49
El equipo se reunió en una mesa del Redbird.
Había champán para los que quisieran beber y agua Perrier para mí.
Reinaba un silencio alegre mientras disfrutábamos del final del caso.
Yo estaba acostumbrado al derecho penal, donde los acuerdos y las negociaciones se hacen antes del juicio, rara vez durante.
También era extraño para mí experimentar una victoria que no percibía exactamente como tal.
Mi clienta se iba a casa con más de cuarenta millones.
Yo me iba a casa con más de diez. Y, sin embargo, sentía cierta decepción.
—Mickey, ¿estás bien? —preguntó Lorna en un momento dado—. La verdad es que pareces…, no sé, triste.
—No estoy triste —insistí—. Es solo que es diferente, ¿sabes? Básicamente, ganamos el caso y conseguimos un gran cheque y una disculpa para nuestra clienta, pero siento como si faltara algo.
—¿Un veredicto? —dijo Cisco.
Asentí.
—Supongo —contesté—. A ver, hemos logrado lo que queríamos.
Han reconocido sus pecados ante las cámaras.
Eso era lo que Brenda buscaba más que nada.
Esa era la tarea principal y la cumplimos.
El dinero es el dinero. Es solo una forma de llevar el marcador.
Y, hablando de eso, cada uno de vosotros recibirá un bono de un millón de dólares. Vuestro trabajo…
—¡Madre mía! —exclamó Lorna en voz alta, llamando la atención de todos hacia nuestra mesa.
Bajé la voz.
—Vuestro trabajo en el caso ha sido ejemplar —dije—.
El de cada uno de vosotros. Fantástico. Pero tendréis que consultar con un gestor financiero, porque os tocará pagar impuestos, y quiero asegurarme de que estáis preparados para eso.
Cuando estéis listos, os transferiré el dinero con mucho gusto.
—Jefe —dijo Cisco—, no sé qué decir.
—No tienes que decir nada. Habéis hecho el trabajo y os lo merecéis. Les hemos dado una buena tunda.
—Gracias, Mickey —dijo Lorna—. Voy a llorar.
—No llores —dije—. Solo es dinero.
Miré a McEvoy.
—El bono es para todos los miembros del equipo, y eso te incluye a ti. Y espero que vendas el libro por otro millón.
—Eres un hombre generoso —dijo Jack.
Negué con la cabeza.
—Lo que encontraste fue la guinda del pastel —apunté—. Ahora tienes que asegurarte de que la fundación marque la diferencia. Si no, nada de esto habrá valido la pena.
—Te prometo que marcará la diferencia —dijo Jack—. Ya he hablado con Brenda. Habrá un consejo asesor y queremos que los tres forméis parte de él.
Asentí con la cabeza.
—Con mucho gusto —respondió Cisco.
—Estoy deseándolo —dijo Lorna.
Mi teléfono vibró con un mensaje de texto. Era de Sticks. Lo leí y se lo comuniqué al grupo.
—Necesitamos otra botella de champán —dije—. Sticks dice que Jake Tapper quiere que vaya a su programa mañana. También van a emitir el vídeo de la rueda de prensa.
Cisco extendió el brazo sobre la mesa y todos chocamos las manos.
—Dice que quieren que Brenda me acompañe —expliqué—. Jack, ¿puedes consultarlo con ella? Los detalles están por confirmar, pero será mañana.
—¿Será una conexión remota o te llevarán en avión a Washington? —preguntó Jack.
—Parece que será desde el edificio de la CNN en Sunset —dije.
—Debería ser factible —aseguró Jack—. Estoy seguro de que estará dispuesta.
Después de eso, nos sumimos en un silencio cómodo. Nadie llamó al camarero para pedir una segunda botella: no podría borrar el pesar que creo que todos sentíamos por haber resuelto el caso antes de llegar a la línea de meta.
—Vale, voy a decirlo —anuncié finalmente—. Deberíamos haber tirado los dados y haber buscado un veredicto.
—No sé, Mick —repuso Cisco—. Tú eres el que siempre dice que puede pasar cualquier cosa.
—Aunque hubiéramos ganado, ellos habrían apelado y habrían pasado años hasta que Brenda viera el dinero y pudiera crear la fundación —añadió Lorna—. Y ahora estamos aquí sentados, todos millonarios.
Levantó su copa. Solo le quedaba un sorbo.
—Por no tener remordimientos —dijo.
Todos alzamos nuestras copas y repetimos el brindis.
—Lo único que lamento es que no hayamos subido a Wren al estrado —añadió Jack—. Eso habría sido un puntazo.
—Creo que era muy aventurado —dije—. Probablemente era mejor como amenaza para los Mason que como posibilidad real.
—Pero nunca lo sabremos —apuntó Jack.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró. Esta vez era una llamada y vi que era del tribunal de distrito.
—Voy a contestar —dije.
Me levanté de la mesa y salí a la acera para escapar del ruido del bar. Era el secretario de Ruhlin.
—La jueza se preguntaba si podría verlo mañana por la mañana en su despacho —dijo.
—Eh, claro. Ya no hay juicio, así que estoy libre. ¿A qué hora?
—¿Qué le parece a las nueve?
—Allí estaré. ¿Están invitados los Mason?
—No, solo usted.
—¿Se trata de la orden por desacato?
—La jueza también ha invitado a varios miembros del jurado que pidieron hablar con usted. Supongo que le parece bien.
—Eh, claro, hablaré con ellos.
—Entonces, nos vemos a las nueve.
Colgó antes de que pudiera preguntarle de nuevo por la orden por desacato.
Me quedé en la acera pensando en la invitación.
Probablemente iba a descubrir hacia qué lado iban a decantarse los miembros del jurado antes de dejarlos colgados.
Como solo habían escuchado la versión de la demandante, supuse que habrían pensado en ponerse de mi lado y estaban molestos porque habíamos llegado a un acuerdo cuando estaban listos para darle a Tidalwaiv una importante lección financiera.
Me imaginé que la jueza también me criticaría, porque habíamos desperdiciado más de una semana de tiempo judicial antes de llegar a un trato.
Finalmente, volví al bar para decirles a los demás que el caso aún no había terminado.
El sumiller estaba abriendo una segunda botella de champán, pero, poco después, dejé al equipo allí y me fui a casa.
Esperaba llegar antes que Maggie para pensar en lo que quería decirle sobre el dinero que acababa de ganar.
Tenía en mente hablarle de reconstruir su casa si ella quería y de que esperaba vivir allí con ella cuando estuviera terminada.
Pero, por supuesto, la decisión le correspondería a ella, no a mí.
Logré llegar a Fareholm antes que Maggie, pero no antes que otra persona.
Mientras subía las escaleras hacia la puerta principal, vi a un hombre sentado, de espaldas a mí, en una de las sillas altas, orientada hacia la vista de la ciudad.
Su traje negro y su cabello plateado lo hacían fácilmente reconocible.
—Así que al final ha venido —le dije al acercarme—. No lo he visto en la rueda de prensa.
Victor Wendt se volvió para mirarme.
—No he venido por la rueda de prensa —dijo.
Asentí y señalé la vista.
—Ha oído hablar de las puestas de sol desde aquí arriba.
—En realidad, he venido a verlo —dijo.
—Si va a decirme que ha detenido la transferencia y que mi clienta nunca verá un centavo, llega demasiado tarde.
—No, en absoluto. El dinero es suyo. Y de su clienta. Considero que cincuenta millones de dólares es una tarifa aceptable por hacer negocios.
Asentí con la cabeza al darme cuenta de que había venido a regodearse por haber evitado un veredicto más costoso.
—En realidad, son cincuenta y dos millones, pero ¿quién lleva la cuenta? —dije—. Quizá su junta directiva.
—Sí, tendré que explicarles por qué elegimos el menor de dos males —explicó Wendt—. Estoy seguro de que lo entenderán.
—Entonces, ¿qué puedo hacer por usted, señor Wendt? Estoy seguro de que no ha venido aquí para ensayar su discurso ante la junta.
—No, y le agradezco que no me haya invitado a largarme de su porche. He venido a hacerle una oferta.
—¿Una oferta? ¿Como la última vez que nos vimos? Yo diría que eso fue más bien un soborno.
—Lo de hoy es una oferta puramente comercial. Quiero contratarlo, señor Haller.
Wendt metió la mano en la chaqueta y sacó un documento doblado del bolsillo.
—¿Contratarme? —dije, tratando de ocultar mi sorpresa.
—Esto es un contrato de dos años por sus servicios —explicó Wendt—.
Dos millones seiscientos mil dólares al año por su asesoramiento legal cuando sea necesario.
Nunca tendrá que pisar un tribunal ni ser el abogado en ninguna acción legal.
Solo es un contrato personal entre usted y yo. Espero que lo acepte.
Me entregó el documento y lo desdoblé. Lo leí por encima y comprendí de inmediato qué era y qué significaba. Una compra lujosa.
—Quiere asegurarse de que nunca vuelva a demandarlo —dije—. O al menos no durante los próximos dos años, mientras intenta resucitar lo que quede de su fusión después de hoy.
Empecé a doblar el papel mientras hacía los cálculos.
—Cincuenta mil a la semana por mantenerme al margen —dije—. Es muy generoso de su parte, señor Wendt.
—Le aseguro que habrá más trabajo aparte de mantenerse al margen —señaló Wendt.
Le tendí el contrato.
—No sé si volveré a demandarlo en algún momento —dije—.
Estoy seguro de que habrá oportunidades, sobre todo tras este caso.
De hecho, mañana voy a estar en la CNN, y eso probablemente me ayudará a conseguir varios clientes.
Pero no puedo aceptar su dinero, señor Wendt.
Si lo hiciera, creo que estaría perdido. Como abogado y como persona.
Él extendió la mano y cogió el contrato. Se lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo.
—Pensé que tenía que intentarlo —dijo—. ¿Es ahora cuando me dice que me largue de su porche?
Asentí.
—Más o menos —contesté—. Le agradecería que hiciera precisamente eso.
Wendt se levantó y miró el paisaje como si lo viera por primera vez.
—La puesta de sol debería ser bonita esta noche —dijo.
—Suele serlo —respondí.
Wendt se dirigió a los escalones. Sacó un teléfono mientras bajaba y oí cómo le decía a alguien que estaba listo.
Me quedé en el porche. Vi llegar un Escalade negro y uno de los guardaespaldas que reconocí de la visita al almacén salió y abrió la puerta trasera.
Wendt se subió y observé al elegante Cadillac bajar silenciosamente por la colina.
Creo que nunca en mi vida me había sentido tan bien por rechazar dinero.