Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 35
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Bruce Colton me esperaba en la puerta de la galería. Era casi diez centímetros más bajo que yo y se acercó para clavarme un dedo en el pecho. Estaba colorado de ira. Parecía que hubiera estado conteniendo la respiración todo el tiempo que había estado aguardando.

—¿Qué cojones, Haller? —dijo—. No sé qué sería peor: que supiera lo de su novio y lo haya intentado encubrir o que ni siquiera lo supiera.

—Apártese de mi camino, Bruce —repuse—. Tengo trabajo.

—¿Trabajo? ¿Me toma el pelo? Nos convenció para que renunciáramos a cincuenta millones de dólares. ¡Cincuenta! ¿Y ahora quiere largarse? Más le vale llamar a esos abogados que lo han dejado en ridículo y recuperar nuestro puto dinero.

—No voy a hacer eso, Bruce. Todavía tenemos posibilidades de ganar el caso. Ahora, por última vez, apártese de mi camino.

Finalmente, Colton dio un paso atrás y se rio sin el menor asomo de alegría. Me di cuenta de que Cisco se había acercado por detrás, por si lo necesitaba.

—¿Sabe lo que va a pasar? —dijo Colton—. Si no gana este caso, lo demandaré por negligencia. Conseguiré mi dinero de una forma u otra.

—Buen plan —contesté—. Adelante, Bruce.

Lo empujé con el hombro.

—Vamos —le dije a Cisco.

Nos dirigimos hacia la puerta. Necesitaba salir del tribunal para repensar y reorganizarme, para encontrar alguna forma de salvar el caso tras el desastroso final del día.

Le había dicho a Lorna que llevara a Naomi Kitchens a la sala de conferencias de los abogados.

En el pasillo, había tres periodistas esperándome. También me los saqué de encima.

—No tengo nada que decir ahora mismo —dije—. Necesito hablar con mi testigo.

La sala de conferencias estaba abarrotada. Lorna estaba sentada a la mesa con Kitchens y su hija. Lily intentaba consolar a su madre, que tenía el rostro bañado en lágrimas. McEvoy estaba de pie, al parecer para dejarme la cuarta silla de la mesa.

—Vale, a ver, aquí hay demasiada gente —dije bruscamente—. Lorna, ¿puedes llevar a Lily al pasillo? Jack, ve con ellas. Cisco, quédate, por si necesitamos trabajar en algo esta noche.

—Quiero quedarme —señaló McEvoy—. ¿Recuerdas lo de mirar por una rendija?

—Bien, como quieras —dije.

Lorna y Lily salieron de la habitación sin protestar. Ocupé el sitio que había dejado Lorna y me senté justo enfrente de Naomi. Cisco estaba a un lado. McEvoy empezó a alejar la silla que quedaba libre de la mesa, aparentemente tomando al pie de la letra la metáfora de mirar desde lejos.

—Jack, antes de sentarte, ¿puedes salir a ver si Lorna tiene pañuelos de papel? —le pedí.

McEvoy salió de la habitación. Acerqué mi silla a la mesa que me separaba de mi testigo.

—Vale, Naomi, tenemos que hablar. Empecemos por quién es Patrick May.

No respondió de inmediato. McEvoy volvió a entrar y le entregó un paquete de pañuelos. Finalmente, habló mientras sacaba uno.

—Era mi novio —dijo—. No creía que nadie supiera lo nuestro.

—¿Era? —pregunté—. ¿Ya no están juntos?

—Lo dejamos el año pasado.

—¿Quién rompió con quién?

—Yo con él.

—¿Sigue en Tidalwaiv?

—Creo que sí, por lo que sé.

—¿Se enfadó cuando terminó con él?

—En ese momento, no me lo pareció. Él sabía que iba a pasar. Fue una ruptura lenta. Él seguía en el proyecto y yo no podía soportarlo.

Asentí y miré a Cisco. Él también asintió.

—La ha delatado él —dijo.

—Tienes que investigarlo a fondo —le indiqué—. Si Mason no lo llama como testigo, queremos estar preparados para hacerlo.

Cisco le preguntó a Kitchens si sabía la fecha de nacimiento de May. Ella se la proporcionó, junto con una dirección suya en San Mateo y el número de móvil que utilizó la última vez que contactó con él.

—Me pongo con ello —dijo Cisco mientras se levantaba.

Salió de la habitación y yo volví a centrarme en Kitchens.

—Naomi, tengo que decidir si la traigo mañana para volver a interrogarla. ¿Se le ocurre algo que pueda ayudarnos a rehabilitar su testimonio?

—He dicho la verdad. No tiene que rehabilitarlo.

—Sé que ha dicho la verdad, pero es una cuestión de credibilidad, de confianza. La han pillado en una mentira y tenemos que…

—¿Qué mentira? No he mentido. Nunca me han preguntado sobre ninguna relación. Además, pensé que quizá lo sabían, porque fue Patrick quien me recomendó a la empresa como especialista en ética para el proyecto. No tenía ni idea de que había omitido que estábamos saliendo.

McEvoy carraspeó y yo lo miré.

—¿Qué? —pregunté.

—En cierto modo, tiene razón —señaló—. Su solicitud de empleo está entre los documentos que nos ha entregado y no recuerdo ninguna pregunta sobre relaciones con otros empleados de la empresa.

—Son sutilezas semánticas —dije, mirando a Naomi—.

No importa si no mintió en la solicitud.

Tenía una relación que debía haber comunicado a su empleador.

Y todo esto se agrava porque se suponía que era la conciencia de una programación y un comportamiento éticos, y ahora parece que ocultaba lo que muchos considerarían una relación inapropiada con un compañero de trabajo que estaba por debajo en la jerarquía corporativa.

Así que, piense en ello, Naomi, ¿hay algo que nos ayude con lo que podamos volver al tribunal mañana?

Ella se secó las mejillas y la nariz con el pañuelo y me miró.

—No quería hacer esto —dijo—. No quería testificar.

—Bueno, tal vez, si me hubiera hablado de Patrick May, no se lo habría pedido —le respondí.

—Ese abogado ha dado a entender que yo era su jefa. No es así. Puede que estuviera por debajo de mí en la jerarquía, pero él estaba en el laboratorio de codificación y yo casi nunca entraba allí. No trabajaba directamente para mí y nunca le dije qué hacer.

—Muy bien, eso es bueno. Podemos usarlo. ¿Se le ocurre alguien más del trabajo que supiera de la relación?

—No, nunca hicimos ostentación. Ni siquiera nos tomábamos los descansos juntos.

—Eso no es bueno. Parece que intentaban ocultar que estaban juntos.

—No era así. Mi oficina estaba en administración, él estaba en el laboratorio. Nunca coincidíamos. Hasta después del trabajo.

—¿Vivían juntos?

—No. Yo tenía a mi hija en casa. Esto fue antes de que ella se fuera a la USF.

—Bueno, cuando estaban fuera del entorno laboral, ¿hablaban del trabajo? ¿Le contó algo sobre el entrenamiento de Clair que la alarmara?

—Bueno, sí, claro. ¿Cómo no íbamos a hablar del trabajo? ¿Eso es bueno o malo?

—Podría ser bueno. Todavía no lo sé. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo contacto con Patrick May?

—¿A qué se refiere? ¿A contacto físico?

—¿Cuándo fue la última vez que se vio o se comunicó con él?

—En su cumpleaños, en agosto. Para entonces ya habíamos roto, pero le envié un mensaje. No me respondió.

—¿Tiene alguna idea de por qué decidió contarle a la empresa que eran pareja?

—¿Cómo sabe que lo hizo?

—Ha dicho que nadie lo sabía. ¿Había alguien más?

—No. Nadie.

—Entonces, fue él. ¿Es posible que tuvieran algo contra él que lo forzara a revelar la relación?

—Que yo sepa, no.

—Bueno, voy a necesitar que piense en eso esta noche.

—¿Voy a testificar mañana?

—Todavía no lo sé, pero quiero trasladarlas a usted y a Lily a otro hotel. Uno de nosotros las recogerá mañana a primera hora para llevarlas al tribunal.

—Esto es muy malo para el caso, ¿verdad?

Asentí con la cabeza.

—Sí, es malo —dije—. Ayer pensaba que habíamos ganado, pero hoy creo que ellos se han llevado la victoria. Y es culpa mía, Naomi, no suya. Debería haber sabido lo que tenían y haberlo visto venir.