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Maggie y yo mantuvimos las distancias durante el fin de semana.
En lugar de trabajar en el despacho de casa, fui al centro y estuve en el almacén, preparándome para la semana de juicio que tenía por delante.
No podía saber con certeza qué decidiría la jueza Ruhlin sobre el futuro de la jurado número once o la solicitud de un juicio nulo, pero tenía que estar preparado para todas las eventualidades.
Con ese fin, el sábado me reuní con Jack McEvoy durante tres horas y juntos preparamos el interrogatorio directo de Nathan Whittaker, el programador de Tidalwaiv al que llamaría a declarar como mi último testigo.
Al final de ese encuentro con Jack, me sentía convencido de que podría utilizar a Whittaker para mostrar al jurado, estuviera compuesto por once o doce miembros, que la programación de Clair podría haber estado contaminada y haber provocado el violento final de la vida de Rebecca Randolph.
El sábado por la noche cené tranquilamente con Maggie en el Musso and Frank Grill.
Hablamos más que nada de nuestra hija y del arquitecto que acababa de contratar para diseñar la reconstrucción de su casa.
No discutimos en absoluto el caso Snow, y Alessio, el gerente del restaurante, nos agasajó tanto que no pensamos en la brecha que se había abierto entre nosotros.
Al menos hasta el postre. Después de los lenguados, pedimos una porción de tarta de queso para compartir y fue entonces cuando Maggie planteó la idea de mudarse de la casa de Fareholm.
—Maggie, no tienes por qué mudarte —le dije—. Quiero que te quedes conmigo.
—Bueno, ahora mismo no te caigo muy bien —respondió ella.
—Eso no es cierto, y, aunque lo fuera, lo superaría.
Estamos en lados opuestos de un caso, pero estamos hablando de nuestra vida.
De alguna manera creo que todo lo que ha pasado, el incendio y todo lo demás, ocurrió para volver a unirnos.
Sé que suena a pensamiento mágico, pero es lo que siento.
Y el caso Snow es solo una prueba para ver lo fuertes que somos, lo fuertes que podríamos ser.
—¿Y qué hay de ese multimillonario tecnológico que se entromete en mis asuntos? ¿Eso también es una prueba?
—Mira, sé que te inquieta, y con razón, pero solo te estaba utilizando para intentar llegar a mí. Me lo va a pagar en el juicio. No tienes que preocuparte por eso.
—Eso esperas.
—No: lo sé.
—No seas tan arrogante.
—Actúa como un ganador y serás un ganador.
—Legal Siegel… Sé que lo echas de menos.
—Sí, pero hoy se me ha dado bien preparándome para mi próximo testigo y el golpe de gracia que voy a asestar. Así que no tengo que actuar, estoy seguro.
—¿Te has dado cuenta de que a veces usas términos de violencia física cuando hablas del tribunal?
—Me parece apropiado. Es una lucha sin reglas. El cuadrilátero. También en lo civil. Puede ser que incluso más.
Dicho eso, me volví y le hice una señal a Luis, nuestro camarero de chaqueta roja, para que nos trajera la cuenta.
Seguí en racha hasta el domingo por la noche, cuando quedé con Cassandra Snow para cenar.
No quería darle la mala noticia ni por correo electrónico ni por mensaje de texto ni por teléfono.
Ella eligió el lugar por su fácil acceso y quedamos en el Lab, en Figueroa, cerca de la USC.
Fui directo al grano antes de pedir la comida o incluso de decirle al camarero qué tipo de agua queríamos.
—Hemos tenido un contratiempo con la fiscalía —le dije—. Van a rechazar la petición.
Cassandra negó con la cabeza y se quedó quieta mientras se recuperaba.
—¿Le han dicho por qué? —preguntó.
—Creen que la prueba médica de que tenías OI estaba a mi disposición en el momento del juicio —dije en voz baja.
—Pero eso no es cierto.
—Sí y no. Su posición es que la OI se conoce desde hace mucho tiempo, por lo que podría haberse diagnosticado entonces. Creo que se equivocan, y por eso voy a llevar el caso al tribunal federal de distrito.
—Eso tardará una eternidad. Mi padre no tiene tanto tiempo.
—Solicitaré una vista de emergencia.
—¿Qué posibilidades tenemos de conseguirla?
—Pocas, pero tengo otro plan. Si estás dispuesta, acudiremos a la prensa.
Buscaremos a gente que se ocupe de estos temas, les daremos toda la información que tenemos, los invitaremos a que entrevisten a tus médicos, y conseguiremos que se publique una noticia que presione a la fiscalía para que reconsidere su decisión.
—¿A quién piensas acudir?
—Bueno, hay un montón de gente cubriendo el juicio en el que estoy ahora mismo.
Podría hablar con uno de ellos. Solo tengo que decidir quién.
También estoy trabajando con un tipo de mi equipo que ha publicado libros y que hizo parte de la investigación para la petición que presenté.
Ha trabajado en los medios y tiene contactos.
Ayer me dijo que conoce a un productor de CBS News que podría conseguir que salga en Sixty Minutes.
—¿Ese tipo de programas todavía interesan? La confianza en los medios es más baja que nunca.
—Puede que sea cierto, pero no hace falta que el programa tenga una gran audiencia para causar impacto.
Créeme, hay pocas cosas más politizadas en esta ciudad que la fiscalía del distrito.
Una llamada de Sixty Minutes para preguntar por el caso los pararía en seco y haría que repensaran su decisión de rechazar la petición.
—¿Crees que funcionará?
—Si Sixty Minutes o algún otro medio importante se suma a la causa, no nos hará ningún daño. ¿Te parece bien que lo intente? Evidentemente, tendrás que formar parte del reportaje.
—Sabe que haré lo que sea si eso ayuda a sacar a mi padre.
Asentí con solemnidad.
—Yo también —dije.