Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 1
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Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1)

Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1)

Por Brandon Sanderson

© inepub.com

Capítulo 1

Ver la sombra más verdadera requiere que se haga arder la llama correcta.

Sir J OSEPH S WAN , Corolarios de luz y oscuridad:

Manual básico de tanaturgia

L a mayoría tenemos un lugar al que huir cuando todo se va al infierno. Para mí, ese lugar era el Caballo de Hierro.

Y esa noche, necesitaba un sitio al que huir. Un sitio con amigos. Acababan de expulsarme de los Sabuesos del Invierno, el grupo que me había mudado desde mi hogar en Los Ángeles para fundar.

Y esos cabronazos me habían echado por e-mail, encima, los muy cobardes.

Recorrí la calle Manette casi a la carrera hacia el pub y su letrero, un caballo negro acorazado en hierro sobre un campo blanco, que destellaba intermitente en la oscuridad.

De todos modos, no me hacía falta verlo.

La mayoría de las noches me limitaba a seguir el amortiguado estruendo de los ritmos de heavy metal.

Si todas las luces de Londres se apagaran, el metal sería mi flautista de Hamelín.

Pero esa noche la calle del Caballo de Hierro estaba en silencio.

Daba lo mismo. No había ido por un concierto.

Al llegar a la puerta, una mujer se plantó delante de mí.

Llevaba botas negras hasta las rodillas y era lo bastante alta como para mirarme a los ojos sin alzar la cabeza.

Su pelo oscuro caía en largos rizos más allá de una cara que, incluso a la luz clara, era de un cremoso color perla.

Y, pese al calor de una tarde de agosto, llevaba un suéter de cuello alto gris oscuro y leggings negros.

Remataban el atuendo unos ceñidos guantes de cuero, que de algún modo le daban cierto aspecto oficial.

Yo no era precisamente un novato en que me abordaran desconocidos por la calle. Me había criado en Westmont, Los Ángeles, una población que el Times apodaba «el callejón de la muerte» por el crimen, la violencia, las drogas, las pandillas y demás, pero aquello tenía un aire distinto.

Mientras empezaba a rodearla, ella se quitó un guante y me tendió la mano.

Por pura costumbre, levanté la mía yo también.

Pero, justo antes de estrechársela, cerró sus dedos desnudos en torno a mi muñeca.

El pulso empezó a galoparme como los tresillos de un tema de los Iron Maiden.

La mujer poseía una cierta belleza enfática, sin duda, pero era más que eso.

Su contacto pareció llegar más profundo, dolerme un poco.

Y, por mala que hubiera sido aquella noche, no retiré el brazo.

Ella me retuvo unos segundos y luego susurró:

—¿Qué estaría usted dispuesto a hacer para escapar de una vida de esclavitud?

No tenía ni idea de a qué se refería, y la verdad es que me traía sin cuidado. Solo quería pasar dentro.

Entonces ella me giró la mano y me puso una piedra en la palma.

—Si despierta, venga a buscarme. Podría tener trabajo para usted.

Volvió a ponerse el guante y desapareció en las sombras de la calle Manette.

Una fan enloquecida de los Sabuesos, quizá. Pero ¿cómo podía estar ya al tanto de que me habían echado del grupo? Alcé la piedra a la intermitente luz del Caballo de Hierro. Resplandecía en un tono rojo turbio, con una runa o algo tallada a un lado.

Suspiré, me guardé la piedra en el bolsillo de los tejanos y crucé la puerta del Caballo de Hierro.

Nada más entrar paré un momento, aspirando el aroma a cuero agrietado, escuchando el rumor de conversaciones, contemplando el tenue brillo de las velas caseras encendidas por todas partes, que Henry, el propietario, fabricaba casi todas las tardes, y luego muchas noches yo me unía a él.

La zona de conciertos del Caballo de Hierro, al otro lado de una cortina carmesí a la derecha, seguía en silencio.

Cualquier otra noche, me habría asomado para averiguar por qué.

Era «Viernes de Música Nueva». Henry contrataba a grupos emergentes en una de las noches que más caja podía hacer. Tenía unas pelotas enormes.

En vez de eso, fui a la izquierda, al pub en sí.

Henry estaba en su puesto tras la barra, secando vasos, con el pelo gris hierro peinado hacia atrás.

Cruzó la mirada conmigo, me lanzó su sonrisa fácil y me indicó que me acercara moviendo el trapo.

Serpenteé hacia él dejando atrás una hilera de reservados llenos de otros amigos y parroquianos.

No paré a saludar. Estaban pasando demasiadas cosas.

Había un mosaico de parches de grupos musicales cosido al tapizado de los reservados: los fans lucían su bandera y Henry lo incentivaba.

Siempre había aguja e hilo en los ceniceros de las mesas, recuerdos de cuando era legal fumar en los pubs.

Además, los reservados eran temáticos. Grupos de glam ochentero, death metal, grindcore.

Había algunos dedicados a artistas concretos.

Suerte a quien quisiera sentarse a las mesas de Deep Purple o los Maiden.

Llegué a la barra y puse las manos planas sobre la vieja madera llena de marcas, solo para tocar tierra un momento.

El aroma a Bournemouth, el tabaco para pipa favorito de Henry, también me ayudó.

Incluso cuando no estaba fumando, el olor perduraba en él como la colonia de un hombre sabio.

Se subió el viejo delantal manchado por encima de la cintura y esperó a que yo dijera algo, con aquellos ojos azules que no se apagaban por muchas líneas de expresión que los acorralasen.

Al final, me sirvió un vaso de agua, porque nunca me había gustado el alcohol, y se guardó por una noche su trillado chiste sobre abstemios.

—Creo que puedo adivinarlo —me dijo.

—¿Ah, sí?

Señaló con su trapo hacia el reservado de la esquina, donde estaba mi amigo Chuey sentado a solas con la cabeza gacha.

—Dice que ha dejado los Sabuesos. Solo se me ocurre una razón para que lo haga.

Chuey y yo éramos amigos desde Westmont.

Nos pasábamos todas las tardes de verano en el programa de juventud en riesgo de la biblioteca Woodcrest. Yo iba por mi madre, con la esperanza de que no se marchara.

Chuey iba por la comida gratis, ya que su madre se gastaba todo el dinero en caballo.

El programa nos evitó hacer el juramento de ninguna pandilla, eso sí, y más adelante Chuey terminó como encargado de luz y sonido en mi grupo.

Tenía muy buen oído. De hecho, había renunciado a una beca para pianistas dotados en Juilliard y se había venido conmigo a Londres.

Negué con la cabeza.

—No tendría que haberlo hecho.

—Pues yo digo que así me gusta —replicó Henry—. La lealtad escasea últimamente.

—Eso no te lo voy a discutir.

—Escucha, Jack, no te lo pediría, y menos esta noche, pero el grupo va con retraso. La cantante está con un caso grave de miedo escénico.

Henry desvió la mirada hacia la cortina carmesí que daba al escenario. Aquel silencio tan raro por fin tenía sentido.

—Antes de que empieces el turno, ¿podrías…? —añadió Henry.

Yo ya estaba alejándome de la barra en dirección al camerino de detrás del escenario.

Crucé el pub y me agaché para pasar al otro lado de la cortina, en la sala de conciertos.

Había un público bastante numeroso que ya estaba murmurando, impaciente por oír música en directo.

Recorrí la sala casi al trote, me metí en el corto pasillo trasero, dejé atrás la ducha del backstage , para grupos de fuera, llegué al camerino y llamé a la puerta. No contestó nadie, así que entré.

Todo local metalero que se preciara tenía un buen camerino, un santuario.

En el del Caballo de Hierro, las paredes estaban cubiertas de pintadas, las firmas de los músicos que habían tocado allí, y de docenas de fotos, con Henry en todas ellas, sonriendo igual de orgulloso con grupos desconocidos que en la foto firmada que tenía con los Led Zeppelin, de quienes siempre afirmaba que habían dado su primer concierto allí.

Estar en el mismo lugar donde habían tocado los más grandes en sus primeros tiempos debía de ser lo más parecido a ir a la iglesia que había llegado a hacer desde niño. Siempre me hacía sentir una cierta reverencia.

Cerré la puerta para bloquear el ruido de la multitud.

Al otro lado estaba la entrada del fondo del escenario, cubierta por una cortina negra.

Apoyada en la pared a su lado vi la vieja guitarra acústica que siempre dejábamos allí de reserva.

A la izquierda, en un sofá bajo con los muelles reventados y cubierto de parches de grupos, incluido uno de los Sabuesos, había una chica sentada de unos veinticinco años.

Llevaba botas de suela ancha, falda de estilo gótico y corsé negro.

La melena oscura colgaba lacia de una cabeza inclinada sobre rodillas temblorosas.

—¿Primer bolo? —pregunté.

Ella asintió, agachando aún más la cabeza.

—¿Y qué pasa, que eres malilla?

La chica enderezó la espalda y alzó la mirada.

—Vete a la mierda.

La luz amarillenta cayó sobre sus brazos y sus muñecas. Por debajo de sus pulseras de cuero asomaba un atisbo de cicatrices de cortes. Desvié un momento la mirada a las gomas para el pelo que llevaba yo en la muñeca.

—¿Sabes cantar? O sea, ¿atinas las notas? ¿Mantienes las notas? ¿Lo haces con sentimiento?

Ella asintió y las rodillas se le estabilizaron un poco, mientras los tonos de su guitarrista probando el sonido del ampli atronaban desde el escenario.

—¿Tocáis canciones originales?

—Sí, nueve composiciones mías.

La débil sonrisa que compuso parecía un intento de orgullo. Fui hacia ella y me senté.

—No hay nada como tocar tus propios temas delante de gente.

Y era verdad. Para un músico, ni el sexo podía competir con eso. Ella me puso los ojos en blanco de soslayo.

—¿Con eso pretendes animarme?

En vez de responder, señalé la foto de los Zeppelin, en la que Robert Plant sostenía un vaso de bourbon mientras leía una hoja con la letra de una canción.

—¿Sabías que, cuando tocaron aquí por primera vez, estuvo sentado en este mismo sofá mugriento con las mismas dudas que tienes tú ahora mismo?