Capítulo 5
Las variedades de cordel tanatúrgico son numerosas, pero una de las más fuertes y difíciles de encontrar es el hilo de orcus, tejido a partir de los zarcillos de alma que deja atrás una semblanza a su llegada a la Interminable Oscuridad. También es ilegal.
Guía de costura
E n las sombras de la callejuela Flitcroft, nos enfrentamos cara a cara con la mujer del sombrero de tres picos y el hombre de la loca melena roja.
Él llevaba la misma Y invertida tatuada bajo la oreja que les había visto a los otros, pero ella tenía el cuello oculto bajo una bufanda cerrada de ganchillo escarlata.
Se me aceleró el corazón. Probé a alzar el cuchillo que llevaba, pero se me trabó el brazo.
Caí en la cuenta de que la guarda debía de estar impidiéndome que intentara luchar.
Del cinturón de la mujer colgaba un largo cuchillo negro y unos carretes de hilo, igual que del cinturón del hombre.
Pero ella no recurrió a nada de eso y levantó su farol hacia nosotros.
El farol en sí tenía forma de reloj de arena, con una piedra brillante en el centro y tres varillas de metal que conectaban la parte de arriba con la base.
Tenía un mango curvo de alambre, pero ella lo sostenía por una culata de pistola incrustada en una de las varillas metálicas.
El hombre levantó el farol también, con el cristal protegido por una rejilla de acero deslustrado. Susurró «Arde» y la piedra de su farol se volvió más brillante hasta refulgir.
Pareció que los dos se ponían a examinar la sombra de mis amigos. Luego la mujer frotó una varilla de su farol con el arco de violín. La piedra se avivó y el arco hizo sonar otra nota metálica. Entonces el hombre y ella estudiaron mi sombra, se miraron entre ellos y fruncieron el ceño.
No sabía lo que habían visto allí, pero de pronto deseé poder impedirles de algún modo que lo viesen.
Lo único que se me ocurrió fue mirar sus sombras, nítidas, de color gris oscuro y ribeteadas de oro.
Había unas manchas negras, además, dentro de amplias pautas de luces palpitantes.
Nunca me había imaginado que una sombra pudiera contener tantas cosas, y me asustó estar viéndolo todo en esos momentos.
Church se interpuso entre nosotros.
—Aquí no tienen ustedes ninguna autoridad.
Casio se adelantó junto a él. Tenía el cuello y el hombro cubiertos de sangre, que le bajaba por el brazo y goteaba desde sus nudillos más allá de su espada, que apuntaba al suelo.
El hombre pronunció una palabra en voz baja y su farol se apagó, devolviéndonos a todos a las profundas sombras.
Dama apuntó con su porra hacia el piso de Henry.
—¿Le ha pasado algo al señor Wilkinson?
La mujer sonrió.
—Estamos investigando los acontecimientos de esta noche. ¿Por casualidad quieren venir con nosotros y brindarnos la ayuda que puedan?
Nadie se movió ni habló.
—Ocúltense detrás de su guarda, pues —añadió la mujer—. No tardará en cerrarse sobre su precioso cuello. Hasta entonces…
—No me cabe duda —añadió el hombre, mirándome directamente— de que acabará usted viéndose obligado a salir para dar explicaciones sobre la desgracia que pueda haberle sucedido a su amigo.
Church dio una palmada en su cartera.
—Nos encanta tener la oportunidad de dar explicaciones. Asegúrense de estar preparados para hacer lo mismo.
El hombre apartó la mirada de mí y la fijó en Casio y luego en los vínculos de Casio. Entonces la mujer y él dieron media vuelta, volvieron a cruzar la barrera y siguieron caminando hacia casa de Henry.
—Londres tiene una cantidad demencial de cámaras de videovigilancia —dijo Chuey—. Y software de reconocimiento facial asistido por inteligencia artificial. —Siempre estaba al tanto de las últimas tecnologías—. Le pediremos a la poli que nos busque a estos descartes de feria renacentista.
—No podrán verlos tal y como son —repuso Church.
—Dejemos esto para cuando hayamos vuelto al Caballo —dijo Dama, pasando un brazo alrededor de Casio para echar a andar por Flitcroft en sentido contrario.
La seguimos de vuelta hasta el pub, donde ayudó a Casio a tumbarse en un catre y sacó un botiquín pequeño y rojo de su cartera. Limpió aquella herida tan fea con alcohol y se puso a coserla.
Chuey cerró la puerta después de que entráramos todos.
Le pasó la anticuada tranca, se sentó cerca de ella y sacó su rosario del bolsillo.
Church se sentó a la misma mesa, dejó la cartera a su lado en el banco y volvió a montar su bastón.
Yo solté el cuchillo en el fregadero de la barra y me senté enfrente de Church.
—Muy bien, ¿qué narices pasa aquí? Alguien tiene que hablar conmigo.
Church sacó su puro del bolsillo interior de la chaqueta.
—Lo primero es lo primero, Jack. Déjame echarle un vistazo a tu pecho.
Me levanté la camiseta destrozada.
—¿Cómo puede sobrevivir nadie a un disparo a bocajarro de un Smith & Wesson 500?
—¿Estás seguro de que era una pistola? —preguntó Church.
—Me crie rodeado de armas de fuego. Y mi padre me llevaba al campo de tiro casi todos los sábados.
Chuey se acercó y me clavó el dedo en el esternón.
—Creo que tienes una conmoción, colega. O que te diste en la cabeza al caer. Hay un poco de sangre, pero estás ileso, hermano.
—Sentí que ese cabrón con cara de fantasma me disparaba justo aquí —contesté, dándome un golpecito en el pecho yo también.
—Empezarás a comprenderlo todo mejor, Jack, si empiezas por confiar en lo que ves —dijo Dama, y señaló el suelo con un gesto de la cabeza antes de seguir con sus puntos.
Bajé la mirada a la sombra que proyectaban mis amigos gracias a las numerosas velas que ardían en las mesas.
La sombra de Church y la de Dama eran como la de Casio, tenues y de borde borroso.
Pero, a la luz de las velas, titilaban como ondulaciones en un lago iluminado por la luna.
A esa luz, la sombra de Casio hacía lo mismo.
Eran sombras más claras que las de los portadores de farol, pero coincidían con ellas en que había manchas oscuras que interrumpían las pautas de luz oscilante.
La forma de alguna de esas manchas me recordó a la marca de nacimiento con forma de salpicadura de vino que tenía yo en la nuca.
Y, además, las manchas y las pautas parecían tener algún tipo de fluidez, aunque no pude terminar de encontrarles el sentido hasta que empecé a interpretar los rítmicos latidos de luz como resplandecientes notas musicales, que para mí eran tan características como podrían serlo las huellas dactilares para un inspector de policía.
La pauta de Dama se iluminaba con la encantadora cadencia a tres tiempos de un vals.
La luz de la pauta de Church no oscilaba tanto, sino que iba alternando entre un par de notas de brillo, igual que la mayoría de las canciones de Johnny Cash.
La pauta de Casio palpitaba en formaciones apretadas, como las notas menores muy juntas en la marcha fúnebre del ciclo del anillo de Wagner.
Las manchas tapaban algunas notas de brillo en sus canciones, pero eso también las hacía más fáciles de ver.
Señalé la sombra de Dama.
—Tú eres…
Ella desvió la mirada de soslayo hacia Chuey.
—Chuey y yo no tenemos secretos —le dije.
—La palabra adecuada es vestigio. —Dama tiró de otro punto en el cuello de Casio—. Un vestigio es una semblanza que está vinculada a un cuerpo. Una semblanza es un alma que no ha seguido camino después de la muerte.
Casio ya me había dicho algo al respecto.
—¿Y la persona que las vincula es un tanaturgo?
—Exacto —dijo Church.
—¿Qué es un tanaturgo? —preguntó Chuey.
—Viene a ser un nigromante —le expliqué.
—Vuelvo a advertirte —intervino Casio desde la esquina— que mires muy bien delante de quién usas esa palabra. E, incluso entonces, con ella describes solo una parte muy pequeña de lo que puede hacer un tanaturgo.
Chuey murmuró algo que no oí bien y volvió arrastrando los pies a su taburete para seguir con su rosario. A mí me habría venido bien un poco de música fuerte, que me ayudara a pensar. Pero respiré hondo, tratando de ralentizar las cosas.
—Vale, no fui capaz de veros tal y como sois hasta que he regresado.
Church sonrió.
—Venga ya, Jack. No me digas que hasta ahora no sabías cómo somos.
La primera noche que pasé en Londres, había terminado vagando hasta el Caballo de Hierro.
No tenía contactos en la ciudad. No tenía sitio donde dormir.
Estaba asustado, y la vieja presión me había estado royendo las entrañas, aunque había intentado huir de ella a casi nueve mil kilómetros de distancia.
Church y Dama me habían invitado a sentarme con ellos, sin hacerme ninguna pregunta sobre la pinta que tenía de estar perdido en la ciudad.
Me habían arrastrado a un hilarante debate sobre qué vocalista de los Deep Purple era el mejor, como si hubiera ido a ese pub todas las noches durante años, y me habían llamado por mi nombre con la misma naturalidad que usaban los suyos.
—Tienes toda la razón —contesté—. Y es verdad que estáis igual… pero también diferentes.
—Se llama el Pacto del Enigma —dijo Church.
Extendió un brazo y usó la otra mano para trazar una costura dorada que llevaba dentro del puño de la camisa. Distinguí un tenue resplandor allí, como el de los vínculos de Casio.
—Los tanaturgos tejen un hilo especial llamado «bunda» en las pulseras, brazaletes, collares e incluso en la ropa.
—Church se dio un golpecito en la manga—.
Y luego ese hilo puede vincular una semblanza a un cuerpo.
Para la mente mortal, el hilo también puede disfrazar la realidad tanatúrgica, por lo general sugiriendo solo una aproximación a la verdad.
Se señaló un símbolo que llevaba en el puño de la manga, hilo cosido con la forma de una máscara teatral. Observé el diseño.
—Casio lleva un símbolo parecido a ese en sus hilos, también.
—Como la mayoría de los vestigios. —Church llamó la atención de Chuey con un gesto—. Chuey, ¿qué ves cuando miras al paciente de Dama?
Chuey echó un vistazo hacia Casio.