Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 32
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Pasé la noche en vela, preocupándome por qué hacer con una testigo fugitiva mientras Maggie abría su teléfono cada veinte minutos para ver en la aplicación del Times si habían publicado la noticia y el editorial.

Por la mañana, todavía no había nada. Con los ojos legañosos, bajé las escaleras de la terraza delantera para coger la edición impresa del periódico, del que seguía siendo fiel suscriptor a pesar de que básicamente repetían las noticias del día anterior.

Cuando volví a entrar, Maggie me lo arrebató de las manos y casi lo rompió en pedazos buscando el artículo sobre su supuesta incapacidad.

No había nada. En cambio, había una noticia sobre el inicio del juicio de Tidalwaiv que conseguí guardar para leer más tarde.

—¿Hay alguna posibilidad de que todo esto sea un engaño? —pregunté—. Dijiste que nunca habías oído hablar de la periodista.

—No, parecía bastante auténtico —dijo Maggie—. Oí a gente de fondo y el tecleo de las máquinas de escribir.

—¿Máquinas de escribir? No usan máquinas de escribir.

—Teclados, lo que sea. No era un engaño. Lo habrán retrasado por alguna razón. Probablemente, para buscar más trapos sucios sobre mí.

—Entonces, deberías pensar en alguna jugada para que el artículo parezca una estupidez si lo publican.

Entré en la cocina para prepararme un expreso doble en la cafetera. Necesitaba algo para activarme. Maggie me siguió.

—¿Qué tipo de jugada? —preguntó.

—No lo sé —respondí—. Pero piénsalo: todas tus ruedas de prensa de este año han sido sobre los juicios relacionados con los incendios.

Los Ángeles es una gran ciudad y la mayoría de la gente nunca pasa por Altadena, Palisades ni Malibú.

Para ellos, los incendios son lo que vieron en la televisión.

Necesitas algo más, anunciar algo más grande para demostrar que estás al mando de todo el condado, que no solo te ocupas de la catástrofe.

Maggie abrió la boca para rebatir de alguna manera la sugerencia, pero luego la cerró. Vi que su mente trabajaba a toda velocidad mientras le daba vueltas a la idea.

—Si no tienes nada, yo puedo darte algo —le dije.

—¿Qué?, ¿sobre tu caso? —preguntó—. No hemos terminado con la evaluación psicológica de Aaron Colton. No voy a precipitarme. Te dije que no lo haría.

—No, mi otro caso. David Snow. Te lo conté. Voy a sacarlo de allí, y a todo el mundo le gusta una historia de un hombre inocente. Podrías anunciar que vas a revisarlo y saldría en todos los canales a las seis.

Ella negó con la cabeza y sonrió, lo cual debo reconocer que me gustó, aunque sabía lo que venía a continuación.

—Mickey, no das puntada sin hilo —dijo—. Ni siquiera conmigo.

—Oye, solo intento conseguirte buena prensa —respondí—. Ya sea ahora o más adelante, te conviene estar del lado correcto en este caso.

—Bueno, por el momento es un poco prematuro, pero tomo buena nota de tu consejo. Gracias.

Me besó.

—Creo que sé qué hacer —dijo—. Ayer llegó un expediente sobre un caso sin resolver del Departamento de Policía de Los Ángeles. Puede que sirva. Tengo que vestirme.

Salió de la cocina.

—¿Estás segura? —le grité—. Estarías estupenda delante de las cámaras con esa camiseta.

—Muy gracioso.

Yo ya estaba vestido para la batalla. Mientras esperaba a que la cafetera terminara, llamé a Cisco.

—Bien, ¿en qué punto estamos? —le pregunté.

—Bueno, ella sigue aquí —dijo—. Si no hay cambios, la llevaré al tribunal al mediodía.

—Bien.

—¿Cómo vas a manejarlo?

—Lo asumiremos y lo contaremos tal y como es. Eso le quitará algo de fuerza a Marcus Mason.

—Eso espero.

—Si hay algún cambio, llámame. Si no puedes localizarme, díselo a Lorna y ella me dará el mensaje.

—Entendido.

—Y, Cisco, si ella saca a relucir la citación, recuérdale que la emitió la jueza y que tiene que comparecer.

—Entendido.

Colgué. Mi expreso doble estaba listo y me lo tomé mientras leía la noticia del Times sobre el inicio de mi juicio.

Reproducía algunas citas de mi alegato de apertura, lo cual me gustó, pero, por lo demás, la noticia era poco más que un resumen de las acusaciones contenidas en la demanda y que se abordarían a medida que avanzara el juicio.

Por muy descontenta que estuviera Maggie con lo que pretendía hacer el Times, a mí me alegraba que pareciera que mi juicio iba a tener cobertura diaria.

De camino al centro, recibí otra llamada de Cisco.

—Está en el restaurante desayunando con su hija —me informó—. He hablado con ella unos segundos y no dice nada de marcharse, aunque sigue asustada por lo que hayan descubierto.

—Sí, bueno, yo también —dije—. Pero, si tuvieran algo más que el nombre, ya lo habrían utilizado anoche.

—Es cierto.

—Vale, ya casi estoy en el juzgado. Tengo que ponerme en marcha.

—Buena suerte.

Veinte minutos más tarde, estaba en el atril de la sala del tribunal y la jueza Ruhlin le recordó al detective Clarke que todavía se hallaba bajo juramento.

A continuación, me cedió la palabra para que interrogara al testigo.

Había terminado con él, pero no quería que la jueza pensara que la había engañado el día anterior, así que le hice algunas preguntas más que tenían escasa importancia para mi estrategia.

Hasta que la tuvieron.

—Detective, ayer nos dijo que la investigación sobre la muerte de Rebecca Randolph continuó hasta mucho después de la detención de Aaron Colton —comencé.

—Cierto —dijo Clarke.

—Durante esa investigación, ¿tuvo motivos para ponerse en contacto con la empresa Tidalwaiv para preguntarles sobre la amiga virtual que Aaron Colton había descargado de ellos?

—Sí, así es.

—¿Y qué les pidió?

—Quería saber desde cuándo usaba la aplicación, cuánto tiempo le dedicaba, cuánto había pagado… Información general que pudiera resultar útil para evaluar el estado mental del sospechoso.

—¿Le ordenó la fiscalía que lo hiciera?

—Sí.

—¿Y qué tipo de cooperación prestó Tidalwaiv a la investigación?

—Eh, ninguna.

—¿Ninguna? —Lo dije como si me sorprendiera la respuesta.

—Exactamente —contestó Clarke.

—¿Le dieron alguna razón para su falta de cooperación? —pregunté.

—Me dijeron que sus datos eran confidenciales y que no podía acceder a ellos sin una orden judicial.

—¿Intentó obtener una orden?

—No, no lo intenté.

—¿Por qué lo dejó estar?

—Porque obtuvimos la orden de registro para el ordenador portátil y el teléfono de Aaron, y nuestra unidad técnica accedió a la información que buscaba de Tidalwaiv a través de esos dispositivos.

—Gracias, detective. No tengo más preguntas.

Marcus Mason ya estaba en el atril antes de que yo llegara a mi asiento. Y no comenzó con ninguna cortesía hacia aquel hombre.

—Detective Clarke, ¿no es cierto que tenía otro motivo para acercarse a Tidalwaiv en busca de información? —preguntó.

—¿Qué motivo? —dijo Clarke, aparentemente confundido.

—Otra razón, detective.

—No estoy seguro de estar entendiéndolo.

—¿Estaba al tanto de un incidente violento en el que se vio involucrado Aaron Colton en el instituto Grant en febrero de 2022?

—Estaba al tanto de un incidente que provocó su expulsión, si se refiere a eso.

—¿Qué ocurrió?

—Una profesora acusó a Aaron de copiar en un examen. Eso provocó un enfrentamiento durante el cual él empujó a la profesora. Creo que lo expulsaron cuatro semanas.

—Y, cuando se puso en contacto con Tidalwaiv, ¿no estaba tratando de determinar si ese incidente violento había ocurrido antes o después de que él descargara inicialmente la aplicación Clair?

—Esa era una de las muchas cosas que me interesaban.

—Y, cuando accedió a sus dispositivos, ¿descubrió que Aaron Colton descargó la aplicación Clair después de ese incidente violento con su profesora?

—No sé si describiría el incidente como violento, pero sí, tuvo lugar antes de que empezara a usar la aplicación Clair.

—Si le costó una expulsión, ¿cómo describiría el incidente si no es como violento?

—Fue un empujón. Hablé con la profesora después de enterarme y ella no utilizó la palabra «violento» para describirlo.

Puede que fuera una discusión semántica, pero fue un hábil comienzo para el interrogatorio de Mason.

Ganó puntos de inmediato y lo confirmé al ver que los miembros del jurado se inclinaban hacia delante durante la conversación con Clarke.

Mason también reveló cuál iba a ser la estrategia de la defensa: culpar exclusivamente al asesino, establecer que Aaron Colton era violento antes de conocer a la amiga virtual a la que llamaba Wren.

Era la defensa del «ya estaba en camino a la destrucción». Y, ahora que había visto la dirección que tomaba, estaría preparado para ello.

Mason mantuvo a Clarke en el estrado casi dos horas, pero sus mejores puntos se los anotó en esas preguntas iniciales.

El detective era veterano y un testigo experimentado, principalmente en tribunales penales, donde los contrainterrogatorios eran conflictivos y sin barreras.

Se mantuvo firme y no le dio a Mason más munición.

Pero lo que Mason consiguió con su largo interrogatorio, ya fuera a sabiendas o no, fue interrumpir el desarrollo de mi caso.

Mi plan era utilizar al detective Clarke como punto de partida y luego pasar a la emotiva oleada de testimonios de los padres cuyos hijos habían matado o habían muerto.

Eso conduciría a un crescendo de testimonios técnicos, científicos y psicológicos de los expertos en inteligencia artificial sobre las barreras de seguridad que Tidalwaiv debería haber establecido para proteger a los clientes, en particular a los menores.

El problema era que tenía una testigo clave que no quería testificar, que lo haría de mala gana.

Al utilizar toda la mañana, Mason me había puesto entre la espada y la pared.

Si presentaba mi caso según mi plan original, no había forma de que pudiera llevar a Naomi Kitchens al estrado antes del día siguiente o, muy posiblemente, del posterior, teniendo en cuenta el largo interrogatorio de Mason a Clarke.

No podía arriesgarme a esperar tanto tiempo con Kitchens al borde de una crisis nerviosa e intentando no testificar. No tenía otra opción. Tenía que volver a barajar mis cartas.

En cuanto se levantó la sesión para el almuerzo, salí al pasillo y llamé a Cisco. Cuando respondió, me di cuenta por el ruido de fondo de que estaba en un coche. Le había dejado usar el Lincoln para que transportara a los testigos durante el juicio.

—¿Dónde estás?

—Estamos a cinco minutos.

—¿Está la hija contigo?

—Sí, está aquí.

—Dirígete al Redbird para almorzar. Nos vemos allí. Naomi testificará después del almuerzo.

—¿Qué?

—Te lo explico luego. No se lo digas a Naomi. Yo se lo diré. Ve al Redbird y nos vemos allí.

Colgué y al volverme me encontré a Lorna de pie en el pasillo.

—Tienes que editar el PowerPoint —le dije—. Voy a llamar a Naomi al estrado a continuación.