Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Los efectos ilusorios del hilo vinculante, y de hecho el mismo Pacto del Enigma, pueden disiparse a ojos humanos mediante la exposición repetida a la muerte nigromántica.

H ENRY P OOLE ,

Observancia estricta de las artes nigrománticas

A brí con la llave la puerta de mi piso y le hice un gesto a la presera para cederle el paso.

Negó con la cabeza, así que entré yo antes, me senté en mi sofá cama y encendí la lámpara de bota de Lemmy.

La sombra de Lakshmi caía en líneas nítidas, con un titilar gris oscuro de mortal, como la mía y la de Chuey.

Solo que la suya estaba ribeteada por una fina línea escarlata.

Cerró la puerta sin hacer ruido y se volvió para inspeccionar mi piso con ojo de halcón.

Llevaba ropa negra y ceñida, atlética, zapatillas de dojo finas y negras y tenía el pelo recogido en una larga coleta, atada sucesivas veces espalda abajo.

Además de sus dos espadas, vi un cuchillo negro en cada cadera y, alrededor de las muñecas, unos brazaletes negros con un hilo rojo que resplandecía con el mismo color que el borde de su sombra.

Y de su cuello colgaba un sencillo crucifijo de oro rosado.

Los preseros, según había leído, no eran sirvientes vinculados, pero utilizaban los hilos para ocultarse más o menos del mismo modo a ojos humanos.

Eran mortales, pero estaban imbuidos de aptitudes tanatúrgicas mediante rituales y entrenamiento, para luchar, cazar y discernir.

—¿Hay algún motivo, señor Solomon, para que no me haya devuelto la llamada?

—He estado durmiendo casi todo el día —dije, sin mentir—. Y luego tenía que dar una clase. —También era verdad—. Y no he mirado los mensajes.

Nadie es perfecto.

—Ya veo —dijo ella.

Acercó la silla plegable que yo solía tener apoyada en la puerta y, mientras lo hacía, me fijé en que llevaba un segundo par de cuchillos negros sujetos con correa al exterior de las pantorrillas. Desplegó la silla con el respaldo hacia mí.

—Anoche salió hasta tarde, ¿verdad?

—Deje que le ahorre tiempo —dije—. Estaba con Henry cuando ese colgado le disparó con un Smith & Wesson.

—Y sabe de armas, por lo que veo.

Suspiré.

—Antes de que saque conclusiones precipitadas, crecí en lo que venía a ser una zona de guerra.

—En pleno territorio pandillero al oeste de Los Ángeles. Su padre era un líder importante de los Rollin’ Hundreds.

—Se ha documentado bien. Quizá entonces sabrá también que mi padre me llevaba al campo de tiro todos los sábados que no estaba «zanjando disputas».

La presera miró alrededor.

—Y ahora es usted un cantante de heavy metal en aprietos que recoge mesas en el Caballo de Hierro de vez en cuando.

—Hago más que recoger mesas.

—Ya supongo, o no podría permitirse un piso en pleno Soho.

Sabía que Lakshmi estaba probando a ver qué sacaba, pero me dio igual.

—En realidad no es un piso, sino dos salas guardarropa que no usaban en el Phoenix. Henry conoce al dueño del teatro. Me consiguió el chollo.

Lakshmi se sorbió la nariz y se sentó a horcajadas en la desvencijada silla.

—¿Es usted amigo de Henry Wilkinson, entonces?

—Muy amigo.

Quería que esa mujer supiera lo mucho que me importaba Henry. Tal vez pudiera ayudar. Se inclinó hacia delante y la silla crujió debajo de ella.

—¿Comprende que mi trabajo consiste en hacer cumplir la Ley del Precedente? ¿Y que dispararle a un tanaturgo infringe esa ley? ¿Y que tengo que hacerle unas preguntas para descartarlo como sospechoso?

—Lo pillo.

Según había leído, los preseros servían al Cabildo de facciones escindidas como entidad independiente. Eran guerreros muy bien entrenados y operativos altamente formados que investigaban delitos tanatúrgicos y a menudo castigaban a quienes incumplían la Ley del Precedente.

—¿A usted le dispararon también, señor Solomon?

—Sí, así es.

—Pero renació.

—Supongo, sí.

Aún se me hacía surrealista reconocerlo, pero estar hablando con una mujer que llevaba espadas ayudaba mucho a cambiarte la perspectiva. Ella asintió, como si ya lo supiera.

—¿Puede explicarme por qué querría nadie matarlos al señor Wil­kinson y a usted?

—Ni idea de por qué podría alguien querer matarme a mí —respondí—. En cuanto a Henry… Mire, sé que el Caballo de Hierro tiene algo especial, pero no sé por qué iban a querer matar a Henry. Era un buen hombre.

Sorprendentemente, el asentimiento que hizo al oírlo parecía auténtico. Pero recobró la compostura al instante.

—Señor Solomon, lleva ya casi cinco años trabajando en el Caballo de Hierro, ¿correcto? —En realidad no era una pregunta—. Lo suficiente para plantearse quién podría dirigir el local si al señor Wilkinson le pasara algo que…

Levanté las manos.

—No siga por ahí, señora Go… —Ya había olvidado cómo se pronunciaba su apellido—. Aprecio el Caballo de Hierro. Mucho. Pero aprecio más a Henry. Lo único que deseo es encontrarlo y devolverlo a su sitio.

Ella echó la espalda atrás en la silla.

—El atentado contra el señor Wilkinson tiene un móvil claro. Poseía un recurso que alguien podía querer. —Calló un momento y me miró—. Pero ¿por qué matarlo a usted?

—Allá en mi casa —dije—, los golpes son de dos variedades, o por territorio o por venganza, y ambos suelen producir daños colaterales.

—¿Cree que esto fue un golpe planeado?

—Los matones callejeros no llevan revólveres Smith & Wesson. —Levanté el pulgar y el índice imitando una pistola—. Si llevas un arma así, es porque quieres transmitir un mensaje. Está para verse y oírse, tanto como para sentir sus efectos.

—Una observación muy astuta, señor Solomon, y más si se tienen en cuenta las estrictas leyes británicas sobre armas.

—A eso me refiero —asentí—. La persona que hizo esto quería estar segura del todo de que los detalles del golpe fuesen fáciles de explicar.

—¿Qué otros detalles hay? —me presionó Lakshmi.

—El tirador. Tendría unos treinta años. Un poco más bajo que yo, pero más fornido. Maquillaje blanco por toda la cara y la calva. Dos aspas negras en los ojos y puntos en los labios.

—Una descripción muy minuciosa —dijo ella—. Casi como si conociera usted a ese hombre.

Estaba pinchándome.

—Al final, supongo que he cogido la costumbre de adivinar las preferencias musicales de la gente —respondí—. Usted, por ejemplo. Pelo largo. Ropa negra sencilla. Espadas y cuchillos para cazar a criminales tanatúrgicos. Ningún tatuaje visible. Y lleva crucifijo.

Lakshmi ladeó la cabeza.

—Interesante.

—Todo ello me sugiere —continué— que, si escucha metal, lo más probable es que le vayan grupos como Underoath o Skillet.

—La verdad es que me encantan los dos —dijo ella—. Pero conocí a mi marido en el Buck ’N’ Bull.

—Pues nunca habría pensado que le gustara el country, mire —respondí—. El caso es que alguien quería quitar a Henry de en medio para que sea más fácil apoderarse del Caballo de Hierro.

Guardó silencio durante unos segundos y luego volvió a inclinarse hacia delante.

—¿Y cómo sabe usted eso?

Le sostuve la mirada.

—No lo sé seguro. Pero le pasa algo a la barrera… a la guarda que rodea el Caballo de Hierro. Está encogiéndose, o algo así. Y, si es el caso, puede que alguien estuviera al tanto. Y, si estaba al tanto, pudo planificar cuándo y dónde atacar a Henry, ¿verdad?

—Si lo que dice es verdad, y si el móvil de todo esto es apoderarse del Caballo de Hierro, ¿por qué no esperar a que la guarda se agote del todo?

—La detective es usted. Pero Henry no se merecía esto.

—Eso dicen todos los demás. Aun así, toda persona tan universalmente apreciada tiene sus secretos. Por algunos de los cuales quizá valga la pena matar. —Levantó una mano—. Le reconozco que soy un poco cínica. Pero sabrá disculpármelo, sabiendo cómo me gano la vida.

Joder, qué educados eran los británicos.

—El cuerpo de Henry ya no estaba cuando regresé —le dije—. Tiene que estar por ahí en algún sitio. Oculto. Puede que herido.

Ella frunció los labios un momento y luego respondió:

—Bueno, incluso intentar matarlo ya es un incumplimiento del Precedente. Por no hablar del uso de un arma de fuego, que está estrictamente prohibido.

—¿Por eso llevan armas de filo? —pregunté.

—En parte —dijo ella—. Todo ser de los estratos vinculado por hilo puede absorber un balazo y salir andando. Pero una hoja como es debido puede cercenar sus vínculos y atacar su sombra para derribarlo.

—Ojalá hubiera podido hacer algo por Henry. Si le sirve de algo, espero que encuentre al cabronazo que le hizo daño y le devuelva el favor.

—Los preseros no somos una agencia de venganza, señor Solomon. —Bajó la voz—. Pero me encantaría hacerlo.

Su forma de decirlo me recordó al juramento que había hecho mi padre contra los miembros de los Latin Kings que habían matado a mi hermano Dan.

Y vi cómo lo cumplía. Mi padre me hizo mirar mientras se cargaba a un par de ellos con uno de sus propios machetes en el parque Westwood.

Recuerdo que pensé que esos chicos tenían padre, pero también que habían matado a mi hermano.

—No se irá muy lejos, espero —dijo ella—. Puede que tenga más preguntas que hacerle.

—Por supuesto.

Sacó un manual de un bolsillo trasero y lo dejó encima de mis libros.

—¿Qué es? —pregunté, dándole la vuelta para leer el título El desarrollo y la amenaza de los espectros .

—Puede resultarle útil. Hay pruebas de la presencia de un espectro en la zona donde dispararon al señor Wilkinson. Vaya con cuidado.

A lo mejor se refería a la criatura que me había perseguido por el callejón.

Pinta de espectro sí que tenía, desde luego.

Pero no quería prolongar la visita de la presera, así que no se lo comenté.

La acompañé hasta la puerta y ella me dio una tarjeta con su nombre y su número en una cara y un ave de presa dibujada con unas pocas líneas elegantes en la otra.

—Si se le ocurre alguna otra cosa, llámeme, por favor. Porque tengo la sensación, señor Solomon, de que está reservándose algo.

Sí, lo de la criatura. Y lo de Brach también.

—Sé que no debo hacerlo.