Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 39
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Después de que los hermanos Mason deliberaran en susurros durante unos momentos, Mitchell se acercó al atril para encargarse del contrainterrogatorio.

No había mucho que pudiera hacer, ya que los recursos contra la experiencia y la opinión de Porreca habían fracasado en las mociones previas al juicio, así como sus protestas a mi interrogatorio directo.

Por tanto, recurrió a una tradición muy arraigada: si no puedes cargarte el mensaje, cárgate al mensajero.

Había advertido a mi testigo de esta estrategia y ella estaba preparada.

Mitchell comenzó con fuerza.

—Veamos, señora Porreca, ¿no es cierto que, en la actualidad, usted se gana la vida esencialmente como testigo profesional remunerada? —preguntó.

Pero la doctora fue más fuerte.

—No, no es cierto en absoluto —respondió Porreca—. Ni mucho menos. Tengo una próspera consulta en Florida. Y prefiero que me llamen «doctora». Tengo un título en Medicina.

—Por supuesto, doctora —dijo Mason—. Mis disculpas. ¿Puede decirle al jurado cuánto le pagan por ser testigo de la parte demandante hoy?

—Bueno, técnicamente, no me pagan por ser testigo, pero me dieron cinco mil dólares por revisar los materiales de este caso, sobre todo las transcripciones de las conversaciones entre Aaron Colton y su amiga de IA, Wren.

Cuando acepté testificar sobre mis hallazgos y conclusiones, el señor Haller se hizo cargo de mis gastos de viaje.

—¿Y cuánto tiempo le llevó realizar esa revisión?

—Aproximadamente un día para revisar y medio más para redactar un informe con mi opinión.

—Bueno, cinco mil dólares deben de ser más de lo que gana en un día y medio atendiendo pacientes en Tampa.

Dijo «Tampa» en un tono que daba a entender que se trataba de un cenagal remoto de Florida.

—La verdad es que no —respondió Porreca—.

No si tiene en cuenta el tiempo perdido en venir aquí para estar lista cuando me llamaran a testificar.

Y para responder a sus numerosas preguntas, señor Mason, en una declaración escrita.

Vine ayer en avión y hoy estoy aquí, de manera que he perdido varios días de trabajo, por no hablar de la necesidad de posponer las citas con los pacientes que están en terapia, los cuales pagan, debo añadir.

—¿Le han prometido, por contrato o de otro modo, algún pago adicional si la demandante en este caso tiene éxito en el juicio? —preguntó Mitchell.

—No, en absoluto. Y no aceptaría ningún pago adicional. Esa no es, ni mucho menos, la razón por la que acepto examinar casos como este.

Mason se quedó en silencio, al darse cuenta de que no podía hacer la pregunta obvia que seguía a esa, pero sabiendo que yo la haría si él no lo hacía. Decidió retirarse mientras iba perdiendo.

—No hay más preguntas —dijo.

—Señor Haller, ¿quiere volver a interrogar? —Ruhlin ya sabía la respuesta.

—Gracias, señoría, sí —contesté mientras volvía al atril—. Doctora Porreca, ¿le importaría decirnos cuál es la razón por la que aceptó examinar este caso?

—No me importa —repuso ella—. Es porque mi vida profesional consiste en ayudar a menores, y ellos son muy vulnerables a la adicción a todo tipo de programas y plataformas en línea, incluidos los que utilizan inteligencia artificial.

La verdad es que pierdo dinero haciendo esto, pero la cuestión no es esa.

Se trata de los niños. Con mis pacientes, solo puedo ayudar a una persona cada vez.

Un caso como este puede ayudar a padres e hijos a una escala mucho mayor.

Bajé la mirada hacia el atril y fingí leer mis notas. No había traído mi bloc, porque no lo necesitaba, pero quería ganar tiempo para que esa respuesta calara hondo en la mente de los doce miembros del jurado.

—Doctora —arranqué finalmente—, durante el contrainterrogatorio, ha dicho «casos como este». ¿Hay otros casos que…

—¡Protesto! —exclamó Mitchell Mason.

—… que acabaron en violencia? —terminé.

—Muchos —dijo Porreca.

—¡Deténgase ahí! —bramó Ruhlin—. La testigo tiene instrucciones de dejar de hablar cuando hay una protesta.

—Sí, señoría —respondió Porreca, debidamente intimidada por el tono de la jueza—. Lo siento.

La protesta de Mason se basaba en una resolución previa al juicio de Ruhlin, según la cual no se admitirían como prueba otros casos de IA de naturaleza similar, ya que no serían imparciales.

La jueza llamó a los abogados al estrado.

Esta vez, incluso encendió un dispositivo de ruido blanco para ocultar lo que sabía que serían unos susurros airados.

—Señor Haller, le advertí que no introdujera otros casos —dijo Ruhlin—. Y tengo claro que ha desobedecido deliberadamente mi orden. La pregunta y la respuesta parecían ensayadas y parte de un plan para eludir mi resolución. Lo acuso de desacato a este tribunal.

—Señoría, ¿puedo hablar? —pregunté.

—Estoy deseando escuchar lo que tiene que decir.

—Cuando la testigo dijo que había otros casos como este, ni el abogado defensor ni el tribunal protestaron. Entendí que eso significaba que se permitiría una pregunta de seguimiento.

—A mí me ha parecido muy ensayado. Claramente, estaba subvirtiendo la decisión del tribunal.

—Le aseguro que no es así, señoría. Ha sido una respuesta automática al testimonio de la testigo.

—Discutiremos esto y la sanción después de que se retire el jurado hoy. Ahora, retroceda.

Volví al atril y los Mason tomaron asiento. La jueza ordenó al jurado que no tuviera en cuenta la última declaración de la testigo y luego me pidió que continuara.

—Con cautela, señor Haller —dijo.

Le había sacado todo lo posible a la doctora Debbie.

Decidí retirarme mientras llevaba ventaja y no desviar la atención de los muchos puntos positivos que acababa de anotarme, incluida la mención de otros casos.

Esa respuesta había sido eliminada del acta, pero no de la memoria de los miembros del jurado.

—Gracias, doctora Porreca —dije—. No hay más preguntas.

Cuando Mitchell Mason dijo sabiamente que no llevaría a cabo un nuevo contrainterrogatorio, la jueza despidió a la doctora Debbie y me dijo que llamara a mi siguiente testigo.

Le pregunté si podíamos tomar el descanso de la tarde antes de llamar al próximo, y ella accedió.

La sala se vació mientras yo me dirigía a la barandilla para consultar con Lorna y Cisco.

—¿Qué ha pasado ahí arriba? —preguntó ella.

—Me ha acusado de desacato —respondí—. Habrá una vista después de que el jurado se vaya a casa.

—Ah, fantástico —dijo Lorna—. ¿Te va a meter en el calabozo?

—Lo dudo mucho —respondí—. Es un tribunal civil. Encontrará otra forma de castigarme.

—Más vale que no sea una multa —dijo ella—. No tenemos previsión de ingresos.

—Deja que me preocupe yo de eso —contesté—. ¿Está listo Spindler?

—Está listo —confirmó Cisco—, esperando en la sala de abogados.

—Bien —dije—. Puedes traerlo.

Cisco se marchó y yo miré a Lorna.

—Lorna, ¿te encargas de que la doctora Debbie vuelva a su hotel y luego coja el próximo avión a Tampa?

—Por supuesto.

—Y que sea en primera clase.

—Mickey, no tenemos…

—Se lo merece. Se ha ganado a los miembros del jurado.

Por encima del hombro de Lorna, vi que Cisco caminaba hacia la puerta de la sala del tribunal. Entonces me fijé en que Cassandra Snow estaba en su silla de ruedas detrás de la última fila de la galería.

—¿Te quedas aquí? —preguntó Lorna—. ¿No vas al baño?

—No, me quedo —respondí.

—Bueno, dales duro.

—Ese es el plan.

Lorna salió y yo pasé al otro lado de la puerta baja y recorrí el pasillo para hablar con Cassie Snow.

—Déjame adivinar —dije—. ¿Salida lectiva?

—No, solo me he pasado para ver cómo iba —respondió—. He estado leyendo artículos sobre el juicio.

—Espero que hayan sido benevolentes conmigo y con mi caso. No he tenido oportunidad de leerlos.

—Lo he seguido en los medios mucho tiempo y me di cuenta de que nunca lo había visto en directo en una sala.

—Bueno… Seguro que es decepcionante.

—En absoluto.

Asentí con la cabeza en señal de agradecimiento. No sabía qué más decir y tenía que volver a la mesa para repasar mis notas antes de interrogar al profesor Spindler.

—¿Acaba de meterse en un buen lío con la jueza? —preguntó.

—Puede ser —respondí—. Ya veremos. ¿Cómo está tu padre?

—Hablamos ayer. Le dije que estaba ocupándose del caso.

—Sí, bueno. Como ya ves, los juicios son absorbentes, pero estamos preparando un paquete de habeas corpus para que lo revise la oficina del fiscal del distrito. Ya está en marcha.

—Creía que el habeas corpus era federal.

—Es federal y estatal, pero puede llevar meses, incluso años, llegar a la lista de casos pendientes en cualquiera de los dos tribunales.

No tenemos tanto tiempo. Mi plan es acudir primero a la fiscalía y tratar de convencerlos de este error judicial.

Si se suman a la causa, acudiremos a un juez del tribunal superior y solicitaremos que se anule la condena o que se dicte una nueva sentencia que conduzca a la excarcelación.

Creo que será la forma más rápida de proceder.

—Puedo decirle ahora mismo que, si eso implica que mi padre admita su culpabilidad, no lo hará. Nunca admitirá algo que no ha hecho.

—Lo entiendo. Lo sé desde el principio y no forma parte del plan. No tienes que preocuparte por eso.

—¿Tengo que preocuparme por la fiscal? ¿No es su exmujer?

—Sí, así es, pero nos llevamos bien. Criamos juntos a una hija y estamos en sintonía.

No sé si lo has visto, pero parte de su programa electoral durante las elecciones especiales era el compromiso de revisar casos como este para restaurar la confianza en el sistema.

Así que esto encaja perfectamente en su línea política y creo que se mostrará receptiva.

La conclusión es que a tu padre no le queda mucho tiempo y esta es la forma más rápida de sacarlo de la cárcel. Tienes que confiar en mí, Cassie.

—Confío en usted. Gracias.

—Y ahora tengo que volver, antes de que se reanude la vista. Necesito hacer una preparación de última hora con mi próximo testigo. Si piensas quedarte y quieres estar delante para verlo, estoy seguro de que los alguaciles te acomodarán.

—No, estoy bien aquí atrás. De verdad. Y, de todos modos, no puedo quedarme mucho más rato.

—Bien. Gracias por venir a echar un ojo. Me alegro de verte, me pondré en contacto contigo muy pronto. En cuanto esto termine.

—Gracias.

Volví a la mesa de la demandante para ver cómo estaba Brenda.

—¿Cómo lo lleva? —le pregunté.

—Bien —respondió—. Parece que la jueza se ha enfadado.

—Bueno, un poco, sí. No es nada que no pueda manejar, no se preocupe.

—¿Y ahora qué pasa?

—Tenemos al doctor Spindler, de Caltech, a continuación. Él pondrá las cosas en perspectiva para el jurado.

—¿Y es nuestro último testigo? Creo que antes ha dicho que sería el cierre.

—Sí, pero no va a ser el último. Habrá al menos uno más. Uno de los programadores del proyecto. He cambiado la táctica y vamos a llamarlo.

—Siempre y cuando esté seguro…

—Bueno, eso es lo que tienen los juicios. Uno nunca está seguro de nada.

Era cierto. A medida que nos acercábamos al final de la presentación de nuestro caso, no podía quitarme de la cabeza la sensación de que se me había escapado algo, de que no estaba preparado.

En un juicio, el estrés aumenta con cada testigo.

Cada uno es una ficha de dominó alineada con otra y tienen que caer justo según lo previsto para que el plan general funcione.

Mi ansiedad se debía a la decisión de cambiarlo a mitad de camino.

Spindler iba a ser originalmente mi último testigo, el que cerrara el caso, pero ahora lo estaba apostando todo a otra persona, el programador, y a los secretos que Jack McEvoy pudiera desenterrar antes de que se reanudara el juicio por la mañana.

Era una apuesta arriesgada, porque básicamente estaba jugándomelo todo a una carta, a un testigo al que no había visto nunca y al que no le había hecho ni una sola pregunta. Lo único que sabía de él era que tenía que destruirlo para ganar el caso.