Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Tras la muerte, al alma se le presentan tres sendas: puede seguir adelante hacia la luz de amigos y parientes; si la acosan asuntos sin resolver, se convierte en una semblanza y desciende a la Interminable Oscuridad; pero unas pocas almas hallan la tercera senda, la más difícil de todas.

W ILLIAM C ROOKES , Estados del alma:

Guía para el tránsito

U n vendaval me sacudió de arriba abajo, tan frío que parecía sólido.

Inhalé una bocanada rápida, abrí los ojos y me llevé una mano a la camiseta.

No había sangre. No había dolor. El cielo se extendía sobre mí, de un profundo e infinito negro.

Por debajo vi una amplia y quebrada llanura de roca y escombros.

Ya no estaba al lado del portal de Henry, eso segurísimo.

Llegó una ráfaga arremolinada que me levantó de la piedra abrupta y me envió hacia atrás.

Caí a una extensión de roca irregular y reboté hasta que pude enganchar el brazo alrededor de una piedra protuberante y detenerme de sopetón.

Aun así, el viento parecía empeñado en atravesarme.

Miré atrás, en la dirección hacia donde soplaba, y vi en la lejanía una gigantesca montaña de fuego.

Tenía que estar a kilómetros de distancia, pero de todos modos sentía su calor.

No un calor abrasador. Era más bien la sensación de una hoguera calentita después de pasar largas horas al frío.

Me arrastré a una pequeña oquedad junto a la piedra que sobresalía y escudriñé la llanura rocosa.

Lo que me había parecido escombros eran estatuas de personas.

Había miles, decenas de miles, extendiéndose hasta donde me alcanzaba la vista.

Se combaban y se plegaban unas dentro de otras por toda la inmensa planicie de piedra, salvo por alguna cabeza o extremidad de vez en cuando que se estiraba hacia arriba en ángulo extraño.

Mientras observaba desde mi cortavientos, estallaron fogonazos de luz aquí y allá por toda la llanura.

Al poco tiempo, uno destelló a mi lado. Cuando desapareció, había dejado atrás una estatua nueva que yacía retorcida y medio enterrada en aquel repugnante suelo, la de una mujer con la boca muy abierta y los ojos desorbitados de miedo o de dolor.

Su viva imagen se alzó al instante de la estatua de piedra y el viento azotó su vestido y su pelo.

La imagen me sonrió justo antes de que ese viento se la llevara hacia la montaña de fuego.

—¡Resístete! —grité.

La mujer no me oyó, o quizá no me hizo caso, y siguió hacia delante.

Entonces el viento me atacó de nuevo, inundando mi pequeña hondonada. Parecía estar empujándome hacia las llamas. Empezó a arrancarme las manos de las piedras que agarraba.

Una parte de mí quería soltarse, dejar atrás la antigua presión: los recuerdos de mi madre, el funeral de mi hermano Dan, los Sabuesos, todo. Además de eso, la lejana calidez del fuego y su llamada grave me prometían paz, descanso. Cosas de las que no había disfrutado en muchísimo tiempo.

Comencé a dejarme ir cuando una imagen clara me vino a la mente…

… estoy de pie en mi cuarto de baño sosteniendo una cuchilla de afeitar. Llevo meses recorriéndome Londres, intentando formar un grupo musical. Pero no funciona y estoy cansado. Renuncié a todo para venir aquí a intentarlo. Quizá el sueño por fin ha terminado.

Llevo años sin hacerme cortes. Desde que encontré el metal, que de algún modo rellena los mismos huecos en mi interior.

Pero ese día no basta. Ni siquiera Ozzy puede ahuyentar la presión.

Así que está claro que las gomas elásticas que utilizo cuando no tengo música a mano van a servirme de bien poco.

Miro la cuchilla.

Entonces, de pronto, Henry está ahí. No me regaña ni parece sorprendido. Solo llega junto a mí, me pone la mano en el hombro y dice: «Sé fuerte, Jack. Tienes más por hacer».

Dejo la cuchilla…

Me volví para afrontar el viento y empecé a alejarme del fuego.

Repté por instinto hacia la estatua de mí mismo, que encontré tendida bocarriba, con un gran agujero en el pecho.

La calidad de la escultura era exquisita.

Me llamaba. Estiré la mano, la toqué. Un calor ascendió disparado por mis dedos y mi brazo.

Mirando mi propia cara del color de la ceniza, un nuevo conocimiento despertó dentro de mí.

Rodé sobre la pétrea imagen de mí mismo y caí a su interior.

Abrí los ojos y volvía a estar tendido en el callejón, delante de casa de Henry.

Una energía ardiente, como una fuerte dosis de adrenalina, recorrió todo mi cuerpo.

Me esforcé en respirar. Me pitaban los oídos.

Henry había desaparecido y sus velas estaban desperdigadas por los adoquines.

El tío de la pintura de cadáver tampoco estaba.

Sabía que me habían disparado. El logo de mi camiseta de Nightwish estaba aniquilado, la tela de alrededor empapada en sangre.

Pero el dolor no era mucho peor que cuando te picaba la piel al terminar de curarse, y no estaba muy seguro de nada más.

Así que me quedé tumbado un minuto, recobrando el aliento, intentando recordar…

el campo de estatuas, la montaña de fuego.

Pero, al intentar componer el rompecabezas, aquello no tenía sentido.

Cuando me pareció que podía moverme, bajé los codos para incorporarme y sentí que algo me apretaba la pierna cerca de la ingle, la piedra que me había dado aquella mujer. Aún la tenía en el bolsillo. «Si despierta, venga a buscarme».

Me levanté como pude, mientras el pitido en los oídos amenazaba con derribarme otra vez, y trastabillé hasta llegar a la puerta de la planta baja de Henry. Usé la llave que me había dado hacía tiempo para abrir y entré.

—¿Henry?

No hubo respuesta.

Recorrí el piso entero, encendiendo luces y repitiendo su nombre. Nada. Solo el persistente aroma de su tabaco para pipa Bournemouth. Me daba vueltas la cabeza, y aquel brutal subidón de adrenalina, o lo que quiera que fuese, surcaba mis venas.

Volví a la puerta de entrada, miré las velas desperdigadas por la calle y, desde ese ángulo, capté una cosa que había pasado por alto antes, la luz del callejón reflejada en adoquines mojados.

… Recordé la primera noche que había ido al Caballo de Hierro. Henry me había presentado a todos los habituales como si yo ya fuese alguien…

Salí al rellano del portal del piso.

… El día que Henry enterró a su esposa, Martha, me había quedado con él toda la noche mirando fotos granuladas de su familia y cintas caseras de ocho milímetros. Me contó anécdotas graciosas de ella como si la tuviéramos allí sentada con nosotros…

Bajé los peldaños y pisé el callejón.

… Solo unos meses antes, Henry me había puesto una pista inédita que los Who habían compuesto para él en agradecimiento por darles una oportunidad.

Me ofrecí a limpiar la pelusilla del vinilo, pero Henry me dijo que la dejara, me dijo que el chisporroteo hacía que sonara personal.

Compartir aquello había sido como rezar juntos…

Me arrodillé entre las velas dispersas, toqué con suavidad la piedra mojada y levanté el dedo hacia la luz. Sangre.

—Henry —susurré—, ¿dónde estás?

Callejón abajo, en el lado de St. Giles, una voz de hombre exclamó:

—Eh, tú.

Una silueta venía hacia mí a la tenue luz de las farolas. Era demasiado corpulento para tratarse del colega de la pintura de cadáver, pero tampoco parecía un poli. Me levanté y eché a andar en dirección contraria. Las pisadas del hombre se pusieron a la carrera y algo traqueteó en mi interior.

Ah, diablos.

Corrí. Era… No sé cómo describirlo. Debería haber estado molido. Muerto, en realidad. Nunca había sido muy buen corredor, pero en esos momentos me sentí capaz de volar. Aquella adrenalina ardiente bajaba crepitante por mis piernas.

—¡Eh, tú! —gritó el hombre otra vez.

En la calle Stacey, resbalé y caí fuerte al adoquinado. Mi perseguidor estaba ganándome mucho terreno.

—¡Espera! —Sus palabras quedaron amortiguadas por el fragor de la sangre en mis oídos—. Deja que te explique.

Unos metros más abajo en la calle Stacey, una hilera de contenedores de acero se alzaba en la penumbra junto al solar de lo que iba a ser el Parque de St. Giles. Me metí detrás de uno, recogí un pedazo de hormigón del suelo y asomé un ojo por el lado del contenedor.

Un par de segundos más tarde, el tío se detuvo bajo la farola del cruce en T de Flitcroft con Stacey.

Llevaba uniforme de centurión romano, completo con el yelmo emplumado, el peto de placas metálicas y la falda de cuero tachonado.

Parecía salido directamente de una edición ilustrada del Julio César de Shakespeare.

Hombros anchos, cintura gruesa, muslos musculosos que resplandecían de sudor a la luz de la farola.

Tenía la cara amplia y angulosa, los ojos hundidos e iba bien afeitado.

Hasta la considerable sombra que proyectaba el tío parecía rara. Menos… sustanciosa que la del dispensador de periódicos Metro que tenía al lado. Y habría podido jurar que vi algo moviéndose dentro de ella.

Miró por la calle Stacey y luego a izquierda y derecha por Flitcroft.

Un segundo después cayó arrodillado bajo la luz amarilla de la farola y su yelmo rebotó con estruendo en la acera y salió rodando.

El hombre gimió, se derrumbó hacia delante a cuatro patas y rodó de lado, con el cuerpo entero convulsionando.

—Quizá sea lo mejor —dijo con un leve acento alemán.

Me habían engañado otras veces con historias parecidas.

Los pandilleros se convertían en unos actores consumados cuando los pillaban a solas en el barrio equivocado.

Pero los estafadores callejeros no solían presentarse disfrazados de centurión romano.

Antes de que pudiera cambiar de opinión, salí de detrás del contenedor y di unos pasos hacia él.

El tipo miró arriba, con los labios temblando.

—Lo siento. Quería haber llegado contigo antes de que pasara nada… Me matarán por esto. Por favor, necesito que me ayudes.

No solté mi pedazo de hormigón.

—¿De qué estás hablando?

—Lo has visto, ¿verdad? ¿La llanura de piedra? ¿La montaña de fuego? —Tragó saliva—. Has reclamado tu cuerpo.

—¿Cómo sabes tú eso? —Di otro paso hacia él—. ¿Y dónde está Henry?

El centurión tuvo otro espasmo y se dio un cabezazo contra el suelo.

—Puedo explicarlo. Pero antes necesito tu ayuda. Rápido. Por favor.

«Cuando alguien te persigue, rara vez es con buenas intenciones».

Gritó otra vez y empezó a retorcerse en la calle.

Me acerqué un poco más y vi que un doble azul traslúcido se liberaba de su cuerpo, casi como un alma arrancándose a sí misma de su carne.

La piel del tío se estiró hacia fuera como si estuviera cosida al tembloroso doble que ya casi se había separado por completo de él.

El centurión empezó a quedarse quieto, mirando arriba hacia la farola sin verla.

Aquello sí que lo había presenciado antes, el tenue resplandor de una vida reduciéndose muy despacio a la nada.

Como cuando perdí a mi hermano Dan. Era algo que no podía fingirse.

También era algo que no podía olvidarse.

Aún no sabía por qué había estado persiguiéndome ese hombre, y seguramente no fuese por nada bueno, pero no podía quedarme de brazos cruzados y dejarlo morir allí.

Me arrodillé a su lado. Él hizo una breve inhalación y dijo, entre labios trémulos:

—Me llamo Casio Clásico.

—Jack Solomon —respondí—. Y ahora, dime qué tengo que hacer.