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Tenía toda mi atención fija en Marcus Mason cuando la jueza me dijo que llamara a mi siguiente testigo.
En cuanto pronuncié el nombre de Naomi Kitchens, Marcus se echó hacia atrás en la silla, como si estuviera esquivando un gancho a la barbilla.
Estaba claramente sorprendido, pero me di cuenta de que no tenía forma de saber si era porque no esperaba que la especialista en ética fuera mi siguiente testigo o porque pensaba que al final no testificaría.
Lo segundo habría confirmado que estaba al corriente y había aprobado la táctica de intimidación iniciada contra ella la noche anterior.
Sin embargo, cuando terminó de esquivar el puñetazo invisible, dirigió las manos de inmediato a la pila de carpetas que había sobre la mesa de la defensa y sacó la tercera, de al menos un par de centímetros de grosor, que supuse que contenía su material de preparación sobre Kitchens.
No había ninguna carpeta más gruesa en la pila, y el hecho de que no estuviera encima me indicó que Marcus simplemente no esperaba a Kitchens en ese momento del juicio.
También apuntaba a que no estaba al tanto de los acontecimientos de la noche anterior.
Eso era bueno, porque la maniobra del hotel había sido un error crítico por parte de quienquiera que fuera el responsable.
No había impedido que Kitchens testificara y me evitaría sorpresas ante lo que fuera que hubiera en ese grueso expediente que Marcus acababa de sacar.
Después de que prestara juramento ante el secretario del tribunal y se le pidiera que deletreara su apellido para que constara en acta, Naomi subió al estrado y miró hacia la galería, donde su hija estaba sentada junto a Cisco.
Asintió ligeramente y se preparó para lo que venía a continuación.
En el Redbird habíamos repasado las preguntas que se le plantearían conmigo en el atril, pero desconocíamos qué llegaría de parte de la defensa.
Le había dicho que buscara a Lily y la utilizara como punto de referencia cuando las cosas se pusieran tensas en el estrado.
—Buenas tardes, profesora Kitchens —comencé—. ¿Es ese su nombre real, Naomi Kitchens?
—Ahora es mi nombre legal —respondió ella.
—¿Lo cambió?
—Hace mucho tiempo, sí.
—¿Cuál era su nombre de nacimiento y qué la llevó a cambiarlo?
—Mi nombre de nacimiento era Alison Sterling. Lo cambié hace veinte años para protegernos a mí misma y a la niña que llevaba en el vientre.
Vi que Kitchens desviaba la mirada hacia su hija mientras respondía.
—¿Proteger a la niña de quién? —pregunté.
—De mi exnovio —respondió—. Esto fue en Pensilvania, donde me crie.
—¿Puede explicar al jurado por qué sintió la necesidad de tomar esas medidas?
—Bueno, él no era un buen hombre. Cometía delitos y me di cuenta de que tenía que alejarme de él, así que me fui. Me mudé a California y cambié legalmente mi nombre para que no pudiera encontrarnos.
—¿A quiénes?
—A mi hija y a mí.
—¿Qué edad tiene ahora su hija?
—Diecinueve años.
—¿Y el hombre del que huyó era el padre de su hija?
—Sí.
—¿La encontró después de que usted escapara?
—No, fue a la cárcel durante muchos años.
—¿Sabe por qué delito lo condenaron?
—Por robo y agresión. Disparó a un hombre, pero no murió.
—¿Estuvo usted involucrada de alguna manera en esos delitos?
—No, pero… vivíamos del dinero que él robaba. Yo lo sabía. Esa fue una de las razones por las que necesitaba alejarme de él.
—¿Hubo otros motivos?
—Era violento. Temía que le hiciera daño al bebé.
—¿Cómo se llamaba ese hombre?
—Quentin Holgard.
—Entonces, si Quentin Holgard entrara en esta sala y dijera que usted cometió estos delitos con él, ¿estaría diciendo la verdad?
—No, estaría mintiendo.
Mi última pregunta respondía a una corazonada.
Tenía que adelantarme a cualquier movimiento que pudieran hacer los Mason.
Podrían tener a Quentin Holgard preparado para actuar como testigo de refutación, manteniendo así su nombre oculto y fuera de la lista de testigos aprobados.
No sabía cuál era el plan de la defensa, pero quería estar preparado para cualquier eventualidad.
Con la sensación de que había dejado constancia de todo lo que podía, volví a mi plan original para el testimonio de Kitchens.
—Bien, entonces, vino a California para escapar de ese hombre, ¿y luego qué ocurrió? —le pregunté.
—Trabajé y me matriculé en la universidad en el área de la bahía —dijo Kitchens.
—¿En cuál?
—Mi licenciatura es de la USF y…
—¿La USF?
—Lo siento, la Universidad de San Francisco. Luego hice un máster en la Universidad de California en Berkeley y más tarde cursé un doctorado en Stanford.
Le pregunté rápidamente por sus títulos en orden: Informática, Psicología y, por último, Sociología.
—Supongo que debería llamarla doctora Kitchens —dije.
—Prefiero que me llame Naomi —respondió.
—De acuerdo, Naomi. ¿Y pagó usted todos sus estudios?
—Sí. Trabajé y obtuve algunas becas y ayudas a la investigación, pero también pedí préstamos para estudiantes que todavía estoy pagando.
Esto provocó un murmullo de risas en la sala.
—Al parecer, no es la única en esa situación —apunté—. ¿Qué clase de trabajos tuvo?
—Fui programadora para varias empresas —dijo Kitchens—. Trabajé para Microsoft, Apple y otras.
—¿Qué hace un programador?
—Escribe código para diversas aplicaciones.
—De acuerdo. ¿Y hacía todo eso mientras era madre soltera y estudiaba?
—Sí.
—¿Cuál era su objetivo profesional con todos esos títulos?
—Quería ser profesora universitaria y llegar a catedrática.
—¿Y lo consiguió?
—Sí. Mi primer trabajo fue en la USF y, después de obtener el doctorado, me quedé en Stanford los tres años siguientes.
—¿Qué pasó para que dejara Stanford?
—Recibí una oferta de trabajo de Tidalwaiv que casi duplicaba mis ingresos. La acepté para ofrecer una vida mejor a mi hija.
—¿Puede contarnos en qué consistía ese trabajo?
—Era especialista en ética y me asignaron principalmente al Proyecto Clair.
Sonreí y levanté las manos del atril en un gesto de desconcierto.
—Tengo que decir que no estoy seguro de qué es o qué hace una especialista en ética —dije—. ¿Puede ilustrarnos?
—Clair era un proyecto de inteligencia artificial generativa —explicó Kitchens—.
En aquel momento, era la nueva frontera de la tecnología de IA.
No había muchas normas y la supervisión gubernamental era prácticamente nula.
Había mucha competitividad, y las empresas tecnológicas empezaron a contratar gente para asegurarse de que los programas y aplicaciones se crearan de forma responsable.
La IA generativa iba a cambiar el mundo, y ya lo ha hecho.
El especialista en ética era como una conciencia humana del proyecto.
Se suponía que yo debía ayudar a garantizar que existieran salvaguardas para las personas que iban a hacer uso de estos sistemas.
—¿«Se suponía»?
—En algunos casos, aunque la empresa quiera promocionar su ética, no funciona así. Lo que está en juego es extremadamente…
Marcus Mason se levantó y protestó.
—Señoría, al hablar en términos generales, la testigo está insinuando que se produjo un comportamiento poco ético en Tidalwaiv con el Proyecto Clair —dijo—.
No se ha presentado absolutamente ninguna prueba de ello en el juicio, porque no existe.
Solicito que se eliminen la pregunta y la respuesta, y que se instruya al jurado en ese sentido.
La jueza Ruhlin me miró en busca de una respuesta.
—Señoría, en primer lugar, solicito al tribunal que instruya al abogado para que no incorpore su alegato final en su protesta. En segundo lugar, estoy sentando las bases para que el jurado comprenda cuál era el trabajo de esta testigo en Tidalwaiv y, en concreto, en el Proyecto Clair.
—Voy a admitir la protesta —dijo Ruhlin—. Señor Haller, pasemos al testimonio directamente relacionado con el fundamento de la demanda.
—Sí, señoría —respondí—. Un momento, por favor.
Bajé la vista a mi bloc de notas y pasé a la página siguiente, saltándome varias preguntas que, por la actitud de Ruhlin, sabía que no superarían las protestas de la defensa.
—Muy bien, Naomi, hablemos del Proyecto Clair —dije—. ¿Cuándo la asignaron a él?
—Tidalwaiv me contrató a finales de 2021 —dijo Kitchens—. Después de recibir formación, me asignaron al Proyecto Clair en enero de 2022.
—¿Fue ese el punto de partida del proyecto?
—No, ya estaba muy avanzado. Cuando me puse al día, el código y las directrices de la empresa que revisé tenían tres años de antigüedad.
—Así que incorporaron a una especialista en ética al proyecto tarde.
Marcus se levantó de un salto para protestar, argumentando que mi declaración suponía hechos que no estaban probados. La jueza la admitió sin pedirme que respondiera. Yo sabía que la protesta era fundada, solo quería que el jurado se guardara la pregunta para más adelante. Proseguí.
—Doctora Kitchens, ha…
—Naomi.
—Cierto, Naomi. Antes ha dicho que el Proyecto Clair es un programa de IA generativa. ¿Puede explicar al jurado qué significa «IA generativa»?
—Por supuesto. La inteligencia artificial generativa simplemente indica que estos modelos, como la aplicación Clair, por ejemplo, generan nuevos datos, ya sean imágenes de vídeo o texto, a partir de los datos subyacentes con los que fueron entrenados.
Me gustó que se volviera para mirar al jurado mientras hablaba. Durante el almuerzo le había dicho: «Es profesora. Ejerza en el estrado». Lo estaba haciendo, y me pareció que sus alumnos, los miembros del jurado, lo estaban recibiendo bien.
—Entonces, ¿se podría decir que no se trata simplemente de introducir datos y obtener datos? —pregunté.
—Correcto —respondió Naomi—. Esa es la parte generativa de la ecuación. El entrenamiento es continuo. Estos modelos extensos de lenguaje están constantemente recopilando datos y aprendiendo más a partir de ellos.
—¿«Modelo extenso de lenguaje»? ¿Puede explicarlo?