Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 28
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Había pasado casi la mitad de mi vida y toda mi carrera del lado de los acusados.

Durante ese tiempo, me había enfrentado en los tribunales a innumerables detectives que habían detenido a mis clientes, los habían engañado para que confesaran y, en ocasiones, incluso los habían incriminado de manera injustificada.

Tenía un hermanastro que era detective y a quien confiaría la vida de mi hija, pero solo sentía sospechas y desconfianza hacia aquellos a los que interrogaba ante los jurados.

El detective era el enemigo natural del abogado defensor, así que me costó acostumbrarme a la idea de que un detective pudiera realmente favorecer mis intereses en un tribunal civil y pasar de ser mi némesis a ser mi aliado.

Pero contaba con eso cuando llamé a Douglas Clarke al estrado como mi primer testigo después del almuerzo. Llevaba consigo el poder y la fuerza del Estado, y por una vez estaba de mi lado.

Clarke subió al estrado con un traje azul y la chaqueta abierta, que dejaba ver claramente la placa sujeta a su cinturón.

Era pelirrojo, llevaba el cabello muy corto, y desprendía profesionalidad y seriedad cuando se situó frente a la jueza y el jurado, y prestó juramento de decir la verdad y nada más que la verdad.

Se había traído una carpeta azul que yo sabía que era un expediente de asesinato.

Nunca lo había visto en un caso cuando trabajaba en el terreno penal y solo había hablado con él el día que McEvoy, Lorna y yo fuimos a la División de Van Nuys, aparentemente para una entrevista informal, aunque nunca se llevó a cabo.

No obstante, lo había investigado a través de Cisco y mi hermanastro, Harry Bosch.

Por ellos supe que era un detective experto y consagrado por completo al trabajo, que no participaba en las intrigas políticas del Departamento de Policía de Los Ángeles.

Por eso estaba contento de que lo hubieran relegado a trabajar en casos en el valle de San Fernando, a una hora en coche de la delegación central.

Se había criado allí y seguía viviendo allí, en Sherman Oaks.

Como agente de patrulla y luego como detective, había pasado por las divisiones que prestaban servicio en la extensa zona norte de la ciudad hasta que llegó a la brigada de homicidios de Van Nuys.

Llevaba casi veinte años allí investigando casos de asesinato.

Saqué a relucir muchos de estos detalles en mis primeras preguntas, con el fin de que los miembros del jurado lo conocieran y comprendieran que era un investigador capaz y minucioso. Luego pasé al tema que nos ocupaba.

—Detective Clarke, ¿lo llamaron para que acudiera a la escena de un homicidio el 19 de septiembre de 2023?

—Sí, así es.

—¿Puede hablarle al jurado de ese caso y contarle lo que hizo ese día?

—Yo ya estaba en mi oficina de la División de Van Nuys cuando mi capitán me notificó que se había producido un tiroteo en la escuela secundaria Grant.

Había una víctima, una joven, que ya había sido trasladada a un hospital y falleció en la sala de urgencias.

Mi compañera, Dailyn Rodríguez, y yo acudimos inicialmente al lugar de los hechos y decidimos que yo me quedaría allí para llevar a cabo la investigación y reunir testigos y pruebas, mientras que ella iría al hospital para ver a la víctima y recoger las pruebas que hubiera.

Nos habían dicho que la madre se dirigía al hospital, y la detective Rodríguez también estaría allí para atenderla.

—¿Quién era la víctima?

—Rebecca Randolph. Tenía dieciséis años y acababa de empezar su penúltimo curso. Le dispararon después de que se bajara de un coche con otras tres chicas en el aparcamiento del instituto.

—¿Hubo un cierre de emergencia en el centro?

—Sí. Al principio se desconocía adónde había ido la persona que había disparado después del incidente en el aparcamiento. Los administradores del instituto cerraron el centro y procedieron con el protocolo de peligro activo.

—Pero esa persona había abandonado la escuela, ¿verdad?

—Así fue, en efecto, pero en ese momento se desconocía, y por ese motivo se tomaron todas las precauciones.

—Por supuesto.

Había mantenido un ojo en el jurado mientras Clarke respondía a las preguntas.

Sabía por el voir dire que muchos de ellos tenían hijos en edad escolar.

La posibilidad de un tiroteo en una escuela se había convertido en una preocupación y una pesadilla para todos los padres del país.

Tenía que andar con pies de plomo, pero también quería generar indignación, que luego dirigiría a lo largo del juicio hacia mi villano: el chatbot de IA llamado Wren.

—¿La escuela seguía cerrada cuando llegó? —pregunté.

—Estaban reabriéndola —dijo Clarke—. El equipo SWAT la había inspeccionado y determinó que la persona que había disparado había huido.

—¿Qué hizo en ese momento?

—Como he dicho, mi compañera y yo nos separamos. Ella se fue al hospital y mi primera responsabilidad fue proteger la escena del crimen y dejar que los crimis comenzaran su trabajo.

—¿Qué son los crimis?

—Disculpe, los criminalistas. Recogen las pruebas de la escena, las fotografían, las graban en vídeo, etcétera.

—De acuerdo; mientras ellos hacían eso, ¿qué hizo usted?

—Los agentes que respondieron a los avisos de que se habían producido unos disparos me dijeron que la víctima había llegado al instituto en un coche compartido con otras tres alumnas. Las localicé y comencé las entrevistas preliminares, hablando con cada una de ellas por separado.

—¿Qué le dijeron?

—Todas contaron lo mismo. Identificaron a la víctima como Rebecca Randolph, a la que sus amigas llamaban Becca, y explicaron que le había disparado un chico cuyo nombre era Aaron Colton, o AC, como ellas lo llamaban.

Dijeron que AC se acercó a ellas después de que bajaran del coche y que disparó a Becca sin decir ni una palabra.

Utilizó una pistola cromada. Luego se alejó caminando tranquilamente.

Miré a la jueza y pedí presentar mis tres primeras pruebas documentales: los tres informes de testigos que Clarke había redactado y que las chicas habían firmado como veraces y precisos.

Fueron aceptados sin objeciones por parte de los Mason.

De esta manera, los miembros del jurado podrían leer sus declaraciones y yo no tendría que llamar a las chicas a testificar y hacerles revivir el trauma al que todas seguían enfrentándose.

—Ahora, detective Clarke, ¿consideró que se trataba de un caso claro en ese momento? —le pregunté—. Tenía tres testigos que decían que Aaron Colton era el asesino.

—No, en absoluto —respondió Clarke—. Tenía tres testigos, pero aún no tenía pruebas.

—¿Y entonces qué hizo?

—Volví a la escena del crimen y me enteré de que los criminalistas habían encontrado un casquillo de bala en el aparcamiento.

—¿Dónde estaba?

—Se halló debajo de un vehículo aparcado junto al coche en el que Becca había llegado al instituto.

En el pasillo, antes de llevar a Clarke al tribunal para que testificara, le había pedido que dejara de hablar como un policía en la medida de lo posible.

Le dije: «No hable de “la víctima”, refiérase a ella como “Becca”».

Él me había hecho caso y yo creía que el uso del nombre de pila de la víctima ayudaría a humanizarla ante el jurado.

Gran parte del caso giraba en torno a lo que era real y lo que no.

Quería que el jurado comprendiera plenamente que Rebecca Randolph era una persona de verdad y que su muerte suponía una pérdida para la comunidad, así como para sus seres queridos y amigos.

—¿Y qué determinaron usted y los criminalistas a partir de ese casquillo, detective? —pregunté.

—Era un cartucho sin culote del calibre cuarenta, fabricado por Smith and Wesson —dijo Clarke.

—¿Sacó alguna conclusión de esa información?

—En realidad, no, salvo que el calibre cuarenta indicaba que la pistola era más pequeña que una de nueve milímetros o una cuarenta y cinco. Era el tipo de arma que se utiliza para defensa doméstica, no para hacer cumplir la ley.

—Así que buscaba un arma pequeña, de color cromado. ¿Qué hizo a continuación, detective?

—Me enteré por los testigos y los administradores del instituto de que Aaron Colton era el exnovio de Becca y estudiante de Grant, pero que ya había faltado la mitad de los días lectivos hasta ese momento.

Las clases habían empezado a finales de agosto de ese año.

La escuela me facilitó su dirección y llamé a mi compañera para que fuéramos a la casa de los Colton e intentáramos hablar con Aaron, si es que estaba allí.

—¿Y estaba?

—Sí. Llegamos a la casa de Kester Avenue y la madre de Aaron nos abrió la puerta. Cuando nos dijo que su hijo estaba en casa, solo en su habitación, le pedimos a ella que saliera. La detective Rodríguez y yo solicitamos refuerzos.

—¿Y esperaron a que llegaran?

—No. Temiendo que el sospechoso pudiera suicidarse, entramos y nos acercamos a la puerta cerrada del dormitorio de Aaron. Oí voces que provenían de la habitación. Su madre…

—Espere un momento, detective. ¿A qué se refiere con «voces»?

—Oí dos voces conversando, una masculina y otra femenina.

Provenían de la habitación. Y, como la madre de Aaron nos había dicho que estaba solo en la habitación, pensé que estaba en una llamada de Zoom o FaceTime o algo por el estilo.

Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.

Me incliné para ver si podía oír lo que decían y entonces escuché a la mujer decir algo que me pareció que podía conducir a una autolesión.

La detective Rodríguez y yo nos apartamos al pasillo y lo consultamos, y decidimos que las circunstancias exigían que entrásemos en la habitación para garantizar la seguridad de Aaron.

—¿Qué fue lo que dijo la mujer, detective? Lo que usted oyó.

—Dijo: «Romeo y Julieta están juntos por toda la eternidad».

—¿Y qué significó eso para usted?

—Bueno, soy un tipo mayor. Lo recordé de una vieja canción de rock and roll.

—¿Qué canción era esa?

— Don’t Fear the Reaper, de un grupo llamado Blue Öyster Cult.

De hecho, la tenía en una lista de reproducción en mi teléfono.

Relacioné Romeo y Julieta con Don’t Fear the Reaper y pensé que ese chico podría estar a punto de hacerse daño.

La madre nos había confirmado que su marido guardaba un arma en una caja fuerte.

No sabía la marca ni el calibre, pero todas estas cosas estaban en juego en ese momento.

—¿Qué hizo?

—Era una puerta interior hueca. La empujé con el hombro y se abrió con bastante facilidad. Entramos en la habitación.

—¿Y qué ocurrió?

—Bueno, todo sucedió muy deprisa. Aaron Colton estaba sentado en un escritorio en la habitación.

Tenía un ordenador portátil abierto delante y vi la cara de una mujer en la pantalla.

Se sobresaltó por el ruido cuando abrimos la puerta.

Se recuperó, bajó de golpe la pantalla con una mano y con la otra alcanzó un arma que estaba sobre el escritorio.

—¿Qué tipo de arma, detective?

—Era una pistola cromada.

—¿Coincidía con la descripción de la que se utilizó en el instituto?

—Sí.

—Bien, ¿qué ocurrió cuando cogió el arma?

—Mi compañera y yo nos abalanzamos sobre él y lo tiramos al suelo. Yo lo inmovilicé mientras Dailyn…, eh, la detective Rodríguez, se hacía con el control del arma y se la arrebataba.

—¿Dijo algo el chico durante el forcejeo?

—Sí, dijo: «Déjame morir, déjame morir». Lo repitió dos veces.

—Entonces, ¿cree que tenía intención de usar el arma contra sí mismo y no contra usted o…?

Por primera vez, Marcus Mason se levantó y protestó.

—Señoría —dijo—, está fuera del alcance de las capacidades de este testigo como detective saber lo que pensaba un chico de dieciséis años en ese momento.

—Señoría —respondí—, basándome en lo que oyó de la conversación antes de entrar en la habitación y en lo que dijo el chico mientras lo reducían en el suelo, creo que el detective Clarke estaba en condiciones de saber lo que quería hacer.

—Voy a admitir la protesta —dijo Ruhlin—. Señor Haller, ¿puede reformular la pregunta?

—Por supuesto, señoría —contesté.

Volví a centrar mi atención en Clarke.

—Detective Clarke, cuando entró en esa habitación y vio a Aaron Colton buscando el arma, ¿temió por su propia vida? —le pregunté.

Clarke se tomó un momento para pensar en la respuesta.

—En realidad, no —dijo finalmente—. Por lo que había oído a través de la puerta, tenía miedo de que el chico cogiera la pistola y se pegara un tiro.

—¿Y eso fue antes de que dijera: «Déjame morir, déjame morir»?

—Antes de eso, sí.

—Por cierto, usted ha dicho que vio el rostro de una mujer en la pantalla del ordenador portátil antes de que Aaron lo cerrara. ¿Llegó a identificarla?

—Más tarde determiné que se trataba de un avatar llamado Wren. Era la amiga virtual de IA de Aaron en la aplicación Clair.

Pedí permiso a la jueza para mostrar la imagen de Wren en la sala.

Una vez concedida la solicitud, el secretario de la jueza colocó una gran pantalla con ruedas en una posición en la que la jueza, el jurado y el testigo pudieran verla, al igual que los miembros de la prensa sentados en la galería.

Lorna entró por la puerta con un portátil en la mano y ocupó mi asiento en la mesa de los demandantes.

Rápidamente conectó el ordenador a la pantalla y, al poco tiempo, apareció Wren.

Dejé que los miembros del jurado la vieran bien antes de continuar.

—Veamos, detective Clarke, ¿es esta la imagen que vio en la pantalla de Aaron? —pregunté.

—Sí —respondió Clarke.

—¿Le pareció una persona real cuando la vio en la habitación de Aaron?

—Sí. Cerró el portátil cuando entramos, así que todo ocurrió bastante rápido. Pensé que estaba haciendo una videollamada por Zoom o algo así con una persona real.

—¿Qué opina ahora?

—Es bastante real, pero se nota que es falsa.

—Pero hay una persona real que se llama Wren la Luchadora, ¿no?

—Sí, es una conocida estrella de la lucha libre.

—¿Alguna vez comparó el avatar que vio con fotos de la verdadera Wren la Luchadora?

—Sí. Como dije, se parece.

—¿Qué es exactamente un avatar, detective Clarke?

Marcus Mason objetó, argumentando que la pregunta excedía el ámbito de especialización del detective. La jueza estuvo de acuerdo. Me volví para mirar el reloj de la pared trasera de la sala. Luego volví hacia la jueza.

—Señoría, mi interrogatorio al detective Clarke pasará a otra fase ahora —dije—. Quizá sea un buen momento para hacer un descanso.

—Muy bien —repuso Ruhlin—. Ahora haremos el receso de la tarde. Se advierte a los miembros del jurado que no pueden hablar del testimonio ni del caso entre ellos ni con nadie más. Por favor, vuelvan a la sala de reuniones en quince minutos.