24
Bruce y Trisha Colton no estaban en el mismo lugar: ella estaba en casa y dijo que su marido había salido. Esperé mientras lo llamaba y nos conectaba a todos.
—¿De qué se trata? —dijo Bruce con su hosquedad habitual—. Estoy jugando al golf con un cliente.
Pensé que tenía que ser bonito irte al campo de golf un sábado mientras tu hijo el asesino estaba con los psiquiatras del centro de menores de Sylmar.
—Tengo una nueva oferta de Tidalwaiv —dije—. Podemos hablar cuando esté libre, pero expira a las cinco de la tarde.
—No, no, quiero escucharla —dijo Bruce—. Adelante.
Puse el altavoz, abrí el mensaje que me había enviado Marcus Mason y lo leí palabra por palabra con una voz monótona que no transmitía ninguno de mis sentimientos sobre la oferta.
—¿Qué significa esa parte sobre la división discrecional entre los demandantes? —preguntó Bruce en cuanto terminé.
—Significa que la oferta es de cincuenta millones que se dividirán de la forma que los demandantes decidan —respondí.
Sospechaba que la oferta se había estructurado de esa manera porque los Mason sabían o intuían que Bruce había querido aceptar el último acuerdo.
Al aumentar ese dinero caído del cielo para los Colton, los Mason esperaban reclutar al menos a Bruce como aliado para presionar a las demás y que lo aceptaran.
—¿Está diciendo que podría ser un tercio, un tercio y un tercio? —preguntó Bruce.
—Podría ser, pero eso no va a suceder, Bruce —dije—. Usted y Trisha son un demandante, Brenda Randolph es el otro.
—Eso no es lo que dice en la demanda consolidada —repuso Bruce—. Nos nombra a los tres. Los tres deberíamos tener voto.
—Bruce, no me está escuchando —dije—. Usted y Trisha no tienen dos votos, sino uno. Brenda tiene otro.
—Bueno, ¿y ella qué dice? —inquirió Bruce—. Es mucho dinero.
—Aún no he hablado con ella —dije—. Voy a llamarla a continuación.
—¿Qué pasa si nosotros decimos que sí y ella dice que no? —preguntó Bruce.
—Entonces, rechazaremos la oferta.
—Escúcheme, tiene que convencerla para que lo acepte —argumentó Bruce—. Esa cantidad de dinero…
—Bruce, ha perdido a su hija —lo interrumpió Trisha—. No podemos exigirle que…
—Y nuestro hijo va a ir a un manicomio —la cortó Bruce a su vez—. Nada va a cambiar eso, pero nosotros somos tan víctimas como ella.
Me arrepentí de haber aceptado a los Colton como clientes y haber fusionado los casos. Y empezaba a entender por qué su hijo se había sentido tan alienado en su casa hasta el punto de enamorarse y obedecer a una fantasía digital.
—Miren, solo quiero saber qué opinan ustedes dos —dije—. Bruce, usted quiere aceptar la oferta. Trisha, también necesito oír su respuesta.
—Ella está de acuerdo —intervino él.
—Necesito oírlo de ella —dije—. ¿Trisha?
Hubo un largo silencio en la línea, seguido de una indicación de Bruce.
—Díselo, Patricia. Es una suma que te cambia la vida. Es como la lotería.
Más silencio y luego:
—Supongo que sí —dijo Trisha—, pero solo si Brenda quiere.
—Bueno, tendrá que estar de acuerdo —señalé— o no habrá trato.
—Póngala al teléfono ahora mismo —dijo Bruce.
—No, esto no funciona así —respondí—. Es una cuestión que trato con cada cliente por separado y en privado. Voy a ver si puedo localizar a Brenda en cuanto colguemos. Luego les contaré lo que ha decidido.
—No entiendo por qué tiene ella todo el poder en este asunto —dijo él.
—Porque asesinaron a su hija, Bruce —respondí—. La mató su hijo. Les llamaré después de hablar con ella.
Colgué antes de que él dijera una palabra más.
Me levanté y rodeé el escritorio, tratando de sacudirme la sensación de incomodidad que me había dejado la conversación.
Esa era la desventaja del trabajo civil.
En lo penal, a menudo estaba en juego la libertad de tus clientes.
Sí, muchas veces ya eran delincuentes, pero había cierta nobleza en defender a los condenados e intentar conseguir su libertad o, al menos, mejorar su situación. Eras tú contra el poder del Estado.
En lo civil, normalmente se trataba de una sola cosa: el dinero.
Se utiliza como castigo. Los clientes podían alegar que querían proteger a otros de productos peligrosos o de una conducta reprobable, pero cuando los abogados, las empresas y las compañías de seguros empezaban a añadir ceros a sus ofertas de acuerdo, esos nobles propósitos con frecuencia se desmoronaban.
Bruce Colton estaba en ese bando y quizá siempre lo había estado, pero yo prefería con los ojos cerrados a cualquiera de mis antiguos clientes penales antes que a Bruce Colton.
Me senté y llamé al móvil de Brenda Randolph, pero no contestó. Le dejé un mensaje diciendo que necesitaba hablar con ella antes de las cinco. A pesar de mis recelos hacia los Colton, supuse que Brenda rechazaría la oferta. Tenía más ganas de darle la noticia a Bruce Colton que a Marcus Mason.
Sin embargo, por si acaso me equivocaba con Brenda, no quería perder el tiempo preparando mi alegato de apertura ni haciendo ningún otro trabajo sobre el caso Tidalwaiv.
Me levanté y me acerqué a la mesa auxiliar donde Lorna había dejado la pila de expedientes del caso Snow.
Mi segunda exmujer había organizado las copias que había hecho en el sótano del juzgado en seis carpetas separadas con pestañas que decían « transcripciones», «informes policiales», «cronología», «radiografías», «ips/sentencia » y « apelaciones» .
En ese momento, me interesaban las radiografías, aunque sabía que debía leer el informe de investigación previo a la sentencia, ya que sería un resumen conciso del caso e incluiría la evaluación psicológica a la que había sido sometido David Snow poco después de ser condenado.
Sería una buena manera de sumergirme de nuevo en el caso y ponerme al día.
Pero solo me llevé la carpeta de las placas a mi escritorio.
Era la más delgada de la pila. Contenía fotocopias de las trece radiografías de los huesos de Cassandra Snow que se descubrió que se habían roto durante los dos primeros años de su vida.
Estaban marcadas en la esquina inferior con su número de prueba.
Incluían imágenes de fracturas de húmero y cúbito en los brazos, la tibia de la pierna izquierda, varias fracturas de dedos y costillas, y una vértebra aplastada en la columna vertebral, lo cual hizo que el médico de urgencias pediátricas llamara a la policía.
Desde el primer día y hasta el momento de la sentencia, su padre había afirmado que la fractura de vértebra se produjo cuando la niña se cayó de su cochecito al intentar salirse.
Sin embargo, los expertos médicos de la fiscalía testificaron que eso no podía haber ocurrido de esa manera y que era el resultado de un fuerte golpe o una patada en la espalda.
Si a todo ello se sumaban las otras fracturas no tratadas, una lista de testigos que afirmaron haber oído llorar al bebé sin parar y una acusación previa de violencia, el resultado fue una condena rápida y una sentencia excesivamente dura por parte de un juez que se presentaba a la reelección.
Snow recibió una sentencia más larga que algunos asesinos de niños condenados.
Me sorprendió la calidad de las fotocopias.
No eran tan nítidas como los originales en una mesa de luz, pero distinguí las líneas de fractura curadas de las lesiones más antiguas, así como la fractura de la vértebra T12 que había dejado parapléjica a Cassandra.
Saqué de mi maletín el bloc en el que había tomado notas durante mi almuerzo con Cassie Snow.
Pasé varias páginas hasta que encontré los nombres y los números de los médicos que la habían tratado tras su reciente accidente de tráfico.
Cogí el teléfono de la mesa y llamé al cirujano ortopédico que había sospechado que tenía osteogénesis imperfecta y la había enviado al genetista para obtener un diagnóstico oficial.
La llamada fue desviada al contestador, porque la consulta estaba cerrada el fin de semana.
Dejé un mensaje explicando que era el abogado que representaba a su paciente Cassandra Snow y que necesitaba hablar urgentemente con el médico.
Mientras esperaba a que me devolviera la llamada, fue Brenda la que se puso en contacto conmigo.
—Lo siento —dijo—. Había apagado el teléfono para una sesión de terapia.
—No hay problema —repuse—. He recibido otra oferta de Tidalwaiv que necesito repasar con usted.
—¿Tenemos que hacerlo?
—Sí, pero esta vez quizá quiera considerarla, Brenda.
—De acuerdo, lo escucho.
Pero entonces el teléfono fijo empezó a sonar y vi que era el médico de Cassandra Snow.
—Brenda, tengo que colgar para atender una llamada que estaba esperando —le dije—. Quédese junto al teléfono, enseguida hablamos.
Colgué el móvil y cogí el fijo antes de que saltara el buzón de voz.
—Soy Mickey Haller.
—Soy el doctor Sheldon, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Sí, doctor, gracias por devolverme la llamada. Represento a su paciente Cassandra Snow. He…
—Si se trata del seguro, yo no me encargo de…
—No, se trata de la osteogénesis imperfecta. Usted le diagnosticó esa enfermedad.
—Bueno, sospeché que la padecía y la envié al genetista. ¿Qué es lo que necesita?
—Lo que me gustaría es que echara un vistazo a las copias de las radiografías que le hicieron a Cassandra cuando tenía dos años; entonces muchas de las fracturas antiguas que vio eran recientes, incluida la de la vértebra T12.
—¿Y para qué quiere que les eche un vistazo?
—Cassandra me ha contratado para que la ayude a sacar a su padre de la cárcel.
Lleva allí veinte años, desde que lo condenaron por maltratarla.
Yo era su abogado entonces y lo soy ahora.
Si Cassandra tenía OI en aquel momento, podríamos demostrar lo que su padre ha dicho desde el principio: que se rompió la espalda al caerse de un cochecito, no porque él le pegara.
No hubo respuesta. Esperé. Entonces pregunté:
—Doctor, ¿sigue ahí?
—Estoy aquí. Estoy decidiendo si quiero involucrarme en esto.