36
Esta vez era yo el que se hallaba en el valle de la ola cuando llegué a casa.
Maggie estaba surfeando la cresta. Así había sido con ella desde los incendios, un ritmo de subidas y bajadas frenéticas.
Así que esta vez fue ella la que me consoló.
Habíamos compartido comida para llevar de Pace, en el cañón.
Le conté que mi error de cálculo en el tribunal había dado pie a que la defensa enviara al jurado a casa con un testimonio que indicaba que mi testigo clave no era de fiar.
En ese momento, estábamos sentados en nuestros sillones, frente al ventanal, iluminados por la luz de la cocina, ella con una copa de sauvignon blanc y yo con otra llena de culpa por haberme dejado superar en el tribunal.
—Mickey, no podías haberlo previsto —me repitió Maggie—. Tu testigo te engañó. ¿Cómo ibas a estar preparado para eso?
—Se supone que debo estar listo para cualquier cosa —respondí—. Lo saben todos los abogados.
—Bueno, mañana lo estarás. ¿Vas a volver a llamarla al estrado para intentar rehabilitarla?
—Creo que lo decidiremos en el momento. Quizá sea mejor seguir adelante en lugar de pasar la mañana tratando de mitigar daños. Eso siempre queda mal ante el jurado.
—Seguir adelante es una buena idea.
Asentí con la cabeza. No había tenido noticias de Cisco, así que no había decidido cómo sería la mañana siguiente, y quería cambiar de tema.
—Pareces muy animada después de lo de anoche —dije—. ¿Qué ha pasado con el Times ?
—Supuestamente, van a retener la noticia —explicó Maggie—. Se basaba en fuentes anónimas, y un editor con dos dedos de frente dijo: «O conseguimos a alguien que declare oficialmente que está incapacitada o no publicamos la noticia».
—Me alegro de que todavía quede alguien allí que piense con sensatez.
—Además, hice lo que me sugeriste y di una rueda de prensa, pero no sobre tu cliente.
—No he visto ninguna noticia. ¿De qué has hablado?
—Presentamos un caso sin resolver que trajo la Policía de Los Ángeles.
Un asesino en serie que no está muerto ni encarcelado.
Lo tienen por al menos cuatro asesinatos aquí en Los Ángeles, pero parece que hay más víctimas en el área de la bahía, en el condado de Alameda.
Y ya tenemos un nombre para él: el Repartidor de Pizza.
Seguía a una mujer a su casa y más tarde regresaba con una pizza, actuando como si la estuviera entregando y se hubiera equivocado de dirección.
Eso le permitía entrar en su casa. La Unidad de Casos Abiertos lo atrapó gracias al ADN que obtuvieron del borde de una pizza.
—Genial. La Unidad de Casos Abiertos del departamento al rescate. Chúpate esa, L. A. Times.
—Exactamente.
—¿De cuándo era el caso?
—De finales de los noventa. Luego el tipo se mudó a Oakland. Lo detuvieron allí.
—Bien.
—Por cierto, ¿sabías que ahora la hija de Harry Bosch trabaja en la Unidad de Casos Abiertos? Con él y la jefa de la unidad, Reneé Ballard, como mentores, esa chica va a ser una investigadora de primera, y ni siquiera tiene treinta años.
—Sí, Harry me lo dijo la última vez que hablamos. ¿Este caso era suyo?
—Ella formaba parte del equipo. Trabajan juntos. Escribió algunos de los informes que revisé. Estaban muy bien hechos. Me facilitaron la labor.
—¿Y hubo mucha gente en la rueda de prensa?
—Estuvieron todos. Cinco cadenas locales, el Times, el Daily News y La Opinión; una de las víctimas era latina.
—Fantástico. Espero que estén todos cuando absuelvas a Snow.
—Sí, ya veremos.
—En cuanto termine este juicio, te llevaré el caso.
—Tú lo traes y nosotros nos ocupamos.
Sonreí ante la frase hecha de los fiscales.
Me alegraba ver que Maggie había salido del pozo, pero yo seguía en el valle de la ola y mis pensamientos volvieron a la debacle al final de lo que había sido un buen día.
Había llamado al estrado a una especialista en ética cuya catadura moral había quedado en entredicho tras solo cinco minutos de interrogatorio por parte de la defensa.
Ni Maggie ni nadie podía decir nada para mejorar la situación.
Además de no conocer lo que debería haber sabido sobre mi propia testigo, era culpable de subestimar a Marcus Mason.
Él había asestado el primer golpe significativo del juicio y yo no lo había visto venir.
En cierto modo, eso me dolió más que el menoscabo que había causado a mi testigo.
Decidí no permitir que eso volviera a suceder.
Mi teléfono vibró y lo saqué del bolsillo para mirar la pantalla.
—Es Cisco —dije—. ¿Te importa si lo cojo? Se están encargando de controlar los daños esta noche.
—Claro —dijo Maggie—. Contesta. Necesito rellenar mi copa.
Se levantó y se dirigió a la cocina mientras yo hablaba por teléfono.
—Cisco —dije—, ¿qué tienes?
—Bueno, tengo a Patrick May —contestó—. Lo tienen aquí en la ciudad, así que supongo que va a testificar. ¿Es legal? Su nombre no aparece en la lista.
—Será un testigo de refutación. Pueden hacerlo. ¿Dónde lo han escondido?
—En el Desventura, bajo el nombre de Mitchell Mason. Ahora mismo estoy en el vestíbulo.
El apodo local del hotel Bonaventure, en el centro de la ciudad.
—Pero aquí viene la verdadera noticia —dijo Cisco—. Tu cliente Bruce Colton también estaba aquí.
—¿Qué quieres decir? —pregunté—. ¿Se aloja en el hotel?
—No lo creo. Estaba sentado en el vestíbulo cuando llegué, como si estuviera esperando a alguien. Y entonces…
—¿Te ha visto?
—No. Este sitio tiene tantos niveles que he podido vigilarlo desde la distancia.
Y entonces he visto que los hermanos Mason bajaban en uno de los ascensores de cristal y se reunían con Bruce durante un rato.
No he podido acercarme lo suficiente para oír lo que decían, pero Bruce no parecía contento.
Al final, ha firmado un papel que Marcus ha sacado de su maletín.
Después de que Bruce lo firmara, se han levantado todos, se han dado la mano y se ha ido cada uno por su lado.
—¿Los Mason se han marchado del hotel o han vuelto a subir?
—No, se han ido los tres. Creo que Patrick May probablemente esté allí arriba solo, por si quieres que vaya a llamar a su puerta.
Tenía que pensar en ello un momento. También debía pensar en qué hacía Bruce Colton allí y qué documento había firmado. Ya había tenido que enfrentarme con una testigo fugitiva. Ahora parecía que también tenía un cliente fugitivo.
—No, no subas —dije—. El turno de la defensa no empezará hasta el viernes, así que estará allí al menos unos días.
—Lo que tú digas —respondió Cisco.
Me pareció extraño que los Mason hubieran traído a May días antes de que concluyera el turno de la acusación y ellos pudieran empezar a presentar testigos. Eso me indicaba que creían que yo acortaría mi presentación después de que destrozaran a Naomi Kitchens en el estrado.
—Cisco, ¿cómo sabes que realmente es Patrick May a quien tienen allí? —le pregunté.
—Por su móvil —respondió—. Mi chico lo ha rastreado hasta una torre y está en la azotea del hotel. Puedo subir y confirmar que es él si quieres. Pensaré en una tapadera. Él no me conoce de nada.
Sabía que Cisco tenía una fuente que podía rastrear teléfonos móviles hasta la torre de telefonía a la que estuvieran conectados en ese momento. Era ilegal y por eso había que pagar mil dólares por cada rastreo.
—No, no subas —le dije—. A ver cómo va todo mañana.
—Tú mandas —contestó Cisco—. ¿Quieres que me retire?
Mi teléfono empezó a vibrar con una llamada entrante. Me lo aparté de la oreja y vi que era Marcus Mason.
—Cisco, tengo otra llamada —dije—. Es Marcus Mason. Voy a contestar. Puedes irte.
—Recibido. Hasta mañana.
Pasé a la otra llamada.
—Marcus, ¿qué pasa?
—Quería decirte que solo te queda un cliente, Haller.
Acabamos de llegar a un acuerdo con Bruce y Trisha Colton, y, como soy un tipo majo, he pensado en preguntarte si querías hablar sobre un trato con la clienta que te queda.
Después de la implosión de la testigo que hemos visto hoy, quizá quieras poner fin a este asunto de forma rápida y aún rentable.
—No te regodees, Marcus. No te favorece. ¿Qué les has dado a los Colton para que se vayan?
—Bueno, hay un componente de confidencialidad, pero, como tú sigues siendo el abogado designado, puedo decirte que hemos acordado un pago en efectivo de tres millones de dólares, todo incluido.
Después de lo que ha pasado hoy al final del juicio, la balanza se ha inclinado.
Los cincuenta millones ya no están sobre la mesa.
Les dimos tres; le daremos a tu clienta cinco para terminar con esto.
Sabía que eso significaba que probablemente llegarían a diez, pero aun así era una caída drástica con respecto a la última suma que Tidalwaiv había ofrecido.
Mi esperanza era poder convencer a Brenda Randolph de que rechazara el dinero y siguiera adelante.
El día había terminado mal, pero me había inspirado a hacerlo mejor.
Seguía convencido de que tenía un caso ganable.
—Tengo que hablar con mi clienta. Te daré una respuesta antes de que comience la vista mañana.
—Perfecto —dijo Mason.
—Y, Marcus, para que lo sepas, le aconsejaré que olvide cualquier acuerdo y llegue hasta el final en el juicio.
—Entonces, Haller, cometerás un error aún mayor que el de hoy.
Cortó la comunicación y yo llamé inmediatamente a Cisco. Respondió con el rugido de su Harley en mi oído y un grito para que esperara. Se detuvo en algún lugar y paró el motor.
—¿Qué quería Mason? —preguntó.
—Decirme que había llegado a un acuerdo con los Colton —dije—. Han aceptado tres millones para dejarlo.
—Mierda. ¿En qué nos afecta eso?
—En nada. Le ha hecho una oferta muy baja a Brenda y estoy seguro de que ella la va a rechazar, así que seguimos adelante.
Lo bueno es que no tendré que tratar a Bruce con delicadeza cuando lo llame a declarar.
Mañana a primera hora conseguiré una citación de la jueza.
Quiero que lo encuentres y se la entregues.
Lo llamaré mañana por la tarde y quiero que esté allí.
—Entendido. ¿Qué más?
—Nada más, por ahora.
—Pues te veo mañana.
Oí el rugido de la Harley antes de que colgara.
Dejé el teléfono sobre la mesa junto a mi silla.
—Mags, ¿vas a volver?
—¿Has terminado con tus llamadas? —Su voz provenía de la cocina.
—He terminado por hoy —le respondí.
Volvió a meter la botella en la nevera. Entonces apagó la luz de la cocina, dejando solo el tenue resplandor de las luces de la ciudad en la habitación.
Maggie rodeó mi silla y dejó su vaso en la mesa, junto a mi teléfono.
Luego se subió encima de mí, a horcajadas.
Se había puesto su camisón de algodón suave, lo que significaba que no llevaba nada debajo.
Me levantó la barbilla con un dedo y se inclinó para darme un beso largo.
Empezó a mover suavemente las caderas y, al poco tiempo, yo estaba otra vez en la cresta de la ola con ella.