Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 31
61%

31

Maggie estaba sentada en la casa a oscuras cuando llegué.

Eran más de las ocho. Después del juicio, había ido a Pasadena para una última sesión preparatoria con Naomi Kitchens.

Había una pequeña posibilidad de que la llamara a declarar la tarde siguiente y quería repasar mi plan para su interrogatorio directo y advertirle de lo que probablemente sería un duro contrainterrogatorio por parte de uno de los Mason.

Maggie estaba en el salón, contemplando las luces de la ciudad a través del ventanal.

Teníamos dos sillones mullidos colocados delante, con una mesita entre ellos para su copa de vino.

Algunas noches veíamos la puesta de sol sobre las colinas, a la derecha, mientras las luces de Sunset Strip se encendían a la izquierda.

Lo más destacado de la vista era la Sunset Tower, la obra maestra art déco que se elevaba en la avenida desde hacía casi un siglo.

—¿Todo bien, Mags? —le pregunté.

—¿Por qué no iba a estar bien? —respondió ella.

—Bueno, estás aquí sentada en la oscuridad. ¿Te importa si enciendo la luz?

No respondió. Pulsé el interruptor de la lámpara que colgaba sobre la mesa del comedor. Dejé mi maletín en una de las sillas y me adentré en las sombras del salón.

—¿Qué ves ahí fuera? —le pregunté.

—Nada —respondió.

Era evidente que había caído en uno de esos pozos oscuros que se estaban volviendo cada vez más frecuentes.

El mundo parecía estar recuperando su impulso mientras ella se quedaba rezagada con su dolor.

Me incliné y le di un beso en la mejilla; luego me acomodé en el asiento de su izquierda.

Ella no había apartado la mirada de la ventana.

—¿En qué piensas? —le pregunté.

—En nada —respondió—. Solo observo la vida pasar.

—Siento llegar tan tarde. He tenido que ir a Pasadena a ver a mi testigo.

—¿La especialista en ética?

—Sí.

Maggie resopló de una forma que me pareció sarcástica.

—¿Qué?

—Nada.

—No, ¿qué? ¿Qué pasa con mi testigo?

—No es tu testigo. Es solo la idea de un especialista en ética. Supongo que todo el mundo debería tener uno.

Me fijé en que la copa de vino que había sobre la mesa estaba vacía.

—¿Quieres que te sirva otra? —le pregunté.

—No, ya he tomado dos —respondió.

—¿Ha pasado algo en el trabajo?

—Nada de lo que pueda hablar. Más de lo mismo. Traición y puñaladas por la espalda en todas las oficinas.

En realidad, me sentí aliviado de que, por una vez, fuera una situación laboral lo que la tenía deprimida y no el trauma persistente.

—Vamos, Mags, cuéntame qué está pasando.

—No quiero hablar de eso. Lo leerás en el periódico de mañana.

—¿En el Times ? ¿Qué van a decir?

Maggie exhaló y cedió.

—Va a ser un uno-dos. Una noticia que dice, basándose en fuentes anónimas de mi oficina, que he estado «incapacitada», esa es la palabra exacta, desde que perdí mi hogar en los incendios.

Y luego, por si fuera poco, habrá un editorial pidiendo que dimita si no puedo seguir adelante con mi vida, del mismo consejo editorial que me apoyó para fiscal del distrito después de la revocación.

—Que les den.

—Eso es lo que yo digo. Que les den. No voy a dimitir.

—¿Y no sabes de dónde viene?

—Tengo mis sospechas, pero no puedo confirmarlas. Tengo enemigos dentro.

—¿Cómo te has enterado? ¿Cuándo?

—La periodista me llamó para pedirme un comentario. Me pilló por sorpresa, lo cual es una señal de que tal vez sí esté incapacitada y deba dimitir.

—Eso no va a ocurrir.

—Lo sé. Solo digo que eso es lo que parecerá en el Times.

—Entonces, tienes que pasar a la ofensiva, Mags.

—¿Crees que no lo sé? Mickey, deja que me ocupe yo. Es mi problema y yo lo resolveré.

Mi teléfono empezó a vibrar. Lo saqué del bolsillo y miré la pantalla. Era Cisco. Quería cogerlo, pero lo envié al buzón de voz.

—Contesta —dijo Maggie.

—No, es Cisco —repuse—. Puedo llamarlo más tarde. ¿Quién era la periodista que contactó contigo?

—Nadie que yo conozca. Danielle no sé qué. Nunca había oído hablar de ella.

—Puede que sea una novata que intenta hacerse un nombre. ¿Sabes quién ha hablado con ella?

—Ya me lo has preguntado. No lo sé. Lo que sí sabes es que, cuando llegué, alteré algunos equilibrios. Despedí a todos los jefes de división y a esa gente no le sentó nada bien.

Era un hecho bien conocido en la fiscalía del distrito que, cuando llegaba un nuevo fiscal, se producía una limpieza.

Especialmente en esta ocasión. Ante una revocatoria de mandato de la que iba a salir mal parado, el predecesor de Maggie había dimitido.

Ella fue nombrada por la junta de supervisores del condado y luego elegida tres meses después.

Los jefes de división eran todos leales al predecesor.

Maggie tuvo que hacer cambios y poner a su propia gente.

No era nada nuevo. Los fiscales que apoyaban al candidato equivocado a menudo terminaban en nuevos puestos de menor importancia, con frecuencia en juzgados lejanos a su lugar de residencia.

Lo llamaban «terapia de autopista». Para ser una agencia que se suponía apolítica, era todo lo contrario.

Mi teléfono volvió a vibrar. Todavía lo tenía en la mano. Era Cisco otra vez.

—Contesta, Mickey —dijo Maggie—. Debe de ser importante.

Eso hice.

—Mick, han encontrado a Naomi —soltó Cisco.

—¿Quién? —pregunté.

—Aún no lo sé.

—¿Qué quieres decir? Creía que estabas con ella.

—Estoy aquí, pero no en la habitación con ella. Estoy en el vestíbulo y acaba de llamar. Alguien acaba de deslizar una nota por debajo de su puerta. Estoy vigilando la salida para ver quién se marcha.

Sabía que era solo cuestión de tiempo que las fuerzas de la parte contraria localizaran a Naomi Kitchens.

En ese momento, daba igual si me habían seguido hasta el hotel después del juicio o si habían encontrado su rastro por medios electrónicos: lo importante era que habían dado con mi testigo clave.

—¿Qué dice la nota? —pregunté.

—No me lo ha dicho —respondió Cisco—. Está asustada y llorando. Puedo subir a su habitación, pero perderé de vista a quien lo haya hecho.

—No, quédate ahí. Yo la llamo.

—De acuerdo.

Colgué.

—¿Algún problema? —preguntó Maggie.

—Están intimidando a mi testigo —dije—. La tenía escondida en el Huntington.

—¿A la especialista en ética?

—Sí. Tengo que llamarla y calmarla.

Me levanté y marqué el número del móvil que le había dado a Naomi. Salí a la terraza delantera mientras se conectaba la llamada. Respondió con una frase que me dejó helado.

—Mickey, no puedo testificar.

—Eh, eh, Naomi, ¿qué pasa?

—Simplemente no puedo testificar. Es todo lo que necesita saber. Lily y yo nos vamos a casa mañana. Y ahora voy a colgar.

—Naomi, espere. Escúcheme.

Hice una pausa. Ella no colgó. Tenía que pensar en algo.

—Mire, no puede irse a casa sin más —le dije—. Está citada como testigo. Si no se presenta, la jueza enviará a los alguaciles a buscarla para llevarla al tribunal. Podrían detenerla si no se presenta.

—¿De qué está hablando? —dijo con voz aguda—. ¿Detenerme por qué?

—Bueno, pidió una citación para poder faltar al trabajo. La jueza la emitió y ahora tiene que presentarse. Si no lo hace, puede enviar a los alguaciles a buscarla.

—No puedo creerlo.

La jueza haría eso si yo se lo pedía, pero no iba a mencionarlo.

—Mire, Naomi, vamos a calmarnos un momento y hablemos de esto —le dije—. Primero, ¿está Lily con usted?

—No, ha bajado a comer algo —respondió Naomi—. Cisco la estaba vigilando.

—Bien, perfecto. Me ha dicho que han deslizado una nota por debajo de la puerta de su habitación. ¿Es eso lo que ha pasado?

—Estaba en el cuarto de baño y, cuando he salido, la vi en el suelo.

Mi teléfono empezó a vibrar con otra llamada: Cisco.

—Naomi, un momento. Cisco me está llamando.

Puse la llamada en espera y cambié de interlocutor.

—Nada —dijo él—. Ha sido uno de los aparcacoches del hotel.

Alguien ha llegado en un Tesla y le he dado cien dólares para que pasara la nota por debajo de la puerta.

No ha visto la matrícula y su descripción encaja con la mitad de la gente de la ciudad: hombre, blanco, gafas, Tesla gris plateado. Nada más.

—De acuerdo. Tengo que volver con Naomi antes de que la perdamos —dije—. Quédate ahí hasta que te vuelva a llamar.

Volví a cambiar a la otra llamada.

—Naomi, ¿sigue ahí?

—Sí.

—Dígame qué dice la nota.

No hubo respuesta.

—Naomi, no puedo ayudarla si no sé qué está pasando. ¿Qué decía la nota?

—Solo tenía un nombre escrito: Alison Sterling.

—De acuerdo. ¿Quién es Alison Sterling?

Otra pausa.

—Naomi, ¿quién es Alison Sterling?

—Yo. Soy yo.