Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 42
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A las diez de la mañana del viernes me llevaron a ver a Ali Adebayo a la oficina del fiscal del distrito.

Era el jefe de la Unidad de Integridad de las Condenas, pero en realidad era el único fiscal asignado a ella.

McPherson se dio cuenta poco después de asumir el cargo de que no contaba con el personal necesario para crear adecuadamente la unidad que había prometido instituir.

Encargó un letrero con las siglas UIC, lo puso en la puerta del despacho de Adebayo y asignó a este el trabajo hasta que hubiera presupuesto para más personal.

Adebayo era un fiscal experimentado al que conocía de mi época como abogado penalista. Cuando entré en la oficina, vi que no estaba solo. Su jefa, mi exmujer y actual compañera de piso, estaba esperando con él.

—¿Por qué no me dijiste que ibas a traer esto hoy? —preguntó ella.

—Eh, porque tú eres la fiscal y pensé que era mejor seguir los canales adecuados —respondí—. No quería que te afectara a ti ni al caso.

Me incliné sobre la mesa para estrecharle la mano a Adebayo.

—Ali —dije—, cuánto tiempo sin verte.

—Sí, veo que ahora estás en federal —comentó Adebayo—, peleando con molinos de viento tecnológicos.

—Algo así, pero estamos libres hasta el lunes y este otro caso es urgente.

—Bueno, entonces, cuéntanoslo.

Miré a Maggie y ella asintió. Iba a quedarse en el despacho.

—Bueno, solo he traído una copia —comencé—, pero tengo aquí una petición y los informes médicos y las declaraciones de dos especialistas diferentes que han examinado a la víctima y han revisado su historial clínico.

Pasé el expediente que llevaba por encima del escritorio.

Adebayo lo cogió y lo abrió. Él se quedó la petición, y Maggie, las declaraciones de respaldo y las copias de las radiografías.

Mi móvil vibró. Lo saqué y miré la pantalla.

Reconocí el número del secretario de la jueza Ruhlin. Desvié la llamada al buzón de voz.

—¿Qué es esto? —dijo Maggie—. ¿Estos médicos hicieron estas declaraciones basándose en fotocopias de hace veinte años?

—Los dos aseguraron que las fracturas se veían claramente en las copias —respondí.

—¿Dónde están los originales?

—Eh, parece que han desaparecido. Las copias son de los archivos del tribunal. Después del juicio, permitieron al abogado que se encargó de la apelación llevarse los originales.

—¿Quién era?

—Joel Firestone. No sé si lo conociste. Murió hace unos diez años y alguien vació su despacho y se deshizo de los expedientes de los casos cerrados. Las apelaciones habían agotado su curso.

Maggie negó con la cabeza; luego volvió a mirar los documentos y empezó a leer una de las declaraciones del médico.

Parecía totalmente concentrada en el trabajo, como si yo fuera cualquier abogado que hubiera ido en representación de un convicto.

Yo sabía que ella estaba haciendo lo que debía, pero no pude evitar preguntarme si esa frialdad era un residuo del malestar de la noche anterior, cuando le conté que Victor Wendt había intentado sobornarme y lo que había dicho sobre su seguro y la reconstrucción de su casa.

Le enfurecía que mi caso hubiera resultado en semejante invasión de su vida privada.

Mi teléfono vibró. Lo saqué y vi que era el secretario quien llamaba de nuevo.

—Eh, voy a salir a atender esta llamada —dije—. Estaré en el pasillo. ¿Por qué no seguís leyendo?

Respondí mientras salía.

—Señor Haller, la jueza Ruhlin quiere verlo en su despacho inmediatamente —dijo el secretario.

—Eh, estoy en una reunión en la oficina del fiscal—. ¿Se trata de la jurado con covid? ¿Hay más miembros enfermos?

—No puedo decirle de qué se trata, señor, pero la jueza ha dicho que tiene que venir de inmediato.

—¿Van a venir los Mason?

—Están en camino y usted también debería.

—De acuerdo. Dígale a la jueza que allí estaré.

—Ha pedido que traiga también a su investigador.

—¿Mi investigador? ¿Por qué lo necesita?

—Se lo repito, señor, no puedo discutir esta cuestión con usted. Debe venir y hablar con la jueza.

—De acuerdo, voy para allá.

Colgué y acto seguido llamé a Cisco, pero saltó el buzón de voz.

Le pedí que se reuniera conmigo en el juzgado federal lo antes posible y volví a la oficina de Adebayo.

Él y Maggie se habían intercambiado los documentos.

Ella ahora tenía la petición en sus manos.

Yo no había estado fuera de la sala tanto tiempo como para que Adebayo hubiera leído las nueve páginas con detenimiento.

—¿Solo lo estás hojeando? —le pregunté.

—Estaba echando un vistazo rápido antes de que te fueras —dijo Adebayo—, pero le dedicaré más tiempo.

Asentí, sospechando de sus verdaderas intenciones.

—Bueno, pues tengo que irme. Acabo de recibir una orden urgente del tribunal de distrito.

—Entonces, vete —dijo Maggie—. No queremos retenerte.

—Bueno, si tenéis alguna pregunta, os la responderé —dije—. Es solo que parece que os lo estáis mirando por encima.

—Por ahora no hay preguntas —afirmó Maggie.

Su tono mostraba indiferencia. Esperé a que dijera algo más, pero no añadió nada. Miré a Adebayo.

—¿Qué tal si os llamo después de comer? —pregunté.

—Te llamaremos nosotros una vez que hayamos revisado detenidamente el material —respondió Maggie.

Asentí con la cabeza.

—De acuerdo —dije—. Espero tener noticias vuestras.

Asentí de nuevo y me dirigí a la puerta.

Pensé en el comportamiento de Maggie durante todo el trayecto hasta el juzgado federal, situado a media manzana de distancia.

Me llenaba la cabeza, a pesar de que debería haber estado concentrado en la próxima reunión y en por qué me habían llamado a la sala de la jueza Ruhlin.

El lugar parecía vacío, pero el secretario levantó la cabeza cuando oyó que la puerta se cerraba detrás de mí.

—Están dentro con la jueza —dijo.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Los Mason; acaban de llegar.

—¿Y mi investigador?

—No lo he visto.

—Lo he llamado. Hágalo pasar cuando llegue.

—Descuide, lo haré.

Abrí la puerta del fondo de la sala del tribunal y me dirigí al despacho de la jueza, revisando mi teléfono en busca de mensajes mientras caminaba. La puerta estaba abierta, pero no oí ninguna voz. Llamé con los nudillos al entrar.

—Adelante, señor Haller —dijo la jueza—. ¿Ha venido su investigador?

Ruhlin estaba detrás de su escritorio, con Marcus y Mitchell Mason sentados delante de ella. Me acomodé junto a ellos.

—Aún no ha llegado, señoría —respondí—. Acabo de recibir un mensaje suyo diciendo que está en camino.

—Tengo algo que mostrarle —dijo Ruhlin.

—Claro. ¿Alguna noticia sobre cómo se encuentra nuestra jurado enferma?

—Bueno, he pensado que tal vez usted podría decírnoslo.

Miré a los Mason en busca de alguna pista sobre de qué se trataba. El rostro de Mitchell no delataba nada, mientras que Marcus parecía pagado de sí mismo, como de costumbre.

—No entiendo, señoría —dije—. ¿Por qué iba a saber yo cómo…?

—Veamos el vídeo que ha recibido el tribunal esta mañana, ¿de acuerdo? —interrumpió Ruhlin.

Levanté la mano como para decir: «Adelante».

La jueza tenía un portátil abierto sobre la mesa.

Pulsó una tecla y giró el ordenador hacia los tres letrados sentados frente a ella.

En la pantalla se veía la fachada de una casa pequeña con paredes de estuco blanco y contraventanas verdes.

Podría haber sido una de los miles de casitas construidas en el valle de San Fernando durante los años de bonanza tras la Segunda Guerra Mundial.

El césped estaba bien cortado. Había una marca de tiempo en la esquina inferior del fotograma que indicaba que el vídeo se había grabado a las 18:31 de la tarde anterior.

Todavía había luz natural y la lámpara situada junto a la puerta de la calle no estaba encendida.

La imagen de vídeo temblaba un poco, lo cual indicaba que probablemente se había grabado con una cámara de mano o un teléfono móvil.

—¿Qué estamos viendo? —pregunté.

—Solo mire —dijo Ruhlin—. Usted me lo dirá.

El vídeo estaba en silencio hasta que se oyó alto y claro el rugido de una motocicleta que se acercaba.

Entonces apareció una Harley Panhead con llamas naranjas pintadas en el depósito de gasolina que se detuvo en la acera delantera.

Supe que era Cisco antes de que se quitara el casco.

Lo vi bajarse de la moto y apoyarlo en el depósito de gasolina. Luego cruzó el césped hasta la puerta.

—¿Es ese su investigador? —preguntó Ruhlin.

—Sí —respondí, sin apartar la vista de la pantalla—. Dennis Wojciechowski.

—Parece motero.

—Bueno, a veces esa apariencia ayuda.

—Esta vez no.

El tono de la jueza no dejaba lugar a dudas sobre su enfado. En el vídeo, Cisco pulsó el timbre y esperó brevemente una respuesta antes de volver a llamar y golpear la puerta con tanta fuerza que se oyó en la cámara que grababa desde el otro lado de la calle.

—¿De quién es esa casa? —pregunté—. ¿Y quién está grabando?

La jueza levantó una mano para hacerme callar.

—Basta con que mire —dijo.

La luz situada junto a la entrada se encendió y la puerta se abrió.

Al principio, la gran complexión de Cisco bloqueaba la vista de la persona que había abierto, pero él la miraba desde arriba.

La conversación no podía oírse, pero Cisco comenzó a gesticular con las dos manos, en un momento dado levantándolas con las palmas hacia arriba. Parecía un gesto de disculpa.

Luego dio un paso atrás, dejando al descubierto a la mujer que había abierto la puerta.

Era negra y llevaba un pañuelo en la cabeza que le ocultaba el cabello.

Llevaba una bata abierta sobre una camiseta rosa y unos pantalones de chándal azules holgados.

Cerró la puerta cuando Cisco se volvió, pero antes reconocí su rostro claramente.

Era la jurado número once.

La jueza me miró con el ceño fruncido. El vídeo dejaba claro que mi investigador había infringido una regla fundamental de la jurisprudencia: había intentado ponerse en contacto con un jurado en medio de un juicio.

No había excusa para tal acto. Me di cuenta de que los dos Mason se habían vuelto hacia a mí con indignación en el rostro.

—Señor Haller, ¿sabe quién es la persona que aparece en la pantalla con su investigador? —preguntó la jueza.

—Sí —respondí—. La jurado número once. La que tiene covid.

—¿Conoce alguna razón válida para que el señor Woja…, el hombre al que usted llama Cisco, fuera a la casa de un miembro del jurado?

—Por el momento no, señoría, pero estoy seguro de que hay una explicación.

—Más vale que la haya o irá a la cárcel, y usted podría acompañarlo. Se trata de una grave violación de la protección y la inviolabilidad del sistema de jurados.

—No estoy en desacuerdo, señoría, pero ¿puedo preguntar de dónde proviene este vídeo?

—Se lo han enviado de forma anónima a mi secretario esta mañana.

Levanté las manos e inmediatamente me di cuenta de que estaba haciendo el mismo gesto que Cisco había hecho en la puerta de la casa de la jurado número once.

—¿Anónimo, señoría? —dije—. Es obvio que proviene de ellos.

Señalé a los Mason.

—El tribunal fue claro cuando dijo a principios de esta semana que no se toleraría la vigilancia ni la intimidación de las partes de este juicio —continué—, pero ellos han desobedecido esa orden y han espiado a mi equipo, y ahora están enviando vídeos anónimos al tribunal.

Marcus Mason negó con la cabeza mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.

—En primer lugar, esto no proviene de nosotros —dijo—. Y, en segundo lugar, es realmente ridículo. Sorprenden a su investigador cruzando una línea que nadie debería cruzar jamás, ¿y quiere culpar a quien lo ha pillado haciéndolo? Señoría, creía que el señor Haller ya no podía caer más bajo.

Negué con la cabeza con vehemencia.

—No, el que cayó bajo fue su jefe cuando vino ayer a mi oficina e intentó sobornarme con un maletín lleno de dinero en efectivo —dije—. Y esto…

—Eso nunca ha ocurrido —replicó Marcus.

—Usted no lo sabe porque no estaba en mi despacho —repuse—, pero me negué a aceptar su dinero, así que esto lo ha preparado él.

Señalé la pantalla.

—¿Cómo? —dijo Marcus—. ¿Cómo lo ha hecho?

—Buena pregunta, señor Haller —añadió Ruhlin.

La tensión en la sala era palpable. La jueza estaba enfadada. Los Mason estaban enfadados. Tenía que asegurarme de que la situación no terminara en un juicio nulo.

—Señoría, aún no lo sé —dije con la mayor calma posible—, pero esto es una trampa. Quienquiera que estuviera sosteniendo esa cámara, ya estaba en su sitio cuando llegó mi investigador. Eso queda claro en el vídeo. Estaban esperando y escondidos. ¿Por qué?

La lógica de lo que dije pareció impactar a todos los presentes en la sala, que se dieron cuenta de que mi observación era correcta.

—Otra buena pregunta —dijo la jueza, dirigiendo la mirada hacia los Mason—. Espero sinceramente que lo que el señor Haller está sugiriendo no sea cierto.

—Señoría, repito que nosotros no tenemos nada que ver con esto —dijo Marcus—. Se lo prometo.

—¿Puede prometer que Victor Wendt tampoco tiene nada que ver? —pregunté.

El silencio que siguió fue interrumpido por el zumbido del teléfono de la mesa de la jueza. Ella respondió y luego dijo:

—Pida a un alguacil que lo haga pasar. —Colgó y me miró—. Su investigador está aquí. Puedo asegurarle, señor Haller, que, si dice algo incorrecto, irá a la cárcel.