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Jack me llamó, muy emocionado, y me dijo que, mientras profundizaba en sus artículos pasados y en su voluminosa investigación, había encontrado algo que conectaba con Tidalwaiv.
Era más que una coincidencia y, cuando me lo contó, cambió drásticamente la forma en que quería terminar la presentación de mi caso.
Mi primera decisión después de eso fue eliminar a los Colton de mi lista de testigos.
Presentarlos ante el jurado era demasiado arriesgado.
Incluso podría ser una trampa tendida por los Mason.
Del interrogatorio de Mitchell a Brenda Randolph se desprendía claramente que la estrategia de la defensa consistiría en presentar a Aaron Colton como un adolescente problemático que se había encaminado hacia actos violentos incluso sin las indicaciones de una amiga virtual.
Querían convencer al jurado de que Aaron, celoso y enfurecido, era el único responsable de la muerte de Rebecca.
Me parecía la antítesis del instinto de cualquier padre o madre de proteger la reputación de sus hijos, y yo no podía saber qué habían acordado los padres de Aaron en su pacto con Tidalwaiv a cambio de tres millones de dólares.
La mayoría de los acuerdos de confidencialidad incluían además cláusulas de no difamación.
También sospechaba de la reacción de los Mason en la sala cuando había solicitado a la jueza que firmara las citaciones para los Colton.
Tras un conato de protesta inicial, se retiraron dócilmente.
Durante el almuerzo, repasé en mi cabeza ese momento y me pareció falso.
Me convenció aún más de que los Mason habían hecho un trato dentro del trato con los Colton.
Por lo que había visto de Bruce Colton, no me extrañaría que echara a su propio hijo a los pies de los caballos por el precio adecuado.
Al fin y al cabo, había sido una mala educación parental de Bruce lo que había llevado a Aaron a buscar consuelo y apoyo en una novia generada por ordenador.
En resumen, decidí mantenerme alejado de mis antiguos clientes. Si los Mason querían que los Colton testificaran, que los llamaran, y yo así los trataría como los testigos hostiles en los que podrían haberse convertido.
—¿Dónde está la doctora Debbie? —pregunté entre un bocado y otro.
—Anoche se registró en el InterContinental —explicó Cisco—. Le dije que la necesitaríamos hoy más tarde o, más probablemente, mañana.
—Llámala —respondí con la boca llena—. La citaré después de comer. Tendrás que ir a recogerla.
—Espera, ¿qué? —dijo Lorna—. ¿Y los Colton?
—Es demasiado arriesgado —repuse—. He decidido no llamarlos.
—A la jueza no le va a gustar que envíes citaciones a testigos y luego no las utilices —dijo Lorna.
—No importa —contesté—. Ella no lo sabrá hasta el final. Lo que ha descubierto McEvoy cambia las cosas. La jueza lo entenderá.
—Vale. Entonces, ¿la doctora Debbie es la siguiente y luego el programador? —preguntó Cisco.
—No, después de la doctora Debbie vamos con Spindler —dije—. El programador será el último. Terminaremos con él, será una bomba. Eso también le da a Jack el resto del día para centrarse en este nuevo material.
—No sé, Mickey —dijo Lorna—, parece que estás poniendo mucha confianza en él. Todavía tiene que trabajar mucho en eso antes de que puedas llevarlo ante el tribunal.
—Confío en que lo logrará —dije—. Igual que confío en vosotros dos.
Asunto zanjado. Era estimulante y un poco aterrador cambiar el plan de ataque a mitad del juicio. Aunque nunca es aconsejable, mi instinto me decía que lo hiciera, que racionalizara las cosas, y, con suerte, terminaría con un golpe de gracia.
Ya solo me quedaban tres testigos para defender mi causa.
La doctora Debbie era Deborah Porreca, una psiquiatra infantil reconocida como experta nacional en el tratamiento de niños adictos a los amigos virtuales creados con IA.
Era un campo de terapia en expansión, del cual ella había sido pionera.
Aparecía con frecuencia en los programas de noticias como «la doctora Debbie».
Lorna la había encontrado mientras buscaba demandas relacionadas con la adicción de los adolescentes a los juegos en línea, las redes sociales y la inteligencia artificial.
La trajimos desde Odessa, Florida, para que testificara después de que revisara nuestro caso y se indignara por lo que vio.
Ella haría comprender al jurado cómo Aaron Colton se había enamorado de una fantasía digital.
Cerraría el día con Michael Spindler, profesor de Neurociencia y Robótica en el Instituto de Tecnología de California. Era experto en inteligencia artificial y su creciente impacto en la cultura. Tenía pensado utilizarlo para poner en perspectiva todo lo relacionado con mi tesis.
El testimonio de Spindler prepararía el terreno para mi último testigo: Nathan Whittaker, un programador de Tidalwaiv que había trabajado en el Proyecto Clair desde el principio.
Naomi Kitchens lo había identificado como alguien de personalidad volátil con quien había chocado a menudo.
Era el programador al que se había referido durante su testimonio.
Durante la sesión preparatoria del domingo, Kitchens le había dicho a McEvoy que creía que Whittaker tenía problemas con ella por su condición de mujer.
Aunque no era su supervisora directa, Kitchens explicó que él rechazó a menudo sus sugerencias e informes, lo cual condujo a una relación fría que ella creía que rayaba en la misoginia y el racismo, ya que Naomi era negra.
Fue esta información la que inspiró a Jack cuando se sumergió de nuevo en su trabajo sobre análisis genéticos gracias a la quiebra de 23andMe.
Investigamos a Whittaker sin hablar nunca con él.
Como testigo, era una mina terrestre. Si la pisabas, explotaría.
Por esa razón, había decidido no citarlo para una declaración jurada.
No quería que ni él ni los Mason supieran lo que teníamos.
Era una forma de proceder arriesgada, pero así había trabajado durante años en los tribunales penales.
Estaba acostumbrado a caminar por la cuerda floja sin red.
Una hora más tarde, la doctora Deborah Porreca había jurado decir la verdad y estaba sentada en el estrado de los testigos del tribunal. El jurado se hallaba en la tribuna; yo, en mi lugar habitual, en el atril, con un bloc de notas nuevo con preguntas y anotaciones garabateadas en varias páginas.
—Doctora Porreca, viene usted de Florida, ¿es correcto?
—Sí, de Odessa —respondió ella—. Cerca de Tampa.
—¿Y es allí donde ejerce la psiquiatría?
—Sí.
—¿Podría decirle al jurado cuál es su especialidad?
—Sí, mi consulta se centra exclusivamente en la psiquiatría infantil, con especialización en la terapia de la adicción a los medios.
—¿Qué es la adicción a los medios?
—Abarca muchas cosas. Adicción a las redes sociales, a los juegos en línea, a los amigos virtuales de IA… Básicamente, adicción digital.
—Bien. Retrocedamos un momento y hablemos de su currículum. ¿Dónde estudió, doctora Porreca?
—Nací en un pueblecito de Pensilvania. Asistí a la West Chester State College, como se llamaba entonces.
Luego, cursé Medicina en la Universidad del Sur de Florida; hice la residencia de psiquiatría en el hospital general de Tampa y más tarde obtuve una beca de investigación en psiquiatría infantil y adolescente.
Abrí mi consulta privada en Tampa hace veintiocho años.
—¿Y cuándo comenzó a especializarse en la adicción de los adolescentes a los medios?
—Hace unos quince años.
—¿Qué la llevó a seguir ese camino?
—Cada vez me derivaban más pacientes por adicción a las redes sociales.
—¿Qué significa «adicción a las redes sociales»?
—Bueno, cuando pasas más horas al día con el teléfono y el ordenador que en la escuela o durmiendo por la noche, se trata de una adicción. Cuando la imagen que tienes de ti mismo y tu autoestima están indisolublemente ligadas a tu existencia digital, te enfrentas a una adicción.
—¿Y los adolescentes son más vulnerables que los adultos a este tipo de adicción?
Mitchell Mason se levantó para protestar.
—¿Relevancia, señoría? —preguntó—. Este caso no trata sobre la adicción a TikTok ni sobre lo que sea de lo que está hablando el señor Haller.
—Señor Haller, ¿su respuesta? —inquirió Ruhlin.
—Señoría, el abogado defensor sabe exactamente lo importante que es esta línea de interrogatorio y solo trata de evitar lo inevitable —respondí—. Si el tribunal me lo permite, la relevancia quedará muy clara con las siguientes preguntas.
—En ese caso, proceda, señor Haller —dijo Ruhlin—. Sea rápido.
—Gracias, señoría —contesté—. Doctora Porreca, la pregunta era si los adolescentes son más vulnerables que los adultos a la adicción a las redes sociales.
—Efectivamente, sí —dijo Porreca—. Plataformas como TikTok, Instagram y YouTube, por ejemplo, tienen un impacto mucho más trascendental en el cerebro adolescente que en el cerebro adulto.
—Explíquenoslo, doctora. ¿Por qué tienen un impacto tan importante en los jóvenes?
—Sencillamente, porque el cerebro adolescente aún no está formado por completo.
En esta etapa de la vida, todavía continúa en evolución.
La adolescencia es una época en la que el sentido del yo está empezando a formarse y la aceptación por parte de los compañeros es crucial.
Es una fase del desarrollo emocional de todos los jóvenes.
¿Y qué es lo más importante en todas estas plataformas de redes sociales?
La respuesta de tus iguales. El botón de «me gusta».
La ventana de comentarios. Los adolescentes, que aún están formando su sentido de identidad, su confianza en quiénes son, se vuelven muy vulnerables a las reacciones de sus compañeros en las redes sociales.
Buscan respuestas positivas, como «me gusta» y seguidores, hasta el punto de la adicción.
—Y, doctora, ¿su trabajo en psiquiatría infantil dio un giro con la llegada y la proliferación de la inteligencia artificial?
—Sí, así fue.