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Los Mason no procedieron con el contrainterrogatorio de Michael Spindler, pero se reservaron el derecho de volver a llamarlo al estrado durante el turno de la defensa.
Me sorprendió, porque pensaba que el testimonio directo había sido lo suficientemente perjudicial como para justificar una respuesta inmediata.
Tal vez necesitaban más tiempo para encontrar una forma de atacarlo y arruinar su credibilidad.
En cualquier caso, la sesión del tribunal terminó temprano, cuando le dije a la jueza Ruhlin que me había sorprendido la decisión de la defensa y que mi siguiente testigo, Nathan Whittaker, no estaba en el juzgado.
—Señor Haller, espero que en el futuro tenga listo a su siguiente testigo, independientemente de las decisiones que tome la parte contraria —dijo—. ¿Queda claro?
—Sí, señoría —respondí.
—Muy bien. En ese caso, se levanta la sesión hasta mañana a las nueve. Por favor, tenga listo a su testigo.
—Sí, señoría.
No me importó que la jueza me reprendiera delante del jurado. Tenía la sensación de que estaban contentos de poder marcharse antes. Había sido un día de testimonios complejos y les vendría bien adelantarse en las autovías que salen del centro de la ciudad.
La jornada había sido buena. Sentía que el caso estaba cobrando impulso y que al jurado le aguardaba un gran final con el testimonio de Whittaker.
Pero, después de que los miembros se retiraran, la jueza llamó a los abogados a su despacho y me recordó que mi buen día también incluía una acusación de desacato al tribunal.
En el despacho, Ruhlin nos dijo que no nos molestáramos en ocupar nuestros asientos habituales.
—Será rápido —dijo—, pero no he considerado necesario discutirlo en audiencia pública.
Señor Haller, mantendré la orden de desacato en suspenso hasta la finalización del juicio.
Espero que eso ayude a que tanto usted como sus testigos se comporten de acuerdo con el protocolo judicial y el respeto.
Eso significaba que mi castigo pendería sobre mi cabeza como una espada de Damocles hasta que se dictara el veredicto, y yo sabía que la jueza multiplicaría la pena si me desviaba de la línea durante el proceso.
—Señoría, prefiero afrontar las consecuencias ahora —dije—, y no que quede pendiente.
—Bueno, no es así como he decidido manejarlo. ¿Alguna otra pregunta?
—Eh, no.
—Muy bien. Pueden retirarse hasta mañana a las nueve. Buenas tardes.
Una hora después llegué a mi casa, vacía, y fui directamente al despacho del fondo para esbozar mi interrogatorio a Whittaker, que esperaba que fuera decisivo para el caso.
Mientras escribía las preguntas en un bloc de notas nuevo, era consciente de que los hermanos Mason probablemente se estaban reuniendo con el programador de Tidalwaiv al mismo tiempo y preparándolo para algunas de esas mismas preguntas.
Pero confiaba en que, en última instancia, no estuvieran al corriente de lo que yo sabía gracias a la investigación de Jack McEvoy.
Maggie llegó tarde, pero, para mi sorpresa, no fue porque hubiera ido a Altadena de camino a casa, sino porque había tomado unas copas después del trabajo en el Redbird con algunos de sus fiscales de confianza y luego se había pasado por Koi para comprar sushi y bacalao negro marinado en miso para que lo compartiéramos.
Fue una noche tranquila, sin televisión ni interrupciones, hasta que mi teléfono sonó cuando recibí un mensaje de correo del secretario de la jueza en el que se ordenaba a todos los abogados del caso Tidalwaiv que se presentaran a una reunión en el despacho de Ruhlin a las ocho de la mañana siguiente.
No había ninguna explicación sobre la convocatoria, pero no pintaba nada bien.
Después de una noche casi en vela, me presenté en la sala del tribunal a la hora señalada con los hermanos Mason, que afirmaron desconocer el motivo de la reunión. Finalmente, pasados diez minutos de la hora, el secretario de Ruhlin nos dijo que la jueza estaba lista para recibirnos.
Estaba sentada detrás de su escritorio y nosotros ocupamos nuestras sillas habituales. La toga negra de Ruhlin estaba colgada en un perchero, en la esquina de detrás de su escritorio.
—Caballeros, tenemos un problema —dijo—. Anoche, una persona del jurado se puso en contacto con el tribunal y nos informó de que había dado positivo en covid.
La información hizo que me moviera hacia el borde de mi asiento y me inclinara hacia la jueza.
—Se hizo una prueba de farmacia en casa —continuó Ruhlin—.
Le dije que fuera a la clínica de urgencias más cercana para hacerse otra y obtener un diagnóstico seguro.
Lo hizo y se confirmó. Le recetaron un antiviral y la enviaron a casa.
Parece un caso leve, al menos hasta ahora, y debería estar bien, pero hay que ver qué pasa con el juicio.
—Creo que, basándonos en esta información y en la moción que ya se ha presentado ante el tribunal, tenemos un juicio nulo —dijo Marcus Mason.
—Eso es una locura —argumenté rápidamente—. Podemos prescindir de un miembro del jurado. No necesitamos doce para terminar, y este asunto no tiene nada que ver con la moción de mierda de ayer para anular el juicio.
—Disculpen —dijo Ruhlin—, y modere su lenguaje ante el tribunal, señor Haller, pero ambos están pasando por alto lo más importante.
Esta mujer estuvo en la tribuna del jurado todo el día de ayer y dio positivo anoche.
Es muy probable que haya expuesto a todo el jurado.
Podríamos tener varios miembros enfermos al final de la semana.
Sabía que, si eso ocurría, nos encaminaríamos hacia un juicio nulo.
Sería un desastre. Los Mason habían visto mis cartas, salvo la de mi último testigo.
La anulación del juicio les permitiría prepararse y estar listos para lo que se avecinaba.
Para ellos, sería como hacer un examen final con la lista de respuestas en la mano.
Sabía que tenía que evitarlo.
—¿Qué miembro está enfermo? —pregunté.
—La número once —respondió la jueza.
La escenógrafa por la que había luchado para que permaneciera en el jurado. Una de mis mejores elecciones. Perderla supondría un duro golpe, pero un juicio nulo sería más devastador y probablemente conduciría a un acuerdo discreto para el caso.
—¿Alguna sugerencia? —inquirió Ruhlin.
—La única opción es un juicio nulo —dijo Marcus.
—Señoría, sigue pidiendo la anulación del juicio porque sabe que lo va a perder —dije.
—Entonces, ¿qué sugiere, señor Haller? —preguntó Ruhlin.
—Creo que el periodo medio de incubación desde la exposición hasta la aparición de los síntomas es de cinco días —dije—. ¿Por qué no hacemos un receso hasta el lunes y vemos si algún otro miembro del jurado se ha puesto enfermo antes de que el tribunal tome una decisión?
—Podrían ser de más de cinco días —dijo Marcus.
—Quizá, pero no lo sabremos hasta el lunes —contesté rápidamente—. ¿Se ha informado a los demás miembros del jurado sobre la situación de la número once?
—Solo saben que, debido a la enfermedad de un miembro del jurado, hoy se suspende la sesión —dijo Ruhlin—. Claro está, haré un seguimiento y les diré cuál es la situación y que deben hacerse la prueba. ¿Algo más, caballeros?
—Si la jurado empezó a mostrar síntomas anoche, podría haber estado expuesta antes de que comenzara el juicio —dije—. O mientras estaba en el grupo de miembros la semana pasada. Eso no significa que el resto del jurado haya estado expuesto.
—Claro que sí —repuso Marcus.
—Bueno, no importa —dijo Ruhlin—. El lunes tendremos una idea más clara.
Voy a seguir la sugerencia del señor Haller y no tomaré ninguna decisión hasta entonces.
Se aplaza la sesión hasta la semana que viene y mi secretario mantendrá informadas a todas las partes de cualquier novedad.
Gracias por venir tan temprano, caballeros.
Salimos en fila india, como de costumbre, pero, una vez en el pasillo que conducía a la sala del tribunal, Marcus Mason aminoró el paso y se volvió para mirarme.
—Sabes cómo podemos evitar todo esto —dijo.
—Y tú también —respondí—. En la escalinata del edificio, con todos los medios de comunicación invitados. Responsabilidad, acción y disculpa. Delante de las cámaras.
—Eso no va a pasar.
—Lo sé, por eso volveremos aquí el lunes.
—Tienes mucha fe.
—Claro que sí.
Después de salir del juzgado, me dirigí al almacén, donde me reuní con mi equipo en la jaula. Les expliqué que estábamos en compás de espera hasta saber si el juicio iba a continuar.
—Entonces, ¿nos vamos todos a Cabo hasta el lunes? —preguntó Cisco.
—Quiero que Jack siga con Whittaker —dije—. Por ahora solo tenemos mucho humo, pero donde hay humo hay fuego. Encontrad las llamas. Las necesitamos.
—Seguiré con ello —dijo McEvoy.
—Seguid todos trabajando en ello —dije—. Cisco, quizá deberías ir al norte para averiguar todo lo que puedas sobre Whittaker. Con quién se junta, adónde va, qué come. Necesito saber lo máximo posible sobre él antes de que suba al estrado.
—De acuerdo —dijo Cisco.
—¿Y yo qué? —preguntó Lorna.
—Hoy voy a trabajar en la petición de Snow —dije—. Lorna, a ver si puedes conseguirme una cita mañana con la UIC.
—Vale, pero puede que sea más fácil conseguirla a través de Maggie —dijo Lorna.
—Quizá, pero no quiero hacerlo así —respondí.
Esperé alguna réplica o algún comentario. No hubo ninguno.
—De acuerdo, en marcha —dije—. Estaré en mi despacho.