Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 37
71%

37

La mañana del miércoles comenzó con una reunión de los abogados de las dos partes en el despacho de la jueza Ruhlin.

Marcus Mason informó de que Tidalwaiv había llegado a un acuerdo con los Colton y yo comuniqué que mi clienta había rechazado la oferta de conciliación y que continuaría con el juicio.

La jueza me miró con incredulidad cuando dije que estaba dispuesto a continuar.

—¿Su clienta está segura de eso, señor Haller? —preguntó—. Estaba sentada en primera fila al final de la jornada de ayer.

—Tanto ella como yo creemos que fue un pequeño contratiempo, señoría —respondí—. Para ella, esto nunca ha sido una cuestión de dinero. Se trata de que la verdad salga a la luz, y tenemos mucho más que revelar.

Marcus Mason negó con la cabeza.

—Está soñando —dijo.

—Bueno, en todo caso, no es mi sueño —respondí—. Es el de mi clienta, y ella quiere exponer lo que Tidalwaiv le hizo a su hija y les sigue haciendo a otros.

—¿Poniendo a mentirosos en el estrado? —replicó él.

—Caballeros, ya basta —dijo Ruhlin—. Señor Haller, ¿desea hablar con su clienta una vez más antes de continuar?

—No lo creo, señoría —respondí—. Está decidida. Y yo también.

—Estoy dispuesto a llegar a los diez millones —dijo Mason—. Solo para acabar con esta pantomima.

La jueza arqueó las cejas.

—Es una cifra considerable —dijo.

—Para mi clienta, sí —repuse—. Para Tidalwaiv, es una nimiedad. Le transmitiré la oferta, pero no creo que cambie nada. ¿Esa cifra va acompañada de un reconocimiento del comportamiento imprudente de Tidalwaiv y de una disculpa?

—No —respondió Mason.

—Entonces, creo que continuaremos con el juicio —señalé.

—Perfecto —dijo Mason—. Es la oferta de mi cliente, no la mía. Si fuera por mí, seguiría adelante hasta obtener un veredicto, y así se lo he dicho.

—Pero hay una oferta sobre la mesa —intervino Ruhlin—. Señor Haller, vaya a ver a su clienta, y yo en su lugar utilizaría el poder de persuasión. Háganoslo saber, por favor.

Hice una pausa mientras asimilaba las palabras de la jueza.

—Creo que no tardaré —dije finalmente.

Ruhlin no dijo nada más. Antes de levantarme para salir, abrí mi maletín y saqué las citaciones que había preparado la noche anterior. Se las entregué a la jueza por encima del escritorio.

—Por si acaso no llegamos a un acuerdo —dije—, me gustaría citar a mis antiguos clientes para que testifiquen.

—Espere, ¿qué es esto? —preguntó Marcus Mason.

Me volví para mirarlo.

—Citaciones judiciales para los Colton —dije—. Ya están en la lista de testigos aprobada por la jueza. Solo quiero asegurarme de que se presenten.

—Pero ya no son sus clientes —insistió Marcus—. No puede obligarlos a testificar.

—Si yo los cito, testificarán —intervino Ruhlin.

—Por supuesto —dijo Mason—. Solo quería decir… No importa. Está bien, cítelos.

Me volví hacia la jueza, que ya estaba firmando los documentos.

Después de regresar a la sala del tribunal, me reuní con Brenda Randolph en la mesa de los demandantes y le dije que la oferta de Tidalwaiv ahora ascendía a diez millones.

Ni siquiera se tomó un momento para considerar lo que podría hacer con lo que Bruce Colton habría llamado «dinero que te cambia la vida». Su respuesta fue un monosílabo: «No».

Me levanté de la mesa y me dirigí al espacio que ocupaba el secretario del tribunal.

—Andy, puede decirle a la jueza que estamos listos para continuar con el juicio —le dije—. Mi clienta ha rechazado la oferta de acuerdo.

—Voy —respondió—. No le va a gustar.

El secretario se levantó y se dirigió a la puerta que daba al despacho de la jueza.

Lo vi alejarse, preguntándome qué le habría dicho Ruhlin.

Mi prioridad número uno era asegurarme de no perder al jurado y de que escucharan toda mi argumentación antes de tomar cualquier decisión.

Ahora bien, si ya había perdido a la jueza, tenía la obligación de preguntarme qué opinión tendría el jurado.

Los Mason no me miraron cuando volví a la mesa de la demandante. Sabían que mi clienta había dicho que no. Marcus tenía los brazos cruzados sobre el pecho y miraba al frente. No me hizo el menor caso cuando pasé junto a él.

Antes de sentarme, llevé las citaciones firmadas a la barandilla y se las entregué a Cisco.

—Ve a buscarlos —le dije—. Las citaciones son para que lleguen aquí a las once. Mantendré a Brenda en el estrado hasta entonces.

—Pues será mejor que me vaya —contestó.

Volví a la mesa de la demandante y me senté a esperar a que la jueza ocupara su lugar.

—Ahora solo quedamos usted y yo, Brenda —dije.

—Bien —respondió ella—. Me gusta más así. Para ser sincera, no habría soportado mucho más a Bruce.

—Bueno, es posible que tenga que soportarlo un poco más, porque voy a llamarlo al estrado, seguramente justo después de usted.

—Hágame un favor y no sea amable.

—No lo seré.

La jueza ocupó su lugar y llamó al jurado. Una vez que todos se sentaron, se dirigió a ellos.

—Notarán que ha habido un cambio y que solo hay una demandante al lado del señor Haller.

Esto no es algo que deba preocuparles y no debe influir en su evaluación de las pruebas ni en la deliberación final del veredicto.

Cuando concluya el juicio, estoy segura de que los abogados implicados les ofrecerán una explicación más detallada.

Ahora, señor Haller, ¿desea llamar a su siguiente testigo?

—Gracias, señoría —dije; me levanté y me dirigí al atril—. Me gustaría llamar a Brenda Randolph al estrado.

Tal y como le había indicado con anterioridad, ella subió al estrado con un paquete de pañuelos en la mano izquierda.

Se sentó después de prestar juramento y yo comencé con una serie de preguntas cuidadosamente estratégicas que la llevaron a revivir el peor momento de su vida.

Brenda consiguió contener las lágrimas hasta que le pedí que describiera las ambiciones de su hija.

—Quería dedicarse a la investigación médica —explicó—. Me dijo que quería investigar sobre vacunas. Quería ayudar a prevenir que la gente contrajera enfermedades.

—¿Por qué vacunas, específicamente? —pregunté.

—Bueno, perdió a su padre durante la covid. Mi marido tenía asma y enfermó antes de que se desarrollaran las vacunas. No sobrevivió…

Hizo una pausa para secarse los ojos con un pañuelo y luego continuó.

—El padre de Becca estuvo conectado a un respirador tres semanas y no nos permitieron ni siquiera estar en la misma habitación con él.

Y luego murió y Becca sintió que nunca había tenido la oportunidad de despedirse.

Eso la animó a hacer algo. Fue entonces cuando empezó a hablar de que en el futuro quería ser investigadora y ayudar a prevenir enfermedades.

Brotaron más lágrimas y pregunté a Brenda si quería tomarse un descanso para recomponerse, pero ella lo rechazó.

—Lloro todos los días —dijo—. Ya estoy acostumbrada.

Hurté una mirada al jurado y lo único que vi fue empatía en el rostro de cada uno de los miembros. Una de las mujeres también estaba llorando.

—Después de que falleciera el padre de Becca, su marido, ¿la relación entre madre e hija se estrechó? —le pregunté.

—Siempre estuvimos muy unidas —respondió Brenda—. Era hija única y, después de la muerte de Rick, solo nos teníamos la una a la otra. Sí, nos unimos mucho más.

—¿Y Becca empezó a salir con un chico llamado Aaron Colton cuando tenía catorce años?

—No sé si todavía lo llaman «salir», pero sí, eran novios.

—¿Usted conocía bien a Aaron?

—Eh, no mucho. Vino a casa unas cuantas veces y parecía un chico agradable, pero les gustaba tener su intimidad. Se metían en la habitación de Becca y jugaban en el ordenador.

—¿Sabe a qué jugaban?

—Sí, siempre intenté vigilar lo mejor que pude. Había varios juegos en los que formaban un equipo y colaboraban: Minecraft, Monster Hunter. Luego Aaron empezó a jugar a League of Legends y Becca lo probó, pero lo dejó.

—¿Le dijo por qué?

—Dijo que era un juego muy bueno, incluso adictivo, pero que no le gustaban los demás jugadores. La comunidad de jugadores. Dijo que había algo de racismo y misoginia.

—¿Aaron siguió jugando?

—Sí. Fue una de las cosas que los separó. Becca me lo contó.

Estábamos justo en la línea de la objeción, pero los Mason eran inteligentes de sobra y sabían que no les convenía protestar e interrumpir a una víctima que había perdido tanto.

—¿Sabía su hija que Aaron había descargado la aplicación Clair? —pregunté.

—Me dijo que él se había creado una amiga virtual de IA, sí —dijo Brenda—. No sabía qué aplicación era ni nada por el estilo.

—¿Eso también abrió una brecha en su relación?

Marcus Mason no pudo contenerse. Se levantó y protestó antes de que Brenda respondiera.

—Invita a la especulación —dijo.

—No si Becca habló con su madre al respecto —respondí.

—Denegada —repuso Ruhlin—. La testigo puede responder la pregunta.

—Becca me dijo que se estaba convirtiendo en un problema entre ellos —manifestó Brenda.

—¿Estaba celosa de esa compañera? —pregunté.

—No sé si tenía celos de esa cosa. Creo que no le gustaba que él pasara tanto tiempo con eso. Becca me dijo que Aaron recibía mensajes de texto de esa amiga virtual cuando estaban juntos.

Asentí y miré las preguntas que había escrito en mi bloc de notas. Taché con un bolígrafo las que ya había planteado. Levanté la vista hacia Brenda y continué antes de que la jueza me llamara la atención.

—¿Cuándo le dijo Becca que había roto con Aaron? —pregunté.

Brenda tardó un momento en recomponerse antes de responder.

—Fue al final del curso escolar —dijo—. Al final del décimo curso. No quería continuar la relación con él. Incluso me dijo que había roto «con ellos», refiriéndose a Aaron y su amiga de IA.

Volví a revisar mis notas. Creía que tenía lo que necesitaba. Había subrayado las nobles ambiciones de Becca y, como mínimo, había insinuado el descenso de Aaron hacia una relación con un chatbot. Era el momento del gran final.

—Brenda, ¿cuándo se enteró de que la decisión de Aaron de llevar un arma al colegio y disparar a su hija estuvo influida por la relación…?