24 #2
—David Snow, el padre de Cassie, se está muriendo.
Tiene cáncer. Los médicos de la prisión le han dado nueve meses de vida.
Ella quiere traerlo a casa. Nunca creyó que él hubiera hecho aquello de lo que lo acusaban.
Él siempre lo ha negado, incluso cuando admitir lo contrario le habría permitido obtener la libertad condicional.
Esta vez esperé a que el médico rompiera su silencio.
—De acuerdo, envíeme las radiografías —dijo finalmente—. Las examinaré y le daré mi opinión.
—Gracias, doctor.
Colgué y llamé enseguida a Brenda Randolph.
—La verdad es que no quiero aceptar ningún acuerdo. —Fueron las primeras palabras que pronunció.
—Lo entiendo perfectamente —le dije—, pero estoy obligado a comunicarle la propuesta.
Quiero decir, a algunos abogados los han inhabilitado por no comunicar a sus clientes las ofertas de acuerdo.
Además, han aumentado considerablemente la oferta, y lo único que digo es que quizá quiera pensárselo.
—No, pero adelante. ¿De qué se trata?
—Voy a leerle el mensaje para que sepa exactamente lo que le ofrecen.
Había leído dos tercios y ya había pasado la oferta económica cuando Brenda me interrumpió con brío.
—¡No!
—Déjeme terminar de leerlo —le dije—. Después lo discutimos.
—No quiero discutirlo —repuso Brenda.
—Vale, déjeme terminar, ¿de acuerdo? Tengo que leerle la oferta completa y los parámetros.
—Adelante, pero no voy a hacerlo.
Treinta segundos después, terminé de leer la oferta.
—Brenda, sé lo que ha dicho, pero tengo la obligación de decirle que se lo piense dos veces —le dije—.
Es mucho dinero. Podría hacer muchas cosas buenas con él.
Podría crear una fundación en nombre de Rebecca.
Y tiene que recordar que en un juicio puede pasar cualquier cosa.
Creo que estamos en buena posición, pero nunca se sabe lo que puede ocurrir.
Por supuesto, no le dije que podríamos haber perdido a una testigo clave, Naomi Kitchens. No iba a revelar eso hasta que intentara recuperarla.
—Aunque perdamos, la historia se hará pública —respondió Brenda—. En el juicio. Y eso es más importante para mí que el dinero.
—Tiene razón. Los medios de comunicación estarán muy pendientes de este juicio.
—¿Ha hablado con los Colton? Estoy segura de que Bruce quiere aceptar.
—He hablado con ellos y tiene razón: Bruce quiere aceptar el dinero. Pero usted controla esto, Brenda. Se hará lo que decida.
Hubo un largo silencio en la línea antes de que ella volviera a hablar.
—No creo que pudiera vivir conmigo misma si lo aceptara —dijo—.
Una fundación suena bien, pero se trata de hacer responsable a esa empresa, responsable públicamente.
Y esto… esto es solo un soborno. Cincuenta millones de dólares por callarme y aceptar lo que le pasó a Becca.
No puedo hacerlo, Mickey. ¿Cómo podría vivir como una rica con dinero manchado de sangre? De la sangre de mi hija.
—No esperaba que pudiera, Brenda —le dije—, pero era mi deber ofrecérselo.
—¿Está enfadado conmigo? Usted ganaría mucho dinero. Podría crear una fundación usted también.
—Quizá un hogar para abogados descarriados. No, Brenda, no estoy enfadado. Estoy orgulloso de usted, de representarla. Y no la defraudaré la semana que viene. Se lo contaremos al mundo.
—Gracias, Mickey.
—Escuche, la llamo mañana. Ahora no estoy listo, pero quiero repasar su testimonio y cómo debe desarrollarse.
—Estaré aquí.
Después de colgar, cogí la carpeta de las radiografías y salí de la oficina. Lorna y Cisco estaban en la jaula. Cuando empujé la cortina de cobre, ya estaba hablando.
—Acabo de estar al teléfono con Brenda Randolph —dije—. Ha rechazado la oferta y vamos a ir a juicio. Cisco, necesito que vayas a San Francisco y vigiles a la hija de Naomi.
—Entendido —contestó él—. ¿Te parece bien si llevo refuerzos? La vigilancia en solitario siempre es un fracaso seguro.
—Sí —dije—. Cuantos más, mejor, porque voy a utilizar esta demostración de fuerza para convencer a Naomi de que vuelva a colaborar como testigo. Intenta que los gastos no sean excesivos.
—¿Quieres decir que no puedo alojarme en el Hopkins? —preguntó Cisco.
Sonreí y negué con la cabeza.
—No te alojarás en ningún sitio —le dije—. Te quiero en la calle, frente a la residencia de esta chica. Jack te dará los detalles.
—¿Y puedo llamar a Harry Bosch? —preguntó Cisco.
—Llámalo —dije—, pero lo último que supe es que no estaba muy bien. Quizá sea mejor que busques a alguien que pueda actuar con rapidez si es necesario.
—Entendido —contestó Cisco.
—¿Qué le pasa a Harry? —preguntó Lorna.
—Ahora tiene problemas cardíacos —respondí—. Está tomando anticoagulantes y otras cosas parecidas para los trombos sanguíneos.
—Vaya —dijo Lorna.
—¿Y Bamba? —preguntó Cisco—. Podríamos tirar de él si está libre.
—No —respondí, con demasiada rapidez—. Prefiero alguien con una licencia de investigador privado legítima para esto. Tengo que hacer unas llamadas.
—¿Qué necesitas de mí, Mickey? —preguntó Lorna—. Podría ir a San Francisco con Cisco, que además rima.
Le entregué el expediente.
—No, te quiero aquí dirigiendo el cotarro, Lorna —dije—. Y necesito que le lleves estas copias de las radiografías al médico de Cassandra Snow.
—Eso haré —respondió Lorna.
De nuevo en mi despacho, me senté y me sentí aliviado por haber impedido que Cisco llamara a Bamba Bishop para que formara parte del equipo de protección de Lily Kitchens. Se había evitado un posible desastre. Llamé a McEvoy a Palo Alto.
—Jack, quiero que te quedes ahí —le dije—. No hay acuerdo. No vamos a tirar la toalla.
—Me alegro de oírlo —dijo McEvoy.
—Apuesto a que sí. No sería un gran libro si todos firmaran acuerdos de confidencialidad.
—No habría ningún libro.
—Pues puede que tampoco lo haya si no conseguimos que Naomi Kitchens vuelva a nuestra lista de testigos.
—¿Qué quieres que haga?
—Voy a enviar a Cisco con un equipo para vigilar a su hija. Díselo.
—No quiere hablar conmigo.
—Vamos, Jack, eres periodista. Seguro que hay mucha gente que no quiere hablar contigo, pero apuesto a que encuentras la manera.
Aquí pasa lo mismo. Tienes que convencerla de que ella y su hija no estarán a salvo hasta que testifique.
Una vez que su historia quede registrada, Tidalwaiv no tendrá motivos para hacerles nada.
—Entendido.
—Tenemos que traerla aquí para que trabaje un poco con ella antes de que comience el juicio. Creo que estará en el estrado el martes.
—De acuerdo, lo intentaré.
—Por cierto, ¿llegaste a averiguar algo sobre la voz que Tidalwaiv utilizó para Clair?
—Sí. Probaron varias voces. Investigaron mucho, pero no he tenido tiempo de profundizar.
—Vale, avísame cuando lo hagas. Y también si hay algún cambio con Kitchens. Si necesitas que vaya, iré.
—Te lo haré saber.
Colgué, respiré hondo varias veces, volví a coger el teléfono y llamé a Bruce Colton. Habría sido más fácil contárselo a Trisha, pero me gustaba la idea de darle la mala noticia al matón.
Cuando respondió, le dije:
—Bruce, seré breve. Vamos a ir a juicio. Brenda ha rechazado la oferta de Tidalwaiv.
Solo hubo silencio.
—Bruce, ¿está ahí? —pregunté.
—La ha convencido para ir a juicio, ¿verdad? —dijo.
—En realidad, no. Le he leído el correo electrónico, como he hecho con usted, y ha dicho que no. Eso es todo.
—Entonces, lo único que puedo decir es que más le vale no cagarla, Haller. Y más le vale conseguirnos más de cincuenta millones de dólares.
—No puedo prometerle nada, Bruce. Como le he dicho muchas veces, en un juicio puede pasar cualquier cosa y, normalmente, pasa.
—Que le den. Fue un gran error acudir a usted. Es la última vez que hago caso a mi mujer.
Me sorprendió oír que alguna vez le había hecho caso.
—Ya veremos —dije—. Voy a colgar, Bruce. Tengo mucho que hacer antes del lunes. Buen fin de semana y nos vemos en el juicio.
Corté la llamada antes de que me lanzara otra amenaza verbal. No era lo que necesitaba oír. Ya sabía lo mucho que había en juego en el caso.
Programé la alarma de mi teléfono para las 16:59 y me puse a trabajar en el borrador de lo que diría al jurado en mi alegato de apertura el lunes.
Aunque la declaración inicial no era una prueba y la jueza instruiría al jurado en ese sentido, para mí era uno de los momentos más importantes del juicio.
Era cuando me presentaría ante el jurado y les vendería mi imagen y la de mis clientes.
Sería la primera oportunidad de ganarme su simpatía hacia ellos.
Y sentaría las bases sobre las que construiría mi caso.
Lo haría directamente frente al jurado, en el cuadrilátero, el lugar en el que nada se interponía entre ellos y yo, el espacio donde dar la cara, donde no había sitio para esconderse.
En la última hora antes de las cinco, recibí dos llamadas de Marcus Mason que dejé que fueran al buzón de voz.
—¿Qué vas a hacer, Haller? Tienes una hora; luego, adiós a los cincuenta millones —decía en el primer mensaje.
Su voz era un par de octavas más aguda en el siguiente:
—Haller, ¿qué coño pasa? Se te acaba el tiempo.
El tono cada vez más desesperado me indicó que en Tidalwaiv estaban muy preocupados por lo que saldría a la luz en el juicio y cómo afectaría eso a las perspectivas de una adquisición o fusión.
A las 16:59 sonó la alarma de mi teléfono. Dejé el bolígrafo y le envié un mensaje de texto a Mason.
Nos vemos el lunes en el juzgado, Marcus. Descansa un poco. Lo vas a necesitar.
Luego le volví a escribir.
Y, por cierto, mantente alejado de mis testigos.
Todo esto provocó otra llamada de Mason, pero, una vez más, dejé que saltara el buzón de voz. No me interesaba hablar con él.