Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

La mayoría de las semblanzas que llegan a la Interminable Oscuridad eligen unirse a su estrato, pero algunas permanecen en la Oscuridad, donde o bien se alimentarán, o bien servirán de alimento.

C HRIS M ARLOWE , La carga de la elección

sobre las almas perdidas

H enry caía, con una profunda y sangrienta herida en el pecho. Las velas rebotaron en los adoquines…

Me incorporé de sopetón, resollando, con la piel resbaladiza de sudor y la cabeza palpitando.

Tardé unos minutos en dejar de temblar y ubicarme.

Paredes desnudas de tabla enlucida, suelo de madera sin barnizar, sofá cama, una caja de naranjas a modo de mesita llena de libros, incluidos los que Church me había dado la noche anterior, un eucalipto muerto en la ventana y mi guitarra en la esquina.

Estaba en casa. La luz del sol caía a cuadrados sobre mis tobillos: había dormido la mayor parte del día.

Pero me traía sin cuidado el tiempo. La estrecha sombra que caía en mi vieja alfombra oriental falsa al lado de mis pies titilaba con una pauta, cosa que no se me había ocurrido mirar la noche anterior cuando había estado estudiando la sombra de mis amigos.

Quizá esperase que mis propias notas de brillo recordaran a algo heavy de Nightwish o Dream Theater.

Pero cuando las tarareé, me sonaron a un tema de la banda sonora de Cadena perpetua , dos notas descendentes y luego dos ascendentes.

Se repetían y evolucionaban, con una lánguida línea de notas sincopadas tejiendo una melodía que avanzaba a intervalos de un tono por arriba.

Varias manchas oscuras interrumpían la pauta.

La más grande parecía un lago estrecho en el que desembocaba una docena de arroyos negros, visto desde cientos de metros de altura.

Y aquella línea de oro seguía ribeteando mi sombra.

Me dolía horrores la cabeza y no le encontraba ningún sentido a lo que veía, aunque tampoco me habría servido de mucho tener la cabeza despejada.

Saqué un par de pastillas de Panadol del frasco que tenía en mi mesita de caja de naranjas y las mastiqué hasta convertirlas en una pasta antes de tragarlas.

Aún llevaba los mismos tejanos, las mismas botas y la misma camiseta ensangrentada de la noche anterior.

Me puse una camiseta limpia y una sudadera con capucha de los Dream Theater y reproduje unas canciones de los Zeppelin, que siempre me iban bien para el dolor de cabeza.

Luego saqué el móvil y, con las manos temblando, llamé a Henry.

Ocho tonos. Sin respuesta. Le dejé un mensaje en el contestador.

Al terminar, vi que mi propio aviso de mensajes de voz daba una lucecita intermitente.

Así que puse el teléfono en la caja de naranjas, llamé al buzón y me preparé para lo peor.

Chuey, Dama y Church me habían dejado mensajes diciendo que los llamara.

Tiré de las gomas para el pelo que llevaba en la muñeca.

También había llamado Sixth Angel Entertainment, la gestora de los Sabuesos.

Algo sobre su nuevo cantante. Borrar. Después vino un mensaje de un tal inspector Bryant de la Policía Metropolitana.

Decía que estaría en contacto, cosa que sonó más a amenaza que a otra cosa.

Tenía que ser por el tiroteo. La última llamada era de una mujer que se identificaba como la presera Lakshmi Gopalkrishnan.

Me pedía que le devolviera la llamada, pero también prometía estar en contacto y decía que estaba investigando «posibles infracciones de la ley tanatúrgica».

Colgué y dejé el teléfono donde estaba, en mi mesita que era una caja de naranjas.

Era un regalo que me había hecho Henry al instalarme allí, sacada del almacén del Caballo de Hierro.

Nos habíamos reído hasta soltar lágrimas de lo ridícula que quedaba como mi único mueble.

Me había hecho falta esa risa después de patearme Londres buscando un futuro, y creo que Henry lo sabía.

Y ahora Henry había desaparecido. Esperé que hubiera conseguido volver cruzando el Prado.

Seguía queriendo que ese sitio fuese solo un sueño.

Pero solo pensar en él ya me hacía verlo más claro, casi sentirlo.

Había muerto ahí fuera. Ya estaba convencido de ello.

Y había regresado como tanaturgo, o nigromante, o lo que fuese.

Por lo menos, eso me decía todo el mundo.

El día anterior no había creído en los nigromantes ni en ninguna mierda por el estilo.

Y ahora, era uno. Aquello no tenía ni el menor sentido.

Pero la energía abrasadora que había sentido arremolinada en el pecho y palpitándome en las venas…

nunca había experimentado nada igual. Y eso había sido real de la leche, como un fuego desgarrándome.

Ya no estaba, pero no podía fingir que no había existido.

Aun así, por algún sitio tenía que agarrar todo aquello.

Tenía que haber algún motivo. Y ese motivo, por lo que yo sabía, era Henry.

Aquella vieja presión de que me dejaran atrás envió punzadas de dolor a mis sienes. Me dieron jadeos y me sentí como a punto de vomitar.

Tiré otra vez de las gomas de la muñeca, mucho, para que pegaran fuerte contra las cicatrices del cúter. Pero, estando en casa, podía hacer algo mejor que eso. Acababa de levantarme para coger la guitarra cuando alguien llamó con los nudillos a la puerta. «Mierda, ahora no».

Volvieron a llamar, más fuerte.

Me rendí y fui a abrir. En el suelo, justo dentro de la puerta, había un papel doblado. Lo recogí. En la parte de fuera, con letra pequeña y pulcra, ponía: «Rápida y mortal». Lo abrí y lo leí.

Querido señor Solomon:

Enhorabuena por su regreso. ¿Aún tiene el objeto? Le animo a utilizarlo.

Atentamente,

U NA PARTE INTERESADA

Metí la mano en el bolsillo. La piedra seguía allí.

Llamaron otra vez.

Después de leer la nota, no tenía muchas ganas de abrir, pero entonces pensé que podría ser la mujer que me había dado la piedra.

Con mucha cautela, descorrí el cerrojo y abrí la puerta.

Jimmy estaba allí, llevando su estuche de guitarra en una mano.

Su pelo gris hierro estaba hecho un desastre, y llevaba su habitual camisa de franela desgastada azul, los tejanos del trabajo y unas botas marrones llenas de rasguños. Tenía los ojos rojos y muchas ojeras.

—¿Te has enterado de lo de Henry? —le pregunté.

—Sí —dijo.

—¿Alguien sabe algo de él?

Aún creía que iba a volver. Jimmy negó con la cabeza.

—Escucha, Jack, si prefieres que no de-demos la clase, no pasa nada. Ni recuerdo haber co-cogido esto antes de salir. —Miró su estuche de guitarra—. No sé, hacer una clase de música ju-justo hoy parece un poco impertinente, ¿no te pa-parece?

Henry era amigo de Jimmy también. Los dos necesitábamos la música en esos precisos momentos. Tocar unas cuantas canciones juntos para combatir la preocupación podía muy bien ser lo mejor a lo que podíamos dedicar el tiempo.

—En realidad, tío, creo que has tenido un instinto de primera viniendo —dije, indicándole que pasara.

Jimmy sonrió y entró en el piso.

Quité la manta y la almohada del sofá y los tiré a un lado para que pudiéramos sentarnos.

Jimmy abrió el estuche y sacó su Martin, el único gasto extravagante que yo le conocía.

Su sombra cayó en el cuadrado iluminado por el sol del sofá, con bordes suaves alrededor de un titilar gris nube.

Vestigio. Tardé unos segundos en metérmelo en la cabeza.

Jack quizá escuchara punk de la vieja escuela, pero las notas de brillo de su sombra tenían la cualidad rítmica pero calmada de una melodía de Bing Crosby.

Sus manchas estaban situadas en lugares únicos también.

Y lo que siempre había pensado que eran muñequeras de currante para absorber el sudor en realidad eran vínculos.

Empezaba a parecer que todos mis amigos, en cierto modo, no estaban allí de verdad. O no como yo había creído, al menos. Cogí mi guitarra y me senté en el otro extremo del sofá.

Mientras me colocaba la Gibson, una guitarra acústica llena de melladuras que tenía desde los trece años, Jimmy se encorvó sobre su preciosa Martin y miró al suelo. Normalmente no veía la hora de ponerse a tocar. Ese día era distinto.

—¿Me ayudas a componer una canción? —le propuse.

Los viejos ojos de Jimmy se iluminaron.

—Genial, ¿so-sobre qué vamos a escribir?

—Estoy atascado en una estrofa —dije—. Toca conmigo y, cuando lleguemos a ella, te doy el pie, ¿vale? Y cantas algo sobre tu vida. Algo en lo que pienses cuando nieva, o yo qué sé.

Le enseñé la ronda de acordes y empezamos. Y, casi de inmediato, Siempre se marchan quedó cambiada. Seguí marcando los acordes mientras Jimmy rasgueaba un ritmo animado. Nunca la había probado así.

Empecé a cantar y las punzadas en la cabeza y el estómago atenazado empezaron a remitir. Me relajé con la canción y, cuando llegó la tercera estrofa, la que hablaba de mi madre, crucé la mirada con Jimmy y le cedí el mando.

No perdió comba. En una rítmica voz de tenor, muy al estilo de los cantantes melódicos de los años cuarenta, se puso a contar la historia de una carrera de vehículos caseros y del coche que había hecho con un par de colegas suyos llamados Nesbit y Hollings.

Había una gorra de carreras y el número 001, que pensaban que haría el coche más rápido.

Y los padres de los tres estaban allí, mirando orgullosos bajo un sol de verano cómo el coche casero aceleraba hacia la bandera de cuadros.