Capítulo 8
Aunque a los Hoja-ka (adeptos de la Hoja) se los recluta a menudo como preseros por su habilidad en combate y su escepticismo, es hilarante pensar que a veces hacen carrera como exorcistas.
W ILLIAM M AKEPEACE T HACKERAY ,
Diversiones tanatúrgicas, monólogo en un acto
C uando la puerta del Caballo de Hierro se cerró detrás de Brach, me volví hacia mis amigos.
—Entonces, ¿Brach y Henry eran muy amigos?
—No era una cosa que divulgaran mucho —dijo Church—, pero ascendieron juntos en los caminos de la tanaturgia, compartían algunos intereses y se metieron en unos cuantos líos juntos siendo jóvenes. Mucho antes de que Brach asumiera el liderazgo del Shiguan.
—Lo tenía bien vigilado por si intentaba algo —dijo Chuey, señalando con su libro de diseño de sonido hacia la puerta por donde acababa de irse Brach.
Solté una risita.
—¿Y qué ibas a hacer, examinarlo de historia del sonido?
Chuey me dio un golpe con su libro.
—¿Quiénes son esos payasos del Shiguan, por cierto? —preguntó.
—Son el contingente más numeroso y ruidoso de esos disidentes de los que hablaba Brach —dijo Dama, y nos explicó que el Shiguan era una de las cinco facciones escindidas en activo que supervisaban los asuntos tanatúrgicos en Londres y sus estratos, que esas facciones siempre estaban en guerra y que juntas formaban un organismo llamado el Cabildo, que redactaba y defendía la Ley del Precedente.
—Henry mencionaba a los shiguanos en su diario —dije—. Pero ¿por qué no me contaste nada sobre ellos anoche?
Church le dio la vuelta a su manga.
—¿Ves el símbolo de una llave cosido en el puño?
Me incliné.
—Sí.
—Representa un geis —explicó—, una especie de tabú que impide revelar información a alguien si no tiene ya alguna noción sobre el tema. Protege al tanaturgo, Henry en este caso, de que quienes estamos vinculados a él nos pongamos bocazas con quien no debemos.
Dama me cogió la mano.
—Además de que anoche estabas demasiado agotado.
—En parte, por eso ti-tienes los libros —añadió Jimmy—. Cuando ya sabes lo suficiente sobre algo, po-podemos decirte más.
—Entonces, ¿es verdad? —pregunté—. ¿Nuestro mundo hace algo que está matando a los estratos?
—Yo nunca había oído nada parecido —dijo Church—, ni Henry me había hablado de ello. Pero claro, seguro que Henry, igual que todo el mundo, tiene sus secretos.
—Hablando de secretos… —Levanté el cordelito que me había dado Brach—. ¿Qué es esto?
—Eso es el hilo bunda que te había mencionado. —Dama lo tocó con la yema del dedo—. Es un cordel multifilamento hecho con seda salvaje y una ortiga que crece en los estratos. Suele utilizarse para vínculos primarios.
—¿Es lo que usas tú con tus pacientes? —le pregunté.
Dama negó con la cabeza.
—Mis hilos son para reparar lo que está roto o desgarrado. Solo un tanaturgo puede usar un cordel hilado para recibir imparticiones.
Acerqué una silla, puse el manual de campo de Henry delante de mí en la mesa y pasé a la sección que hablaba de las imparticiones.
Al parecer, había muchos tipos de cordel tanatúrgico, y la mayoría obtenían su poder cuando el tanaturgo les impartía una pequeña parte de su alma.
Eso tuve que leerlo dos veces. Compartir trocitos de mi alma sonaba no solo imposible, sino también insensato.
—El bunda —dijo Church— reacciona al toque del tanaturgo y manifiesta símbolos que tienen una utilidad específica por medio de tus pensamientos, como por ejemplo la llave del geis que te he enseñado.
Encontré una tabla en el manual donde venían docenas de símbolos vinculantes: su aspecto, su efecto y cómo expresarlos mentalmente.
Una máscara significaba el Pacto del Enigma, una cadena significaba compulsión, y luego cada tanaturgo tenía su marca personal.
Junto al nombre de Henry, en la cubierta de su libro, había un dibujo de unas manos suplicantes, que supuse que sería su marca.
Los vestigios también tenían marca propia, y los vínculos heredaban automáticamente esas marcas personales.
En la siguiente página había una sección titulada «Símbolos no vinculantes». Una brújula proporcionaba orientación en la oscuridad, una vela conducía luz a la semblanza y un espejo de mano, conocido como símbolo de reflejo, confería a los mortales la capacidad de ver más allá del Pacto del Enigma.
Le di una palmadita a Chuey en el hombro.
—Vamos a hacer una prueba, para que no vayas por ahí pensando que todo el mundo es sacerdote.
Cerré la mano en torno al hilo bunda y me concentré en la idea de un espejo y en las palabras «verdad en visión», sacadas del manual de campo de Henry.
No pasó nada: cuando abrí la mano, el cordel seguía allí arrugado.
Probé otra vez, con el mismo resultado. Así que volví al manual y me di cuenta de que me había saltado una parte importantísima: tenía que entregarle al hilo una parte de mí mismo, como había hecho de un modo instintivo al vincular a Casio.
Volvía cerrar los dedos alrededor del hilo bunda y pensé en las palabras y en el espejo, pero esa vez dejé crecer la idea del espejo y recordé la vez que mi padre se había puesto a mi lado delante del espejo del baño para enseñarme a hacer el nudo de la corbata.
El hilo empezó a moverse dentro de mi puño, cosa que me dio un poco de repelús, pero que claramente significaba que estaba funcionando.
El recuerdo de mi padre empezó a desvanecerse.
Acabaría yéndose del todo, igual que había perdido algo al vincular a Casio, y en mi interior se abriría un nuevo agujero donde antes hubo algo sencillo y hermoso.
Así que paré. No sabía cómo afectaría a Chuey más adelante ser incapaz de ver las cosas como las veía yo, pero no estaba preparado para perder ese recuerdo de mi padre.
Abrí la mano y les enseñé el hilo sin cambiar.
—Supongo que me falta práctica.
—Ten paciencia —dijo Church—. Estás imbuyendo el hilo con una porción de vida para crear un contrato vivo. No es moco de pavo.
Asentí, cogí un vaso de agua de la barra y volví con Chuey.
—Lo siento, mi velado hermano, pero tendrás que seguir viendo la virtud en todo el mundo.
Él rio.
—Rezaré por tu alma cínica.
Entonces, ya que tenía el manual de campo abierto, pasé a otros temas. Durante las siguientes tres horas absorbí tanto como pude, haciendo preguntas a mis amigos y leyendo pasajes, mientras Chuey iba pinchando la música de fondo: Cream, Iron Butterfly y Blue Cheer, más grupos de confort.
Decidimos dejarlo a las nueve en punto, en parte para abrir el Caballo de Hierro a la clientela y en parte para descansar un poco.
Me puse los casquitos y tiré para casa con la nariz metida todavía en el manual de campo de Henry.
Al llevar la cabeza gacha, estuve a punto de tropezar con alguien que estaba de pie en mi portal.
Era la mujer que había visto la noche anterior, con la empuñadura de sus espadas asomando sobre los hombros.
Su mirada resuelta me pareció acusadora. Me quité los casquitos.
—Señor Jack Solomon —dijo en tono firme—, me llamo Lakshmi Gopalkrishnan. Soy presera, perteneciente a la fuerza que hace cumplir la Ley del Precedente. Estoy investigando la muerte del señor Henry Wilkinson. ¿Podemos hablar dentro?