Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Por un instante, pareció estar preparando una respuesta mordaz. Pero se desvaneció. Quizá porque todos nos inclinábamos ante los padrinos del metal. De pronto, la joven puso los ojos como platos.

—Tú eres Jack Solomon. —Me señaló la cara—. Los Sabuesos del Invierno tocáis en el festival de Wembley la semana que viene. Joooder. Hacéis de teloneros para los Sabbath.

—Sí, eso es —respondí, pensando que no era el momento de decirle que me habían dado la patada.

—Escuchaba vuestras maquetas cuando empezabais a ser conocidos en Los Ángeles. Buen material. Sobre todo Siempre se marchan . Ese tema es la caña.

Resultaba irónico, porque nunca había considerado que esa canción estuviera terminada. Le quité importancia al cumplido con un gesto.

—Escucha, cuando salgas ahí fuera, la única defensa contra los nervios será meterte en tus canciones. Interprétalas igual que las oías en tu cabeza cuando las compusiste. Confía en ese sonido.

Desde el escenario llegó el sonido amortiguado del batería afinando la caja. Las rodillas de la chica empezaron a temblar otra vez.

—No estoy animada.

Me acuclillé a su lado igual que hacía siempre mi padre cuando quería hablarme de cosas importantes.

—Tus canciones —dije—. Recítame tu letra favorita.

Ella hizo un mohín y me miró entornando los ojos.

—Sí que tengo una —confesó después de vacilar un momento—. «Cuando el frío acero tira, la sangre cálida parece una invitación que no puedes parar. Pero no te rindas. Vive otro día. Eres más que lo que pensaban otros».

Había que joderse. Esas palabras fueron como una patada en la cara.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—Angela DuFresne.

—Angela, esa letra, la imagen que evoca, y la experiencia que te la sugirió, sea cual sea… —La miré directamente a los ojos—. Sal ahí fuera y cántala como si no hubiera mañana. Haz que la sientan igual que la sientes tú. Es lo que les debes. Es lo que te debes a ti misma.

Hay una expresión que todos los músicos ponen cuando están listos para tocar. Para tocar de verdad. Es la creencia de que la música importa. Es la emoción más poderosa que conozco. Chispeó en los ojos de Angela.

Asintió, se levantó y fue hacia la salida al escenario. Pero se detuvo al llegar a la cortina negra y volvió la cabeza.

—Gracias, Jack.

Le hice los cuernos, con el puño cerrado y el índice y el meñique extendidos. Pasó al otro lado.

En el repentino silencio, las décadas de historia del metal que había en las paredes, en los muebles, flotando en el aire, me recordaron lo que acababa de perder.

Cambié de postura en el viejo sofá, encontré el parche de los Sabuesos del Invierno y le di un puñetazo tras otro tras otro, levantando polvo a mi alrededor.

Cuando vi que no me bastaba con eso, lo arranqué del sofá.

Llevaba años detrás de aquel sueño, y ahora los Sabuesos iban a tocar en el Estadio de Wembley sin mí. El pavor a que me dejaran atrás me dio náuseas, y cada latido de mi corazón aporreaba como un bombo detrás de mis ojos.

Era la antigua presión.

En mi mente, atisbé el reflejo de mi yo de diez años allí de pie, solo junto a una ventana.

Arrojé el parche al suelo, enganché el dedo bajo las gomitas del pelo que llevaba en la muñeca, las estiré y dejé que se contrajeran de golpe contra mi piel.

El familiar aguijonazo alivió la presión, pero los calambres en la tripa y el dolor de martillo neumático en la cabeza regresaron casi al instante.

Tiré de los coleteros tanto como pude para probar otra vez, pero, antes de que pudiera soltarlos, el grupo de Angela empezó a tocar. El distante retumbar me inundó y trajo consigo un recuerdo diferente.

Chuey me había invitado a su casa después de una sesión en la biblioteca.

Me presenté allí con la cara llena de magulladuras; por aquel entonces me metía en un montón de peleas, y la verdad es que me daba igual.

Chuey me llevó a su sótano mohoso, donde estaba tendida la colada de su familia de unas cuerdas entrecruzadas.

Nos sentamos allí con otros tres tíos a escuchar a Judas Priest, Pantera y muchos otros grupos.

No conocía de antes a los otros chicos, pero, desde ese primer momento, esforzándonos por explicarnos unos a otros el poder en crudo que tenía la música, nos hicimos amigos.

Con el tiempo, llegó a encantarme el olor a ropa recién lavada.

Y la música, de algún modo, aliviaba la presión que había empezado cuando mi madre se marchó.

Funcionaba mejor si la música era en directo, y mejor aún si era yo interpretando mis propias canciones.

Pero cuando no podía llevarme nada de música a los oídos, tenía las gomitas del pelo.

Ambas cosas eran milagros en comparación con lo que había hecho para sobrellevarlo durante aquellos primeros años después de que ella desapareciera.

No me gustaba pensar en esa época de mi vida.

Pero anda que Chuey no me había salvado de todo aquello también.

Entonces se abrió la puerta y entró Henry, con una elegancia en el paso que no se correspondía con sus setenta y tantos años. Con la música de Angela en la cabeza, la presión empezó a remitir y me permití soltar los coleteros elásticos. Henry se echó el trapo al hombro.

—Ya me parecía a mí que podrías conectar con ella. Gracias, Jack.

Señalé las fotos de la pared.

—Nada que tú no hayas hecho mil veces.

Henry se acercó, se sentó a mi lado en el sucio y viejo sofá y, con suavidad, puso la mano en el mogollón de gomitas para el pelo de mi muñeca.

—Bueno, pero vosotros dos tenéis una cosa más en común, ¿verdad?

Sus manos grandes y firmes siempre me reconfortaban. Henry sonrió.

—¿Has adelantado algo con esa tercera estrofa tuya? —preguntó.

Se refería a Siempre se marchan . ¿Cuántas variaciones distintas había probado ya?

Era difícil recapitular a tu madre fugitiva en unos pocos versos.

Había conseguido terminar una versión que los Sabuesos podíamos tocar en directo, la versión que conocía todo el mundo.

Pero no estaba bien. A la tercera estrofa le faltaba… algo.

—Algo —respondí.

—Venga, enséñamelo —pidió Henry, y me dio un apretón en la muñeca antes de soltarla para reclinarse a escuchar.

Le canté las primeras estrofas, las de mi padre apartándome de él y la muerte de mi hermano Dan, que llevaban años sin cambiar.

Entonces me salté el estribillo y, titubeando, ataqué la tercera estrofa.

La de mi madre marchándose. La de quedarme mirando por la ventana de la sala de estar mientras el ruido del motor de su coche remitía calle abajo y la casa quedaba de repente en un horrible silencio.

Paré a mitad, con la ira todavía bullendo en mi interior.

—Aún no tengo la letra del todo.

Henry asintió.

—Si me lo permites, creo que la melodía suena un poco demasiado nostálgica. Casi como si no estuvieras profundizando lo suficiente.

Miré al techo un minuto mientras las palabras de Henry rebotaban por mi cabeza. Lo había clavado. Aparte de Chuey, Henry era la única persona a la que le había contado esa historia, pero ninguno de los dos lo sabía todo. Y la nostalgia, desde luego, no era el sonido adecuado para ello.

—Es una canción muy importante, Jack —añadió Henry—. Y las canciones importantes pueden hacer daño. Pero no te rindas con ella.

La música de Angela vibraba ya a través de las paredes, haciendo temblar los marcos de las fotos y aliviando los últimos restos de presión tras mis ojos. Henry señaló una de aquellas fotografías trémulas.

—Qué noche más grandiosa fue aquella.

Era la foto del primer bolo de los Sabuesos en el Caballo de Hierro. Estaba sacada desde el escenario, con el público detrás de nosotros. Apenas serían una docena de asistentes, pero Henry posaba para la cámara como si acabara de descubrir a los Who.

Ver a los chicos fue como pasar por cuatro divorcios al mismo tiempo.

—Eso ya se acabó.

—¿Te han dado algún motivo?

—Dicen que siempre estaba anteponiendo otras cosas al grupo.

Henry se rascó la barbilla.

—¿Qué podría llevarte a hacer algo así?

Me encogí de hombros.

—En todo caso, han contratado a una empresa para volver a encarrilar las cosas. Resulta que la gestora ya tiene a un cantante fichado.

Henry suspiró.

—O sea que querían hacer el cambio antes de que los Sabuesos teloneen en el festival de la semana que viene.

No habría historia con los Sabbath para mí.

—Habrá unas cuantas discográficas presentes para ver qué tal lo hacen.

—Contemplé las innumerables fotos de grupos en la pared—.

Llevo en esto ya casi veinte años, Henry.

Esta era mi oportunidad. Algunos se hacen médicos, otros construyen cosas con las manos.

¿Yo? Esto es lo que siempre he querido. Lo único que sé hacer.

Henry no habló. Sabía guardar silencio mejor que nadie. Pero el peso tranquilizador de su mano regresó, esa vez apoyado en mi hombro. Exhalé una bocanada larga y lenta, como si llevara toda la noche conteniendo el aliento.

El grupo de Angela emprendió un ritmo grave y machacón, y la afinación de sexta en re le daba a la guitarra un aire contundente que hacía saltar los empastes de los dientes. Era una preciosidad. Esa chica tenía un don.

—¿Sabías que The Who no fueron el primer grupo en el que Keith Moon tocó la batería? —preguntó Henry por fin.

Le encantaban los Who y afirmaba haber sido el primero en ponerlos en cartel, allí en el Caballo de Hierro. Igual que a los Zeppelin.

—¿Y sabías que, en su larga historia, el Caballo de Hierro siempre ha albergado cosas relacionadas con la música? —añadió—. Desde la residencia de Duke Ellington hasta la tienda de un lutier o coros litúrgicos medievales.

—¿Ah, sí?

La charla sobre los temas de siempre me ayudaba, y Henry sabía que yo era muy aficionado a la historia.

—Con esto quiero decirte, Jack, que todos pasamos por cambios, pero al final todos terminamos donde se supone que debemos estar.

—¿Y mi música?