Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 41 #2
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Antes de empezar a esbozar y redactar la petición de habeas corpus de David Snow, entré en la página web del hospital penitenciario de Stockton y me registré como abogado del recluso Snow.

Eso me permitiría acceder sin restricciones a mi cliente, tanto en persona como por teléfono.

A continuación, pasé las dos horas siguientes redactando el resumen de las pruebas y los argumentos jurídicos que esperaba entregar a alguien de la UIC, la Unidad de Integridad de las Condenas.

Poco después de salir elegida, Maggie McPherson había creado la unidad para cumplir una promesa electoral, y ahora yo la pondría a prueba con el caso Snow.

Había terminado de escribir y estaba revisando y editando el documento de nueve páginas cuando Lorna entró en mi oficina con los ojos muy abiertos.

—Tenemos visita —dijo.

—¿Quién? —pregunté.

—Los Mason están aquí. Con Victor Wendt.

Se refería al multimillonario inversor tecnológico que estaba detrás de Tidalwaiv.

Llevaba décadas siendo un pez gordo en Silicon Valley y se decía que había amasado su fortuna gracias a sus primeras inversiones en Apple.

Me levanté y seguí a Lorna hasta la zona principal del almacén, donde vi a los gemelos Mason uno a cada lado de Wendt.

Detrás de ellos había dos hombres corpulentos vestidos con traje negro: sus guardaespaldas.

Cisco aún no se había marchado y estaba de pie junto a ellos, aparentemente escrutándolos; un hombre con un historial de violencia evaluando a otros dos iguales.

Mitchell Mason hizo las presentaciones y yo le estreché la mano a Wendt.

Era alto, delgado y no vestía como solían hacerlo los aspirantes a multimillonarios tecnológicos.

Iba todo de negro, lo que complementaba muy bien con el cabello gris acero peinado hacia atrás y un rostro profundamente bronceado.

Llevaba un maletín negro Zero Halliburton en la mano izquierda.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor Wendt? —le pregunté.

—Me gustaría disponer de diez minutos de su tiempo —respondió.

—Por supuesto, sígame.

Los cuatro nos dirigimos hacia mi oficina. Wendt se detuvo para mirar la jaula al pasar.

—Una jaula de Faraday —dijo—. Muy inteligente.

Asentí con la cabeza.

—Gracias.

Entré primero en la oficina. Wendt me siguió y empezó a cerrar la puerta, dejando a los Mason fuera.

—Señor, creo que debemos estar en la sala para oír lo que se dice —dijo Mitchell.

—No, no es necesario —respondió Wendt con desdén.

Cerró la puerta ante la cara enrojecida de Mitchell. Luego se volvió hacia mí. Señalé la silla frente al escritorio mientras me acercaba a mi propio asiento.

—Bueno…, ¿qué lo trae por aquí, señor Wendt? —le pregunté.

—Sabe quién soy, ¿verdad? —dijo él mientras se sentaba.

—Claro que lo sé. Investigué a fondo antes de demandar a su empresa. Estoy seguro de que sus abogados le dijeron que intenté demandarlo personalmente, pero la jueza no lo permitió.

—Sí, algo he oído. Dígame, señor Haller, ¿esa investigación a fondo reveló por qué llamé a la empresa Tidalwaiv?

—No. Pensé que era obvio.

—Esta tecnología, señor Haller, pronto arrasará nuestro mundo como un maremoto. Es algo que ni un abogado ni un jurado podrán detener.

—No lo dudo, pero no estoy intentando detener ese maremoto. Solo estoy tratando de hacer que la tecnología sea más segura.

—¿Qué es lo que realmente quiere, señor Haller?

—Sus abogados saben lo que quiero. Lo que quiere mi clienta. Quiere recuperar a su hija, pero ustedes no pueden dársela. Por eso quiere que se rindan cuentas en público y una disculpa.

—Esa mujer se está colocando delante de la ola. Tiene que apartarse antes de que sea demasiado tarde.

—¿Es una amenaza?

—Es un hecho.

—¿Es eso lo que le diría al jurado si lo llamara como testigo?

Wendt no respondió. Se limitó a mirarme con lo que parecía una mezcla de sorpresa y decepción en las pupilas.

Entonces cogió el maletín y lo colocó en un rincón despejado del escritorio.

Retiró los cierres, abrió el maletín y luego lo giró para que yo viera el contenido: estaba lleno de fajos de billetes de cien dólares.

El papel que envolvía cada fajo decía « 25 000 $ ».

Había dos filas de ocho y me bastó un rápido cálculo para saber que había cuatrocientos mil dólares. Pero era un maletín grueso.

—Son pilas de cinco fajos —dijo Wendt.

Dos millones. En efectivo.

—Estoy seguro de que sus abogados le han dicho que mi clienta ha rechazado veinticinco veces lo que tiene usted ahí —dije.

—Por supuesto que sí —dijo Wendt—. Esto no es para su clienta. Es para usted. Haga que ella acepte los cincuenta millones.

—Así que es un soborno. ¿Se da cuenta de que tengo una cámara grabando toda esta reunión?

La señalé, en la esquina del techo, detrás de él.

Wendt no se volvió para confirmar su existencia, sino que sonrió como si estuviera tratando con un niño.

—Sus cámaras no mostrarán ninguna prueba de que yo haya estado aquí —dijo—. Esto es entre usted y yo, señor Haller.

—No quiero su dinero hasta que una jueza y un jurado lo obliguen a pagarlo —repliqué.

—¿Está seguro de eso? Tengo entendido que su exmujer tenía un seguro insuficiente para su casa en Altadena y que el poco dinero que le deben por la reconstrucción puede tardar bastante en llegar. Usted podría ayudarla a acelerar las cosas con esto.

Señaló los billetes. Lo miré en silencio un buen rato, tratando de contener mi ira.

—¿Ha volado hasta aquí en su Gulfstream solo para sobornarme? —le pregunté finalmente.

Wendt no dijo nada.

—Siento haberle hecho malgastar todo ese combustible —dije—, pero tengo que volver al trabajo, señor Wendt. Coja su dinero, a sus abogados y a sus guardaespaldas, y lárguese de aquí.

Vi que un rubor rojo oscuro se apoderaba de su rostro bronceado. Estaba enfadado y avergonzado por su fracaso. Supuse que no debía de ocurrirle muy a menudo. Cerró el maletín mientras se levantaba. Caminó hacia la puerta y luego se volvió hacia mí.

—Nunca pagaré a esa mujer —dijo—. Aunque perdamos el caso, lo alargaré con apelaciones eternamente. Nunca recibirá ni un centavo de mí, y usted tampoco. Voy a dejarlo en la estacada, señor Haller.

Por alguna razón, asentí con la cabeza.

—Ya lo veremos —dije.

Salió, dejando la puerta abierta y a mí avergonzado por mi débil respuesta.

«Ya lo veremos». Era una réplica patética.

Pero esos pensamientos rápidamente fueron desplazados por la indignación que me provocó la maniobra que acababa de hacer Wendt: entrar en mi despacho con un saco de dinero, pensando que podía comprar su salida del caso.

En ese momento juré que sería Wendt quien se quedaría en la estacada.

Por el sonido de sus zapatos sobre el suelo de hormigón pulido del garaje, me di cuenta de que Wendt caminaba deprisa, con su séquito detrás. Oí a Mitchell Mason preguntar cómo había ido en la oficina. No obtuvo respuesta.

Después de que se marcharan, Lorna se apresuró a volver.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Nada —respondí—. Me ha ofrecido dos millones en efectivo para convencer a Brenda de que llegue a un acuerdo.

—¿Y le has dicho que ni hablar?

—Algo así. ¿Puedes reiniciar las cámaras?

—¿Qué les pasa?

—Creo que las desactivó antes de venir aquí.

—Joder, ¿pueden hacer eso?

—Parece que pueden hacer cualquier cosa…, menos detenernos a mí y a este caso.