Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 23
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Aparqué detrás de ella, entré por la puerta al garaje más grande, y vi a Lorna y Cisco hablando con dos agentes uniformados. Ella se separó y se acercó a mí con urgencia.

—Madre mía, pensaba que te había pasado algo —dijo—. ¿Por qué no has contestado al teléfono?

—Me he quedado sin batería —respondí—. Anoche estaba tan cansado que se me olvidó enchufarlo. ¿Has llamado a la policía porque no contestaba?

—No. Anoche hubo un allanamiento. Lo hemos descubierto hoy al llegar. Estaba abierta de par en par. —Señaló la puerta por la que acababa de entrar.

—Mierda —dije—. ¿Qué se han llevado?

—Todavía no lo sabemos —respondió Lorna—. Pero no hemos echado nada en falta.

—¿Y la jaula?

—Lo mismo. Aún no sabemos si han robado algo.

—¿El disco duro?

—Me lo llevé a casa anoche.

—Bien. ¿Habéis revisado las cámaras?

—Tú las apagaste, ¿recuerdas?

Me preocupaba que Tidalwaiv pinchara la señal.

—Han sido ellos —dije.

—¿Quiénes? —preguntó Lorna.

—Tidalwaiv. Tienen que haber sido ellos.

—¿Por qué? Todo lo que tenemos son pruebas que compartieron ellos.

—Y lo que nos dio Naomi.

Habíamos dejado de usar el nombre en clave, Challenger, porque ya se conocía nuestra relación con Naomi Kitchens y se la había aprobado como testigo.

—Pero ¿no eran todo copias de cosas que ella les envió? —dijo Lorna—. Ya las tendrían.

—No si las borraron —respondí.

Señalé con la cabeza hacia los dos agentes que hablaban con Cisco. Uno de ellos estaba escribiendo en una tablilla con sujetapapeles.

—¿Van a llamar a los detectives? —pregunté.

—Han dicho que el lunes le darán el informe a la brigada de robos para que hagan el seguimiento —dijo Lorna—. La División Central.

—Pues a esperar sentado. Esto es como el allanamiento en el instituto. No falta nada, pero han estado aquí y quieren que lo sepamos. ¿Os encargáis vosotros dos o tengo que hablar con ellos?

—Nos encargamos nosotros. Creo que están a punto de irse.

—Entonces, estaré en mi despacho. Cuando se vayan, necesito que Cisco y tú vengáis allí para la reunión.

—De acuerdo. Han pedido que no toquemos la caja fuerte, por si los detectives quieren enviar a un técnico para buscar huellas dactilares.

—¿Les has dicho que no tiene mecanismo de cierre y que no guardamos nada de valor ahí?

—Sí, pero han dicho que los ladrones podrían no saberlo.

Pasé junto a los policías y Cisco y me dirigí al despacho.

Lo primero que hice al llegar fue enchufar mi teléfono en el cargador de mi escritorio.

Luego me asomé por la puerta abierta de la caja fuerte Mosler.

Los contratos que había firmado McEvoy, así como algunos expedientes, parecían intactos.

Me senté detrás del escritorio, cogí el teléfono fijo y llamé a Jack McEvoy, que estaba en Palo Alto. Lo puse en altavoz.

—Nuestra reunión se va a retrasar un poco —le dije—. La policía está aquí. Entraron en el almacén anoche.

—Mierda, ¿qué se han llevado? —preguntó McEvoy.

—Todavía no lo sabemos. Puede que nada. ¿Has hablado ya con Naomi?

—Eh, no, desde anoche no. Iba a pasarme después de nuestra reunión.

—Ve ahora mismo. Asegúrate de que todo está bien y llámame.

—¿Por qué no iba a estar todo bien?

—No lo sé. Por eso quiero que lo compruebes.

Colgué el teléfono fijo. Miré el móvil y vi que ya tenía suficiente batería para encenderlo, siempre y cuando mantuviera el cargador enchufado.

Tenía cinco llamadas perdidas con sus mensajes de voz desde las nueve de la mañana.

Cuatro eran de Lorna, que había ido intensificando su tono, cada vez más alterada al ver que no respondía ni llegaba a la oficina.

El quinto era de Marcus Mason y lo había dejado a las 9:01.

No se molestó en identificarse: «Haller, llámame. Tenemos que hablar».

Me levanté, cerré la puerta, volví y pulsé el botón de devolución de llamada. Era el móvil de Mason, que respondió de inmediato.

—Haller, tenemos que vernos —dijo.

—Mason, acabo de recibir el mensaje de tu cliente —le dije.

—¿Qué? ¿Qué mensaje?

—El pequeño allanamiento de mi oficina anoche.

—No sé de qué estás hablando.

—Claro que no.

—Mira, no importa, tenemos que vernos.

—¿Para qué?

—Tenemos una nueva oferta. La definitiva.

—¿Sabes cómo cabrear a una jueza federal? Resolviendo un caso después de que ella haya pasado dos días seleccionando al jurado.

—Me da igual. ¿Cuándo puedes reunirte?

—Marcus, ¿qué ha pasado con eso de «la semana que viene te voy a destrozar y voy a disfrutar cada minuto»?

—Lo haría, pero la empresa quiere acabar con esto. Hay demasiado en juego como para dejar el resultado en manos de doce idiotas. ¿Cuándo puedes quedar? ¿Dónde?

—No voy a reunirme contigo, Marcus. Hoy tengo mucho que hacer.

—Es tu obligación escuchar y entregar una oferta de acuerdo a tus clientes de manera oportuna.

—No tenemos que reunirnos. Dámela y yo se la comunicaré. Así de simple.

Hubo una larga pausa mientras Mason decidía qué hacer.

—Cincuenta millones —dijo finalmente—. Tus clientes decidirán cómo repartirlos. A la empresa no le importa. Las condiciones son las mismas que en las ofertas anteriores.

Esta vez fui yo quien hizo una pausa. Me sentí avergonzado, porque lo primero en lo que pensé fue en cuál sería mi parte de los cincuenta millones de dólares. Mason parecía saberlo.

—¿Qué significa eso para ti, Haller? —preguntó—. ¿Veinte millones? Deberías poder convencerlos de que lo acepten.

En realidad, yo tenía una escala móvil. Cuanto mayor era la suma del acuerdo, menor era mi porcentaje, hasta llegar al 20 %.

En este caso, eso significaba que obtendría diez millones si mis clientes aceptaban el trato.

Era más dinero del que había ganado en toda mi carrera.

Sería más que suficiente para jubilarme y reconstruir la casa de Maggie.

Aparté esos pensamientos y volví a concentrarme.

—¿A qué le tienen miedo, Marcus? —pregunté.

—Les dije que lo tengo bajo control —respondió Mason—, pero solo quieren acabar con esto.

No dije nada durante unos largos segundos.

—Llévaselo, Haller —dijo Mason—. Tienes poco más de seis horas. La oferta expira a las cinco. Todas las partes deben estar de acuerdo, sin divisiones. ¿Está claro?

—Sí —respondí—. Ponlo por escrito y envíamelo por correo electrónico para que tenga algo que mostrarles.

—Acabo de hacerlo.

—Entonces lo revisaré y…

Mason colgó.

—Que te jodan a ti también —dije.

Abrí la aplicación de correo electrónico de mi teléfono y vi la oferta en lo alto de la lista.

La leí, buscando cualquier discrepancia entre lo que Mason acababa de decir y lo que había escrito.

No había ninguna. El mensaje era un duplicado de la oferta de acuerdo anterior, salvo que la cifra había cambiado y contenía una línea adicional que estipulaba que los clientes debían decidir cómo repartirse el dinero.

Me pregunté qué se ocultaba detrás de esa frase.

¿Habían estado negociando en secreto los Mason con los Colton?

¿Pensaban los demandados que darles la posibilidad de una porción mayor ayudaría a que las partes llegaran a un acuerdo?

Se oyó un único golpe en la puerta y entró Lorna.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—¿Se ha ido la policía? —contesté yo.

—Sí. Cisco los ha acompañado a la salida. Podemos empezar nuestra reunión cuando vuelva. ¿Llamo a Jack?

—Acabo de hablar con él. Está verificando cómo está Naomi y luego volverá a llamar.

—Challenger.

Lorna señaló el techo, como si fuera allí donde Tidalwaiv hubiera colocado los dispositivos de escucha.

—Tidalwaiv sabe de ella por el juicio —dije—. Ya no hace falta usar nombres en clave.

—Cierto —respondió Lorna—. ¿Qué está verificando Jack?

—No lo sé. Hemos tenido un allanamiento. Solo quiero asegurarme de que está bien.

—Mickey, ¿de verdad crees que Tidalwaiv está detrás de esto? No es el mejor barrio, ya lo sabes.

—Si hubiera sido un robo, habríamos echado en falta cosas. Habrían destrozado este lugar. Hay dos mil dólares en malla de cobre sobre la jaula, además de los ordenadores portátiles que hay dentro. Esto ha sido obra de Tidalwaiv, Lorna. Estaban buscando algo.

—¿Qué?

—No lo sé. O tal vez solo intentaban enviar un mensaje.

—¿Qué mensaje?

—¿Que van a jugar duro? No estoy seguro.

—Y lo llaman tribunal civil.

—Qué gracia, ¿eh?

Oí que la puerta del almacén se cerraba y, al poco, Cisco entró en el despacho.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Cisco, quiero que vuelvas a registrar el almacén —le dije—. Si no se han llevado nada, quizá hayan dejado algo.

—Ahora mismo —respondió él.

—Y acabamos de recibir otra oferta de acuerdo de Tidalwaiv —añadí.

—¿De cuánto? —preguntó Cisco.

—Cincuenta millones —respondí.

—¡Joder! —exclamó Lorna.

—Sí —dije—. Tengo que decírselo a nuestros clientes.

Cisco se dejó caer en la silla frente a mi escritorio.

—¿Crees que aceptarán? —preguntó.

—Creo que yo lo haría si estuviera en su lugar —respondí—. Es una pena. Habría sido un juicio divertido.

—Pero es difícil rechazar cincuenta millones —dijo Cisco.

—No —contestó Lorna—. Brenda va a decir que no. Esa mujer es una roca.

Asentí. Probablemente tenía razón. Mi móvil vibró. Era McEvoy. Respondí.

—Jack, estás en el altavoz —dije—. Ha habido cambios.

—Y tanto que ha habido cambios —señaló—. Naomi se echa atrás.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué?

—Está hecha un lío. Su hija la llamó desde la universidad. Anoche, un hombre fue a su residencia de estudiantes y la asustó muchísimo. Le dijo que, si su madre testificaba, estaba muerta. Solo eso, pero fue suficiente.

Vi que Lorna se llevaba la mano a la boca.

—Qué cabrones —dije.

—¿Qué hago? —preguntó Jack.

Me levanté, porque ya no podía continuar sentado. Apoyé las manos en el escritorio y me incliné sobre el teléfono.

—Escucha, aquí están pasando cosas —dije—. Quizá podamos llegar a un acuerdo hoy.

—¡No pueden aceptarlo, joder! —gritó Jack—. No después de esto.

—Es decisión de los clientes —proseguí—. Necesito que te quedes ahí hasta que lo sepamos. ¿Sigues en casa de Naomi?

—No —dijo Jack—. Me ha dicho que me largue. Nos culpa a nosotros.

Asentí. Naomi tenía razón. Nosotros habíamos llevado todo eso hasta su puerta.

—De acuerdo, quédate ahí —dije—. Pronto sabremos qué está pasando.

—Entendido —contestó.

Colgué y me enderecé. Empecé a dar vueltas, tratando de pensar en cómo debía presentar la oferta. Primero iría a ver a los Colton y luego a Brenda Randolph. Vi una pila de carpetas en una mesita junto a la caja fuerte.

—¿Qué es todo esto? —pregunté.

—Es el caso Snow —dijo Lorna—. Ayer fui al archivo del tribunal penal y copié lo que aún tenían.

Estaba tan absorto en la selección del jurado que había olvidado por completo el caso de Cassie Snow y su padre.

—¿Quedaba alguna prueba documental allí? —pregunté.

—Algunas —respondió Lorna—. ¿Como qué?

—Las radiografías de Cassie Snow.

—Sí, hice copias, aunque no son tan buenas como las originales. Están en una de esas carpetas.

—Tendremos que solicitar al juez que nos permita ver los originales.

—No, lo que quiero decir es que hice copias de copias. Las radiografías originales no estaban.

—Eso no tiene sentido. ¿Dónde están?

—No lo sé. ¿Puede ser que las archivaran con las apelaciones?

—Es posible. Tendremos que ocuparnos de eso más tarde.

Dejé de prestar atención al caso Snow y volví a centrarme en Tidalwaiv.

—Bien, podéis salir, yo voy a llamar a los clientes —dije—. Cisco, dependiendo de cómo vaya esto, quizá tenga que enviarte a San Francisco para que cuides de la hija de Naomi hasta que podamos traerlas a las dos aquí y ponerlas a salvo.

—No tienes más que pedirlo —respondió Cisco.

—Mickey, Naomi ha dicho que se retira —dijo Lorna—. Ya lo has oído. Ha echado a Jack de su casa.

—En el calor del momento —repuse—. Puede que cambie de opinión si su miedo se convierte en rabia.

—Buena suerte con eso —dijo Lorna.

—Sí. La vamos a necesitar.

Salieron de la oficina y cerré la puerta. Antes de llamar a los clientes, llamé a Bambadjan Bishop con el teléfono prepago. No me molesté en saludar.

—¿Sigues en el norte?

—Eh, no. Llegué a casa anoche. Iba a llamarte para cobrar mi dinero.

—Te lo llevaré mañana. Entonces, ¿no estabas en San Francisco anoche?

—No, tío, volví aquí sobre las ocho. ¿Pasa algo allí?

—Nada. No importa. Te llamo mañana y nos vemos.

Colgué y me quedé unos minutos pensando en lo que había ocurrido en las últimas setenta y dos horas.

Había utilizado a Bishop para convencer a Naomi Kitchens de que testificara. Alguien más acababa de convencerla de que cambiara de opinión. Me di cuenta de que Tidalwaiv había tomado una página de mi propio libro de jugadas y había añadido una recompensa de cincuenta millones de dólares.