Capítulo 10
Existe un destino peor que la servidumbre, peor incluso que la muerte. Es el destino de una semblanza que, al perder su vínculo con la carne mortal, queda despojada de todo pensamiento e identidad.
H IJOS DE LAS C ENIZAS , Ética nigromántica
C rucé el piso a la carrera y abrí la puerta de un tirón. Vi a Casio en el callejón, rugiendo lo que parecía un grito de batalla. Varias figuras sombrías iban a por él.
Volví hasta la caja de la ropa y saqué mi navaja, una automática de doce centímetros.
Para bien o para mal —quizá para bien, teniéndolo todo en cuenta—, criarme en Westmont con hermanos en los Rollin’ Hundreds me había enseñado a defenderme con cuchillos.
Corrí de vuelta y salí al estrecho callejón.
Las paredes de ladrillo y piedra se alzaban cuatro alturas a ambos lados, por lo que no había mucho espacio para maniobrar en una pelea.
La única luz era la de la bombilla que había sobre mi puerta, pero era suficiente.
Cuatro hombres avanzaban en hilera al otro lado de Casio.
Sus sombras caían en diagonal a la calle detrás de ellos, diluidas y claras.
A la muñeca y al cuello llevaban cordeles dorados que daban un brillo tenue pero distinguible.
Los dos del centro empuñaban largas mazas de madera, los de los extremos pesadas redes.
Tras su línea se erguía un hombre alto y musculoso, vestido solo con taparrabos, que llevaba una lanza de dos metros y medio, vinculado también.
Junto a él venía la mujer del corsé y el sombrero de tres picos, la misma que había visto la noche anterior.
Ella sostenía su arco en una mano y su farol en la otra, agarrado por la culata de pistola que había en el centro de una vara del marco.
El centurión blandió su espada ante él y no cedió ni un centímetro mientras los hombres se acercaban.
Reparó en mi presencia y gritó:
—¡Vuelve dentro!
—Ni de coña.
No quería morir… otra vez, pero tampoco iba a dejarlo resistiendo allí solo. Casio me había salvado la vida. Algunas cosas eran importantes, por muy imposibles que parecieran. Salí corriendo al callejón y me planté a su lado.
La tanaturga pronunció la palabra «Arde» y su farol cobró vida. Dio un frote rápido contra una vara del marco y un rayo salió disparado hacia mí y me iluminó como un faro. Sus vestigios volvieron la cabeza para mirarme.
—Señor Solomon —dijo la mujer—, esto no tiene por qué torcerse. No sea malo y ríndase. Ahórrese, y ahórrele a su vestigio, los chichones y las magulladuras que, de otro modo, podrían resultar de nuestros desacuerdos.
—Casio —susurré—, podríamos huir. Tenemos el callejón despejado por detrás.
Casio no se volvió para mirarme.
—No me pidas eso, por favor. Lo tengo controlado.
—¿Qué decide, señor Solomon? —preguntó la mujer, y sus dientes sonrientes resultaron fáciles de distinguir en la penumbra.
—Estabas en el callejón anoche, justo después de que nos disparasen a mi amigo y a mí. —Hice rodar mi cuchillo—. ¿Tuviste algo que ver?
La mujer se echó el sombrero atrás.
—Ahí está lo bonito de esto, señor Solomon. Hemos venido a ayudarle con todas sus preguntas. ¿Nunca se ha fijado en que algunas personas no parecen capaces de comprender que necesitan ayuda? No sea una de ellas. Tenga un poco de fe ahora, para no lamentarlo muchísimo después.
—¿Y vienes a ayudarme con redes? ¿Eso estás diciendo?
Ella soltó una risita.
—No dejaré de venir a por usted, señor Solomon. Y no debería tratarme a la ligera. Pregúnteselo a cualquier remero de arriba o de abajo. Y le irá peor si me hace suplicar. Tenga un poco de fe, hum?
Me pregunté, medio distraído, si todas aquellas ofertas de ayuda podían no ser sinceras. Al fin y al cabo, era novato en todo aquello. Pero, aun así, daba la sensación de que estaban intentando arrastrarme a algo.
—Creo que paso.
Los cuatro vestigios dieron un paso hacia nosotros.
Ella pasó de nuevo el arco por su farol.
La luz refulgió en varios rayos y los vínculos de sus vestigios ganaron brillo.
Recordé que Brach me había enseñado aquello: era un frote de refuerzo.
Los dos matones de las mazas se abalanzaron contra mí.
Casio bramó un señor grito, «¡Bratros!», y se encorvó en una pose de lucha delante de mí.
El vestigio de la izquierda fue a por él y Casio le clavó la espada hacia arriba en toda la barbilla.
El hombre cerró los párpados con fuerza y se derrumbó al suelo.
El otro vestigio siguió hacia mí. Esquivé su mazazo, apuñalé con la navaja y se la clavé en el cuello. El matón pareció no enterarse y ya estaba levantando la maza otra vez cuando Casio le cercenó el brazo del arma a la altura del cuello y lo derribó a la calle.
Uno de los dos vestigios que quedaban arrojó su red de gruesa cuerda por el aire.
Cayó pesada a mi alrededor. Intenté cortarla, pero la cuerda era de hilo de hierro y empecé a sentirme aletargado.
Se me emborronó la visión. El hombre me empujó hacia abajo, recogió los extremos de su red y empezó a arrastrarme en dirección a la mujer.
Casio saltó hacia él y descargó su espada sobre los brazos del hombre. Le amputó las manos por las muñecas. El vestigio cayó entre convulsiones, esparciendo sangre por los adoquines del callejón.
El centurión me quitó la red de encima mientras el último vestigio enemigo corría hacia mí. Me levanté de un salto y moví la navaja de nuevo para desequilibrarlo. Antes de que pudiera recuperarse, le aticé una patada en la tripa que lo envió de espaldas contra las piernas de la tanaturga.
La mujer asintió mirando a su gigantesco lancero y pasó el arco por su farol de nuevo. Un rayo de luz interrumpido alcanzó los vínculos del lancero. El alto y corpulento vestigio señaló a Casio y dijo:
—Combate singular. Tu espada contra mi lanza.
Casio contempló a los vestigios que había derribado, frunció el ceño y luego pasó por encima de sus cadáveres, rugiendo su grito de batalla de nuevo. El lancero profirió su propio grito y fue como una torre de amplis Marshall subidos al once.
Quise ayudar a Casio con la tanaturgia, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.
El lancero se agachó.
Dejé escapar un aliento que humeó en el repentino aire frío.
Desde mucho más allá en la calle Flitcroft, un sonido se elevó en las sombras, el pesado ritmo de algo corriendo a cuatro patas, y luego nos llegó un gruñido gutural.
La mujer y el lancero se volvieron de golpe y escrutaron el oscuro callejón. La misma criatura inmensa que me había perseguido hasta la protección del Caballo de Hierro estaba corriendo hacia nosotros.
Casio me agarró del brazo.
—Tenemos que ir a algún lugar seguro.
La mujer volvió la mirada hacia mí con los ojos entornados bajo la punta de su sombrero.
—Tendrá que ser en otro momento, pues, querido. —Miró a su lancero y al matón que le quedaba y les ordenó—: Preparad las redes.
Mientras la bestia llegaba, sentí el deseo casi abrumador de tumbarme y rendirme y punto. Qué inexperto era, qué impotente. ¿Cómo podía haber creído que podría adaptarme a…? Empecé a sentarme.
Casio me levantó agarrándome por debajo de los brazos y me sacudió.
—Estás dejando que invada tu mente. Vigila tus pensamientos en presencia de criaturas de los estratos.
La tanaturga dio un golpe de arco en su farol y disparó una luz cegadora hacia la bestia sombría. Entre el fulgor, la criatura rodeó a la mujer y se desvió hacia mí.
—Atrapadlo —susurró ella.
El lancero y el matón arrojaron sus redes de hierro, que cayeron sobre el monstruo.
Casio me empujó en dirección opuesta y envainó su espada mientras corríamos por la calle Flitcroft hacia Charing Cross.
—¿Se puede saber qué leches pasa aquí? —grité.
Casio no dijo nada. Se me adelantó, comprobó que no hubiera peligro al doblar la esquina y juntos seguimos a la carrera por la avenida Charing Cross.
A los pocos metros cruzamos la barrera estilo imán de la guarda del Caballo de Hierro.
Church había calculado que nos quedaban unos días hasta que la barrera se redujese del todo hasta el Caballo.
Lo que fuera que estaba pasando parecía acelerarse.
Necesitaba algún sitio donde pensar. Algún sitio ruidoso.
La música fuerte me ayudaba a concentrarme.
No podía ir al Caballo de Hierro, por si el inspector Bryant seguía por allí.
Así que llevé a Casio por Tottenham Court, manteniéndome dentro de los límites del plano del entorno del Caballo de Hierro que había dibujado Henry, hasta el Inframundo.