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Cisco no iba precisamente vestido para una vista con una jueza federal.
Llevaba vaqueros descoloridos, botas, una camiseta blanca ajustada y una chaqueta de cuero negra.
Había recibido mi mensaje y, estaba claro, había acudido directamente al juzgado sin hacer ninguna parada.
Lo conocía desde hacía más de dos décadas y sabía interpretar su expresión y su comportamiento.
A juzgar por la forma en que levantó una ceja cuando me vio, no tenía ni idea de en qué se estaba metiendo.
—Gracias, alguacil —le dijo Ruhlin al hombre que había acompañado a Cisco—. Le agradecería que se quedara en la puerta.
—Sí, señora —respondió el hombre.
El alguacil salió y Ruhlin le indicó a Cisco que acercara una de las sillas de la mesa al escritorio. Me moví para hacerle espacio y que pudiera sentarse junto a los demás, frente a la jueza.
—¿Sabe por qué está aquí, señor? —preguntó Ruhlin.
—No tengo ni idea, señoría —respondió Cisco.
—Bueno, se lo voy a mostrar.
—Por favor.
Ruhlin volvió a poner el vídeo y giró el portátil para que Cisco lo viera. La jueza no dejó de observar a mi investigador mientras se reproducía. Cisco asintió con la cabeza antes de que terminara.
—De acuerdo, ese soy yo, si es lo que quiere saber —dijo Cisco.
—Sé que es usted —dijo Ruhlin con brusquedad—. Quiero saber qué hacía allí.
—Bueno, estaba siguiendo una pista. Resultó ser una búsqueda inútil y… eso es todo.
—¿Sabe quién es esa mujer?
Cisco negó con la cabeza.
—Eh, la verdad es que no —dijo—. No me dio la oportunidad de averiguarlo.
—¿Le está diciendo a este tribunal que no sabía que ella era miembro del jurado en este caso? —preguntó Ruhlin.
Cisco echó la cabeza hacia atrás como si le hubieran dado un puñetazo en la mandíbula.
—Eh, espere, no... ¿En este caso? —dijo—. No, no lo sabía.
Levantó la mano derecha como si estuviera jurando decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
—Llevamos toda la semana en juicio —dijo Ruhlin—. ¿Cómo es posible que no la conociera?
—¿Señoría? —dije.
—Déjele responder a la pregunta —ordenó la jueza con severidad.
—Señoría, no presté mucha atención al jurado —dijo Cisco—.
En realidad, no es mi trabajo. No estuve en el tribunal durante la selección del jurado y, durante el juicio, me ocupé de llevar y traer a los testigos al tribunal y de otras tareas.
Cuando me abrió, llevaba un pañuelo en la cabeza y una bata, y simplemente no la reconocí.
Ruhlin sacudió la cabeza con frustración.
—Entonces, ¿qué lo llevó a su puerta anoche? —preguntó.
—Recibí un mensaje de WhatsApp —dijo Cisco.
—¿Estaba cifrado?
—Sí.
—¿Y eso no lo hizo sospechar?
—Sí, pero recibimos muchas pistas anónimas, señoría. Es decir, mi trabajo es investigarlas.
—¿Y qué decía esa pista?
—La persona que lo envió decía que tenía información importante sobre un testigo del caso. Le respondí y le pregunté quién era, y la respuesta fue Wiseacre, y eso me hizo pensar que podría ser legítimo.
—¿Por qué?
—Hay un testigo llamado Nathan Whittaker. Es programador en Tidalwaiv y supimos que su apodo es Wiseacre. Whittaker, Wiseacre…, se parecen.
—Entiendo. Continúe.
—Bueno, ver ese apodo en el mensaje le dio suficiente credibilidad como para que decidiera investigarlo. Pedí una hora y un lugar para reunirnos y me dieron esa dirección.
Señaló la pantalla del portátil.
—Le pedí un nombre y el remitente del mensaje me dijo Robin —explicó Cisco—.
Sin apellido. Fui allí a la hora de la cita, a las seis y media, como puede ver, y la mujer que abrió la puerta dijo que se llamaba Robin, pero no sabía de qué le estaba hablando ni por qué estaba allí.
No la reconocí y, al parecer, ella tampoco me recordaba del juicio.
En ese momento pensé que la información era errónea y me fui.
—¿Y no le contó nada de esto al señor Haller? —preguntó Ruhlin.
—Ayer por la tarde él se fue a casa para terminar de trabajar en algo, así que me limité a ir a la cita.
No suelo molestarlo con cosas así a menos que salgan bien.
No fue el caso, así que ni siquiera lo mencioné.
Si la mujer me hubiera dicho que era miembro del jurado, obviamente habría dado la voz de alarma y habría contado que me habían tendido una trampa.
Pero no me dijo nada, y yo acabo de enterarme.
Ruhlin observó a Cisco unos segundos, al parecer tratando de calibrar su sinceridad, antes de hablar por fin.
—¿Estaría dispuesto a dejarme ver los mensajes que recibió? —preguntó.
—Eh, claro —respondió Cisco, vacilante.
Me miró mientras se inclinaba hacia la izquierda para meter la mano en el bolsillo trasero.
Asentí con la cabeza para dar mi aprobación, aunque no la necesitaba.
Sacó su teléfono, abrió WhatsApp y localizó los mensajes en cuestión.
Le entregó el móvil a la jueza, con la pantalla hacia arriba.
Ella lo tomó y leyó mientras asentía con la cabeza.
—Y usted dice que estaban cifrados —dijo ella—. ¿No se pueden rastrear?
—Bueno, cuando me di cuenta de que estaba en la dirección equivocada, llamé a ese número —explicó Cisco—.
La línea estaba muerta, el número ya no era válido.
Pero tengo un… amigo que, eh, me ayuda a rastrear números.
Se lo di y me dijo que el mensaje procedía de un móvil prepago.
Así que, bueno, no vamos a poder rastrearlo.
—De acuerdo, señor…, eh…
—Wojciechowski. No es fácil.
—Gracias, señor. Creo que ya puede marcharse. ¿Puede pedirle al alguacil que vuelva a entrar?
—Claro, señoría. Gracias.
El hombretón se levantó y me saludó con la cabeza. De camino a la puerta, volvió a colocar su silla junto a la mesa de reuniones. Se marchó y entró el alguacil.
—Ya puede irse, Jaime —dijo la jueza—. Está todo bien.
Una vez que el alguacil se hubo ido y la puerta de la sala quedó cerrada, Ruhlin se centró en los hermanos Mason, mirándolos con el mismo gesto torcido que me había dirigido a mí antes.
—¿Quieren contarme algo? —preguntó.
—Señoría, no tenemos nada que ver con esto —dijo Mitchell Mason.
—Nada —añadió Marcus Mason.
—Entonces, ¿quién ha sido? —insistió Ruhlin.
—Esto podría ser una trampa de ellos —dijo Mitchell, señalándome—. Para dar pie a esto y así echarnos la culpa.
Negué con la cabeza.
—¿Sabe, señoría? Estaba a punto de decir que les daba el beneficio de la duda —dije—, pero entonces van y me echan a los pies de los caballos.
—Lo único que voy a decir en este momento es que me pondré en contacto con el Servicio de Alguaciles y solicitaré una investigación completa de este asunto —dijo Ruhlin—.
Este tribunal no tolerará la manipulación del jurado.
Mientras tanto, dispensaré a la miembro número once y continuaremos el lunes si los demás siguen en buenas condiciones de salud.
Levanté las manos, confundido.
—Señoría, está penalizando a la demandante por ser la parte perjudicada en este caso —dije.
—¿Por qué lo ve así, señor Haller? —preguntó Ruhlin.
—No sé si el tribunal recordará que, durante la selección del jurado, la defensa claramente no quiso a la jurado número once, una mujer negra, en la tribuna.
Como yo protesté y el tribunal estuvo de acuerdo conmigo, cambiaron de postura, así que lo que no pudieron lograr entonces lo acaban de conseguir ahora.
Tal vez pensaron eso desde el principio: «Si no podemos conseguir que se anule el juicio, eliminaremos a los jurados que no nos gustan».
—Señoría, protesto enérgicamente —gritó Marcus Mason—. Hace treinta segundos nos estaba dando el beneficio de la duda. Ahora nos acusa de este plan delirante para expulsar a un jurado de la tribuna. Es absurdo e insultante, y protesto.
—No estamos ante el jurado, señor Mason —dijo Ruhlin—. No hay necesidad de protestar. Pero ¿está diciendo que aceptaría que la número once permaneciera en el jurado?
—No, ha quedado contaminada por todo este asunto —dijo Marcus—.
No puede seguir en el jurado. No importa quién haya puesto esto en marcha, no podemos perder de vista el hecho de que un miembro del equipo del demandante cruzó la línea y llamó a la puerta de un miembro del jurado. Eso significa que tiene que irse.
—El hecho de que esto claramente ha sido una trampa significa que debería quedarse —argumenté.
Ruhlin no respondió mientras consideraba los argumentos.
—Se acerca el fin de semana —dijo por fin—. Cuando la jurado número once se encuentre bien, le preguntaré sobre esto. Tendrán mi decisión el lunes por la mañana.
—Señoría, ¿puedo hablar? —pregunté.
—Sea breve —dijo Ruhlin.
—Sigue sin resolverse el problema de que, obviamente, alguien tuvo que seguir a esta jurado hasta su casa para preparar todo esto —expliqué—. Es preocupante. ¿A cuántos jurados más han seguido hasta su casa? ¿A cuántos están vigilando?
—Le aseguro que eso formará parte de la investigación del Servicio de Alguaciles —dijo la jueza—. Pero, señor Haller, esto me recuerda que hace unos minutos ha hecho una declaración alarmante sobre un intento de soborno. Por favor, cuénteme más.
—Victor Wendt, el fundador de Tidalwaiv, vino a verme ayer a mi oficina —dije—.
Fue acompañado de los hermanos Mason, pero insistió en reunirse conmigo en privado en mi despacho mientras ellos esperaban fuera.
Llevaba un maletín y me mostró su contenido.
Dos millones de dólares en efectivo en billetes de cien.
Dijo que eran para mí si convencía a mi clienta de que aceptara la última oferta de acuerdo presentada por la empresa. Le dije que no.
—Señoría, eso no ocurrió —dijo Marcus—. No puede probarlo y lo sabe.
—Bueno, puede que apagaran mis cámaras para que fuera imposible probarlo visualmente —dije—, pero, señoría, la invito a que pregunte a los Mason si acompañaron ayer a su cliente a mi despacho.
Ruhlin miró a los Mason con los ojos entrecerrados. Antes de que ella aceptara mi sugerencia, Marcus tomó la palabra.
—Señoría, es posible que el señor Wendt se reuniera en privado con el abogado de la demandante, pero eso no prueba nada —dijo—.
De hecho, fue allí para pedir personalmente al abogado que reconsiderara la oferta de acuerdo para resolver el caso.
No hubo dinero ni soborno. Eso es pura invención del abogado.
Dejé de lado esa declaración y todo el argumento. Sabía que no llevaría a ninguna parte. Era hora de seguir adelante. Había hecho lo que podía para poner en entredicho las acciones del equipo de la defensa y de su cliente.
La jueza también sabía que era hora de pasar página.
—Caballeros, pueden retirarse —dijo—. Nos veremos el lunes por la mañana a las nueve en punto; entonces les comunicaré mis decisiones. Buenos días.
—Gracias, señoría —contesté.
Los Mason dijeron lo mismo. Mientras salíamos del despacho y nos dirigíamos al pasillo que conducía a la sala del tribunal, permanecimos en silencio. La sensación de incomodidad fue mayor que las veces en que nos habíamos lanzado pullas mientras lo recorríamos.
El secretario de la jueza, al que evidentemente había llamado esta, pasó junto a nosotros en sentido contrario.
Cuando llegamos a la sala, estaba vacía, salvo por Cisco, que estaba sentado en la primera fila de la galería.
Los Mason abrieron la portezuela y pasaron junto a él sin siquiera mirarlo. Yo me detuve frente a él.
—¿Y? —dijo Cisco.
Esperé hasta que la puerta de la sala se cerró detrás de los Mason.
—La jueza va a pedir a los alguaciles que investiguen. Querrán hablar contigo.
—Sin duda —dijo Cisco.
—¿Estás seguro de lo que has dicho, de que el teléfono prepago no es rastreable?
—Averiguarán por qué torres de telefonía móvil pasaron los mensajes, pero eso es lo más cerca que van a llegar. ¿Por qué, Mick?
—Solo por curiosidad.
—Oye, Mick…
—¿Qué?
—Mira, sé lo que hiciste con Bamba en el norte. Lo averigüé. Pero esto… A ver, la jueza podría haberme enviado a la cárcel.
—¿Me estás preguntando si te envié…?
—No, no importa. No quiero saberlo. Es mejor así.
—¿Cómo iba a saber dónde vive esa mujer?
Son ellos, Cisco. Si no son los Mason, entonces es Tidalwaiv y el equipo de Victor Wendt.
Wendt intentó sobornarme ayer. Está desesperado, y esto del jurado…
es una clara muestra de desesperación. Creo que saben que Whittaker va a arruinar su caso y están haciendo todo lo posible para acabar con esto mediante un acuerdo o un juicio nulo.
Cisco asintió con la cabeza, siguiendo la lógica de mis palabras.
—Tienes razón. Olvida lo que he dicho.
—De acuerdo —dije—. Ya puedes irte a casa.
—Espera, ¿qué pasa con la jurado? ¿Se queda o se va?
—Lo sabremos el lunes. Pero creo que la jueza la mantendrá. No parece interesada en hacer ningún favor a los Mason por el momento.
—Eso está bien.
Asentí con la cabeza mientras Cisco se levantaba para marcharse.
—Veremos qué pasa el lunes —dije—. Buen fin de semana. Llámame si surge algo.
—Sí, Mick, lo mismo digo.
Cisco se dirigió a la puerta de la sala. Cuando llegó, se dio la vuelta y vio que yo no me había movido de la barandilla que separaba la galería de las mesas de los abogados y el estrado del juez.
—¿Vienes? —preguntó.
—Ve tú primero —le dije—. Yo me quedo aquí unos minutos.
—Que vaya bien.
—Sí.
Una vez que Cisco se hubo marchado, volví a pasar al otro lado de la portezuela y me detuve frente a la tribuna vacía del jurado.
Era el cuadrilátero donde pelearía el último combate del juicio.
Miré las dos filas de asientos de cuero de la tribuna.
Hubo un tiempo en mi vida en el que creía que ese lugar era sagrado, pero ya nada me lo parecía.
Ni el imperio de la ley ni quienes la practicaban.