29
Pasé el receso hablando con Lorna y Jack.
Cisco había salido del tribunal para vigilar a Naomi Kitchens y a su hija en la suite de dos dormitorios que les habíamos reservado en el Huntington de Pasadena.
Para despistar a Tidalwaiv y al equipo de la defensa si intentaban dar con ellas, las habíamos registrado con seudónimos, y el hotel estaba situado a una quincena de kilómetros del juzgado.
La mayoría de los testigos que comparecían en juicios en el centro de la ciudad se alojaban en hoteles cercanos para que fuera posible llevarlos a la sala del tribunal con poca antelación.
De pie junto a la barandilla de la galería, hablamos de cambiar el orden de los testimonios.
Mi plan previo al juicio para el primer día era comenzar con el testimonio del detective Clarke y luego pasar a los Colton, primero Trisha y luego Bruce.
Terminaría el día con Brenda Randolph tocando la fibra sensible de todos los miembros del jurado cuando hablara sobre su hija y lo que había significado perderla.
Sin embargo, un juicio es algo fluido. Nunca he tenido uno que haya salido exactamente según lo planeado.
Ya había percibido que el jurado se había encariñado con Clarke y parecía estar pendiente de cada una de sus palabras sobre la investigación.
Era la vida real, no la televisión, pero lo estaban disfrutando.
No quería interrumpirlo, pero mantenerlo en el estrado retrasaría mi planificación.
—Lo último que queremos es terminar el día con Bruce Colton en el estrado —dije—. Aunque controle rigurosamente las preguntas, no va a caer bien al jurado. No quiero que se vayan a casa pensando en él y en que enseñó a su hijo a disparar un arma.
—Bueno, si eso es lo que pasa, al menos empezarás mañana como un tiro; perdón por la broma —dijo McEvoy—. Quiero decir, Brenda será muy empática, ¿no?
—Sí —contesté—, pero es mejor terminar cada día con fuerza. Los miembros del jurado se van a casa pensando en lo último que han oído. Y van a culpar en parte a Bruce.
—Eso está claro —intervino Lorna—. Por tanto, creo que tienes que alargar la intervención de Clarke y luego ir con Brenda y estirarla hasta que toque la campana.
Mañana cambias a los Colton. Empieza con Bruce y quítatelo de encima mientras el jurado termina de despertarse.
Luego Trisha, y así vas recuperando la simpatía.
Asentí con la cabeza. Lorna no era consultora de jurados de formación, pero sabía tomar el pulso a sus miembros, sabía cómo veían el juicio y cómo recibían el testimonio a medida que avanzaba.
A veces yo estaba tan concentrado en mantener el ritmo y en el testigo que tenía delante que no era capaz de tomar ese pulso.
Por eso siempre quería a Lorna en la sala cuando tenía un caso con jurado.
—Dependerá mucho de lo que los Mason quieran hacer con Clarke —dije—. Probablemente puedan adivinar cómo voy a presentar nuestro caso. Creo que Marcus se ocupará de Clarke y que intentará retrasar las cosas con su interrogatorio y no dejarme llegar a Brenda.
—¿Hasta dónde puede llegar con Clarke? —preguntó Lorna—. Es la investigación. Solo ha protestado dos veces hasta ahora y las dos por tonterías.
—Sí, bueno, eso va a cambiar —dije—. Cuando llegue al meollo del asunto, saltará como un resorte.
No me equivoqué mucho con esa predicción. Cuando se reanudó la sesión tras el descanso y Douglas Clarke volvió al estrado, abordé directamente la parte de su investigación posterior a la detención.
—Detective, ¿pasó a otros casos después de que Aaron Colton fuera detenido? —le pregunté.
—No, en absoluto —respondió Clarke.
—¿Quiere decir que había otros sospechosos?
—No; por los testigos, sabíamos que se trataba de una única persona, pero necesitábamos reunir todas las pruebas y comprender qué había sucedido y por qué.
—¿Y llegó a una conclusión definitiva sobre eso?
Marcus Mason se levantó para protestar.
—Señoría, el caso penal aún se está litigando —dijo—. No puede haber una conclusión definitiva hasta que termine el juicio contra Aaron Colton.
—Ha lugar —repuso la jueza.
Podría haber discutido la decisión, pero sabía que la protesta de Mason no podía impedirme obtener lo que quería de Clarke.
—Detective —dije—, ¿por qué era importante para usted determinar qué había sucedido exactamente y por qué?
—Bueno, el sospechoso era un menor —contestó Clarke—. Por mi experiencia en casos de menores, sabía que la fiscalía iba a necesitar todas las pruebas físicas y psicológicas disponibles para decidir cómo proceder con el caso.
Desde el atril miré a Marcus Mason, esperando a que protestara. Permaneció inmóvil y en silencio.
—¿Cuál fue la prueba clave que recuperó en su esfuerzo por comprender qué había sucedido y por qué? —pregunté entonces.
—Sin duda alguna —dijo Clarke—, fue…
—Protesto —intervino Mason—. Lo que el detective Clarke cree que fue la prueba clave es irrelevante, señoría.
—Denegada —dijo Ruhlin—. Puede responder, detective Clarke.
Cuando un juez no explica por qué desestima una protesta, suele ser porque esta es tan engañosa que no merece la pena seguir discutiéndola.
—Consideré que el ordenador portátil de Aaron Colton era muy importante para comprender lo que había sucedido —dijo Clarke.
—¿Qué encontró en el portátil, detective? —pregunté.
—Que Aaron Colton pasaba varias horas al día en una aplicación que contenía una amiga virtual de IA.
—Solo para que conste, cuando dice «IA» en su testimonio, se refiere a «inteligencia artificial», ¿correcto?
—Sí, correcto.
—¿Cómo se llamaba la aplicación en la que pasaba tanto tiempo?
—La aplicación se llamaba Clair 2.2, pero él la personalizó y la llamó Wren. Hay una opción que te permite crear tu propio avatar y ponerle nombre.
—¿Y este era el avatar que vio en la pantalla del portátil de Aaron cuando irrumpió en su habitación y lo detuvo?
—Sí, eso es.
—Cuando dice que pasaba varias horas al día en esta aplicación, ¿se refiere a que hablaba con Wren?
—Sí, conversaban durante todo el tiempo que él estaba conectado. También supimos que él y Wren se habían comunicado por mensajes de texto a través de su teléfono móvil.
—Un momento, señoría.
Abrí una carpeta que había llevado conmigo al atril.
Era gruesa, con secciones de páginas impresas sujetas con clips.
Cogí las cuatro primeras y le pregunté a la jueza si podía acercarme al testigo con un documento.
Ruhlin lo aprobó y le di una copia al secretario para que se la entregara a la jueza, otra a los Mason y otra al detective.
Volví al atril con la última copia en la mano.
—Detective, tómese un momento para revisar esas tres páginas y ver si reconoce la conversación que se transcribe —le dije.
Marcus Mason se levantó inmediatamente y protestó, sosteniendo el paquete sujeto con clips a un lado con dos dedos, como si tuviera una rata cogida por la cola.
—Señoría, ¿cuál es el fundamento de esto? —preguntó—. No figuraba en ninguno de los materiales de hallazgos presentados por los demandantes.
—Señor Haller —dijo Ruhlin, levantando una ceja por encima de sus gafas—, ¿estaba esto incluido en el material compartido por los demandantes?
—No, señoría, no estaba incluido —respondí—.
Esta es una transcripción de la última conversación que Aaron Colton mantuvo con Wren, su amiga virtual.
Y tal vez la pregunta más relevante para el tribunal sea por qué no estaba en el material compartido por la parte demandada, ya que la transcripción proviene de sus archivos digitales y el tribunal fue muy claro al aprobar la solicitud de los demandantes de todos los materiales relacionados con Aaron Colton.
Ruhlin lanzó una mirada furtiva a la tribuna del jurado, lo que me indicó que no quería que ese tema se aireara ante los doce.
—Señoras y señores del jurado —dijo—, lamento tener que hacer un descanso tan pronto después del último, pero necesito consultar a los abogados en la sala.
Por favor, estiren las piernas, pero no se alejen demasiado.
Confío en que no tardaremos mucho. El alguacil Chacón los reunirá cuando estemos listos para continuar. Quédense por aquí.
Dos minutos más tarde, estábamos sentados frente al escritorio de la jueza. Ella sostenía la transcripción en la mano y parecía perturbada.
—Señor Haller —dijo—, este… documento no está marcado como prueba por el Departamento de Policía ni por la fiscalía, por lo que supongo que no procede de ellos. Acaba de decir ante el jurado que tampoco se lo ha facilitado la parte demandada en este caso. ¿De dónde lo ha obtenido, señor?
Asentí con la cabeza. Sabía que me haría esa pregunta en cuanto abriera el expediente que tenía sobre el atril.
—No lo sé, señoría —respondí.
Marcus Mason se inclinó hacia delante y levantó tímidamente la mano. La jueza lo desestimó con un gesto.
—Señor Haller, esa respuesta no es aceptable —dijo.
—Señoría, es la verdad —proseguí—. Alguien, no sé quién, dejó un disco duro externo en mi coche un día en que se quedó abierto mientras iba a hacer un recado rápido.
Cuando volví, estaba allí, en el asiento, y no vi a nadie.
Le di el disco duro a los miembros de mi equipo y en él había lo que parecía ser todo el contenido del ordenador portátil de Aaron Colton, gran parte del cual no se entregó a los demandantes en la fase de presentación de pruebas, a pesar de la orden judicial.
Claro, sé que mi amigo Marcus, aquí presente, va a alegar la protección de la propiedad intelectual y los derechos de autor, pero ¿cómo van a caber bajo ese paraguas de protección los registros de chat entre una amiga virtual de IA y un chico de dieciséis años?
Ruhlin dirigió la mirada a Marcus.
—¿Desea responder, señor Mason? —preguntó.
—Señoría, incluso si cree esa historia de que alguien dejó este disco duro en su coche, seguía siendo su deber, según las normas del tribunal, mostrarlo en la fase de presentación de pruebas —dijo Mason—. Por lo tanto, debería ser inadmisible.
La jueza sonrió con aire burlón.
—A veces me sorprenden las acciones y los argumentos de los abogados que comparecen ante mí —dijo—.
Y a veces me horrorizan. Señor Mason, su razonamiento me parece, en el mejor de los casos, falaz.
Quiere que desestime una prueba que el demandante debería haber recibido de usted, pero no fue así y la obtuvo por otros medios, fueran cuales fueran.
—Señoría —dijo Marcus—, ¿puedo…?
—No me interrumpa —repuso Ruhlin—. Señor Haller, supongo que su plan es presentar transcripciones adicionales como prueba después de esto.
—Sí, señoría, ese es mi plan —afirmé.
—Si el detective Clarke autentifica esta transcripción, la admitiré —explicó—. Tendrá que autentificar las siguientes.
—Lo hará, señoría —dije.
—Señoría, ¿puedo hablar? —preguntó Marcus.
—Adelante —contestó Ruhlin.
—La defensa solicita que se suspenda el juicio mientras se resuelve la apelación contra la decisión del tribunal —dijo Marcus.
—Es libre de apelar la decisión del tribunal, señor Mason —dijo Ruhlin—, pero no vamos a detener este juicio. Ya pueden volver a la sala. Traeré al jurado y continuaremos con los testimonios en cinco minutos.
Regresamos a la sala, dejando a la jueza sentada detrás de su escritorio leyendo la transcripción.
Su decisión fue una reprimenda tan contundente a la petición de Mason que no tuve el valor de susurrarle una burla al oído por detrás.
Nada que pudiera decirle le causaría más daño del que acababa de infligirle la jueza.
Era un momento digno de David y Goliat. Fue entonces cuando supe que podría estar a punto de derribar a un gigante.