Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 7
12%

Capítulo 7

Los tanaturgos tienen prohibido interferir con las almas una vez han llegado al Prado de Asfódelos.

Ley del Precedente, Norma Cuarta

A vancé serpenteando entre la acumulación de gente que había delante del Caballo de Hierro, mientras sorprendía a no pocos parroquianos lanzándome miradas furtivas.

Respiré hondo en la puerta y pasé al interior, bañado por la luz de las velas.

La parte de los conciertos estaba en silencio, aparte del Renegade de los Steppenwolf, que sonaba flojito por el sistema de sonido del local entero.

Steppenwolf era el grupo de confort de Church.

Miré hacia el pub y lo vi sentado en su mesa de metal clásico con Dama, que jugueteaba con su aguja, y con Chuey, que sostenía un libro sobre historia del diseño de sonido; el programa de juventud en riesgo de la biblioteca Woodcrest nos había convertido en lectores a los dos.

Jimmy estaba apoyado en la barra cerca, con la fregona contra el pecho y rodeada con el brazo.

De pie en la cabecera de la mesa había un hombre muy alto y de hombros estrechos.

Supuse que sería el amigo de Henry, Muster Brach.

Vestía un chaquetón largo, negro y ajustado con las mangas amplias.

Una doble columna de botones dorados ascendía por la parte delantera hasta un cuello redondo con filigranas.

De su hombro colgaba una bolsa de cuero a juego con hilo dorado, y de su cintura un arco de violín.

Llevaba el tupido pelo blanco peinado hacia atrás desde unas profundas entradas en la frente.

Y su barba era poblada, entrecana y de aspecto hirsuto, aunque sorprendía lo negro que tenía el bigote.

Apreté el manual de campo que llevaba en la mano izquierda y eché a andar hacia ellos.

—Church, ¿qué hace toda esa gente esperando fuera?

—He pensado que esta charla era mejor tenerla con un poquito de discreción —dijo él.

Brach se volvió con fluidez mientras me acercaba.

—Usted debe de ser Jack Solomon.

—Y supongo que usted será Muster Brach —respondí, tendiéndole la mano.

Me dio un fuerte apretón mientras yo observaba su sombra.

Era oscura, titilante y ribeteada en oro, como la mía.

Estaba fijándome en una oclusión con la forma de una estrella de ocho puntas y una hoja de tabaco en el centro cuando Brach susurró: « Lumen ».

Por todo nuestro alrededor, la llama de las velas se avivó y destiñó su sombra.

—Puede volverse muy adictivo —dijo Brach— eso de mirar la sombra de la gente antes de mirarla a los ojos.

Alcé la vista.

—Lo siento.

Brach movió una mano que al mismo tiempo le restó importancia al asunto y devolvió las velas a su estado normal.

—Sus amigos dicen que no han tenido noticias de Henry desde el incidente.

—¿Cómo se ha enterado de que hubo un incidente? —le pregunté.

—Soy todo oídos, como suele decirse. —Brach se tiró de una oreja—. Mi gente somos de los pocos que estamos buscando siquiera a Henry.

—Eso es verdad —confirmó Church—. El equipo que vimos anoche en el callejón llevaba la marca del Shiguan.

Hice memoria.

—¿Esa especie de Y invertida?

Brach asintió y posó su mirada en mí.

—¿Ha recordado usted alguna cosa más sobre el ataque? ¿Algo que pueda ayudarnos a encontrar a Henry?

Negué con la cabeza.

—El tiempo no es amigo nuestro —afirmó él—. Si Henry escapó del ataque, alguno de nosotros habría sabido de él a estas alturas. Si no lo hizo, bueno, cada renacimiento es más difícil que el anterior y lleva más tiempo, pero ya estamos superando… En fin, si alguien es capaz de hacerlo, ese es Henry.

Church dio unos golpecitos en el suelo con su bastón.

—No se ha encontrado ningún cuerpo. Es buena señal. Aferrémonos a eso.

Brach señaló hacia mi pecho.

—¿Y qué hay de usted? ¿Todavía siente el fuego del renacimiento?

Le sostuve la mirada. Ese hombre parecía saber muchísimas cosas. Él bajó los ojos hacia mi sombra.

—Se distingue el residuo.

—Se me pasó anoche —le dije—. Me ha dejado una jaqueca de no te menees esta mañana, eso sí.

—El dolor es bueno —respondió él—. Lo ayuda a uno a saber que está vivo. Pero vayamos a lo importante, señor Solomon: ¿qué tal está lidiando con su nueva realidad, aparte de ver la luz en la sombra de la gente?

Antes de que pudiera responderle, intervino Chuey, en la voz baja que ponía cuando hablábamos él y yo a solas.

—Mi abuela me contaba historias sobre la Luz Mala, una luz que brilla cerca del suelo en algunos sitios. Mis antepasados creían que era la luz de las almas perdidas que no habían llegado al cielo.

—Perdidas no. —Brach nos dedicó una larga mirada—. Solo no preparadas.

—Bueno, si me pregunta lo preparado que estoy yo —dije—, no voy a mentirle. Es mucho que asimilar.

—¿Y qué hay de vosotros? —dijo Jimmy, señalando con el palo de la fregona hacia Brach—. ¿Qué habéis averiguado sobre lo que le pasó a Henry?

—Nada útil —dijo Brach—. Pero lo que sí sé es que el Caballo de Hierro ahora corre peligro. En parte, he venido para enterarme de quién hará de custodio en funciones para los Peldaños Abismales hasta que o bien Henry regrese, o bien sepamos qué le ha pasado.

Miré hacia mis amigos.

—Lo haremos juntos.

—¿Pero con usted como su tanaturgo? —Brach estiró la mano y, de mala gana, cogió el manual de campo que yo aún tenía en la mano—. ¿Armado con esto?

—Con el debido respeto —dijo Church—, no hace ni veinticuatro horas que el chico renació.

—Precisamente a eso voy. —Brach suspiró—. ¿Ha tocado alguna vez el violín, señor Solomon?

Chuey me dio una patadita en el pie.

—Cuidadito, Jack, que va a hacerte alguna metáfora musical.

—Henry estaba enseñándome —le dije—. Pero lo hacía con un Viper.

Brach soltó una risita.

—Muy propio de Henry, usar un juguetito electrónico moderno cuando un violín original habría servido mucho mejor.

Me devolvió el manual de campo, desenganchó el arco de violín de su cinturón y sacó un farol de su bolsa negra de cuero.

—Habrá leído sobre estas cosas en su librito, sin duda.

—Son catalizadores —dije—. Instrumentos tanatúrgicos. Dos de entre muchos. El farol se utiliza para combatir, invocar semblanzas, mirar más profundamente en las sombras…

—Y es inútil a menos que sepa frotarlo como es debido —me interrumpió Brach.

Susurró «Arde» y la piedra engarzada en el centro de la forma de reloj de arena que tenía su farol se iluminó.

Brach agarró el farol por una culata de pistola sujeta al centro de una de las tres varas del marco, explicándome que sujetarlo así lo estabilizaba en combate.

Al parecer, el cristal solía ser irrompible y las gruesas varas podían utilizarse para aporrear a un enemigo, casi como atizarle con una mancuerna.

Entonces pasó el arco por una de las varillas del marco con un movimiento largo y lento.

La luz de la piedra ganó intensidad e hizo que en las sombras de mis amigos saltaran unas vagas imágenes, como recuerdos a medio formar que desaparecieron igual de rápido que habían aparecido.

Entonces Brach hizo dos movimientos rápidos y picados contra la varilla.

Una luz refulgente estalló en el farol y una ráfaga de viento recorrió el pub, haciendo que las velas chisporrotearan.

Por último, dio un frote largo y raudo. Unos rayos de luz salieron hacia mis amigos, cayeron sobre sus vínculos e hicieron que brillaran más durante un momento.

Church, Dama y Jimmy irguieron la espalda, con aspecto instantáneamente descansado y alerta.

—Vaya tela —murmuré.

—Estos son los frotes de arco fundamentales —dijo Brach—. Eran, respectivamente, el revelador, el de asalto y el de refuerzo. Por supuesto, un frote de ataque no puede hacer daño dentro de la guarda, pero habrá comprendido usted su efecto básico.

Me pasó el farol y el arco, que acepté con mucha cautela, casi esperando que el ardiente fuego del renacimiento me subiera por los brazos.

Pero no pasó nada. Los catalizadores parecían inútiles en mis manos.

Entonces Brach me explicó la manera de hacer cada pasada: cómo empuñar el arco, qué velocidad darle, qué ángulo, en qué posición tener el farol.

Repetí cada movimiento varias veces hasta que la piedra del farol terminó perdiendo casi todo el brillo.

—No es que no le vea ningún futuro —dijo Brach, recuperando sus catalizadores—.

Le interesa conseguir más pronto que tarde su propio equipo: jopesh negra e hilo tanatúrgico para empezar, sobre todo si pretende ocupar, aunque sea temporalmente, el papel de Henry en la defensa de una guarda debilitada.

Recordé el diario de Henry.

—¿Henry no le pidió a usted ayuda con la guarda? ¿Algo sobre unos textos arcanos?

—Textos cythonianos —casi susurró Brach—. Me temo que no he encontrado nada relevante. Pero, incluso sin ellos, y sin ninguna aptitud real en el oficio tanatúrgico, puede usted hacer más de lo que hizo Henry en favor de la guarda.

—¿Cómo? —pregunté.

Brach me miró a los ojos.

—Empiece por su propio círculo de influencia, refrenando esa decadente e históricamente desinformada música que invade su mundo superior.

Jimmy se separó de la barra.

—Eh, eh, calma, socio. No me parece a mí que sofocar el pensamiento creativo…

Brach lo fulminó con la mirada. Me interpuse entre ellos.

—¿De qué está hablando?

Brach guardó sus catalizadores.

—El mundo del presente o bien hace caso omiso a las personas y los acontecimientos del pasado, o bien se inventa su propia interpretación acerca de ellos.

Entretanto, los pueblos de los estratos defienden, como es su derecho, sus propias ideas sobre el pasado en el que viven, unas ideas que le aseguro que son mucho más cercanas a la verdad.

El maltrato de este mundo a su historia está fomentando el descontento y la ira en el mundo inferior y acelerando el debilitamiento de la guarda.

Negué con la cabeza.

—¿Dice que nuestras canciones están destruyendo esta… esta barrera?