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En los dos años transcurridos desde que dejé la defensa penal, me había ocupado de diversos asuntos civiles, desde cada vez más alegaciones contra detenciones de inmigrantes, pasando por la lucha contra desahucios ilegales hasta la representación de una exitosa demanda colectiva contra una prisión estatal para mujeres en Chowchilla, que dio lugar al despido por abusos de un ginecólogo y a una indemnización de cuantía media para mis dieciséis clientas encarceladas.
Fue una victoria sólida, pero el médico que había sometido a las reclusas a exámenes dolorosos e innecesarios no fue procesado penalmente ni sancionado por la junta médica estatal. Pasó a la medicina privada sin más.
En algunos casos, sentía que estaba utilizando la ley para hacer lo que la policía no hacía.
Presenté una demanda en nombre de una joven de diecinueve años contra un motel del valle de San Fernando, alegando que quienes lo regentaban no hacían nada para impedir que los traficantes sexuales utilizaran sus habitaciones, explotando y lucrándose así de las víctimas de ese mal endémico.
Como respuesta, el motel cerró y dejó de operar.
El litigio se estancó y personas que vivían en la calle empezaron a ocupar las habitaciones abandonadas.
Me mantuve alejado de las demandas por lesiones personales y negligencia médica, rechazando muchas de ellas e incluso evitando la petición de Lorna de derivar esas causas a otros abogados y así ganar una pequeña comisión por cada uno.
Ese tipo de casos daban mucho dinero, incluso descontando las comisiones por derivación, pero para mí eran victorias huecas y no era ahí donde veía mi carrera profesional.
Quería algo más grande, algo más importante, algo de lo que sentirme orgulloso al irme a acostar.
Esa idea me llevó a defender a varias pequeñas empresas familiares que estaban siendo demandadas sistemáticamente por los mismos abogado y querellante.
El abogado se llamaba Shane Montgomery. Tenía un bufete unipersonal en Westside, y él y un cliente, un hombre ciego llamado Dexter Rose, tenían un sinfín de casos que presentar en virtud de la Ley de Discapacidad.
No era más que un plan para ganar dinero.
Montgomery presentaba una demanda en nombre de Rose contra un pequeño negocio o un restaurante, alegando que el sitio web diseñado para promocionar el establecimiento era inaccesible para personas invidentes.
Se trataba de una zona gris en la ley federal y era impugnable.
Pero tras la denuncia seguía rápidamente una carta de Montgomery en la que afirmaba que Rose estaba dispuesto a llegar a un acuerdo antes de que el asunto se volviera demasiado costoso y perjudicial para la reputación de los propietarios.
Los registros mostraban que los tratos se cerraban con una media de tres mil dólares, pero supe que Montgomery y Rose presentaban hasta ocho demandas a la semana.
Lorna recopiló todos los litigios activos que habían interpuesto en el condado de Los Ángeles.
A continuación, enviamos cartas a ciento nueve empresas, ofreciéndoles mi defensa sin coste alguno para ellas.
Esto dio lugar a que presentáramos una contrademanda en nombre de cuarenta y tres empresas afectadas por Montgomery y Rose.
Durante la investigación del caso, Cisco Wojciechowski encontró una prueba irrefutable.
En todas las demandas, se afirmaba que Rose era invidente, y, por lo tanto, no podía conducir y dependía de los servicios de entrega de comida de los restaurantes locales.
Se aseguraba que vivía de una pensión del programa del seguro de discapacidad.
Cisco se puso a trabajar y descubrió que Rose estaba efectivamente en la lista de beneficiarios del seguro, pero que no recibía la paga mensual máxima, como cabría esperar en el caso de una persona ciega.
Para entrar en la lista del seguro de discapacidad, Rose habría necesitado la confirmación de su minusvalía por parte de un médico de la Administración.
Cisco consiguió una copia de ese informe gracias a un contacto que había hecho en la oficina de la Seguridad Social, en el centro de Los Ángeles.
En él se afirmaba que el médico había determinado, mediante pruebas, que Rose era completamente ciego de un ojo, pero conservaba la mitad de la visión del otro.
Explicaba que esta discapacidad limitada permitía a Rose funcionar de manera parcial: podía caminar y hacer otras actividades cotidianas, como leer.
Por lo tanto, solo recibía una pensión parcial.
El informe del seguro fue decisivo para la demanda.
Cuando Montgomery se enfrentó a él y se le notificó que yo pensaba utilizarlo como piedra angular de mi querella, así como en las denuncias ante la Administración de la Seguridad Social, la comisión del seguro de discapacidad y el Colegio de Abogados de California, se rindió enseguida.
Retiró todas las demandas pendientes presentadas en nombre de Rose y aceptó un acuerdo de doscientos cincuenta mil dólares, que repartí equitativamente entre mis cuarenta y tres clientes después de quedarme con el 10 % de la suma total.
Lo último que supe es que Montgomery y Rose se habían mudado a Florida, donde sin duda estaban planeando su próxima estafa legal.
La cuestión es que había hecho un buen trabajo desde que dejé las salas y los pasillos del edificio de los tribunales penales y crucé la calle para pasar a lo civil, pero llevaba casi tres años sin pisar el cuadrilátero ante un jurado y sin participar en un juicio.
Lo había echado de menos. Lo había ansiado.
Lo había esperado. Y por fin lo tenía. El lunes 7 de abril por la mañana, me coloqué frente al espejo de mi casa, en Fareholm, con mi mejor traje, el azul de mezcla de lana de Hugo Boss, y evalué mi aspecto.
Llevaba una camisa de vestir azul claro de corte moderno, abotonada en las muñecas, ya que los gemelos eran demasiado ostentosos para lucirlos ante un jurado.
Mi corbata exhibía una discreta combinación de rayas azules y moradas, sujeta en el centro con un clip plateado con el familiar logotipo de Lincoln Motor Company, una cruz dentro de un marco rectangular, el único vestigio de mis días en la defensa penal.
Un vendedor de Lincoln me dijo una vez que el logotipo simbolizaba poder, liderazgo y fuerza, y yo lo llevaba por eso.
Necesitaría todos esos atributos cuando entrara en el cuadrilátero de la sala del tribunal.
—¿Quién es el puto amo? Tú eres el puto amo.
Era Maggie. Se había acercado por detrás y se reflejaba en el espejo. Me sonrojé. Ella me conocía y sabía cuáles eran mis rutinas, las cosas que hacía con el objetivo de prepararme para la batalla legal. Me rodeó con los brazos por detrás y me abrochó la chaqueta.
—Pareces un matagigantes —dijo.
—Eso espero —respondí.
Me besó en la nuca.
—A por ellos, tigre —me animó.
Sonreí. Me estaba enviando a la guerra, pero también era una referencia a una cafetería de West Hollywood a la que solíamos ir los fines de semana. Los dos nos sentábamos allí a trabajar en nuestros casos mientras tomábamos café con leche.
—Será mejor que te vayas si quieres ser el primero en llegar al tribunal —dijo Maggie.
Una vez más, me conocía bien. El día del inicio de un juicio, me gustaba ser el primero en sentarme a la mesa de los abogados. Me gustaba ver cómo se llenaba la sala cuando llamaban al jurado. Me ayudaba a entrar en modo matagigantes tribunalicio.
Me di la vuelta para darle un beso de despedida a Maggie. Ella seguía llevando su camisón largo y estaba preciosa a pesar de su cabello matutino revuelto.
—¿Cuándo vas a entrar? —le pregunté.
—Hoy estoy perezosa —respondió—. Tengo una reunión a las diez. No voy a ir hasta entonces.
En otra época, le habría preguntado quién era el sospechoso y cuáles eran los cargos, siempre buscando el próximo cliente, pero ese era mi yo del derecho penal.
Nos besamos y abrazamos, y ella me deseó suerte. Era muy diferente a cuando estábamos casados y ella era fiscal de casos importantes y sabía que yo iba a defender a alguien acusado de delitos penales por su propia agencia. Ahora, desearme suerte era legítimo.
Cogí mi maletín de la silla que había al lado de la puerta y salí al porche.
Me fijé inmediatamente en el final de las escaleras, donde un Lincoln Navigator negro me esperaba en la calle.
La puerta delantera del pasajero estaba abierta y Cisco estaba apoyado contra el guardabarros.
Había quitado la lona del único Lincoln que aún tenía en el almacén y lo había vuelto a poner en servicio.
Extendió la mano hacia la puerta abierta. Empecé a bajar las escaleras. Parecía que el Abogado del Lincoln volvía a ponerse en marcha.