúrgico estipulan que los vestigios no podemos hacerle daño a un tanaturgo si no se involucra directamente.

En cambio, una vez sí que participa, un vestigio está en su perfecto derecho a atacarle.

Así que el trabajo íntimo déjamelo a mí.

Llevo siglos entrenando para esta clase de cosas.

Señalé la espada que colgaba junto a su cadera.

—¿Estás diciéndome que la vestimenta es real?

—La vestimenta —repuso él— es el uniforme que me entregaron al entrar en la novena legión de César. La espada, en cambio, está hecha de hierro negro, el mejor metal contra cualquier forma de tanaturgia.

El cantante de los Angra entonó una nota demencialmente alta en su canción Carry On . Paré para escucharla antes de preguntar:

—¿Luchaste a las órdenes de César?

—Nací en una aldea de lo que hoy llamáis Bélgica. Mi familia pertenecía al pueblo aduático.

—Una tribu germánica.

Casio enarcó las cejas.

—Que formaba parte de la Galia, sí. Pero eso lo sabe muy poca gente. ¿Eres historiador?

—Aficionado —dije—, pero tu acento también me ha dado pistas.

Casio lanzó una mirada hacia las puertas.

—Todos los hombres de mi pueblo luchábamos para defender nuestro hogar, nuestras costumbres.

Un día nos enteramos de que venían los romanos.

Sabíamos que tendíamos que resistirnos, o todos los galos y los celtas terminarían inclinándose ante Roma.

Así que mi gente reunió provisiones y se replegó a la ciudadela, pero las legiones de César llegaron con máquinas de asedio.

Mataron a cuatro mil de los nuestros antes de que nos rindiéramos.

Al resto, más de cincuenta mil, nos esclavizaron.

—Se volvió para mirar al grupo, pero le noté que estaba cavilando.

»Busqué a un comandante de la novena legión —siguió diciendo— y lo convencí de que serviría mejor al imperio con mi espada que trabajando como esclavo.

Le intercambié mi juramento de lealtad por la libertad de mis padres, mi esposa y mis hijos, solo para enterarme de que, unos días después, los quemaron a todos en nuestra casa mientras dormían.

Y el responsable fue el mismo comandante que había recibido ese juramento. —Sus ojos se centraron de nuevo en mí.

»Me asignaron a entrenar gladiadores para los combates en la arena de Londinium. Conducía a esclavos a luchar y morir para entretener a la aristocracia.

—¿Has estado en Londres desde el principio? ¿Cómo moriste?

—Ocupé el lugar de un esclavo en un combate injusto. —Alzó un dedo otra vez—. Uno contra diez.

Tanto él como yo éramos tíos que odiábamos las probabilidades en contra.

—Y así fue como acabaste siendo una semblanza en los estratos.

Casio asintió.

—Un tanaturgo shiguano me proporcionó un cuerpo fuerte y un buen hogar y me puso a trabajar en su guardia personal, matando a vestigios en batalla contra otros tanaturgos —dijo, mientras fruncía el ceño y se le perdía la mirada en la distancia.

Era una historia alucinante, pero había algo que seguía sin encajarme.

—Si tan valioso eras para él, ¿cómo es que terminaste necesitando mi ayuda para restablecer tus vínculos?

Casio estuvo un momento largo sin decir nada.

—Después de siglos matando, y después de veintisiete vinculadores distintos, por fin dije basta.

Decidí que o bien encontraría a un tanaturgo al que ayudar haciendo alguna otra cosa, o bien dejaría que mis vínculos fallaran y volver a los estratos como cifra.

Perder todos los recuerdos no me parecía un destino tan espantoso para un hombre como yo.

En todo caso, no podía seguir siendo la persona en la que me había convertido. Así que hui.

La música alta llenó el pesado silencio que cayó entre nosotros.

La historia de Casio me resultaba familiar.

No en los detalles concretos, claro, sino en la idea de estar atrapado entre dos opciones de mierda, necesitar una salida y sentirte incapaz de encontrarla.

Yo había pasado años en una cárcel de ese tipo: o entrar en la banda callejera de mi padre o seguir odiado y abandonado en casa de mi familia.

Debatiéndome entre esas opciones, había hecho cosas de las que no me enorgullecía hasta que comprendí una verdad importante.

Pasé los dedos por las gomitas para el pelo que llevaba en la muñeca izquierda y dije:

—Hay una tercera opción.

Casio me miró, pero no dijo nada.

—Escucha. —Al final sí que iba a terminar tratando el tema—.

Yo me crie en una familia pandillera. Teníamos peleas territoriales a diario.

Moría gente. Morían amigos míos. Mi viejo y mis hermanos me apretaban para que me uniese.

Y me lo estuve planteando, ¿sabes? Vengarme, contraatacar.

Pero no me hacía el ánimo. Y eso convertía la vida en casa en un infierno.

Mi madre tampoco podía soportarlo, y al final se marchó.

—¿Tu madre te dejó solo en esa casa de violencia? —preguntó Casio.

Estuve un tiempo escuchando la música.

—Al día siguiente, en la biblioteca, me quedé fuera esperando a que llegara con el viejo Dodge. No le gustaba que volviera a casa andando por el barrio. Creo que estuve esperando tres horas antes de recordar que se había ido.

—De veras que lo lamento, Jack.