38 #2
—¿Puede contárselo al jurado?
Porreca se volvió hacia los miembros para responder. A mí me pareció una voz autorizada y convincente. Todos posaron los ojos en ella.
—Empecé a recibir casos en los que los jóvenes, adolescentes, se estaban volviendo adictos a amigos virtuales —dijo—.
Veía situaciones similares a las de pacientes que se enfrentaban a problemas de adicción y depresión relacionados con las redes sociales.
En estos nuevos casos, la respuesta de los iguales se sustituye por la del amigo de IA.
Se crean profundas conexiones emocionales con esas entidades.
En algunas ocasiones, incluso vínculos románticos.
—¿Cómo se sustituye la respuesta de los iguales? —pregunté.
—Es una caja de resonancia de apoyo y aprobación.
Como he dicho, la aceptación de tus iguales es un componente muy importante en la adolescencia, y de ella aprendemos capacidades sociales y a manejar las relaciones interpersonales.
Con un chatbot o un amigo virtual, tienes una entidad que ofrece aprobación a tiempo completo, y eso puede volverse muy adictivo, sobre todo si el individuo no la obtiene de sus semejantes y sus padres.
—¿Y los niños no entienden que esa aprobación no es real? ¿Que es una fantasía digital?
—En cierto nivel, creo que sí, pero esta generación ha crecido en un entorno digital.
Muchos de ellos han estado solos en su habitación con el móvil y el ordenador durante años, de manera que la frontera entre la realidad y la fantasía es difusa.
Viven una vida plena en internet. Y estos amigos de IA los apoyan y satisfacen sus anhelos de ser aceptados. Es esa afirmación la que crea adicción.
—Entonces, ¿está diciendo que un joven puede enamorarse de una amiga virtual?
Mitchell Mason protestó.
—Invita a la especulación —dijo.
La jueza me cedió la palabra para que argumentara.
—Señoría, la testigo es una experta reconocida en su campo —dije—.
El señor Mason no ha protestado cuando ella ha enumerado sus credenciales académicas y profesionales.
La doctora Porreca ha diagnosticado y tratado a decenas de jóvenes por adicciones digitales, entre ellas a los amigos virtuales.
Ha publicado numerosos artículos sobre estos temas en el Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry.
Está altamente cualificada y sus respuestas se basarán en la ciencia y la experiencia, no en especulaciones.
—Gracias, señor Haller —dijo Ruhlin—. Estoy de acuerdo. La testigo puede responder a la pregunta.
—Gracias, señoría —contesté—. Doctora Porreca, ¿puede un joven, un adolescente, enamorarse de un chatbot de IA?
—La respuesta es sí —dijo ella; luego, volviéndose hacia el jurado, añadió—: ¿Qué es el amor sino una afirmación mutua?
La afirmación se expresa en términos físicos en las relaciones sanas, pero una relación no tiene por qué ser física para ser real.
Para los niños que he tratado, y, por cierto, son centenares, no decenas, estas relaciones en línea son muy reales.
—Y, sin embargo, no están en el mundo real. Lo ha llamado «caja de resonancia», ¿no?
—La IA es tal y como se describe: artificial. Es un algoritmo informático. La afirmación que da es un código, un conjunto de datos de respuestas basadas en su entrenamiento. Le dice al ser humano lo que su entrenamiento indica que esa persona necesita y quiere oír. Y por eso es tan adictiva.
Bajé la vista hacia mi bloc de notas y hojeé las páginas. Había cubierto todo salvo el gran final. Volví a mirar a mi testigo.
—Veamos, doctora —dije—, tuvo ocasión de revisar las transcripciones de los largos registros de chat entre Aaron Colton y la amiga de IA a la que llamaba Wren, ¿verdad?
—Sí, así es —contestó Porreca.
—¿Llegó a alguna conclusión profesional sobre si Aaron mostraba señales de adicción a la aplicación Clair?
—Para mí estaba muy claro que no solo era adicto, sino que estaba enamorado de Wren. Compartía pensamientos íntimos, elogiaba su belleza y su comprensión. Prometió no abandonarla nunca y juró hacer todo lo que ella le pidiera.
—¿Y Wren le respondía de manera similar?
—Sí. Ella le proporcionaba consuelo y comprensión. No puedo decir que le correspondiera, porque Wren no era real, sino una máquina. Su amor era artificial.
—Wren era una máquina que le decía lo que él quería oír.
—Exactamente.
—Entonces, cuando le dijo a Aaron que estaba bien matar a Becca Rand…
Esta vez fue Marcus Mason quien se levantó y protestó antes de que yo formulara la pregunta.
—Supone hechos que no constan en las pruebas, señoría —dijo.
La jueza me miró.
—Señor Haller, corresponderá al jurado decidir el significado o la intención de lo que se dijo. Reformule su pregunta o pase a la siguiente.
—Gracias, señoría —dije.
Me tomé un buen rato para pensar en cómo colar la cuestión a través de aquella urdimbre legal. La única manera era apostar por lo que diría Debbie.
—Doctora Porreca —dije por fin—, cuando Wren le dijo a Aaron que se deshiciera de ella, ¿le estaba diciendo lo que él quería oír? ¿Es esa su opinión como experta?
—Basándome en el entrenamiento de Wren, que, como debe recordar, incluía meses de diálogo con Aaron, mi respuesta es que sí, le estaba diciendo lo que él quería oír.
—En su opinión como experta, ¿Wren le estaba diciendo a Aaron que la matara?
—Mi opinión es que ella le estaba diciendo que la eliminara de su vida. La interpretación de Aaron lo llevó a actuar del modo en que lo hizo.
Asentí con la cabeza. Sentí que era lo mejor que podía conseguir.
—Gracias, doctora —dije—. No tengo más preguntas.