Capítulo 5 #2
—A un tío que parece que juegue de defensa en la NFL, pero de uniforme militar antiguo.
—¿Lo ves, Jack? —dijo Church—. El hilo permite que el mundo tanatúrgico se oculte a simple vista, evitando así la interferencia humana.
—¿Y por eso las cámaras de vigilancia de Londres no servirían de nada para identificar a esos matones de feria renacentista? —pregunté.
—En el caso de los vestigios, exacto —respondió él—.
Pero los propios tanaturgos encuentran su camuflaje de manera natural, por así decirlo.
Y, en cuanto a Dama y a mí, ninguno de los dos presentamos unas diferencias tan drásticas porque nos hemos aclimatado al entorno, a sus modas y, lo más importante de todo, nos hemos enamorado de la música.
Chuey se tocó el pecho de su apretada camiseta del grupo Kamelot.
—Vamos, que no estáis locos del todo.
La sombra de Chuey, extendida en la alfombra de la entrada por detrás de él, tenía el resplandor oscuro de los faroleros, pero con un contorno negro muy nítido y menos manchas. Y su secuencia de notas de brillo tenía un aire jazzístico.
Miré de nuevo el puño de la camisa de Church.
—Hay muchos símbolos en tus vínculos.
—Ese es un tema muy extenso —dijo él—. Creo que será mejor que lo abordemos en otro momento.
—Me parece bien. —Señalé hacia el suelo—. Pero ¿qué pasa con las pautas y las manchas que veo en vuestras sombras?
Dama sonrió.
—Las pautas son la expresión única de quienes somos. Y las manchas son heridas del corazón, algunas dadas, otras recibidas.
Asentí, aunque no lo comprendía del todo.
—Dama, ¿en realidad eres médica, entonces?
—Cirujana barbera, en otra vida. —Meneó su aguja—.
En la época, era mucho más fácil que a una mujer la acreditaran como cirujana si estaba dispuesta a ejercer en batalla.
Aprendí a luchar mientras trataba a los caídos.
Y no fue mal entrenamiento, la verdad, porque aquí formo parte del equipo de Henry.
Soy lo que llamamos una chiza. Lucho cuando hago falta y me ocupo del bienestar de quienes tiene a su cargo.
—¿Y el apodo de Dama tiene algo que ver con eso? —pregunté.
Sus ojos se perdieron en la lejanía.
—En la guerra, a los chicos les dio por llamarme «la Dama del Valle». Creían que me metía en el «valle de la sombra de la muerte» para intentar sacarlos vivos de allí.
Se concentró de nuevo en coserle el cuello a Casio, reparando la carne desgarrada con la misma delicadeza que mostraba al coser el parche de un grupo. Era un encanto.
Me volví hacia Church.
—¿Y tú?
—Ay, cielos —dijo el hombretón, pasándose una mano por la calva—.
En la mayoría de mis vidas, he sido un contable venido a más, en una ocasión en el Parlamento y últimamente ocupándome de los asuntos de Henry.
Encaja con mi sentido de la decencia. Te estoy hablando de después de mi época con la Fuerza Expedicionaria Británica en Verdún y Somme.
Lo del Parlamento tenía sentido. Las palabras de Church siempre parecían tener un cierto peso. Daba un gusto tremendo oír que las usaba en tu nombre, cosa que había hecho por mí más de una vez. Señalé su bolsa.
—¿Ya llevabas tu cartera?
Church soltó una risita.
—Con alguna gente tanatúrgica, no hay sustituto que valga para la documentación física en lo relativo a derechos y propiedades. Me gusta estar preparado.
—¿Voy a ver estas pautas en la sombra de todo el mundo, ahora que he regresado?
Chuey volvió caminando deprisa a la mesa, se rascó el pelo rapado y me miró a los ojos.
—Ya es la segunda vez que lo dices. ¿A qué te refieres exactamente con que has regresado?
A mí también me había estado costando encontrarle sentido.
—Me refiero… a una experiencia cercana a la muerte, supongo. Me han disparado, igual que a Henry. Y luego he tenido que luchar para volver a mi cuerpo. He despertado en el callejón, justo en el sitio donde me habían dado.
Chuey se santiguó.
—Hermano, si dices la verdad, eso es metal puro.
—¿Metal puro? —Casio frunció el ceño mientras Dama le atravesaba el cuello con hilo—. ¿Te refieres a… extraído del mineral y bien refinado?
—No, tío. Metal —repitió Chuey—. Significa que es una pasada.
—¿Metal significa pasada? —preguntó el centurión.
Puse media sonrisa.
—Significa admirable. Extraordinario.
Casio negó con la cabeza.
—La lengua moderna no es nada intuitiva.
Church hizo un gesto para que lo dejásemos estar.
—Nos alegramos mucho de que hayas vuelto, Jack —dijo—. Nos alegramos muchísimo.
—Entonces, ¿de verdad estoy vivo? —pregunté.
—Muy vivo —dijo Church—. Solo que ahora eres… más que antes.
Ya había leído sobre gente que moría y regresaba. Pero ¿todo aquel segundo mundo?
—Esto es de locos. Os conozco a los dos desde hace casi cinco años. ¿Por qué no me lo habíais dicho nunca?
—No nos correspondía a nosotros —respondió él.
—Henry planeaba decírtelo —añadió Dama—. Estaba esperando el momento adecuado. —Terminó la sutura—. Y, hablando de momentos adecuados, ¿cómo es que tu amigo, aquí presente, ha resultado estar disponible justo cuando lo necesitabas?
Casio tomó con suavidad la muñeca de Dama en su mano gigantesca y recorrió su pulsera de hilo dorado con la yema del dedo.
—Más o menos por el mismo motivo que sospecho que teníais el señor Church y tú cuando acudisteis al señor Wilkinson: todos queríamos servir a un amo más amable.
—Estaba claro que la historia de Casio no terminaba ahí, pero ni Dama y Church le insistieron—.
Pero sí que lamento no haberme dado más prisa.
Con solo que hubiera llegado un minuto antes…
Casio les explicó lo que había visto y cómo me había pedido que le renovara los vínculos. Pero yo apenas escuchaba. Estaba mirándolos alternativamente a él, a Dama y a Church, con un centenar de preguntas rondándome por la cabeza.
—Henry era tanaturgo, entonces —dije—. Lo que significa que puede haber vuelto a su cuerpo igual que he hecho yo.
Chuey acercó una silla, dejó la hachuela de carnicero delante de él sobre la mesa y se santiguó otra vez.
—Rezo para que sí —dijo Church—. Pero quienquiera que le haya hecho esto ya se lo esperaría. Y, aunque sería una infracción de la ley tanatúrgica intentar impedir su regreso, la misma ley también prohíbe atacar a un tanaturgo, desde un principio.
Aún podía oler el tabaco Bournemouth de Henry. Aún veía su sonrisa fácil. Aún sentía su mano en mi hombro. Solo unos minutos antes, había estado cantando para él.
—Pero creo que sé por qué alguien querría atentar contra la vida de Henry. —Church se levantó y cogió su bastón—. ¿Querríais seguirme todos, por favor?
Nos llevó a la sala de conciertos del Caballo de Hierro y a la derecha del escenario, elevado a la altura del pecho.
Abrió una cerradura con su llave y levantó una trampilla que siempre había supuesto que era para guardar material de conciertos cerca del escenario.
Pero debajo había una escalera descendente de madera.
Church señaló hacia la oscuridad de abajo.
—Los Peldaños Abismales. Esta es la única escalera que hay en Londres que desciende a todos los niveles de los estratos.
Contemplé aquella negrura y luego alcé la mirada hacia Casio.
—Antes me has mencionado los estratos, ¿verdad?
El centurión asintió.
—Los estratos son distintos periodos largos de la historia londinense que han cuajado para formar capas del pasado. En ellos residen tanaturgos, vestigios y semblanzas, además de cosas totalmente oscuras.
—¿Como la cosa que te ha arrancado un cacho de cuello de un mordisco? —preguntó Chuey.
Levanté la mano para pedirles silencio y apreté fuerte los párpados para protegerme de aquella vertiginosa nueva realidad de la ardiente adrenalina que aún recorría mis venas.
—¿Estáis diciéndome que, si bajo por estos escalones, puedo viajar al pasado de verdad?
—A una versión del pasado —aclaró Dama—. Y hay, en realidad, otras escaleras repartidas por todo Londres que bajan a los estratos. Pero, como ha dicho Church, solo esta llega hasta abajo del todo, y solo un tanaturgo puede usar cualquier escalera a los estratos.
Abrí los ojos y lancé una mirada al ribete dorado que tenía mi sombra.
—¿Como yo? ¿Como esos dos matones de feria renacentista con los faroles del callejón?
—Exacto —dijo Church—. Bueno, siendo estrictos, ciertos miembros especializados del equipo de un tanaturgo pueden recorrer los estratos por su cuenta.
Lo importante a entender, Jack, es que hay cientos de tanaturgos en los estratos, igual que los hay en el mundo que conoces.
Y no pocos de ellos podrían estar dispuestos a matar por hacerse con el control de estos peldaños.
Bajé la mirada a la oscuridad otra vez.
—¿Qué hay ahí abajo por lo que merezca la pena matar?
Dama me cogió la mano.
—Sabiduría perdida, Jack. Sabiduría poderosa. Y aquellos que controlan los Peldaños Abismales tienen acceso exclusivo a los niveles inferiores de los estratos para buscar esa sabiduría.
—Y para colmo —dijo Church—, el pasado no está satisfecho.
O una parte no lo está, al menos. Guarda ciertos…
resentimientos hacia el mundo del presente.
—Dio un golpecito con el bastón en el suelo—.
Estos últimos años ha habido unos cuantos tanaturgos de los estratos que han tratado de procurarse acceso a los Peldaños Abismales con objeto de obtener esa sabiduría y utilizarla para castigar al mundo de arriba, ya sea mediante influencia o mediante violencia.
—¿Seguimos hablando de esos matones cosplayers que se nos intentaban subir a la chepa en el callejón? —preguntó Chuey.
—No puedo estar seguro —dijo Church.
—En todo caso… —Dama me apretó la mano—. En todo caso, el Caballo de Hierro está protegido por esa guarda que has sentido cerca de la calle Stacey. Es territorio neutral.
—Henry estaba diciendo algo parecido justo antes de que le dispararan.
—No se puede dañar ni compeler a nadie dentro de la guarda —explicó Dama—. Igual que impide el uso de los peldaños sin permiso.
Mi mente ya iba a cien otra vez.
—Entonces, ¿a qué viene tanta preocupación por si alguien accede a esta escalera?
Church se quitó el puro de la boca.
—Porque hace una semana la guarda estaba al otro lado de St. Giles, mucho más allá de casa de Henry.
Henry había levantado las manos contra la barrera bastante antes de llegar a su portal. Debía de ser por eso por lo que no había querido dormir en casa esa noche.
—Pero, si la guarda está fallando de todos modos, ¿para qué querrían intentar matar a Henry?
—Para acelerar su colapso —dijo Dama—. Henry es el custodio de la guarda. Retirarlo a él la hace más vulnerable a los ataques.
Eché un último vistazo hacia abajo por los Peldaños Abismales.
Me moría de ganas de bajar y verlo con mis propios ojos.
Historia y sabiduría perdida. Era un fanático de la historia desde mis tiempos en la biblioteca de Westmont.
Pero, incluso si estuviera preparado para lo que fuese que había allí abajo, me notaba exhausto.
Church nos llevó de vuelta al pub y desapareció un momento en la oficina trasera antes de regresar cargado de libros.
—Hay muchas más cosas de las que deberíamos hablar, Jack.
Pero, antes de eso, tienes que decidir si pretendes aceptar tu nueva realidad como tanaturgo.
No estás obligado a hacerlo. Muchos eligen limitarse a vivir más o menos tal y como lo hacían antes.
Dicho eso… —Dio una palmadita en los libros—.
Si decides aprender y desarrollar las habilidades tanatúrgicas que ahora tienes disponibles…
bueno, tus ojos se abrirán más y ya no serás capaz de desver lo que te muestren.
La ardiente energía que se arremolinaba en mi pecho se desvaneció de pronto y empecé a desplomarme. Casio me sostuvo por el brazo.
—Necesitas descansar. El primer renacimiento es el que más desorienta.
No tuve ni las fuerzas ni el deseo, en ese preciso instante, de preguntarle qué significaba eso de «primer renacimiento».
Había muchísimo que asimilar. Los acontecimientos de la noche ya empezaban a confundirse en mi mente, y estaba agotado.
Sin embargo, pasaba una cosa. Yo sabía lo que era una elección de entrada, en la que aún no alcanzabas a ver todo lo que estabas aceptando cuando te unías a una causa o un grupo.
Y me daba la impresión de que el camino de detrás de aquella puerta se extendía kilómetros y kilómetros.
Pero tampoco podía soportar la idea de que quizá Henry no regresara.
Cogí los libros que traía Church.
—Leo bastante rápido.
Church sonrió.
—Basándome en la contracción de la guarda, tu casa debería ser segura durante tres, tal vez cuatro días. Ve y duerme un poco, chaval. No nos servirás de nada si ni siquiera te tienes en pie. Mañana hablamos.
Qué bien sentaría irme a casa por fin.
—Voy a cancelar las actuaciones en directo aquí —añadió Church—, hasta que sepamos a qué estamos enfrentándonos.
Eso dolió. Silenciar el Caballo de Hierro parecía como silenciar a Henry. Aquello era su vida… o, al menos, yo había creído que lo era.
Casio y Chuey me acompañaron a mi piso. Chuey prometió pasarse a verme al día siguiente. Casio dijo que patrullaría por las calles cercanas.
Justo antes del alba, entré tambaleándome en casa y me dejé caer en el sofá, totalmente vestido, cansado hasta la médula y rezando para que el alma de Henry hubiera podido regresar desde los campos de piedra.