Capítulo 1 #3
—Ah, a tu música aún le falta mucho para estar terminada, amigo mío. Tienes un don para mirar dentro de las cosas, encontrar las canciones que no ve nadie más y darles voz. —Me apretó el hombro—. Pero la música es para compartirla, ¿verdad que sí? Igual que el Caballo de Hierro.
Bajó la mirada al suelo. La seguí hasta el parche de los Sabuesos, cerca de nuestros pies, y lo recogí.
—Volveré a coserlo —dije—. Y encontraré otro grupo.
Henry me dio una palmada en la espalda.
—Fijo que sí.
Después de que Angela terminara su lista de canciones, Henry y yo regresamos al pub. Las conversaciones cesaron a medida que los amigos y clientes habituales se volvían hacia mí. Las noticias volaban en la comunidad metalera. Y allí todo el mundo sabía lo que los Sabuesos significaban para mí.
En el relativo silencio, la voz de Henry, áspera por la edad, empezó a entonar el estribillo de Siempre se marchan .
—Henry, no.
Pero siguió.
Chuey se volvió hacia nosotros y gritó:
—¡Ya lo creo que sí, hermano! Aquí no se viene a llorar. ¡Arriba Westmont!
Y se puso en pie con su fibroso metro setenta y cinco de altura sobre el banco de nuestro reservado, el de metal sinfónico, se pasó una mano por el pelo rapado y, con su espantosa voz, se unió a Henry.
Al momento, un habitual del Caballo de Hierro, Church, un tipo fornido que solía sentarse a la mesa de metal clásico, se puso a dar golpes en el suelo con el bastón que no necesitaba, se quitó de la boca el puro que nunca encendía y, una vez hubo hecho gala de los artificios al estilo de Winston Churchill que le habían valido su mote, se unió a los otros dos con su poderosa voz de barítono.
Entonces otra parroquiana, Mary Rose, a quien todos llamaban Dama por motivos que nunca había descubierto, se volvió hacia nosotros en un taburete reservado a fans de Queen.
El pelo castaño rojizo y los ojos verdes le resaltaban las pecas.
Dejó a un lado su corsé de cuero, al que estaba cosiendo el parche de un grupo, levantó la aguja en un brindis a mi salud y se unió con su tenebroso contralto.
Subido a una escalerilla baja, Jimmy Bates, el encargado de mantenimiento del Caballo de Hierro, se sumó también.
Jimmy no necesitaba apodo. Tenía la constitución de Jimmy Stewart y también tartamudeaba un poco igual que él.
Había estado colgando botas a modo de adorno de las tuberías que pasaban cerca del techo.
Con sesenta años y un oído perfecto, cosa que había descubierto dándole clases de guitarra unas cuantas veces por semana, a Jimmy le gustaba el punk de la vieja escuela.
Luego la mesa entera de thrash metal, formada por Westy, Ella y los gemelos Parley, dejó suspendido su eterno debate de talento contra formación y se unió para terminar el estribillo: «¡Yo sí que me quedaré!».
Al poco tiempo, todos los presentes en el bar estaban vociferando la letra. No era la primera vez que el Caballo de Hierro cantaba al unísono. Pero sí era la primera vez que lo hacían con una canción mía. Qué sensación más guapa.
Chuey me dio pie como un director de orquesta y canté a voz en grito el último estribillo.
Me salió potente como debía y desafinado como no debía, pero de momento al menos pude olvidar a los Sabuesos, olvidar mi estrofa inacabada y disfrutar de la música con amigos.
Cuando llegamos al final, todos vitorearon y regresaron a los familiares ritmos del Caballo de Hierro.
Lo hice hasta yo, a grandes rasgos, mientras me sentaba en el reservado de metal clásico al lado de Church.
Dama se levantó de su taburete y Chuey saltó de su banco al suelo. Vinieron los dos hasta la mesa de Church para sentarse con nosotros. Henry cogió dos sillas y las puso en los extremos de la mesa para Jimmy y para él.
—¡Menudos idiotas engreídos, mira que echarte! —empezó Church, agitando su puro.
Dama se dio unos golpecitos en la sien con el ojo de la aguja y sonrió.
—Los Sabuesos han perdido unos cuantos puntos para mí, la verdad.
Chuey sonrió de oreja a oreja y dio unos golpes con los nudillos en la mesa para expresar su aprobación.
—A lo me-mejor Church puede ayudar —dijo Jimmy—. Presentar reclamaciones fo-formales sobre todas tus canciones. Quitárselas a esos ti-tipos. A ti te lleva todo el papeleo de los negocios, ¿verdad, Henry?
—Menos mal que robé a Church al Parlamento —respondió Henry con una amplia sonrisa—. Lo salvé del purgatorio de los legisladores para que presentara a Hacienda las declaraciones de luditas del Caballo de Hierro como yo.
Todos se rieron.
—A lo mejor no sirve de nada —dijo Chuey—. Los Sabuesos tienen derecho a percibir bonificaciones por actuación siempre que la sala de conciertos pague los derechos de autor.
Church metió la mano bajo la mesa y subió su cartera de cuero. Sacó el ejemplar del día del Daily Telegraph . Church solo se informaba por medios físicos. Abrió el periódico por la sección de economía y dio un golpecito en la página.
—El servicio Banner de streaming de música —dijo— está presionando a los legisladores para que le concedan los derechos sobre toda canción interpretada en público que aún no tengan registrada.
—Hala —fue todo lo que pude responder, porque había sido un día demasiado largo como para indignarme siquiera.
—Y no sabes ni la mitad —añadió Church—. Banner también ha convencido al ayuntamiento para que le permita intentar adquirir el Caballo de Hierro, excusándose en el bienestar económico del West End.
Chuey se inclinó hacia delante.
—¿En plan expropiación forzosa? ¿Henry tiene que vender?
Dama atravesó el artículo con su aguja.
—Y cierto porcentaje de todo ello repercutirá en el Estado, sin duda. Querría coserles la boca a esos burócratas para cerrársela.
—No temáis —dijo Church—. Ya he presentado una solicitud en secretaría para que se declare monumento histórico al Caballo de Hierro, y también he entregado un requerimiento relativo a los derechos de la música sin registrar. Pretendo asfixiarlos en papeleo.
Jimmy cerró los dedos formando un puño y lo sacudió.
—Suena a que esos tipos de Banner y los imbéciles del Parlamento van a necesitar que les afloje un puñado de billetes de cinco.
—Tú dales mientras yo les canto —añadió Chuey con una sonrisa.
Henry rodeó a Dama con un brazo y a Church con el otro.
—Qué suerte, ¿eh, Jack?, tener amigos dispuestos a hacer unas cosas tan espantosas por nosotros.
Poco antes de las dos de la madrugada, el grupo de Angela dejó de tocar.
Ya habían interpretado toda su setlist por segunda vez, además de una ronda de versiones, y los parroquianos empezaban a marcharse.
Church, Dama y Chuey estaban sentados hablando.
Jimmy barría el extremo más alejado de la barra.
Un silencio vacío se posó en el Caballo de Hierro. Yo odiaba el silencio.
Entonces Henry salió por la puerta de la cocina. Llevaba al hombro la pequeña mochila con sus cosas esenciales que lo acompañaba siempre. Su otra mano estaba llena de velas caseras, que encendía allá donde iba.
—¿Listo para irnos? —me preguntó.
—Listo.
Ya en la puerta, miró atrás.
—¿Cierras tú?
—A cal y canto —respondió Church.
Jimmy se despidió con un gesto de la mano.
—Nos ve-vemos mañana dando clase.
Le levanté el pulgar.
Y Henry y yo salimos por fin a la calle Manette en la gélida noche profunda londinense.
Cruzamos Charing Cross y enfilamos por la calle Flitcroft, en realidad apenas un callejón.
Enseguida dejamos atrás mi casa, que era un grupo de salas guardarropa reconvertidas junto a la entrada de mercancías del Phoenix Theatre, y seguimos hacia el piso de Henry.
Él vivía en Flitcroft también, después de cruzar Stacey, en un edificio junto a St. Giles in the Fields.
Yo siempre lo acompañaba a casa después del cierre.
Y, durante ese paseo, él siempre canturreaba Behind Blue Eyes de los Who hasta que me animaba yo también, y la melodía reverberaba en el hormigón y los adoquines a nuestro alrededor.
Mientras nos acercábamos a la calle Stacey, caí en la cuenta de que era el único que cantaba y Henry ya no estaba a mi lado. Di media vuelta y lo vi tres metros atrás, apretando la mano libre contra el aire como si fuese un mimo tocando una pared invisible.
—¿Henry?
—No tan rápido como esto —murmuró—. Por favor, no tan rápido como esto.
Di un paso hacia él.
—¿Qué pasa?
—Luego te lo explico. Pero esta noche no puedo dormir en casa. —Dio un paso vacilante, como el que daría un fan del heavy metal entrando en un bar de country, y luego pasó rápido junto a mí hacia su edificio—. Ayúdame a coger cuatro cosas del piso y luego nos volvemos para el Caballo.
Me quedé un momento mirando el sitio donde Henry se había detenido, pero no vi nada allí.
Cuando me volví para seguirlo, ya iba varios metros por delante. Apreté el paso, crucé la calle Stacey y doblé a la izquierda. Henry estaría a unos seis metros de la planta baja donde vivía cuando un hombre alto con chaquetón de marinero salió del portal. Henry se sobresaltó y se detuvo de golpe.
El tipo tenía la cara y el cuero cabelludo cubiertos de pintura de cadáver, que era como llamábamos al maquillaje típico de los grupos de black metal.
En su macabra jeta blanquecina había dos equis pintadas en negro cruzando los ojos, y tenía puntos de sutura atravesándole los labios.
Pero lo que más me asustó fue que su mano izquierda estaba muy metida en el bolsillo del chaquetón.
Henry carraspeó y le tendió un brazo tembloroso.
—Buenas noches.
El tío no le hizo ningún caso y me lanzó una mirada a mí. Sus labios eran una línea plana. Sus ojos, crueles e imperturbables. Luego volvió a mirar a Henry y se sacó un Smith & Wesson 500 del bolsillo.
—El Caballo de Hierro es terreno neutral —dijo Henry.
El desconocido negó con la cabeza.
—Tus protecciones retroceden.
—Guarda esa arma —le susurró Henry—. No importa lo que te hayan dicho, siempre hay elección…
El hombre empuñó el revólver con las dos manos, tensó los brazos y escrutó por la mirilla.
Eché a correr, pero antes de que pudiera saltar delante de Henry, el cañón destelló y un estruendo resonó por todo el callejón. Henry cayó al suelo, con la cara crispada de dolor.
—¡Henry!
El chillido me salió muy de dentro. Me volví hacia el desconocido, pero el revólver ya me apuntaba al pecho y capté un tenue brillo cromado a la luz color pis de una ventana a su espalda.
En ese momento, regresé a las calles de Los Ángeles.
El refugio más próximo estaba demasiado lejos.
El hombre quedaba más cerca. Me abalancé sobre él.
De verdad que como enganchara a ese hijo de perra…
Pero entonces el cañón destelló por segunda vez.
El dolor explotó en mi pecho y un calor abrasador, llameante, recorrió todo mi cuerpo.
Me derrumbé a los duros adoquines del callejón, agarrándome el pecho. Manaba sangre por un agujero en mi camiseta de los Nightwish. Durante un instante, me pregunté por qué nos había estado esperando ese tío. Luego empecé a desmayarme.