Capítulo 3
La Norma Segunda de la Ley del Precedente reza: «La violencia contra los tanaturgos queda estrictamente prohibida. El cautiverio, en cambio, está permitido siempre que se muestre respeto».
Sir A LEXANDER B ROWN ,
La explotación del precedente
A la luz de la farola del callejón, Casio levantó un brazo tembloroso.
—Ahí, en mis muñecas. —Luego se señaló la garganta con dedos débiles—. Y alrededor de mi cuello. —Llevaba un collar y pulseras, todo de cordel dorado—. En los tobillos también —añadió, y su cuerpo se contrajo mientras su doble azul casi se liberaba de su carne—. Tócalo todo.
—¿El hilo dorado?
Asintió.
—El toque de un tanaturgo restaura el vínculo que sella el espíritu a la carne.
Yo no tenía ni idea de qué era un tanaturgo. Aquel tío tenía que estar delirando. Pero sí que había algún tipo de fantasma azul intentando soltarse de él. Convulsionó de nuevo y dio con la cabeza contra el adoquinado. Se le contrajo el rostro de dolor.
—La ves, ¿verdad? ¿Mi semblanza, separándose de mí?
—Sí.
—Pues sella mis vínculos… por favor.
Recé para que aquello fuese algún tipo de sueño brutalmente vívido mientras alargaba la mano hacia los hilos dorados.
Tenían pequeños símbolos entretejidos, una llave, una Y invertida, una máscara teatral, unos pocos más.
Mientras tocaba los vínculos aquellos, la imagen de mi hermano Dan dejándome dormir en su litera cuando nuestros padres se peleaban llenó mi mente.
El hilo y los símbolos brillaron a excepción de la Y, que se tejió de nuevo en forma de semicircunferencia abierta por abajo y con un punto en el centro, el símbolo musical del calderón, que significaba «quédate en la nota», igual que el tatuaje que llevaba yo en el dorso de la muñeca.
En el instante en que hube tocado los cinco cordeles, el recuerdo de Dan se diluyó hasta desaparecer. Sabía que solo había estado rememorando con cariño una escena del pasado, pero ya no estaba y me sentí… menguado, de algún modo.
El doble azulado de Casio se asentó de vuelta en su interior. El centurión respiró hondo, cerró los ojos y pareció relajarse. Luego rodó, plantó una rodilla y agachó la cabeza.
—Estoy a tus órdenes.
Levanté las manos.
—Tranqui, colega. Encantado de ayudar. Estaba dándote un ataque o algo así. Ya se te ha pasado, eso es todo.
—No, eso no es todo en absoluto. Habría regresado a los estratos y me habría olvidado de mí mismo si no me hubieras revinculado. La muerte te ha cambiado, Jack Solomon. Por eso has visto mi semblanza abandonando mi cuerpo. Y por eso le has impedido que lo haga.
—¿Se puede saber de qué narices hablas?
—Tanaturgia —dijo él—. Lo que tu mundo llama nigromancia.
Después de la muerte, la mayoría de las almas o bien siguen su camino, o bien permanecen.
A algunas de las que permanecen se las llama a ocupar cuerpos para servir.
Pueden seguir haciéndolo mientras algún tanaturgo mantenga fuertes sus vínculos.
—¿Y crees que yo soy un nigromante?
—Ten cuidado cuando uses esa palabra —respondió él—. Para algunos es ofensiva.
—En todo caso, colega, creo que debes de haberte dado un buen golpe en la cabeza.
—Y unas pocas almas no siguen adelante ni tampoco permanecen. —Lo dijo como si fuese un hecho—. En vez de eso, demuestran su poder sobre la muerte al escapar de los vientos y los fuegos del Prado de Asfódelos y retomar su propio cuerpo. Lo que has hecho tú esta noche.
—Insisto, tío, ¿cómo sabes tú eso? —Señalé hacia casa de Henry—. ¿Y cómo sabías dónde encontrarme?
—Yo soy un vestigio —dijo él—, una semblanza de mi antiguo yo vinculada a un cadáver, y luego obligada a servir a mi vinculador.
Solo un tanaturgo puede sellar vínculos.
Y solo un tanaturgo puede regresar del Prado.
En cuanto a cómo te he encontrado, en realidad venía buscando al señor Wilkinson, que tiene reputación de ayudar a…
—¿Has visto cómo nos disparaban?
Casio asintió.
—Y entonces he echado a correr para evitar ese mismo destino, ya que, al contrario que tú, si yo muero, no puedo retomar mi cuerpo otra vez.
Me había pasado el verano de tercero de primaria ayudando a la tía Gloria en su empresa, Servicios Funerarios Glendale.
«Si los arreglas como es debido, la gente cree que solo están durmiendo», me dijo una vez mientras peinaba el pelo entrecano de un cadáver.
La tía me había hecho trabajar en aquella mujer muerta durante horas…
hasta que llegó a parecerme que la veía respirar.
Así que, fuese aquello un sueño o no, la idea de que los muertos volvieran a la vida tampoco me parecía tan descabellada.
Y eso era gracias a la tía Gloria, en paz descanse.
Pero, de todos modos, aquello era una auténtica locura.
Eché un vistazo al extraordinario físico de Casio.
—No tienes mal aspecto, para ser un muerto.
Él frunció el ceño y señaló hacia el suelo.
—Dime lo que ves en nuestras sombras.
Su sombra ya me había parecido rara desde lejos.
Vista de cerca, parecía floja, como si la luz estuviera atravesándola, y tenía los bordes suaves, poco definidos.
Pero sus vínculos de oro, incluso en su sombra, brillaban.
Entonces miré mi propia sombra y casi me meo encima.
Estaba rodeada por completo de un fino halo dorado, y además era más oscura que la de Casio, con los bordes más marcados, más permanente, por así decirlo.
Quizá yo también me había dado un golpe en la cabeza al caer a la calle. Cerré los ojos unos segundos. Los abrí. Aquellas extrañas sombras no habían cambiado y el tío del disfraz de centurión seguía allí mismo.
—Mis vínculos son tuyos —dijo Casio—. Ahora estoy a tu servicio.
Me moría de ganas de preguntarle por aquel traje de centurión, pero debía encontrar a Henry y averiguar si estaba vivo o muerto… o algo entre una cosa y la otra. Me levanté.
—Qué va, tío. Venga, arriba. No me debes nada.
Casio se levantó también y levantó su mano hacia mí en alguna clase de saludo.
—No es así como funcionan las cosas.
No tenía tiempo para discutir con él. Pero sí que necesitaba quitarme de encima una sospecha.
—Escucha, si quieres hacer algo por mí, contéstame solo a una pregunta.
—Si puedo, adelante.
—Has visto que nos disparaban y has salido corriendo. —Vigilé sus ojos de cerca mientras le preguntaba—: ¿Sabes lo que le ha pasado a Henry después de caer?
Me sostuvo la mirada con firmeza.
—No, Jack, no lo sé.
—¿Y has visto…?
Un fogonazo de luz estalló cerca de St. Giles.
Un olor a ozono recorrió el callejón. Al momento, algo gruñó en la oscuridad, más allá de la luz de la farola.
Una sombra gigantesca agachada sobre cuatro patas, con los ojos blancos destellando en la penumbra, mirando hacia mí.
Casio dio un paso hacia la criatura, situándose entre ella y yo, pero aquellos ojos no se desviaron de mí en ningún momento.
De pronto la noche se hizo más fría y empecé a soltar vaho al respirar. Luego mis pensamientos se enredaron por algún motivo y tenía un repentino cabreo contra todo y contra todos y no sabía por qué.
El gruñido grave y atronador cesó. Un breve silencio. Entonces la criatura cargó hacia mí.
—¡Corre! —gritó Casio, y el sonido me sacó al instante de aquella especie de trance furioso.
Di media vuelta y eché a correr hacia la calle Flitcroft, notando otra vez aquella extraña y ardiente adrenalina, fijándome en que las piernas me llevaban más rápido de lo que creía ser capaz de ir.
Pero ya lo controlaba un poco mejor. Y esa calidez abrasadora que me recorría las venas sentaba casi bien.
La noche pasaba emborronada a ambos lados, con Casio cerca a mi espalda.
Unas patas al galope atronaban más atrás, ganándonos terreno.
Si conseguía llegar a mi piso antes de que nos atrapara… Solo hasta el final del callejón…
El sonido de los pies a la carrera de Casio se detuvo. Miré atrás y vi que se volvía para enfrentarse a la bestia y ayudarme a escapar.
Paré. No podía dejar que luchara contra aquella cosa él solo, así que comencé a volver.
La criatura tenía la forma de un rottweiler, pero con la cruz a metro y medio de altura.
Sus músculos se ondulaban bajo un pelaje negro y corto que se le había abierto por los codos, los hombros y los corvejones.
Sus zarpas, acabadas en garras, tenían el tamaño de toms aéreos.
Sus colmillos eran largos como mi dedo de enviar a gente a la mierda.
Le caía baba de sus labios negros. Rugía mientras se abalanzaba hacia nosotros, enseñando sus dientes brillantes y amarillentos.
Saltó sobre Casio y lo derribó al suelo. El centurión le rodeó el pecho con sus enormes brazos. Mientras yo corría, buscando una forma de agarrar a la bestia, sacudió al centurión de un lado a otro y le rajó el cuello con aquella boca llena de dientes.
Casio dejó de moverse.
La criatura, apestando a sangre y pelo mojado, levantó la cabeza y me miró. Luego vino a toda velocidad.
Me volví y corrí por Flitcroft tan deprisa como pude.
Noté que algo parecido al empuje de unos imanes enfrentados por el mismo polo me recorría la piel justo en el sitio donde Henry se había detenido para hacer el numerito del mimo y la pared.
Un aire caliente se arremolinó a mi alrededor, trastabillé hacia delante y caí de rodillas.
El pesado galope de la criatura aporreaba el suelo muy cerca por detrás.
Me volví para enfrentarme a ella justo cuando se estrellaba contra la extraña barrera que yo acababa de cruzar.
Se derrumbó en el empedrado del callejón, se levantó, saltó hacia mí de nuevo y se estampó contra la barrera por segunda vez.
No esperé a que hiciera una tercera carga. Salí perdiendo el culo hacia el Caballo de Hierro, esperando que Henry aún estuviera vivo, que estuviera allí y que pudiera explicarme qué leches estaba pasando.