Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 50
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Dicen que unos días se gana y otros se pierde. Y a veces todo ocurre en el mismo día. Incluso, a la misma hora.

Salí ileso de la reunión con la jueza Ruhlin y los cuatro miembros del jurado del caso. En su momento, todos estuvieron en mi lista de favoritos, así que había acertado: me dijeron que habrían condenado a Tidalwaiv.

—Los tenía contra las cuerdas —señaló la constructora de decorados—. Estaba dispuesta a dejar caer la guillotina. Lo que le hicieron a esa chica estuvo muy mal. Y es muy triste para su madre. La jueza dice que el acuerdo se mantiene en secreto, pero espero que le hayan pagado mucho dinero.

Agradecí los comentarios, pero sabía que los miembros del jurado solo habían escuchado mi versión del caso. Eso siempre ayuda a mantener la perspectiva, al menos a mí me funcionaba.

Pero lo que me hizo salir del juzgado sintiendo que había ganado ocurrió después de que la jueza despidiera a los miembros del jurado. Fue entonces cuando pronunció las palabras mágicas.

—Señor Haller, es bienvenido en mi tribunal cuando quiera.

Como el riff de guitarra inicial de Santana en Jingo, esa frase me provocó una descarga eléctrica que me recorrió la columna. Perdí la compostura y sonreí. Le dije que tenía ganas de que llegara la próxima vez.

—También está el asunto de la citación por desacato —añadió la jueza—. Creo que voy a mantenerla en suspenso. Ya puede marcharse, señor Haller.

—Gracias, señoría —dije.

Fue al salir al exterior, a la escalinata donde el día anterior había disfrutado de una victoria de cincuenta y dos millones de dólares, cuando cambió mi suerte. Mi teléfono zumbó mientras me ponía las gafas de sol. La pantalla me indicó que era el hospital penitenciario de Stockton.

Pero no era una llamada a cobro revertido de David Snow.

—Mickey Haller —dije.

—¿Michael Haller? —Era una voz masculina—. ¿El abogado?

—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Soy el sargento Tamar, del hospital penitenciario de Stockton. ¿Es usted el abogado de David Francis Snow?

—Sí, así es.

—Es mi deber informarlo de que David Francis Snow ha fallecido esta mañana en este centro médico.

Me quedé en silencio mientras asimilaba la noticia.

—¿Ha fallecido? —pregunté, recuperando la voz—. ¿Qué quiere decir con que «ha fallecido»? Los médicos dijeron que le quedaban nueve meses.

—No soy médico, señor —respondió Tamar—.

Trabajo en administración. Tendrá que pedir los detalles a los doctores que lo atendieron.

Yo solo lo informo de su fallecimiento. Me han dicho que ha muerto apaciblemente en el centro médico a las 11:11 de esta mañana.

Esa es toda la información de la que dispongo.

—¿Cómo puedo contactar con los médicos que lo atendieron?

—Si lo desea, puedo darles el mensaje.

—Sí, hágalo, por favor. Pídales que me llamen.

—¿Está en contacto con el familiar más cercano del recluso? Aquí figura Cassandra Snow, una hija, en Los Ángeles.

—Sí, estoy en contacto con ella. Es mi clienta.

—¿Quiere que se lo comunique yo o se encarga usted?

—No, lo haré yo.

—¿Está seguro, señor?

—Estoy seguro.

—¿Las comunicaciones posteriores referentes al cadáver deben pasar por usted o por la hija?

No respondí. Estaba pensando en Cassandra.

—Señor —insistió Tamar.

—Eh, sí —dije—. Que pasen por mí. Yo me encargaré de todo.

—De acuerdo, señor. Transmitiré su mensaje al centro médico. Gracias por su tiempo y le doy mi pésame.

—Vale. Gracias.

Tamar colgó y yo me quedé allí con el teléfono pegado a la oreja un buen rato.

La realidad era que, en el poco tiempo que había pasado desde que Cassandra había acudido a mí, habría sido imposible sacar a su padre.

Pero eso no importaba. Nunca debería haber entrado en la cárcel.

Y eso era culpa mía. Lo sabía con tanta certeza como que la victoria del día anterior también era mía.

Aparté el teléfono y terminé de bajar la escalinata.

Nadie batea todas las bolas. Nadie gana todos los casos.

La ley es caprichosa. Un día eres el príncipe de la ciudad y al siguiente, un barrendero.

La habilidad consiste en ser capaz de volver al Lincoln, abrocharse el cinturón y continuar el viaje.

Pero ese caso era diferente. Me dolía. Sabía que mi fracaso de hacía dos décadas seguiría atormentándome.

No habría redención. Mi propia casa estaba ardiendo en ese momento, ardiendo hasta los cimientos.

Me dirigí a la calle. Tenía que ir a ver a Cassandra. Tenía que decírselo. Tenía que asumir la responsabilidad. Y tenía que encontrar la determinación para encajar ese golpe y luego levantarme y luchar un día más.