26
Mi primera ensoñación no duró mucho. En cuanto aparecieron los hermanos Mason, el secretario del tribunal se acercó y nos informó de que la jueza quería vernos en su despacho.
Al dirigirnos hacia allí, esperaba que Marcus me preguntara una vez más si mis clientes aceptarían el acuerdo ofrecido el sábado, pero caminó con la cabeza gacha y sin decir ni una palabra. Mitchell hizo lo mismo.
La jueza Ruhlin ocupaba su escritorio y nos invitó a sentarnos, pero ya llevaba puesta su toga negra.
Eso me indicó que la reunión sería una mera formalidad.
Y pronto quedó claro que ella actuaba como árbitro antes de un combate de boxeo, explicando las reglas a cada púgil: «Nada de golpes bajos, nada de golpes en la nuca y, en cuanto suene la campana, cada uno a su rincón de inmediato. Ahora dense la mano y salgan a pelear».
—Caballeros, quiero aprovechar este momento para insistirles en la necesidad de mantener el decoro durante este juicio —comenzó la jueza—.
No quiero arrebatos ni demostraciones de enfado o frustración.
Nos comportaremos con cortesía. Cada uno de ustedes mostrará respeto a su oponente.
Si tienen alguna protesta o quieren llamar la atención del tribunal sobre cualquier asunto, no la expresen hasta que se les pida.
Si infringen estas reglas, habrá consecuencias. ¿Queda claro?
—Completamente —dijo Marcus.
—Sí, señoría —coincidí yo.
—Muy bien —repuso Ruhlin—. En cuanto a la jornada de hoy, tenemos los alegatos de apertura, que no deberían durar más de una hora cada uno. Esto nos dará tiempo para comenzar esta tarde con el testimonio de los testigos. Señor Haller, ¿están los testigos preparados y en el juzgado?
—Señoría, los testigos estarán listos —dije—. El primero será el detective Clarke y está citado a las diez. Después, tengo previsto llamar a mis clientes al estrado. Dependiendo de la duración del contrainterrogatorio, creo que eso nos llevará fácilmente todo el día.
—De acuerdo —dijo Ruhlin.
Dirigió su atención a los Mason.
—¿La defensa va a hacer un alegato de apertura? —preguntó.
—Nos reservamos el derecho, señoría —dijo Marcus, lo que significaba que lo pospondría para presentarlo después de que finalizara el turno de los demandantes, pero antes de que se iniciara el de la defensa.
—A menos que el abogado de los demandantes haga alegaciones en su declaración que deban abordarse de inmediato —añadió Mitchell.
Sonreí. Que comiencen las provocaciones.
—En ese caso, se lo preguntaré después de que el señor Haller termine y decidirán entonces —dijo Ruhlin—.
Quiero que sepan que el tribunal no aprecia las interrupciones durante los alegatos de apertura.
Considero que esa táctica es perturbadora y desagradable para el jurado.
Procedan con cautela si se sienten inclinados a interrumpir a su oponente.
Puesto que Marcus ya había dicho que pensaba reservarse su alegato, la advertencia de la jueza parecía dirigida a él, y no le gustó nada.
—Señoría, no puedo quedarme sentado sin hacer nada para proteger a mi cliente si Haller recurre a sus habituales comentarios incendiarios —protestó.
Ni siquiera tuve que responder.
—Señor Mason, ya está empezando con mal pie conmigo —dijo Ruhlin—. En primer lugar, en mi sala, no se llama «Haller» al abogado de la parte contraria. Es el señor Haller. Y…
—Lo siento, señoría —dijo Mason—. El señor Haller.
—No interrumpa al tribunal —dijo Ruhlin—. Como decía, los alegatos de apertura no son pruebas. Se instruirá al jurado al respecto y le aconsejo que reserve sus objeciones hasta que se presenten los testimonios y las pruebas ante el tribunal. ¿Me he explicado con claridad?
Los tres abogados respondieron afirmativamente al unísono.
—Muy bien —dijo Ruhlin—. ¿Alguna otra pregunta antes de empezar?
Levanté la mano y solicité permiso para situarme delante de la tribuna del jurado, y no en el atril, durante mi alegato. Quería estar en primera línea. Ruhlin accedió, pero dijo que no se volvería a producir durante el juicio hasta los alegatos finales.
—Si no hay nada más, pasemos al juicio —dijo la jueza—. Pueden volver a la sala; yo los seguiré en breve.
Volvimos en fila india y en el orden que habíamos establecido tras nuestras visitas anteriores a la sala.
Esta vez, Marcus se volvió hacia mí para lanzarme una burla.
—No me importa lo que diga —dijo—. Si te pasas de la raya, voy a protestar.
—Qué valiente eres —le respondí—. Aquí fuera, quiero decir. Ya veremos qué pasa en la sala, Marcus.
—Que te jodan.
—Tío, podría escribir tu diálogo con los ojos cerrados.
Nos separamos cuando volvimos a la sala del tribunal.
Vi que mis clientes estaban en su sitio: Brenda y Trisha, en la mesa de los demandantes; Bruce Colton, detrás de ellas en la primera fila de la galería.
Junto a Bruce, en el pasillo, estaba Cisco, y, a su otro lado, estaba lleno de periodistas.
Evité mirarlos intencionadamente mientras tomaba asiento.
Me incliné para susurrar a las dos madres.
—Brenda, Trisha, ¿cómo se sienten hoy? —les pregunté.
—Estoy asustada, pero preparada —dijo Brenda.
—Lo mismo digo —coincidió Trisha.
Asentí con la cabeza para indicar que lo entendía.
—Miren, es posible que hoy tengamos que interrogar a una de ustedes o a las dos —les dije—.
Depende de cuánto tiempo me demore con el detective Clarke, así que estén preparadas.
Van a oír cosas difíciles de procesar cuando el detective esté en el estrado y, antes de eso, yo también me referiré a situaciones duras en mi alegato de apertura.
No teman mostrar sus emociones, ni aquí ni cuando testifiquen, pero no exageren ni finjan.
Recuerden que el jurado buscará sinceridad.
Cualquier fingimiento se detectará a kilómetros de distancia.
Ambas mujeres asintieron. Entonces Trisha se inclinó hacia mí.
—¿Vamos a ganar? —susurró—. Hemos rechazado mucho dinero.
Sabía que era su marido quien hablaba a través de ella.
—Creo que estamos en buena posición para ganar —dije—. Ayer tuvimos unas sesiones previas muy buenas con Naomi Kitchens, la especialista en ética. No podríamos estar mejor preparados.
Era cierto. Habíamos logrado convencer de nuevo a Naomi Kitchens.
Saber que su hija tenía a Cisco y demás protegiéndola, además de a McEvoy acampado en un coche de alquiler frente a su casa, la hizo cambiar de opinión.
El domingo por la mañana, ella y su hija volaron a Los Ángeles con McEvoy y Cisco, y yo pasé la tarde preparándola para testificar.
Todos nos levantamos cuando la jueza Ruhlin entró en la sala, con su toga ondeando detrás de ella, y ocupó su lugar.
Nos pidió que nos sentáramos y dio inicio a la sesión con la lectura del nombre del caso e instruyendo al alguacil de la sala para que trajera al jurado.
Sabía que yo sería el primer protagonista e intenté controlar los nervios.
No importaba cuántas veces hiciera eso: siempre había mucho en juego, y pensaría que algo iba mal si el nerviosismo desapareciera.
Todos los miembros del jurado entraron desde la sala de reuniones con los cuadernos que les había proporcionado el tribunal.
Ocuparon los mismos sitios que cuando el jurado fue finalmente constituido y aceptado.
El anonimato continuaría, aunque les habían asignado nuevos números, del uno al doce, en correspondencia con los asientos que ocupaban.
La jueza les dio la bienvenida con una sonrisa afable y les expuso cómo se desarrollaría el juicio.
Explicó qué era una prueba en un caso y qué no lo era, y cómo evaluar la credibilidad de los testimonios y las pruebas documentales.
Les dijo que era responsabilidad del demandante demostrar su caso por preponderancia de la prueba, lo que significaba que el jurado debía determinar que la reclamación del demandante tenía más probabilidades que no de ser cierta.
Y, tal y como había prometido en su despacho, advirtió a los miembros del jurado de que no consideraran los alegatos de apertura como pruebas, ni siquiera como hechos.
Los llamó «hojas de ruta» que los abogados seguirían a lo largo del juicio.
—Corresponderá a cada abogado, durante el transcurso del juicio, cumplir lo que dice en su alegato —dijo—. Ustedes decidirán si lo ha hecho durante sus deliberaciones, una vez que se hayan presentado todos los testimonios y pruebas.
Hizo una pausa para ver si algún miembro del jurado levantaba la mano o parecía confundido.
—Muy bien, comencemos —dijo Ruhlin—. Señor Haller, su alegato de apertura, por favor.
Me levanté y me abroché la chaqueta como lo había hecho Maggie en casa un rato antes.
Solo un botón, el del medio. Pasé entre la mesa de los demandantes y el atril, y me coloqué frente al jurado.
El cuadrilátero puede ser el lugar más solitario del planeta si no crees en tu caso, pero eso no era un problema ese día.
Estaba allí de pie con el firme convencimiento de que me encontraba en el lugar adecuado, en el momento adecuado y con el caso adecuado.
—Buenos días —comencé—. Me llamo Michael Haller.