Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

No estoy seguro de que cantara esas palabras exactas, pero yo vi vasos de granizado, y olí los buñuelos, y oí las risas y los vítores de una ciudad que por fin dejaba atrás la guerra.

Era una cosa brillante y muy feliz. Y Jimmy sonrió de principio a fin como si aquel fuera el secreto de su corazón, como si lo hiciera inmune a los problemas y a las dudas.

El bueno del viejo Jimmy había sacado aquella Martin y donde yo había esperado una tonada lúgubre, algo derivado de la desaparición de Henry, mi amigo había usado su música para reaccionar a la pérdida de un modo totalmente distinto.

Sonreí y tomé una nota mental: «El recuerdo no siempre va de arrepentimiento».

¡Qué sensación! Por eso había querido siempre dedicarme a la música, para compartir esos sonidos y esas historias con la gente. Lo anhelaba tanto que me dolía. Ni siquiera los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas habían podido con esas ganas.

La clase con Jimmy fue breve. Cuando ya se marchaba, se detuvo en la puerta y me cogió la mano.

—Gracias, Jack.

—La parte guay la has hecho tú.

—De eso nada, compañero —replicó él.

Me dijo que yo tenía un don para ayudar a los amigos a ver las cosas.

No sé si es verdad. Los dos nos sentíamos igual por lo de Henry, y Jimmy era quien se había ocupado de cantar y de pensar.

Yo solo había rasgueado la vieja Gibson.

Pero le dije que también me había hecho sentir un poco mejor y lo invité a otra jam al día siguiente, si le apetecía.

Mirando su sombra, que caía en el umbral de mi casa, reparé en que había una pauta que resplandecía en forma de un pequeño círculo atravesado por una cruz, como el símbolo musical de la coda, que significaba parte nueva o música nueva.

Era otra cosa extraña en la creciente lista de cosas extrañas que no podía explicar.

Cuando Jimmy se hubo ido, probé a llamar a Henry otra vez.

Nada. Pasara lo que estuviera pasando, deseé que fuese solo que estaba intentando pasar desapercibido un tiempo.

De momento, la ansiedad de mi interior había remitido, así que trasladé mi atención a los libros que me había dado Church la noche anterior para traérmelos a casa.

Estaban apilados junto a otro montón de libros que tenía en préstamo de la biblioteca: tomos de historia y filosofía, por interés personal y como inspiración para canciones, unos manuales sobre composición de Andrew Lloyd Webber, James MacMillan y Richard Wagner y también unas cuantas partituras de bandas sonoras de películas.

Eso y una docena de novelas, más o menos.

Componer canciones era narrar historias, así que leer libros decentes ayudaba a mejorar la técnica.

Devoraba como cuatro o cinco al mes. Cosas nuevas y también clásicos: Tolkien, Lehane, Dickens, Shakespeare.

Para mí, las palabras tenían una cierta musicalidad propia.

La luz del sol se había perdido en el atardecer, así que encendí la única lámpara que tenía, una bota bañada en bronce que había pertenecido a Lemmy de Motörhead, con pantalla encima.

Luego cogí el primer libro de la pila que Church me había prestado y miré el título.

El precedente: Leyes conocidas y ratificadas para el gobierno de los actos y disputas tanatúrgicos . Iba a ser una lectura densa, sin duda.

Dejé ese libro a un lado y miré los siguientes.

Invocar, vincular y expulsar semblanzas .

Catalizadores, los instrumentos del tanaturgo .

Efectos de los frotes más comunes de arco y farol .

Había varios más, además de un ejemplar de bolsillo titulado Manual de campo y guía rápida para el tanaturgo novato .

Tanto la cubierta como las páginas estaban revestidas con algún tipo de resina.

Al final del montón estaba el diario de Henry.

Durante unos momentos me quedé sentado sin hacer nada, con el diario en las manos.

Sostenerlo me ayudaba a sentirme más próximo a él, de alguna manera.

Pero no estaba seguro de que debiera leerlo.

Me daba la sensación de ser una cosa que se hacía después de la muerte.

Y Henry aún estaba ahí fuera. O eso era lo que había elegido creer, al menos.

Supuse que Church lo habría incluido por si nos ayudaba a encontrar a nuestro amigo.

Pero no me sentía preparado para leer los pensamientos privados de Henry.

Me parecía abusar de su confianza. Y una vez hubiera leído esos textos…

bueno, aquello también era una elección de entrada, más o menos.

Así que aparté el diario y me sumergí en los otros volúmenes, mirando por encima unas partes, saltándome otras, a veces leyendo capítulos enteros.

De niño, había adoptado la costumbre de canturrear mientras leía.

No en voz alta. Era más bien como la sotto voce del Réquiem de Mozart, un subtono que solo yo podía oír.

Pero haciéndolo, era capaz de terminarme un libro en la mitad del tiempo que necesitaba Chuey, y eso que él se leía manuales técnicos como otra gente leía tebeos.

Además, me proporcionaba memoria ecoica, parecida a la eidética, pero con señales auditivas.

Mientras canturreaba, mi capacidad para recordar lo que leía era bastante espectacular.

Creo que empecé a hacerlo cuando iba a segundo, después de dejar las clases de piano.

Mi profesor se había hartado de mí porque me leía las partituras una o dos veces mientras me esforzaba en tararear las notas y luego ya no necesitaba ni utilizaba la partitura nunca más.

No era que pudiera tocar la pieza a la perfección, pero más o menos ya la tenía siempre en la punta de los dedos, por así decirlo.

Y así fue como empecé a asimilar algunas cosas de los libros que Church me había hecho llevarme, como lo de las manchas en la sombra de una persona.

Eran unas cicatrices del alma conocidas como oclusiones.

Algunas eran consecuencia de lo que Dama había llamado «heridas del corazón», sí, pero otras se conocían como «crímenes contra el alma».

Todo eso venía en un dietario titulado Umbriman cia: Fragmentos conocidos .

Al parecer, la umbrimancia era un arte perdido, del que solo quedaban unos pocos escritos.

Me terminé ese dietario, lleno de material fascinante sobre la sombra de la gente y cómo verla y manipularla, y lo dejé junto al diario de Henry, que volví a levantar.

Quería leerlo. Oír la voz de ese hombre en mi mente.

Pero a veces era mejor no sacar a la luz los secretos de la gente, porque podían cambiar tu opinión sobre ella.

Así que volví a dejar el diario y decidí ponerme con el libro sobre la Ley del Precedente, las normas que regían aquel nuevo mundo en el que había renacido.

Tras unas pocas horas, me lo había terminado también. Tendría que releérmelo en algún momento, porque, en efecto, era denso con ganas. Lo puse en la pila de terminados y volví a coger el diario de Henry para acariciar con suavidad su cubierta. Entonces, de nuevo, lo aparté.

El tercer libro era breve, pero me lo leí de cabo a rabo: Historia y arquitectura de la tanaturgia .

Existían tres ramas principales, llamadas jorguinerías.

A grandes rasgos, eran la redistribución de las fuerzas vitales (elanotalia), la comunicación con los muertos (xenoglosia) y la manipulación de materia antaño viva (la nigromancia clásica).

Algunos miembros de los Sabuesos jugaban a rol, por lo que esa tercera rama me sonaba a movidas malvadas con no-muertos.

Pero resultaba que, en los círculos tanatúrgicos, la palabra «nigromante» solo adquirió cierta mala fama al llegar el Renacimiento, por culpa de muchas trastadas en los cementerios.

Después volvió a ponerse de moda en la época victoriana, porque así son los vaivenes del lenguaje, pero solo para describir a los tanaturgos que se especializaban en esa jorguinería.

En los estratos, a veces a los tanaturgos incluso los llamaban «la gente artera».

Pero todo era bastante más amplio que el mero hecho de reanimar cadáveres.

Esa era mi vida ahora. Y después de leerme tres libros enteros, por breves que fuesen, y bastantes trozos de los demás, me notaba menos con los pies en el suelo que al empezar.

Henry siempre me había ayudado a encontrar el equilibrio y, si iba a averiguar algo que pudiera ayudarme a encontrarlo, muy posiblemente sería en su diario.

Sabiendo que no podría desleer nada de lo que hubiera allí dentro, abrí el diario por donde había una violeta prensada entre las páginas.

Hoy le he hablado a Jack de ti, Martha. Le he contado que sufrías mi adicción a la música con dignidad y que seguiste camino antes de lo que te correspondía por culpa de ello.

Y mira si es bueno ese chico que me ha cantado The Who para aliviarme el remordimiento.

Sabe que tengo debilidad por ese grupo. Él carga también con su propio dolor, relacionado con su madre.

Se lo oigo cuando canta, pero creo que conseguirá superarlo.

Te caería bien, Martha. Ojalá pudieras conocerlo. Me gusta mucho tenerlo por aquí.

Las líneas se emborronaron. Me sequé los ojos y combatí el ataque del dolor de cabeza y las náuseas tarareando unas notas de la canción de Jimmy, que recordaba de unas horas antes. La calma reemplazó a la agitación que sentía y me ayudó a concentrarme.

«Si Henry está ahí fuera, voy a encontrarlo».

Volví al diario y retrocedí varias páginas hasta llegar a un plano de Londres dibujado a mano.

Mostraba una zona sombreada que estaba marcada como «Entorno del Caballo de Hierro».

La guarda no se extendía como un círculo perfecto, sino más bien como un triángulo a lo largo de la avenida Charing Cross.

Una nota explicaba que se adhería a las líneas ley y a la geometría sagrada por su «influencia extensible».

Pero la parte sombreada había ido menguando sucesivamente y recordaba a los anillos que señalaban el crecimiento de un árbol en el tronco, solo que a la inversa.

Entonces pasé a la última entrada y empezaron a temblarme los dedos, como si estuviese a punto de leer las últimas palabras de mi amigo.

El Caballo de Hierro se muere.

Si la guarda fuese rúnica o mecanística, renovarla sería coser y cantar.

Pero la guarda es espiritual. Su naturaleza pertenece a lo que los antiguos Hijos de las Cenizas llamaban «un alma vieja», entendiendo «vieja» en este caso como una medida de pluralidad, como muchas almas pertenecientes al mismo ser.

Por tanto, si pretendo renovar la guarda, debo encontrar a uno de esos seres.

Por desgracia, si encontrar a un alma vieja ya es bastante difícil, encontrar a una que además esté dispuesta requiere de conocimientos especiales.

No tengo acceso al arcano relevante, ni he reunido el valor para pedir ayuda a quienes hacen de los asuntos espirituales su campo de estudio…

no después de mi implicación en aquel condenado desastre de la catedral de San Pablo hace tantos años.

Sí que se lo he contado a Muster. No parecía muy optimista, pero me ha prometido buscar en los archivos de la facción shiguana por si aparece algún texto arcano al respecto.

Pese a nuestras desavenencias, es un buen amigo y tiene un don con los arcanos.

Podría ser mi última esperanza. Porque temo que se nos acaba el tiempo.

Nunca había sentido tanta tensión procedente de los estratos.

He hecho todo lo que está en mi mano para cerrar el hueco.

Al mundo superior se le debe permitir que cambie, del mismo modo que no se debe dañar en modo alguno a quienes existen abajo.

Pero, pese a mis esfuerzos, la guarda se debilita sometida a la tensión.

Me pregunto si la tensión es lo que puso en marcha el deterioro de la guarda desde un principio.

En todo caso, si la guarda falla y quienes buscan hacer mal uso de los Peldaños Abismales obtienen el acceso, no hay manera de calcular en qué medida cambiarían los mundos de arriba y de abajo. Lo que sí que es calculable es lo viejo que estoy haciéndome…

Leí la entrada otra vez. Y otra. No paraba de pensar que ojalá Henry hubiera buscado ayuda antes de que la guarda se contrajese tanto que alguien pudiera llegar como si nada y pegarle un tiro.

«Mierda, Henry».

Sentí que el mundo se derrumbaba. Pero, en vez de pensar como antes que aquello no podía ser real, empezó a parecerme más real que la vida que había llevado en Londres durante los últimos cinco años. Las piezas, entre ellas el diario de Henry, empezaban a encajar poco a poco.

Sonó mi móvil.

—Sí, Church, he estado leyendo sin parar y…

—Jack, hay alguien aquí en el Caballo. Creo que será mejor que vengas.

—¿Quién es?

Hubo una breve pausa.

—Un viejo amigo de Henry, Muster Brach.

Bajé la mirada al diario de Henry y localicé el nombre de Muster en la última entrada.

—Voy enseguida.

Dejé el diario en la caja de naranjas, cogí el Manual de campo y guía rápida para el tanaturgo novato , que parecía un buen libro que tener a mano, pillé los casquitos y salí hacia el Caballo de Hierro.

Al llegar a la calle, no vi a Casio por ninguna parte.

Supuse que aún estaría patrullando por la zona, pero no podía ir a buscarlo.

Necesitaba hablar con ese amigo de Henry y ver si tenía alguna respuesta.