Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Eso espero, porque ocultarme información podría ponerlos en peligro a usted y a las personas que lo rodean.

—Hizo una pausa—. Esto no es como cuando la Policía de Los Ángeles lo interrogó por la muerte de su hermano Dan.

Este mundo nuevo en el que ha renacido es algo distinto del todo, y un juicio del Cabildo no es algo que le interese padecer.

Teniendo eso en cuenta, ¿hay alguna cosa que quiera decirme antes de que me vaya?

Sabiendo lo poco que sabía acerca de mi nueva realidad, probablemente debería contárselo todo.

—De verdad que no.

Ella asintió y desapareció callejón abajo.

Cuando volví al sofá, mi móvil pitó. Era un mensaje de Church:

Un tal inspector Bryant de Scotland Yard se ha presentado

en el Caballo, orden judicial en mano, para registrar el despacho

de Henry. Sospecho que estará aquí un buen rato y luego

irá a verte a ti por la mañana.

—Gracias por el aviso —dije a mi casa vacía, sin ninguna gana de contestar a más preguntas.

Probé una vez más el número de Henry y nada, así que me rendí a una ducha caliente. Siempre me proporcionaba una perspectiva nueva. Después me zampé unas sobras de teriyaki que tenía en la nevera, me dejé caer otra vez en el sofá y me puse de nuevo a leer tarareando.

Primero busqué entre los libros de Henry hasta encontrar uno sobre el Cabildo.

Me pareció que era algo que debería comprender mejor, si había aunque fuese la menor posibilidad de que terminaran llevándome a juicio.

Como había dicho Dama, el Cabildo estaba compuesto en la actualidad por cinco facciones escindidas que estudiaban y practicaban la tanaturgia por todo Londres y los estratos.

Dependiendo de la cantidad de tanaturgos que pertenecieran a cada facción, ese grupo obtenía cierta capacidad de supervisión dentro del Cabildo.

Por eso luchaban y reclutaban, para ganar influencia.

Ya había oído hablar del Shiguan. Además de ellos, estaban la Hermandad de Heka, la Procesión del Ocaso, los Hijos de las Cenizas y P.L.A.M., que por lo visto eran siglas, aunque lo que significaban las letras era materia de debate.

Todas las facciones tenían antiguas raíces vinculadas a distintas zonas del mundo, los Hijos a las islas británicas.

Y todas tenían una persona que las presidía y participaba como representante suyo en los juicios del Cabildo, donde los preseros llevaban a quienes incumplían la Ley del Precedente para ser interrogados.

Los preseros también tenían presidente, pero sin derecho a voto en los juicios, ya que su grupo debía permanecer imparcial.

También había una lista de facciones destruidas, pero de momento me la salté, pensando que todas aquellas cosas no me interesaba tocarlas ni con un palo. Además, tenía que ponerme con otros temas.

Profundicé más en los vínculos y las imparticiones. El manual de campo decía que un tanaturgo podía impartir sin necesidad de hilo vinculante si quería restaurar algo que estuviera enfermo o muriendo.

Miré la planta de eucalipto que tenía en la ventana.

Mi madre nunca tenía dinero para crema desinfectante y nos decía que el eucalipto era mejor, de todos modos.

Todos los lunes ponía As Tears Go By de Marianne Faithfull, cortaba una hoja de eucalipto y reunía a la familia en la cocina.

Frotaba con la hoja los roces o las magulladuras que tuviéramos, en general resultado de peleas callejeras, mientras tarareaba la canción casi para sus adentros.

Era una tradición familiar que se remontaba a los inicios de mi memoria.

Y a mi madre le encantaban las tradiciones.

Dejé el libro abierto en la caja de naranjas, fui a por la planta y volví a sentarme en el sofá cama. Leí y releí el pasaje sobre encontrar recuerdos pertinentes al objeto de la impartición y luego puse las manos en las hojas resecas.

Rememoré la vez en que había visto a mi madre poner eucalipto en un corte que tenía mi padre en la mejilla, un infrecuente momento de ternura entre ellos. Las fibras de la planta empezaron a reverdecer e inflarse entre mis dedos, las hojas curvas a rellenarse. Fue una sensación loquísima.

—Venga ya.

Sonreí al ver el eucalipto revivido, pero el recuerdo de mis padres acababa de desaparecer, y por dentro me sentí un poco más vacío.

Mi vida ya nunca iba a ser igual. En parte me parecía bien, en parte me daba un miedo de mil demonios, y el resto de mí tenía la sensación de estar dejando atrás algunas cosas buenas.

Suspiré, pasé de la impartición a otros temas y seguí taraleyendo unas cuantas horas más, en las que me fundí un par más de los libros cortos antes de empezar a dar cabezadas.

Un grito procedente de la calle me sacó de golpe de un sueño profundo. El aire de mi apartamento había perdido aquella suave calidez que le daba estar en el interior de la guarda. Era casi medianoche. En solo unas horas, se había contraído casi la longitud entera de la calle Flitcroft.

Otro grito fuera de mi puerta. Más cerca.

Estaba pasando algo.