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La jueza Ruhlin redujo mis pruebas documentales de doce a cuatro, alegando que eran repetitivas y que los dos informes y los dos mensajes de correo electrónico que ella había elegido bastaban para exponer la tesis de los demandantes.
Basándome en su anterior resolución durante la vista previa al juicio, ya me lo esperaba.
A los jueces les gusta jugar a ser el rey Salomón y cortar el bebé por la mitad cuando pueden.
Aunque protesté y actué como si mi caso se viera gravemente perjudicado por el dictamen, me alegré de que se aceptaran las cuatro.
Después de que el jurado volviera a la sala, utilicé a Naomi para que presentara las pruebas documentales y leyera fragmentos a medida que se proyectaban en la pantalla.
Quería que el jurado oyera sus palabras con su voz.
Todas tenían un tema común y las revisé en orden cronológico. La primera era un informe que Kitchens había enviado a los altos directivos del Proyecto Clair.
—Usted era nueva en el proyecto cuando envió este mensaje, ¿no es cierto? —le pregunté.
—Llevaba allí siete semanas en ese momento —respondió Kitchens.
—¿Y a quién iba dirigido este mensaje?
—A Jerry Matthews.
—¿Quién es Jerry Matthews?
—Era el jefe, el director general del Proyecto Clair.
—¿Fue él quien la contrató?
—No, me contrató el Departamento de Recursos Humanos.
—Y la asignaron al Proyecto Clair.
—Exactamente.
—¿Puede leer el párrafo que está resaltado en la copia impresa del informe?
—Sí. Dice: «Siento que ya me he puesto al día con el Proyecto Clair, y usted me ha pedido que plasme en un informe las preocupaciones que mencioné en nuestra reunión.
Las principales se refieren a los sesgos que, en mi opinión, están incorporados en el programa de entrenamiento.
Todos nuestros programadores son hombres, lo que genera un sesgo a la hora de entrenar a una amiga virtual de IA femenina.
Y, algo que tal vez sea más importante, tengo entendido que este modelo está diseñado y pensado para que tenga una clasificación de apto para mayores de trece años.
Francamente, esto me parece inapropiado.
¿Es demasiado tarde ya o es una decisión que podemos reconsiderar? ».
Cuando Kitchens terminó de leer el fragmento, Lorna puso el texto completo en la pantalla.
—Gracias, Naomi —le dije—. ¿Recibió alguna respuesta a este informe?
—No por escrito —respondió Kitchens—. Jerry me llevó a la cafetería del campus a tomar un café y hablamos. Esa fue su respuesta.
—¿Dijo que tomaría medidas al respecto?
—Me dijo…
Marcus Mason protestó, argumentando que todo lo que Kitchens afirmara que Matthews le había dicho quedaba excluido por tratarse de testimonios indirectos. La jueza estuvo de acuerdo y tuve que buscar otra forma de obtener la respuesta que quería.
—Bien, Naomi —dije—. Su informe dio lugar a una reunión con el jefe en la cafetería. Después de ese encuentro, ¿se introdujeron cambios en el entrenamiento de Clair, la amiga virtual de IA que se iba a ofrecer a niños de trece años?
—No —respondió Kitchens—. No se introdujo ningún cambio.
Y así seguimos según lo planeado. Presentamos cada informe y mensaje de correo, mostrando al jurado lo que yo creía que era un argumento sólido de que Tidalwaiv había hecho caso omiso de las numerosas advertencias de la especialista en ética asignada al Proyecto Clair.
Terminé con el mensaje que Kitchens había enviado a Jerry Matthews el día en que la despidieron.
—¿Puede leer lo que le escribió al señor Matthews después de saber que habían rescindido su contrato en Tidalwaiv? —le pregunté.
—Sí —respondió Kitchens—. Escribí: «Jerry, por última vez, no puedo dejar de recalcar la responsabilidad que tendrá la empresa si Clair dice algo inapropiado o fomenta un comportamiento o una acción inapropiados por parte de un usuario menor de edad.
Me alegra saber que ya no formaré parte de la empresa cuando eso ocurra».
Bajé la vista hacia mi bloc de notas unos segundos, esperando que las últimas palabras de la especialista en ética despedida causaran un profundo impacto en el jurado.
—«Fomenta un comportamiento o una acción inapropiados por parte de un usuario menor de edad» —repetí—. Naomi, ¿alguna vez, en sus sueños más descabellados, pensó que la acción inapropiada sería un asesinato…?
—¡Protesto! —exclamó Marcus Mason.
—¿… cometido por un menor de edad? —terminé.
—Señor Haller, lo sabe muy bien —dijo la jueza—. El jurado no tendrá en cuenta la pregunta.
—Lo lamento, señoría —me disculpé—. ¿Me concede un momento? Ya casi he terminado con el testimonio de la doctora Kitchens.
—Dese prisa —dijo Ruhlin.
Me volví y miré el reloj de la sala. Eran las 16:05 y me dije que había calculado bien el tiempo. Mi final nos llevaría hasta que tocara la campana.
—Naomi, ¿renunció a su trabajo en Tidalwaiv? —le pregunté.
—No, me despidieron —respondió Kitchens.
—La despidieron. ¿Le dieron alguna razón?
—Me llamaron a la oficina del señor Matthews y me dijeron que era debido a acciones perjudiciales para el proyecto.
—¿Pidió una explicación más detallada?
—Sí, pero no me la dieron. Sin embargo, ya me habían advertido anteriormente que mis informes y mis preocupaciones sobre el proyecto se consideraban perjudiciales para él.
—¿Recibió esas advertencias por escrito? ¿Se incluyeron en su expediente personal?
—No, nunca pondrían algo así por escrito, porque sabían que no era cierto.
Marcus Mason protestó y consiguió que se eliminara la respuesta de Kitchens, pero el mensaje ya había quedado claro.
Volví a mirar el reloj. Eran más de las 16:15 y necesitaba otra serie de preguntas para llegar al final.
—Naomi, después de que la despidieran, ¿tuvo dificultades para conseguir otro trabajo? —le pregunté.
—Volví al mundo académico, porque no conseguía ninguna entrevista para un puesto de especialista en ética en Silicon Valley —respondió Kitchens.
Marcus argumentó que la respuesta era demasiado amplia, pero, para mi sorpresa, la jueza la desestimó.
Entonces cometí lo que se convirtió en uno de mis mayores errores del juicio, si no de mi carrera.
No le pedí a Ruhlin que me diera la noche para considerar si había terminado con mi interrogatorio directo a Kitchens.
Pensé que había ido tan bien y que era tan tarde que estaba a salvo.
—No tengo más preguntas para la doctora Kitchens —dije, recordando por última vez al jurado la titulación y la reputación de mi testigo.
—Muy bien —contestó la jueza—. Levantaremos la sesión hasta…
—Señoría —interrumpió Marcus Mason—, tengo pocas preguntas para esta testigo. Si me lo permite, podríamos empezar mañana con otro y tal vez permitir que la señora Kitchens regrese a casa en lugar de pasar otra noche fuera.
—Son las 16:22, señor Mason —dijo Ruhlin—. Si está seguro de que terminará en ocho minutos, puede proceder.
—Por supuesto, señoría —repuso Mason.
—Entonces, adelante —dijo Ruhlin.
Mientras me alejaba del atril hacia mi mesa, noté una sensación de amenaza en el estómago. Sabía que, de alguna manera, había jugado mal los últimos minutos del día y que algo desafortunado estaba a punto de suceder.
Mason ocupó su lugar en el atril y miró a Kitchens. La expresión de desafío inquebrantable que había visto en los ojos de Naomi en el pasillo después del almuerzo había desaparecido. Daba la impresión de que sabía que algo inesperado se le avecinaba.
—Señora Kitchens —comenzó Mason—, ¿no diría usted que…?
—Protesto, señoría —dije—. La testigo tiene un doctorado y el abogado debería mostrarle el respeto que merece ese logro.
—El señor Haller tiene razón —convino Ruhlin.
—Por supuesto, señoría —dijo Mason—. Doctora Kitchens, ¿no diría usted que estaría mal que un especialista en ética mintiera a un jurado en un tribunal?
—Yo no he mentido —contestó Kitchens.
—Pero estaría mal si lo hiciera, ¿verdad?
—Sí, pero yo no he mentido.
—¿Y qué me dice de que un especialista en ética mienta a la empresa para la que trabaja? ¿Estaría mal?
—Creo que mentir en cualquier circunstancia está mal.
—De hecho, ¿no sería esa una de las principales reglas de un especialista en ética? ¿No mentir?
—Sí.
—Usted ha afirmado en esta sala ante el jurado y la jueza que la despidieron por expresar supuestamente sus preocupaciones sobre este proyecto, ¿no es así?
—Eso es lo que ocurrió.
—Y ha jurado decir solo la verdad, ¿no?
—Así es.
—Pero ha mentido al jurado, ¿no es así?
Me levanté y protesté.
—El abogado está acosando a la testigo —dije—. ¿Cuántas veces y de cuántas maneras tiene que decir que no ha mentido?
—Señor Mason —intervino Ruhlin—, es hora de ir al grano. O podemos levantar la sesión.
—Gracias, señoría —dijo él—. De hecho, iré al grano.
Ruhlin me indicó que me sentara. Mason volvió a centrar su atención en Kitchens. La mala sensación en la boca del estómago había crecido hasta alcanzar el tamaño de una pelota de béisbol. Sabía que tenía algo, o al menos eso creía él.
—Doctora Kitchens, una pregunta: ¿no la despidió el señor Matthews de Tidalwaiv porque mantenía una relación inapropiada y poco ética con un compañero de trabajo del cual era su supervisora?
Ahí estaba. Mason tenía su propia prueba irrefutable y yo se la había entregado en bandeja.
—Eso no es cierto —dijo ella.
—¿Qué no es cierto, doctora Kitchens? —insistió Mason.
Naomi se mantuvo bastante tranquila y logró dirigirse al jurado y exponer su caso.
—Me despidieron porque me opuse al entrenamiento de la IA —explicó—. No querían oír eso, así que se deshicieron de mí. Eso es todo.
—Doctora Kitchens —dijo Mason, volviendo a atraer su atención—, ¿mantuvo o no una relación sexual poco ética con un programador asignado al Proyecto Clair llamado Patrick May?
Vi que el daño y la decepción aparecían de golpe en los ojos de mi testigo. Y supe que, independientemente de cómo respondiera a la pregunta, todo lo que había dicho en su testimonio anterior se interpretaría como sospechoso.
—Iniciamos la relación antes de que yo aceptara el empleo —dijo Kitchens.
—¿Así que no sintió la obligación de comunicarlo cuando la empresa la contrató? —preguntó Mason.
—No, no me sentí obligada.
—¿Y eso fue ético, doctora Kitchens? —añadió él.
Naomi bajó la cabeza. La sala del tribunal estaba sumida en un silencio sepulcral.
—Tal vez no —dijo finalmente—, pero…
—No tengo más preguntas, señoría —dijo Mason.