Capítulo 4
Toda luz, aplicada a la sombra de una entidad, revelará si es humana, vestigial o si se halla en algún otro estado del ser. En cambio, la llama viva, es decir, el auténtico fuego, revelará la emoción, la salud e incluso las heridas del alma.
Libro del catalizador
D oblé la esquina como un poseso y enfilé por Manette, con la cabeza y el pecho palpitando y la adrenalina o lo que fuese que había traído de vuelta desde el campo de piedra todavía bullendo en mi interior.
Apreté el paso hacia la puerta del Caballo de Hierro, me preparé, embestí contra ella a toda pastilla y caí al suelo. Me di la vuelta a toda prisa, cerré la puerta y pasé el cerrojo estando aún de rodillas. Cuando me volví en dirección al pub, Church, Dama y Chuey estaban mirándome boquiabiertos.
Chuey se levantó.
—¿Jack?
—¡Henry! —grité—. ¿Está aquí? ¿Está bien?
Me puse en pie de un salto y corrí al otro lado de la cortina, a la sala de conciertos. Vacía. Podía estar en la oficina de atrás. Regresé al pub. Mis amigos estaban ya todos levantados, todos mirando hacia mí aún.
—Tranquilo, colega —dijo Church con su puro en la boca—. Pensábamos que Henry estaba contigo.
—Ha pasado una cosa —respondí—. Justo fuera de casa de Henry. Creo que le han disparado. Y luego creo que me han disparado a mí. No lo sé, pero me he desmayado. Y al despertar, he topado con un tío que iba vestido de centurión romano.
Callé al oír lo absurdo que sonaba todo aquello. Mi sangre aún parecía estar en llamas, y tenía la noche entera hecha un batiburrillo en la cabeza. Dama se clavó la aguja en el moño del pelo.
—Más despacio, Jack.
—Le he ayudado. El loco disfrazado de centurión decía que lo he vinculado. —Alcé la mirada hacia Dama—. Que he unido su alma a su cuerpo, o algo así. Me ha parecido ver…
—Jack, tío —me interrumpió Chuey, echando a andar hacia mí—, ¿de verdad te han disparado?
Me palpé el pecho, el agujero en la camiseta pero sin herida.
—Estoy bien. Pero luego algo me ha perseguido. Como un rottweiler, pero más grande y como rajado por todas partes.
Church y Dama cruzaron la mirada.
—Un momento —dije—. ¿Por qué estáis mirándoos? ¿Qué sabéis?
Church levantó las manos.
—Intenta calmarte, Jack.
—¿En serio lo dices? Casi acaban de matarme. ¡O puede que me hayan matado!
—¿Ese? —Chuey solo me llamaba así cuando estaba furioso o asustado o quería empatizar—. Tienes sangre en la camisa.
Dama se acercó y me puso una mano en el brazo.
—Ahora estás a salvo. Así que afloja un poco y cuéntanos lo de Henry.
Me cogí las manos para que dejaran de temblar.
—Cuando he vuelto en mí, había desaparecido. He registrado su piso, pero no estaba allí, y… he encontrado sangre en el callejón, donde ha caído.
—Y esa criatura que has visto —dijo Church sacando el teléfono del bolsillo de la chaqueta— ¿dónde está?
Negué con la cabeza.
—El centurión la ha retrasado, pero aun así venía a por mí. Y casi me pilla, pero entonces ha chocado con algo, como una barrera invisible. Yo también la he sentido, pero he podido cruzarla, no sé cómo. Church, ¿y si Henry está ahí fuera con ese monstruo ahora mismo?
Church pulsó con un dedo en su teléfono móvil.
—Reza para que conteste.
Incluso sin el teléfono en manos libres, lo oímos sonar. Ocho veces, y entonces saltó el contestador. Church colgó.
Volvió al reservado para coger su cartera de cuero, sacó un puñado de papeles y los pasó como naipes de una baraja antes de volver a meterlos y echarse la cartera al hombro en bandolera. Nunca había visto una bolsa llena de documentos parecer tan amenazadora, con tanto aspecto de arma.
Dama corrió tras la barra y sacó dos catres plegables, los abrió y los puso contra la pared del fondo del pub. Al igual que Church, se pasó su bolsa sobre la cabeza y luego sacó una porra telescópica como las de la policía y la desplegó con un movimiento brusco de muñeca.
Church recogió su bastón y sacó el mango curvo del cuerpo de madera, revelando una larga y resplandeciente hoja de doble filo.
—Vámonos —dijo—. Henry puede necesitar nuestra ayuda.
Chuey fue a la cocina y volvió enseguida con una hachuela de carnicero y un cuchillo de cocinero, y me pasó el cuchillo. Church y Dama se dirigieron hacia la puerta.
—¡Church! —grité—. ¡Dime qué está pasando!
Él negó con la cabeza.
—Lo siento, Jack. Ya habrá tiempo para eso más tarde. Pero ahora, por favor, llévanos al último sitio donde has visto a Henry.
Claro, Henry, sí. Correteé hasta la puerta y salimos a la silenciosa oscuridad de la calle Manette.
—Si nos encontramos con esa criatura que ha perseguido a Jack —susurró Church—, guardaos contra todo sentimiento repentino de ira y desesperación.
—¿Y cómo propones que lo hagamos? —preguntó Chuey—. ¿Yendo a nuestro lugar zen?
—Casi —dijo Dama—. Recuerdos felices.
Chuey ladeó la cabeza.
—Recuerdas de dónde venimos, ¿verdad?
—Tranquilo, Chuey. —Recordé la sensación que había tenido cuando la bestia nos atacó a Casio y a mí—. ¿Qué es esa cosa, Church?
—No lo sé seguro —respondió él—, pero la proximidad a algunas entidades de los estratos pueden afectar a la mente.
—El centurión también ha mencionado los estratos. —Hice rodar mi cuchillo sujeto por el mango—. Cuando encontremos a Henry, voy a necesitar respuestas.
Dicho eso, los llevé de vuelta al otro lado de Charing Cross y por la calle Flitcroft.
Pasamos junto a mi casa y fuimos hacia el cruce en T de Stacey, donde había visto por última vez a la bestia…
y a Casio. A unos tres metros del final del callejón, topamos con aquella extraña barrera, pero no había ni rastro de la criatura, ni tampoco del centurión.
Church y Dama adelantaron la mano y tantearon la barrera como si fuesen mimos.
Church se quitó el puro de la boca y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta de tweed.
—Ha retrocedido, pero la noto igual de resistente que siempre.
—Estoy de acuerdo —dijo ella.
Yo también estiré el brazo para tocarla.
—¿De qué estamos hablando?
—De la guarda del Caballo de Hierro —respondió Church—. Es una barrera que se extiende a lo largo de varias calles de la ciudad en todas las direcciones alrededor del Caballo, ofreciendo protección a quienes están dentro.
—Sin ella —añadió Dama—, hay tanaturgos que traerían aquí la violencia, o cosas peores. Pero, mientras dure, nos mantendrá a salvo.
Chuey estiró el brazo también y movió las manos en el aire.
—Aquí no hay nada, tíos. ¿Se puede saber qué narices estáis diciendo?
Guardas y nigromantes. No quería creerlo, pero los detalles no dejaban de acumularse. Me volví hacia Dama y Church.
—Si todo esto es real, ¿cómo es que no nos lo habíais dicho? Llevamos cinco años siendo amigos de vosotros dos.
—Después, Jack —repitió Church.
Negué con la cabeza y empecé a empujar para atravesar la barrera, pero entonces Dama me puso una mano en el brazo y señaló con la barbilla hacia la calle Stacey.
A unos diez metros de nosotros, un hombre y una mujer entraron en la luz de la farola y se quedaron plantados hablando mientras señalaban hacia casa de Henry.
La mujer era de mediana edad y llevaba un corsé negro bajo una chaqueta abierta con unas mangas cortas que terminaban en encaje blanco más allá de los codos.
Llevaba un sombrero de tres picos elegantemente torcido sobre la cabeza.
En una mano sostenía un farol y en la otra lo que parecía un arco de violín.
A su izquierda estaba un hombre mayor que ella, alto y delgado, que llevaba un chaquetón suelto de color chocolate sobre una camisa blanca de puño acampanado.
Lucía una poblada melena de pelo rojo y también llevaba farol y arco.
A la derecha de la mujer, un gigantón llegó con paso tranquilo vistiendo solo un taparrabos y empuñando una lanza enorme.
Chuey susurró:
—¿Nadie más está teniendo malas vibraciones a feria renacentista?
Detrás de los hombres y la mujer, en el límite de la zona iluminada, había una joven con ropa negra ceñida, de estilo atlético, medio girada hacia la planta baja de Henry, vigilando el callejón del otro lado de Stacey.
Llevaba dos espadas sujetas a la espalda.
Y más allá de ella, otras dos figuras recorrían el callejón agachadas, como buscando por el suelo.
—A lo mejor buscan a Henry —susurré—. A lo mejor pueden ayudarnos.
Antes de que nadie pudiera responderme, llegaron unas voces ruidosas desde más abajo de la calle Stacey.
Llegué hasta la misma guarda y miré hacia la derecha.
Dos espadachines y una mujer con una vara estaban sacando a Casio desde detrás de los contenedores.
Su cuello y su coraza estaban llenos de sangre, pero se movía, arrastrando la espada en una mano.
—¡Por aquí! —gritó el espadachín más alto, que llevaba botas de cuero hasta las rodillas y una larga capa.
El hombre del pelo rojo revuelto, la mujer del sombrero de tres picos, el lancero y los que buscaban en el callejón echaron a andar en dirección a Casio.
Dama me susurró al oído:
—Supongo que es el centurión que has vinculado.
«Me matarán por esto», había dicho Casio.
—Me ha salvado de lo que sea que era ese bicho —respondí, también en voz baja—. Tenemos que ayudarlo.
—Jack. —Dama me dio la vuelta—. Acabas de pasar por un gran cambio esta noche y hay mucho que explicarte, pero créeme: ayudar a ese centurión te arriesgaría a la clase de exposición que deberías estar intentando evitar, y te ganaría unos enemigos que no te interesa tener.
—Es más —intervino Church—, ese hombre está al otro lado de la guarda y no somos los suficientes para luchar contra ese grupo.
Yo conocía muy bien lo valioso que era mantener un perfil bajo en la cercanía de intentos de asesinato, además de la prudencia de no hacer nuevos enemigos.
Y, si todo aquello estaba relacionado con aquel llano oscuro y con la criatura que me había perseguido, sería una idiotez llamar la atención. Pero no estaba bien dejar que cayera alguien que te había ayudado a escapar de un ataque casi letal sin intentar ayudarlo. Etiqueta callejera básica.
Eso y que tenía un plan.
—Qué va, tío, pelear sería de locos tal y como están los números.
—Busqué por el suelo y recogí una piedra—.
Voy a tirar esto al callejón por detrás de ellos.
Nada más se giren, vamos. Apartáis de un empujón a los tres que tienen a Casio y yo lo traigo hasta aquí, dentro de la guarda, antes de que nadie salga herido.
—Más vale darnos prisa —dijo Chuey, señalando con su hachuela—. O me temo que tu colega va a llevarse una buena paliza.
Church y Dama asintieron. Así que lancé la piedra. Surcó la penumbra y rebotó contra el suelo cerca del piso de Henry. El grupo disfrazado se volvió de golpe y corrió hacia el sonido, levantando espadas, arcos y faroles.
Cruzamos la barrera corriendo y el aire se arremolinó frío a nuestro alrededor. Ya estábamos casi junto a Casio cuando alguien que había en las sombras, fuera de la luz de la farola, gritó:
—¡Detenedlos!
Miré calle arriba. El hombre de la tupida melena roja regresaba a la carrera hacia nosotros.
—¡Detenedlos! —gritó de nuevo.
Las tres personas que arrastraban a Casio se encararon hacia nosotros.
Dama dio una patada a la mujer de la vara. Church y Chuey empujaron a los espadachines, que retrocedieron dándose la vuelta, intentando no perder el equilibrio. Yo entré agachado, me pasé el brazo libre de Casio por los hombros y lo puse en pie. El tío pesaba como un muerto.
—¡Vamos! —grité.
Volvimos corriendo hacia Flitcroft, Casio arrastrando los pies casi todo el rato, mientras sus aspirantes a captores nos daban caza.
Miré atrás y vi que la mujer joven blandía su vara.
La luz de las farolas destellaba en las espadas de los dos hombres.
Mis amigos me seguían de cerca, con las armas levantadas.
Justo antes de llegar al callejón, un tono metálico resonó, acompañado de una luz destellante.
La mujer del sombrero de tres picos estaba frotando su arco de violín contra su farol.
Los dos buscadores, uno armado con una larga maza y el otro con una red, cargaron hacia nosotros acompañados del gigantesco lancero, uniéndose a la persecución.
Seguí avanzando, pero Casio pesaba muchísimo.
Oí un choque de acero por detrás, mis amigos cubriéndome las espaldas.
Ya solo me faltaba un par de metros para la barrera, pero estaba quedándome sin fuelle.
Cuando estaba a punto de caer, Casio por fin apoyó los pies y me quitó su peso de encima.
Pasó su inmenso brazo por mi espalda, me empujó hacia delante y los dos cruzamos la barrera.
Aquella fina fuerza como de imanes y la repentina calidez me sentaron de maravilla en esa ocasión.
Church, Dama y Chuey cruzaron corriendo detrás de nosotros y todos dimos media vuelta, preparados para enfrentarnos a nuestros perseguidores.
El callejón no tardó en llenarse con los espadachines, la mujer de la vara, los buscadores y el gigante lancero.
Distinguí el resplandor de los vínculos hilados en sus muñecas, y tatuajes con la forma de una Y invertida en el cuello, justo debajo de la oreja izquierda.
En el asfalto, sus sombras se veían claras y difuminadas, como la de Casio.
Se congregaron a un paso de distancia de la barrera y clavaron la mirada en nosotros.
Yo aún pensaba que iban a cargar, porque solo había visto funcionar la barrera con aquel monstruo, pero lo que hicieron fue apartarse y dejar pasar a la mujer del sombrero y el hombre pelirrojo.
Llegaron y se quedaron quietos, aún sosteniendo sus faroles y sus arcos de violín.
La mujer apretó una mano contra la barrera y luego asintió mirando al hombre y los dos la cruzaron.