Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 48
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Esperaba encontrarme toda una falange de medios de comunicación repartidos por la escalinata de la entrada del juzgado federal, pero solo aparecieron los periodistas que habían estado cubriendo el juicio; ellos y un videógrafo independiente que llevaba veinte años en el negocio.

Yo lo conocía simplemente como Sticks, porque siempre llevaba un trípode plegable en el que colocaba su cámara, a pesar de que en el mundo de los medios de comunicación se usaban cámaras de mano con estabilizadores.

Sticks podía ser anticuado y no estar vinculado a ningún canal de noticias en concreto, pero tenía sólidas conexiones con todas las cadenas nacionales de cable, y eso lo convertía en el representante de los medios de comunicación más importante de los presentes.

Tenía la esperanza de que Victor Wendt volviera en su Gulfstream para dejarse ver ante los medios, pero era demasiado esperar de un hombre que había capitulado ante la insistencia de sus abogados para evitar una posible sentencia de nueve cifras que habría acabado con las posibilidades de fusión.

Tidalwaiv estaría representada en la rueda de prensa por una experta en control de daños de la empresa llamada Ellen Bromley, así como por los gemelos Mason, que sufrirían la indignidad de enfrentarse a los periodistas cuando se anunciara que habían llegado a un acuerdo para no perder el caso.

La rueda de prensa se había retrasado dos veces mientras yo esperaba que el dinero llegara a la cuenta de depósito en garantía de mi clienta.

Receloso de la amenaza de Wendt de no pagar ni un centavo a Brenda Randolph, no me presentaría ante los medios de comunicación para anunciar el final del caso hasta que me hubieran entregado el dinero de forma segura.

Una vez confirmada la transferencia bancaria, se avisó a los medios por tercera vez y todos nos reunimos en la escalinata del juzgado.

Bromley tomó la palabra.

—Mi nombre es Ellen Bromley. Soy la directora de Comunicaciones Corporativas de Wendt Technologies, empresa matriz de Tidalwaiv Technologies LLC.

Hoy estamos aquí, en relación con el caso Randolph contra Tidalwaiv, para anunciar su conclusión mediante un acuerdo justo para todas las partes.

Lamentamos profundamente que se hayan producido estos acontecimientos, que una joven haya perdido la vida y una madre haya perdido a su única hija.

Se cometieron errores y la empresa los ha corregido y seguirá trabajando en esa línea.

Ha sido una experiencia de aprendizaje para la industria en expansión de la inteligencia artificial.

Debemos hacerlo mejor. Debemos optimizar nuestra tecnología para proteger a todos, pero sobre todo a los más vulnerables: nuestros hijos.

Hemos fallado y pedimos sinceras disculpas.

Y nos disculpamos por todas las deficiencias anteriores en este trabajo pionero.

Extendí la mano y la apoyé en el hombro de Brenda Randolph.

Ella se llevó un pañuelo a los ojos mientras escuchaba lo que tanto tiempo había esperado oír.

La declaración de Bromley había pasado varias veces de una parte a la otra para reescribirla y editarla.

No era la disculpa sincera que yo quería para mi cliente, sino un mea culpa corporativo que trataba de reivindicar algún tipo de victoria en el fracaso.

No obstante, contenía la única frase que yo había redactado e insistido en que incluyeran: «Hemos fallado y pedimos sinceras disculpas».

—Los detalles del acuerdo seguirán siendo privados, tal y como han acordado todas las partes —continuó Bromley—, pero intentaremos responder a algunas preguntas.

Dio la impresión de que los periodistas reunidos no se esperaban esa oferta, pero yo había insistido en ello como parte del trato. Al principio, nadie preguntó nada. Hubo una pausa extraña y, finalmente, Sticks tomó la palabra.

—Estaban en pleno juicio —dijo—. ¿Por qué han llegado a un acuerdo? ¿Las perspectivas no eran buenas?

Bromley miró a su izquierda, hacia los Mason, para ver si alguno de ellos estaba dispuesto a enfrentarse a la prensa y a la pregunta. Mitchell Mason dio un paso adelante a regañadientes.

—En todos los juicios, se evalúa cada día cuál es la situación —dijo—.

Se sopesa el riesgo de continuar frente al de llegar a un acuerdo.

Alcanzamos un punto en el que consideramos que el riesgo era demasiado alto y decidimos negociar.

El caso nunca llegó al jurado, por lo que no sabremos cuál habría sido el veredicto.

La defensa ni siquiera llegó a presentar sus argumentos.

Parecía que Mitchell estaba arrepintiéndose por haber llegado a un acuerdo, pese a que había sido él quien me había llamado la noche anterior para levantar la bandera blanca.

—¿Victor Wendt ha aprobado el acuerdo? —preguntó Sticks.

—Eh, el señor Wendt participó en las conversaciones que desembocaron en el pacto —respondió Mitchell—.

Ha estado muy involucrado en este caso. Desde el principio dijo que, si Tidalwaiv se había equivocado o había cruzado alguna línea, debíamos reconocerlo, aprender de ello y seguir adelante. Eso es lo que estamos haciendo.

«Sí, claro», pensé mientras escuchaba a Mitchell Mason intentar presentar a su cliente bajo la luz brillante de haber hecho lo correcto.

Sticks no había terminado. Lanzó una pregunta más al equipo de Tidalwaiv.

—¿Nathan Whittaker continúa trabajando en Tidalwaiv después de lo que se reveló ayer en el tribunal? —preguntó.

Bromley tomó la palabra, dando un paso adelante y poniendo una mano en el brazo de Mitchell antes de que el abogado hablara.

—Revisaremos el testimonio del juicio y tomaremos las medidas oportunas si es necesario —dijo.

—¿Podemos escuchar a la señora Randolph? —dijo una mujer de Channel 5.

Pregunté en un susurro a Brenda si estaba preparada para responder a la prensa. Ella asintió y la acompañé hasta el podio portátil, donde estaban todos los micrófonos.

—Sé que no puede revelar detalles, pero ¿está feliz con el acuerdo? —preguntó la periodista.

Brenda se enjugó las lágrimas una vez más y habló.

—«Feliz» no es una palabra que conozca ya —dijo—.

Aprobé el acuerdo porque Tidalwaiv reconoce los errores cometidos y toma la resolución de hacer la tecnología más segura para nuestros hijos.

Con ese fin, anuncio que voy a crear una fundación llamada Centro Rebecca Randolph para la Supervisión Tecnológica.

Y el director del centro será Jack McEvoy, que ha desempeñado un papel muy importante en este caso.

Se volvió y señaló a Jack, que estaba a mi lado. Él asintió, avergonzado.

—¿Qué hará la fundación? —preguntó un periodista.

—Su misión será garantizar que lo que le ocurrió a mi hija no le pase nunca a ningún otro menor —respondió Brenda.

Tras unas cuantas preguntas más, la rueda de prensa terminó y la gente empezó a dispersarse.

Los hermanos Mason se alejaron sin decirme ni una palabra.

Bromley se acercó para comunicarme que nuestra interacción ya había terminado, ya que se había pagado el dinero y se había cumplido el requisito de la declaración pública.

—Ha sido un placer hacer negocios con usted —dijo.

—Igualmente —respondí.

El extraño cruce de palabras me dejó perplejo. Me acerqué a Sticks para preguntarle cuáles eran sus planes con el vídeo que acababa de grabar.

—Mi primera parada es la CNN —dijo—. A Jake Tapper le va a encantar.

—Bien —repuse—. Ya he estado con él antes. Estoy disponible si me necesitan.

—Se lo diré. Y gracias por enviarme las preguntas que tenía que hacer. Meter a Wendt sin duda es una vuelta de tuerca más.

—Gracias por hacerlas.

Le estreché la mano, ocultando los cinco billetes de cien dólares doblados que le puse en la palma. Me volví para reunirme con Brenda y Jack, pero Pete Demetriou, de la radio KNX, me abordó. Lo conocía desde que era un abogado novato.

—¿Puede darme un canutazo, Mick? —me preguntó.

—Claro, Pete —le respondí—. Pregunte lo que quiera.

—Supongo que va a cobrar una buena cantidad.

—No puedo hablar de los términos del acuerdo.

—¿Se podría decir que esto es esencialmente una gran victoria para usted y su clienta?

—Mi clienta está satisfecha, así que yo también lo estoy.

Pero, bueno, esto nunca ha sido una cuestión de dinero.

Se trataba de hacer que Tidalwaiv rindiera cuentas por poner un producto defectuoso en manos de los jóvenes.

Se trataba de que reconocieran lo que habían hecho y se disculparan.

Eso es lo que mi clienta quería por encima de todo.

Es lo que hemos conseguido, así que ella está lista para seguir adelante con su vida y poner en marcha la fundación.

—Gracias, Mick. ¿Y usted? Supongo que se está forrando. ¿Qué va a hacer ahora?

—Sin comentarios, Pete. Todo eso forma parte del acuerdo. Si se lo cuento, se va al garete.

Lo dejé allí con el micrófono en la mano.

Jack y yo acompañamos a Brenda hasta su coche en el garaje del juzgado.

Ella nos abrazó entre lágrimas y nos dio las gracias a los dos, diciéndonos que se mantendría en contacto y prometiendo que los tres haríamos un buen trabajo juntos.

Luego se marchó en su coche hacia su nueva vida.

Era más rica de lo que jamás había soñado, pero se sentía completamente vacía.