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El coche de Maggie estaba en el garaje cuando llegué.
Ella no estaba en el salón, pero vi una botella de vino tinto abierta en la encimera cuando miré en la cocina al adentrarme en la casa.
Encontré a mi exmujer en la terraza trasera.
No había gran cosa allí, solo una mesa y sillas, una parrilla Weber y un jacuzzi que nunca usábamos.
No tenía vistas a la ciudad, solo a un seto y a parte de la casa del vecino, situada por encima de nosotros en la calle de la ladera.
—Mags, ¿qué haces aquí atrás? —le pregunté.
—Nada —respondió—. Solo tomando una copa de vino.
—¿Quieres sentarte delante y ver la puesta de sol?
—No, estoy bien aquí.
Empecé a quitarme la corbata.
—Voy a cambiarme, ahora vengo.
—No hace falta. Puedes ir a ver la puesta de sol.
—¿Pasa algo?
—Deberías habérmelo dicho.
—¿Qué?, ¿lo de ir a ver a Adebayo? ¿Por qué? O sea, no puedo ir a ver a la fiscal cada vez que tengo un caso. Quedaríamos mal los dos.
—Este caso deberías habérmelo traído a mí. Te habrías ahorrado la vergüenza. Y a mí también.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué vergüenza?
—No hay caso, Mickey. Estás intentando desesperadamente redimirte por un juicio que crees que deberías haber ganado hace veinte años.
—¿Lo vais a rechazar?
—Sí, lo vamos a rechazar. El lunes recibirás la denegación formal de Adebayo. Todo esto podría haberse evitado si me lo hubieras enseñado a mí primero.
Acerqué una silla y me senté. Empecé a pensar en cómo se lo diría a David y Cassandra Snow.
Intenté repasar mentalmente la petición que había tardado un día en redactar.
Estaba seguro de que todos los elementos del habeas corpus estaban ahí.
Nuevas pruebas que no estaban disponibles en el momento de la condena, investigaciones médicas, testigos médicos… Lo tenía todo.
—Estaba todo ahí —dije—. ¿Por qué lo habéis rechazado? No quiero esperar hasta el lunes. Dímelo ya.
—No teníamos elección —explicó Maggie—.
Solo hemos tenido que buscar en la página web de los Institutos Nacionales de Salud para ver que la osteogénesis imperfecta se describió hace ciento cincuenta años.
Mickey, tienes razón en cuanto a su enfermedad, pero deberías haberlo averiguado entonces. No es una prueba nueva.
—No, entonces no se le diagnosticó. Su madre no estaba allí para dar un historial y la prueba genética específica para su tipo de OI no estaba disponible en ese momento. Esa es la nueva prueba. Si no lo he dejado claro, puedo reescribir la petición. Lo que necesites.
—Solo necesito que pares, Mickey. No va a suceder.
Me pasé la mano por el pelo.
—Siempre puedes llevarlo a un tribunal federal —dijo Maggie.
—Estará muerto antes de que lleguemos a la primera vista —apunté—. Esa es la única razón por la que acudí a ti. Se está muriendo y su hija quiere sacarlo de allí.
—Bueno, pero no acudiste a mí. Me sorteaste.
—Joder, no es eso. Seguí los canales establecidos. Habría sido inapropiado acudir directamente a ti. ¿De eso se trata? Me di cuenta de que estabas molesta incluso antes de que miraras la petición. Mi cliente va a ser castigado porque crees que he hecho algo mal.
—No es eso y lo sabes. Es una decisión basada en la ley. Mira, entonces eras un abogado joven. No sabías lo que sabes ahora. Nos pasa a todos, y todos tenemos que vivir con los errores que cometimos y los casos que perdimos.
Negué con la cabeza. Lo que decía era cierto para todos los abogados, pero no para el caso que nos ocupaba. La decisión me dejó desolado.
—No puedo creerlo —dije—. Este hombre ha pasado veinte años en prisión por algo que no hizo. Yo lo sé, su hija lo sabe. Y ahora es una sentencia de muerte.
—Lo siento —dijo Maggie.
—Yo también.